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Relatos Ardientes

Lo que mi suegra vio en mi teléfono esa mañana

Durante todos los años de noviazgo con Marina, mi relación con sus padres fue exactamente lo que cualquiera esperaría: comidas de domingo, llamadas para resolver alguna duda con el ordenador, favores que con el tiempo se vuelven costumbre. Nada fuera de lo común. Hasta que una mañana de marzo todo eso cambió, y bastó un descuido tonto para que ya nunca pudiera mirar a mi suegra de la misma manera.

Antes de seguir, conviene que la conozcan un poco. Carmen tenía cincuenta y tantos, aunque jamás los aparentaba. Se había pasado la vida llevando una casa impecable mientras su marido salía a partirse la espalda para pagar las facturas. Salía a caminar cada mañana, vigilaba lo que comía, y el resultado era un cuerpo que muchas de treinta envidiarían: piernas largas y firmes, una espalda recta, y esa manera de moverse de quien sabe que la están mirando aunque finja no enterarse.

Aquella mañana me llamó Rodolfo, mi suegro, para que lo ayudara a desmontar una estantería vieja del dormitorio. Carmen había decidido que ya no pegaba con el resto de la casa, y cuando ella decidía algo, se hacía. Llegué a las nueve y media. Él mismo me abrió la puerta y me ofreció un café antes de empezar.

—Pasa, pasa, que esto va para rato —dijo, palmeándome el hombro.

Mientras el café se enfriaba en la mesa de la cocina, escuché la voz de Carmen desde el fondo del pasillo.

—¡Ahora mismo salgo a saludarte!

—Está en la ducha —me aclaró Rodolfo con una media sonrisa—. Acaba de volver de correr, llegó empapada en sudor.

Me asomé al pasillo y le grité que no se preocupara, que no tenía ninguna prisa. La puerta del baño estaba entreabierta y se oía el agua corriendo. Tranquila, mujer, que tenemos toda la mañana. Volví a la cocina y Rodolfo y yo nos reímos de algo sin importancia.

—Mejor ven y la ves, así te explico —me dijo, refiriéndose a la estantería—. Que por las palabras no me entiendes.

Lo seguí por el pasillo. Al pasar frente al baño, él estiró el brazo y cerró la puerta sin pensarlo, un gesto automático para que yo no viera a su mujer bajo el agua. Entramos al dormitorio. La cama estaba hecha, todo recogido con esa precisión militar que Carmen imponía en cada rincón. Y entonces lo vi.

Sobre una silla, junto a la cómoda, había un vestido doblado con cuidado. Y encima del vestido, perfectamente estirado, un tanga de encaje color rosa.

Rodolfo seguía hablándome de tornillos y de tacos de pared, y yo asentía sin escuchar una sola palabra. Mira tú qué ropa interior gasta la santa de mi suegra. Fue la primera vez en todos esos años que la pensé de esa forma, y una vez que el pensamiento entró, ya no hubo manera de echarlo. Empecé a imaginarme cosas que no debía: cómo sería con ese tanga puesto, qué cara pondría, si su marido todavía la hacía suspirar o si hacía tiempo que se acostaba insatisfecha mirando el techo.

***

Llevábamos un buen rato peleándonos con la estantería —Rodolfo subido a una escalera, yo sujetándola por abajo— cuando oí abrirse la puerta del baño. Carmen apareció en el umbral del dormitorio envuelta en una toalla, el pelo húmedo pegado a los hombros, descalza. Se acercó a darme los dos besos de rigor y noté el aroma a jabón todavía caliente en su piel.

Cometí el error de repasarla de arriba abajo. Apenas un segundo, pero ella lo notó. Se separó despacio y me clavó una mirada seria, sin reproche y sin sonrisa, solo el reconocimiento mudo de que me había pillado.

—No lo entretengas, Carmen, que tenemos faena —dijo Rodolfo desde la escalera, ajeno a todo.

Ella recogió el vestido y el tanga rosa de la silla y volvió al baño a vestirse. Yo me quedé sujetando la estantería con las orejas ardiendo, sabiendo perfectamente qué se estaba poniendo al otro lado de esa pared.

La mañana se nos fue entera y solo conseguimos desmontar la dichosa estantería. Tenía más tornillos de los que cualquier persona razonable pondría en un mueble. Cuando recogimos las herramientas, Carmen se asomó al dormitorio ya vestida, con el vestido ligero y, en efecto, sin sujetador bajo la tela.

—Oye —me dijo, casi con timidez—, ¿te importaría acercarme al centro comercial cuando termines? Tienen unas ofertas que quiero ver y a Rodolfo le da pereza.

No supe negarme. Tampoco quise.

***

En el coche, sentada a mi lado, Carmen hablaba de cosas cotidianas: la boda de una prima, el precio del aceite, una serie que estaba viendo. Yo asentía mientras el habitáculo se llenaba de su perfume, y por dentro no hacía más que repasar la imagen del tanga sobre la silla. Todo ese tiempo a mi lado, en cada comida de domingo, y yo sin darme cuenta de nada.

—Te invito a algo, ya que me haces de chófer —dijo cuando aparcamos.

El bar del centro comercial estaba abarrotado. La única mesa libre era una alta, en una esquina, de esas en las que hay que sentarse cerca para escucharse. Pedimos dos cervezas. Reparé en que más de un hombre giraba la cabeza al pasar para repasar a Carmen, y después me miraba a mí con una mezcla de curiosidad y envidia, calculando qué hacía yo con una mujer así.

Con el ruido de fondo, ella se inclinaba para hablarme casi al oído, y cada vez que lo hacía la tela del vestido se tensaba y yo perdía el hilo de la conversación. Acabamos hablando de Marina, de cómo habíamos decorado nuestro piso. Saqué el móvil para enseñarle unas fotos.

Y ahí estuvo mi perdición.

En esa misma carpeta, unas cuantas fotos más adelante, había imágenes que le había mandado a Marina en un momento de calentón: fotos mías, explícitas, de las que se mandan en privado y se olvidan. Empecé a pasar las del piso, las de las últimas vacaciones, tranquilo, hasta que un cálculo rápido me heló la sangre. Quedaban cinco, puede que seis fotos, antes de llegar a las otras.

Se me trabó la voz. Noté el pulso golpeándome en las sienes. En lugar de guardar el teléfono como cualquier persona con dos dedos de frente, hice exactamente lo contrario.

—Toma, ve pasándolas tú —le dije, intentando sonar despreocupado—. Que de aguantar las maderas me ha quedado el pulso temblando. Ahí están las de las vacaciones con tu hija.

Ni yo entiendo por qué lo hice. Solo sé que quería ver su reacción, que algo dentro de mí necesitaba que ella mirara.

Carmen cogió el teléfono, sonriente, y deslizó a la siguiente foto. La comentó. Otra. La comentó también. Yo movía la pierna bajo la mesa sin parar, incapaz de quedarme quieto, mientras ella seguía hablando y el tiempo se estiraba como chicle. Una más. Otra. Y entonces lo vi en su cara antes de que dijera nada.

Se le abrieron los ojos como platos. Soltó el teléfono sobre la mesa como si quemara.

—Uy, uy, uy… —balbuceó, roja hasta las orejas—. Perdona, perdona, esto… esto no debería verlo yo.

Pero no apartaba la mirada de la pantalla.

—Madre mía, perdóname —dije yo, fingiendo una vergüenza que era solo a medias—. No sabía que estaba ahí esa foto. Qué corte, de verdad.

Carmen tardó un segundo de más en levantar la vista. Cuando lo hizo, me miró a los ojos con una calma que no esperaba.

—No pasa nada —dijo, bajando la voz—. Lo que hagáis tú y mi hija en la intimidad es cosa vuestra.

Y aun así, sus ojos volvieron a desviarse un instante hacia el teléfono apagado sobre la mesa.

—Que quede entre nosotros, por favor —murmuré—. No me gustaría que un día, hablando con Marina, se te escapara que has visto… eso.

Ella respiró hondo, un suspiro largo que pareció soltar algo que llevaba conteniendo toda la mañana.

—Tranquilo —dijo, y después, con media sonrisa traviesa—: será nuestro secreto. Aunque, por cierto… no estaba nada mal.

Sentí que la cara me ardía. No supe qué responder. En lugar de callarme, desbloqueé el teléfono, busqué la foto otra vez y se la puse delante.

—¿Tú crees? —pregunté, con un descaro que no sabía que tenía—. ¿De tamaño y eso, está bien?

Carmen se rió, se sonrojó de nuevo, pero cogió el aparato. La vi acercar dos dedos a la pantalla, ampliar la imagen y observarla con una atención que no tenía nada de inocente.

—Claro que está bien —dijo al fin, sin levantar la vista—. Está muy bien. Mejor que la de tu suegro, te lo digo yo.

Apagó la pantalla, me devolvió el móvil y posó su mano un segundo sobre la mía.

—Venga, guarda eso —añadió—, que al final me vas a hacer pensar tonterías, y tú y yo no podemos andar en estas cosas.

Nos echamos a reír los dos, esa risa nerviosa que tapa lo que de verdad se está pensando. Le di la razón, claro que se la di. Pero mientras terminábamos las cervezas y ella volvía a hablarme del precio del aceite como si no hubiera pasado nada, yo solo podía pensar en una cosa: mi suegra me había mirado, había opinado, y los dos sabíamos que aquello no iba a quedar en una sola tarde.

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Comentarios(7)

PilarNocturna

Jajajaja me mori de la risa y del morbo al mismo tiempo. Esa situacion es una pesadilla... o un sueño, dependiendo de la suegra jaja. Muy bueno!!

Diego_lector

Me dejo enganchado hasta el final. Se hizo corto, quiero mas de esto

RominaCba

Dios mio!!! necesito saber que paso despues de que ella vio eso. Segunda parte por favor

CuriosoBA_

Me hizo acordar a algo parecido que me paso a mi con la compu en casa de mi suegra... el mio no termino tan interesante jajaja. Muy buen relato, sigue publicando

Fernanda_R

La tension que genera la premisa es brutal. Lo lei de un tiron sin poder parar

Eleonora_fan

Excelente!!!

NachoDelValle

Premisa simple pero muy efectiva. De esas ideas que te preguntas como nadie las habia contado antes. Espero la continuacion

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