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Relatos Ardientes

Mi marido nos miraba desde la ventana esa noche

Me llamo Mariela y, ya que nunca llegué a presentarme, lo hago ahora: treinta y siete años, morena de piel desde que el sol del verano me dejó sin marcas de bikini, y un marido, Rubén, al que le gusta más mirar que tocar. Esto último me llevó años entenderlo. Esa noche lo entendí del todo.

Habíamos vuelto de la costa un miércoles. Durante dos semanas, Rubén no hizo otra cosa que calentarme con ideas. Que si los señores del hotel se quedaron con las ganas de mí, que si los caminos de los pinares estaban llenos de hombres buscando algo, que si podíamos pasar con el coche para que alguno me viera. Yo le seguía la corriente y se la cortaba en el último momento. Era un juego, y los dos sabíamos quién mandaba en él.

—Tú lo que quieres es que un desconocido me meta mano mientras tú miras —le dije una de esas tardes.

—Yo solo digo que sería entretenido —contestó, sin levantar la vista del mar.

Claro que sería entretenido. Para él, mirar siempre fue el plato principal.

El jueves siguiente me crucé por la calle con Damián. Lo conocía bien, demasiado bien, y aun así me puse nerviosa como una cría. Nos dimos dos besos, me preguntó por las vacaciones y se despidió en dos minutos. Ni una palabra de las fotos que Rubén le había estado mandando todo el verano. Ese descaro suyo, esa forma de hacerse el tonto sabiéndolo todo, me dejó húmeda en plena acera.

Porque eso era lo nuestro: Rubén le contaba a Damián cada detalle de mí, le enseñaba fotos, le ponía la mesa. Y Damián, cuando por fin me tenía delante, actuaba como si nada. Llevábamos casi un mes sin vernos a solas y yo estaba deseando que se decidiera de una vez.

***

El sábado por la noche salimos a cenar a un sitio cerca de casa. Me puse un pantalón corto blanco, una camiseta de tirantes algo escotada y unas sandalias de cuña. Rubén me llenaba la copa de vino cada vez que daba un sorbo. Tramaba algo, como siempre, y yo me dejaba llevar, como siempre.

—Damián está de morros —soltó entre el segundo y el tercer chupito—. Su hermana le dejó al sobrino esta noche para irse a una boda. Otro fin de semana sin verte.

—Habla más bajo —le dije, mirando alrededor.

—Me ha preguntado si terminábamos tarde —siguió—. Por si te apetecía pasar a tomar algo. El niño se duerme a las diez.

Era una indirecta de las suyas, lanzada para que yo picara. Y piqué. Le hice creer que me daba igual, que lo decidiera él, que por mí nos íbamos a casa tranquilamente. Rubén me conocía mejor que yo misma.

—A mí me da lo mismo —dijo, encogiéndose de hombros—. Si quieres ir, llámalo tú. Pregúntale si el crío ya está dormido.

El muy cabrón quería que fuese yo quien diera el paso. Quería oírme confesar, sin decirlo, que estaba deseando ir. Le escribí un mensaje a Damián. Respondió en segundos: «Cuando queráis, lleva un rato dormido».

***

En el coche, de camino al pueblo, Rubén deslizó la mano por mi muslo.

—Quítate el pantalón, anda. Y la camiseta. Que Damián te vea como hay que verte.

—¿Y si el niño se despierta y aparezco yo en pelotas?

—El niño es muy pequeño, no se entera de nada.

Terminé desnuda en el asiento del copiloto, con la ventanilla bajada y la brisa de la noche en la piel. Su mano iba y venía entre mis piernas, sin prisa, calculando. Yo sabía lo que hacía: dejarme al borde sin permitirme caer, para que llegara a casa de Damián chorreando y desesperada. Si me corría en el coche, nos volvíamos a casa y adiós. Así que me callé y aguanté, mordiéndome el labio cada vez que sus dedos entraban.

—Cada día eres más mía y más de quien yo diga —murmuró—. Mírate. Te excita más que te mire que lo que él vaya a hacerte.

No le di la razón en voz alta. No hacía falta.

***

Damián nos abrió la puerta y, en el trecho del coche al portal, le di tiempo de sobra para fijarse en todo. Me dejé pasar delante hacia el patio para que mirara también por detrás. Rubén caminaba el último, disfrutando del momento como quien presenta una obra suya.

El patio estaba preparado: una mesa pequeña, tres sillas, unas copas. Damián había dejado al niño dormido en su cuarto y había bajado el monitor para oírlo. Nos sentamos, brindamos, y Rubén empezó a hilar sus mentiras de siempre, esas que contaba para encender a Damián y, de paso, a mí.

—En la cena los camareros estaban locos con ella —dijo—. Uno casi se cae mirándole el culo cuando iba al baño.

—Normal, si va con medio culo fuera —contestó Damián, y los dos rieron.

Decidí entrar en el juego. Si íbamos a mentir, mentíamos los tres.

—Lo que no os he contado —dije, girando la copa entre los dedos— es que uno me dio una palmada en el culo a la salida del baño.

Rubén se quedó descolocado un instante. No se lo esperaba. Damián abrió mucho los ojos. Y yo, por dentro, me reí: me estaba volviendo tan mentirosa como mi marido, y me encantaba el efecto.

—¿Eso no me lo habías dicho? —Rubén frunció el ceño, entre divertido y picado.

—Era un señor mayor. Me dio corte. Le sonreí y volví a la mesa.

El ambiente subió de golpe. Rubén dejó la copa, se levantó para ir al baño y, antes de irse, me subió la camiseta y la dejó arremangada por encima del pecho.

—Para que vaya entrando en calor —dijo, y desapareció dentro de la casa.

Damián no perdió el tiempo. Me hizo sentar de lado sobre sus rodillas y, con una calma que me ponía más que cualquier prisa, empezó a besarme los pechos. Yo le pregunté por el niño. Me dijo que dormía como un tronco. Cuando Rubén volvió del baño, nos encontró así, su amigo con una mano en mi culo y la boca ocupada, y en lugar de acercarse, se sentó en su silla, copa en mano, a mirar.

***

—Enséñale lo morena que vienes —dijo Rubén desde su asiento—. Este año no tienes ni la marca del bikini.

Tardé poco en quedarme sin camiseta del todo. Damián me llevó hasta el cuartito interior que su madre usaba para coser, el único sitio con cierta intimidad. Encendió la luz, me dio un azote suave y me pidió que me diera la vuelta despacio. Lo hice. Subí los brazos, me llevé las manos a la nuca y giré entera, sacando el culo cuando quedé de espaldas. Hacía teatro, y lo disfrutaba.

Lo que no esperaba es que Rubén no entrara con nosotros. Apareció en la ventana del cuarto, desde el patio, con la copa todavía en la mano.

—Sigue, cariño. Yo desde aquí veo mejor.

Me quedé un segundo paralizada. Mi marido, al otro lado del cristal, mirando, sin intención de cruzar la puerta. Y entonces lo comprendí: aquello era exactamente lo que él quería desde el primer día de vacaciones. No tocarme. Verme. Verme con otro mientras él miraba.

Y a mí, contra todo pronóstico, me excitó más que cualquier mano encima.

***

Damián me sentó al borde de la mesa de costura, me abrió las piernas y se colocó entre ellas. La postura no era cómoda y la penetración no llegaba del todo, pero bastaba para dejarme sin aire. Cada embestida me arrancaba un sonido que yo intentaba tragarme por el niño. De fondo, el cristal de la ventana y, detrás, la silueta de Rubén con la mano en su entrepierna.

—Mírate la cara —dijo Damián al oído—. Tu marido no se va a olvidar de esto.

Me corrí así, al borde de la mesa, mordiéndome la mano. Damián paró a tiempo para no acabar él. Me hizo bajar, darme la vuelta y apoyar las palmas en la madera, el culo en pompa, de cara a la ventana. Ahora veía a Rubén perfectamente, y él me veía a mí. Le hice un gesto para que entrara. Negó con la cabeza, sonriendo.

—Quedaos vosotros, que lleváis tiempo sin veros —dijo—. Yo controlo por si llora el niño.

Mentira. La excusa era el niño; la verdad era que necesitaba estar fuera, separado por un cristal, mirando. Damián me penetró desde atrás y yo, en lugar de cerrar los ojos, los clavé en mi marido. Cada vez que entraba, yo exageraba el gesto de la boca, sacaba la lengua, ponía cara de lo que él tantas veces me había llamado. Le estaba dando el espectáculo de su vida, y lo sabía.

***

En un momento, Damián se quedó quieto dentro de mí, conteniéndose. Aproveché para incorporarme y mirar el puf blando que él había traído del salón y dejado en un rincón.

—Siéntate ahí —le dije—. Para algo lo has traído.

Se sentó. Me coloqué encima, guié su polla hasta mi entrada y bajé despacio, hasta tenerlo entero dentro. Ahora el ritmo lo marcaba yo. De espaldas a la ventana, sin poder ver a Rubén, sabía que él lo veía todo, y eso me bastaba para querer dárselo bien. Damián me tenía agarrada del culo y eso me ayudaba a moverme con más fuerza, a sentir cómo mi clítoris rozaba contra él en cada bajada.

Subía y bajaba sin tregua, las manos de Damián en mis pechos, su boca buscándome el cuello. Rubén tenía que habérselo contado: el cuello era mi punto débil, y Damián lo aprovechaba como si llevara un manual. Noté el orgasmo subir desde muy abajo.

—Me voy a correr —dijo él, agitado—. ¿Dónde?

—Dentro —solté sin pensarlo—. Córrete dentro.

Aceleré, agotada, sostenida por sus manos en mi cintura, hasta que sentí su calor llenarme al mismo tiempo que yo me deshacía encima de él. Me temblaron las piernas, los brazos, todo. Me dejé caer sobre su pecho y, sin esperarlo, me besó en la boca. No era algo que soliéramos hacer; los besos los reservo para Rubén. Pero la ocasión lo merecía, y se lo devolví unos segundos.

***

Cuando me levanté y Damián salió de mí, me quedé desnuda en mitad del cuarto. Por la ventana, Rubén me miraba con una cara de felicidad que valía más que cualquier palabra. Le pedí papel para limpiarme. Pasó al baño del patio, me trajo un rollo entero y, antes de dármelo, me dio un beso largo.

—Te has quedado bien a gusto —dijo—. Ni le has dejado sacártela.

—Ya te avisé de que hoy era su día.

—Y se lo has demostrado. —Me apartó un mechón de la cara—. Nunca te había visto disfrutar tanto. Y yo a ti.

Me vestí, me despedí de Damián y volvimos a casa. En el coche le pregunté por qué no había entrado, por qué se había quedado fuera toda la noche pegado a un cristal. Me dijo que no se había corrido, que se había aguantado a propósito, que prefería mirar y dejarnos a los dos solos.

—Llevabais mucho sin veros —dijo, con la vista en la carretera—. Y, además, así lo disfruto más. Verte es lo que me pone.

En casa me hizo una cosa que ya conocía: no dejarme lavar, acostarme tal cual estaba. Acabé haciéndole una mamada lenta, repitiéndole al oído lo mismo que él me había susurrado toda la noche, hasta que se corrió. Se durmió enseguida, con una sonrisa de hombre satisfecho.

Yo me quedé despierta un rato más, pensando en la ventana, en el cristal, en su silueta inmóvil del otro lado. Tardé años en entender qué era lo que de verdad lo encendía. Esa noche, por fin, lo vi claro: a Rubén nunca le interesó participar. Lo que le gustaba era mirar.

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Comentarios(7)

CarlosT_Ros

Que relatazo!! de los mejores que lei en mucho tiempo, felicitaciones

SorpresaTotal22

No puede terminar aca, necesito saber como siguieron despues. Por favor una segunda parte!!

LunaBA_ok

Me encanto la manera en que construis la tension al principio. Se siente creible y no cae en lo burdo. Muy bien logrado

Pablito_sur

increible... me dejo sin palabras jaja

ProfeDeHistoria

Rara vez leo algo en esta categoria que tenga personajes con peso propio. El marido como figura en la historia es lo que hace diferente a este relato. Muy recomendable.

ValeriaGdl

La dinamica entre los dos da para mucho mas. Ojala continues desarrollando estos personajes, tienen mucho potencial

Fercho_G

Me recordo a algo que vivi hace tiempo, esa tension previa es muy real. Bien contado

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