Lo que pedí a cambio de no despedir a mi empleado
Hacía semanas que en la oficina no se hablaba de otra cosa. Marcos era el último en entrar a la empresa, un chico aplicado y dispuesto, pero lo que de verdad le había dado fama entre sus compañeros no tenía nada que ver con las hojas de cálculo. Todos, en algún momento, habían visto una foto de su mujer. Y todos coincidían en lo mismo.
—Tiene un pecho de escándalo —me había soltado uno de los comerciales en el pasillo, bajando la voz como si confesara un pecado—. Grandes, firmes, de esos que parecen no obedecer a la gravedad.
Yo asentía con desinterés profesional, pero la imagen se me quedaba clavada. Y lo peor de todo era que a Marcos le encantaba. Disfrutaba escuchando a los demás hablar de lo afortunado que era, de las ganas que le ponían a imaginarla, de lo que darían por tenerla cerca un solo minuto. Esa vanidad suya fue, en realidad, lo que me dio la idea.
Si tanto le gusta que la deseen, quizá no le importe que yo también lo haga.
Una tarde lo hice llamar a mi despacho. Cerré la puerta, puse cara de circunstancias y dejé que el silencio pesara unos segundos antes de hablar.
—Marcos, te he mandado venir porque tengo que darte una noticia. Y no es buena.
Lo vi tragar saliva. Continué con tono grave, midiendo cada palabra.
—La empresa atraviesa un momento delicado. Los números no salen, hay que recortar. Tú eres el último que ha entrado, y lo siento mucho, pero tengo que prescindir de ti.
No lo aceptó. Empezó a defenderse, a recordarme lo comprometido que estaba, los proyectos que tenía a medias, los planes que había hecho contando con su sueldo. Le temblaba la voz. Lo dejé desahogarse, casi disfrutando de su angustia, hasta que levanté la mano para frenarlo.
—Tranquilo. Nada de lo que te he dicho es cierto.
Se quedó mudo.
—Es justo lo contrario. Estoy muy contento con tu trabajo, con tu actitud. De hecho, te he llamado para subirte el sueldo.
Su cara cambió de golpe. Pasó del abismo al cielo en un segundo, y se le notaron unas ganas locas de salir corriendo a celebrarlo. No lo dejé. Todavía tenía algo más para él.
—Hoy tienes motivos para festejar con tu mujer —dije, recostándome en el sillón—. No dejes pasar una ocasión así.
—Sí, la llevaré a cenar a algún sitio bueno —respondió eufórico—. Y cuando me pregunte el motivo, le daré la noticia.
—Qué envidia me das, chaval. Una buena cena, una buena noticia y, encima, esa compañía. Me han hablado de tu mujer, ¿sabes? Y muy bien. Tus compañeros te envidian, eso lo tienes claro.
—Carla es una mujer estupenda —dijo con un orgullo que no se molestó en disimular—. ¿Qué voy a decir yo, que soy su marido?
Me incliné un poco hacia delante, como quien se atreve a cruzar una línea.
—Me gustaría conocerla. Es bueno que en la empresa seamos como una familia. Y perdona si me extralimito, pero también me han contado que tiene una figura impresionante. Que su pecho es… digno de verse.
Esperaba que se molestara. Hubo un instante en el que su mandíbula se tensó, en el que pensé que me había pasado. Pero lo dije con tanta naturalidad, con esa sonrisa de complicidad entre hombres, que terminó relajándose. No me reprochó nada. Al contrario.
—¿Y si os la presento ahora mismo? —propuso de pronto—. Habíamos quedado para cenar igualmente.
Se levantó, se apartó a un rincón del despacho y marcó un número de espaldas a mí. Hablaba bajo, riéndose. Cuando colgó y se volvió, le brillaban los ojos.
—Arreglado. Nos vemos en el Náutico al salir del trabajo. Le he dicho que se ponga elegante, que celebramos algo grande. —Hizo una pausa y añadió, con una astucia que no le conocía—: Ya me la imagino con ese vestido ceñido que le marca todo.
Luego, bajando la voz aún más, me miró fijo.
—Lo del aumento… ¿no podríamos hablarlo al alza? Digo yo. Si tanto te interesa conocer a mi mujer, a lo mejor puedo convencerla de que se porte muy bien contigo.
Lo sabía. Sabía exactamente lo que yo quería.
—Tú dile que es una sorpresa —contesté—. Del resto me encargo yo.
***
Lo preparamos todo. La idea era repetir con Carla el mismo engaño que había usado con él: hacerle creer que su marido estaba a punto de quedarse en la calle, dejar que ella se desesperara y ver hasta dónde estaba dispuesta a llegar para evitarlo. Marcos no solo lo aceptó. Le ponía. Esa fue la parte que más me sorprendió de todo el asunto.
Carla llegó al Náutico puntual. Marcos venía con la ropa del trabajo; ella, en cambio, se había arreglado como para una boda. Llevaba un vestido de colores vivos, abierto por delante hasta la cintura, con un cuello tipo americana que enmarcaba un escote generoso. La falda corta y ajustada le dibujaba el cuerpo a cada paso. Pero, por encima de todo, estaba ese pecho del que tanto se hablaba, alto y rotundo, desafiando cualquier ley de la física.
Nos sentamos en una mesa apartada, al fondo del local. Tras las presentaciones, adopté de nuevo mi cara de mala noticia y empecé con la representación.
—Carla, te seré sincero. La empresa está en una situación complicada, y me temo que vamos a tener que prescindir de Marcos.
No podía apartar los ojos de su escote. Mientras hablaba de recortes y de números rojos, mi cabeza estaba en otra parte, imaginando lo que ese vestido apenas contenía. Por debajo de la mesa, noté la tensión de mi propia excitación y tuve que cruzar las piernas.
Marcos y yo intercambiamos una mirada rápida. Los dos conocíamos el final de la función, pero nos gustaba someter a Carla a esa angustia. Él fingía estar nerviosísimo, jugándose el pan. Yo simulaba buscar una salida imposible. Y mientras tanto, observaba cómo su pecho subía y bajaba al ritmo acelerado de su respiración.
En el momento justo, hice sonar el móvil con disimulo y fingí atender una llamada urgente.
—Marcos, necesito que vayas a la oficina y dejes listo el envío de mañana. Tiene que salir esta misma noche para Sevilla, sin falta.
Él se levantó, puso cara de contrariedad y se marchó. Pero no se fue. Rodeó la sala y se apostó detrás de una mampara, en una zona en penumbra desde la que podía vernos sin ser visto. Carla y yo nos quedamos solos. O eso creía ella.
—¿De verdad no hay nada que hacer? —preguntó, y su voz se quebró un poco—. Nos hace mucha falta el sueldo. La hipoteca, ya sabes cómo está todo…
No le respondí. En lugar de eso, dejé que mi mirada bajara despacio, con descaro, hasta el canalillo que se formaba entre sus pechos. Quería que lo entendiera. Que supiera que ella tenía algo con lo que negociar.
Lo entendió. Siguiendo el guion que Marcos le había marcado, se llevó la mano al vestido y se soltó un botón, observando mi reacción.
—¿Qué podría hacer yo para convencerte? —insistió en voz baja.
—Algo se podrá hacer —murmuré, tragando saliva—. No quiero causaros problemas. Y menos cuando los dos estáis tan… dispuestos.
Me levanté y rodeé la mesa hasta colocarme a su lado. De pie, su pecho se apreciaba todavía mejor, exuberante, casi insolente. Ella, al notar que la miraba, irguió la espalda y echó los hombros atrás, como si pusiera sus argumentos sobre la balanza para inclinarla a su favor.
—Estoy dispuesta a lo que haga falta —dijo, y se soltó otro botón.
El vestido se abrió y dejó a la vista un sujetador blanco de encaje, bordado con un dibujo delicado que contrastaba con la firmeza de lo que sostenía. Me acerqué un poco más y ella no retrocedió; al contrario, alzó el mentón, respirando más rápido, como si el simple hecho de que yo me inclinara hacia ella le estuviera calentando la entrepierna. Desde la sombra, Marcos seguía cada movimiento con una atención casi enferma.
—Es una tentación enorme —reconocí.
—Mira. Mira todo lo que quieras —susurró—. No le diré nada a él. Lo hago para que no lo despidas.
—Los tienes preciosos —dije, comiéndomelos con los ojos.
Deslicé la mano por el borde de la mesa, despacio, hasta dejarla cerca de su muslo. No la toqué al principio. Solo dejé que mis dedos rozaran la tela, subiendo poco a poco por la parte interior de su pierna, notando cómo el músculo se le tensaba bajo la falda. Carla contuvo el aliento. Tenía la piel erizada y la boca entreabierta, y cuando por fin llegó mi mano a su rodilla, la abrió un poco más de lo necesario. Era una invitación tan clara que me ardió la polla al instante.
—¿Y si vuelve mi marido? —preguntó de pronto, con una mezcla de miedo y deseo.
Los dos echamos un vistazo alrededor, comprobando que el camino seguía despejado. Lo que ella no sabía era que Marcos no estaba lejos, sino a unos metros, oculto en la penumbra, sin perderse un solo detalle. Yo sí lo sabía. Y saberlo lo hacía todo más intenso.
—Tranquila —le dije—. Tardará un rato. ¿Por dónde íbamos?
Carla se relajó. Se acarició el pecho con una lentitud estudiada, midiendo cada gesto, sabiendo que me tenía cautivo. Llevó las manos al sujetador y, poco a poco, fue descubriéndose ante mí. Lo hacía con una mezcla de timidez y poder, consciente de que cada centímetro de piel me dejaba más rendido. Me incliné sobre ella y le aparté una tira del encaje, dejando al descubierto la curva entera de un pecho enorme, caliente, con el pezón ya endurecido por la excitación.
Lancé una mirada de reojo hacia la mampara, hacia el lugar exacto donde sabía que Marcos espiaba. Le hice una seña casi imperceptible, una señal entre cómplices: estaba disfrutando como nunca contemplando lo que era suyo. Y él, en la sombra, miraba a su mujer mostrarse para otro hombre sin que ella sospechara que su propio marido era el primer espectador.
—Mírala bien —murmuré, más para él que para ella—. Mira cómo se ofrece.
Carla cerró los ojos cuando le besé el escote, primero por encima del encaje y después más abajo, lamiéndole la piel con calma, abriendo la boca sobre uno de sus pechos hasta apretarlo con los labios. Ella gimió, bajito al principio y luego con más hambre, y me puso una mano en la nuca para acercarme más. La otra se deslizó a mis pantalones y noté sus dedos tanteando la polla por encima de la tela, apretando justo donde más me dolía la erección.
—Joder… —susurró—. Estás duro como una piedra.
—Y tú estás empapándote —le contesté, notando el calor que le subía por los muslos—. Mira cómo me has puesto.
Le levanté la falda hasta la cintura y el aire fresco del local me dejó ver el borde de sus medias y el triángulo oscuro del tanga. Hundí la mano entre sus piernas, directo al coño, y la encontré mojada, temblando, abierta para mí. Carla echó la cabeza hacia atrás al sentir mis dedos apartando la tela fina y presionando ahí, en el centro, con precisión brutal. La masajeé con dos dedos, despacio al principio, luego más fuerte, oyendo cómo se le cortaba la respiración.
—Eso, así… no pares —jadeó.
Marcos seguía detrás de la mampara, inmóvil, tragándose la escena con los ojos. Me bastó con mirarlo un segundo para disfrutar todavía más. Le quité el tanga de un tirón y Carla abrió más las piernas sin ninguna vergüenza, ofreciendo el coño desnudo, brillante, listo para ser tocado y follado. Le pasé la punta de los dedos por la hendidura y luego se los llevé a la boca para que viera cómo sabía a ella. Carla soltó un gemido sucio, casi insolente.
—Quiero que me folles —dijo con la voz rota—. Quiero que me rompas de una vez.
La levanté de la silla con ambas manos y la acerqué a mí. Nos besamos con violencia, lengua contra lengua, mientras ella me desabrochaba el cinturón con dedos temblorosos. Cuando sacó mi polla, dura, caliente y palpitante, se la frotó contra el coño sin meterla todavía, empapando la punta con su propia humedad. Luego se dio la vuelta, apoyó las manos en la mesa y arqueó la espalda para mí, ofreciéndome el culo y el sexo al mismo tiempo. Marcos, desde la sombra, tenía que estar a punto de reventar.
La penetré de una embestida lenta, hundiéndome en su coño apretado hasta el fondo. Carla soltó un grito ahogado y enseguida empezó a mover la cadera hacia atrás, buscándome más dentro. Le agarré las tetas por debajo del sujetador, apretándolas con fuerza, y fui marcando el ritmo con golpes secos, carnales, que hacían crujir la silla contra el suelo. Su coño se abría y me apretaba a la vez, mojado, caliente, tragándose cada centímetro de mi polla mientras ella gemía sin intentar disimularlo.
—Sí, así, así —repetía—. Fóllame fuerte, no me dejes respirar.
Le bajé el sujetador hasta dejar los pechos libres y empecé a follarle a dos manos, uno de ellos pellizcándole el pezón, el otro sujetándole la cadera para embestir más profundo. Carla se corría a medias, temblando, con la cara hundida en el borde de la mesa, y yo la oía decir obscenidades cada vez más sucias, pidiéndome más, más dentro, más fuerte, como si quisiera que el local entero la oyera.
Miré otra vez hacia la mampara y vi el brillo fijo de los ojos de Marcos, la mandíbula apretada, la polla seguramente a punto de estallarle en los pantalones. Esa visión me desató del todo. Cambié el ángulo, la hice ponerse de rodillas sobre la silla y luego la giré de nuevo, metiéndole la polla desde atrás, con una mano en su pelo y la otra abriéndole el culo para verla mejor mientras seguía entrando y saliendo de su coño chorreante. El sonido de la carne chocando contra la carne se mezclaba con sus jadeos, con mis gruñidos y con el leve crujido de la mampara, donde Marcos seguía escondido como un miserable y un afortunado al mismo tiempo.
—Mírate —le dije a Carla, hundiéndome hasta el fondo—. Estás hecha una puta preciosa.
—Sí —gimió—. Y tú me la estás dejando destrozada.
Le metí dos dedos en la boca mientras seguía follándola y ella los chupó con furia, lamiéndolos como si fueran mi polla. Después la hice inclinarse más y le restregué el clítoris con el pulgar hasta que empezó a convulsionar sobre mí. Se puso rígida, se le aflojaron las rodillas y el coño le apretó la verga con un espasmo caliente y viscoso. Carla se corrió con un gemido largo, sucio, agarrándose a la mesa como si fuera a romperla.
Yo no aguanté mucho más. La tomé por las caderas, la clavé contra mí y apreté hasta vaciarme dentro, sintiendo la corrida subir por la base de la polla y derramarse profunda, caliente, dentro de su coño todavía latiendo. Carla siguió temblando mientras le salía un hilo de semen por la pierna, y yo me quedé ahí, enterrado en ella, respirando con dificultad, mirando de reojo la silueta inmóvil de Marcos al otro lado de la mampara.
Cuando por fin me recompuse, Marcos hizo su aparición justo en el momento previsto, fingiendo regresar de la oficina como si nada. Carla se cubrió a toda prisa, abrochándose los botones con las mejillas encendidas.
—¿Sabéis qué? —dije, recobrando el tono profesional—. Creo que me lo voy a pensar mejor. Quizá no haga falta ningún despido. Es más, Marcos se merece ese aumento de sueldo por su lealtad a la empresa.
Carla no cabía en sí de alegría. Se abrazó a su marido, sin sospechar que él había visto cada segundo, que la había compartido con la mirada y que esa idea lo encendía tanto como a mí. Después, todavía agitada, dijo con la voz temblorosa:
—Estoy tan contenta… que te invitamos a cenar. En nuestra casa. Cuando quieras.
Marcos y yo cruzamos una última mirada. Ninguno de los dos dijo nada, pero ambos pensamos lo mismo: que aquello, fuera lo que fuera, no había hecho más que empezar.





