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Relatos Ardientes

Le pedí a mi mujer que sedujera a su mejor amiga

Esa noche no lograba pegar el ojo por dos motivos que en realidad eran el mismo. Lucía no volvía y yo no aguantaba más la calentura. Hacía un calor pegajoso, daba vueltas en la cama vestido apenas con un calzoncillo, y la erección se me escapaba por la bragueta cada vez que cambiaba de posición. Al girar boca abajo, la presión del colchón me arrancaba ganas de empujar, como si ya la tuviera a ella debajo.

En algún momento me trepé a la almohada, pero me frené. No quería acabar antes de tiempo. No esa noche, no después de haber esperado un mes para escuchar lo que Lucía tenía para contarme.

Hacía poco más de un año, intentando rescatar lo que la rutina nos había desgastado, habíamos puesto las fantasías sobre la mesa. El acuerdo era simple. Una vez al mes, uno proponía un encargo y el otro intentaba cumplirlo. Una situación, una escena, un deseo concreto. Y descubrimos que el goce ya no venía solo del propio orgasmo: venía de saber que el otro se entregaba a algo difícil para devolvérnoslo multiplicado, en palabras y en cuerpo, después.

Esta vez le había tocado a Lucía. Y yo le había pedido algo que llevaba meses pensando: quería que sedujera a Sofía, su mejor amiga desde el colegio. Nunca había habido nada entre ellas, ni una insinuación. Solo una intimidad larguísima, confidencial, de noches compartidas y secretos guardados. Y eso era lo que más me prendía. La idea de que esa intimidad se convirtiera en otra cosa.

Lucía había salido a las seis de la tarde. Calculaba volver a eso de las once. Y ya era la una de la madrugada.

Cuando por fin escuché la llave, contuve el aire. Apareció en la puerta del cuarto, apoyada contra el marco con la mochila a sus pies y una sonrisa que no le había visto nunca. Me miró el bulto y soltó una risa baja.

—Parece que estuviste pensando un poco mientras me esperabas, ¿no?

—Mirá la hora que volvés —le contesté—. Pensé cualquier cosa.

—Ah, ¿y qué pensaste? Mirá que esta vez me la complicaste de verdad.

—¿Pudiste o no? Dale, contame ya.

Por toda respuesta se sacó el short y me lo tiró sobre el pecho. La entrepierna estaba oscura, empapada. Después arrojó la musculosa, también húmeda en el medio del torso, y gateó hacia mí en la cama. Antes de llegar se pasó la mano entre las piernas por encima de la ropa interior y me metió dos dedos en la boca.

—Preparate —me dijo, con esa voz ronca que se le pone cuando ya está perdida—. Vengo así.

—Podrías haber vuelto antes —le respondí, llevándole la mano al sexo—. ¿Por qué no me la chupás mientras me contás? Si seguís así, no llego.

No se hizo rogar. Se acomodó entre mis piernas y empezó a recorrerme con la lengua, despacio, mirándome desde abajo con una lascivia que nunca le había visto tan a flor de piel.

—Lo que me pediste no era fácil —arrancó, lamiéndome lento—. Con Sofía soy muy amiga, pero amiga de confiarnos todo y nada más. Nunca pasó ni una mirada extraña. Así que tenía que llegar preparada. Salí en bicicleta, con el asiento un poco inclinado hacia arriba, sabiendo que la punta me iba a presionar todo el camino. Cuando llegué, hasta los shorts los tenía mojados.

—Sos una atrevida. Contame.

—Sabía que esa noche iba a salir, así que la agarré recién bañada. Me abrió la puerta con un camisón de algodón corto, todavía mojada del pelo, y abajo no llevaba nada. Se le marcaban los pezones oscuros y el triángulo entre las piernas. Imaginate, después de cómo llegué de la bicicleta, eso me terminó de descontrolar.

—¿Y ella no se dio cuenta?

—De entrada, no. Yo sí me quedé mirándola de arriba abajo. Pero todavía no quería que sospechara a qué iba, por miedo a perderla antes de empezar.

—No me mires con esa cara, Lucía, que acabo.

—¿Y cómo querés que te mire si te la tengo en la boca? Alcanzame el vibrador de la mesita, así me saco un poco las ganas.

Me estiré, abrí el cajón y saqué dos. Uno tamaño normal y otro chico. Se lo pregunté con la mirada.

—El chico —pidió—. Así sigo deseando que me la metas cuando termine.

Le pasé el aparato. Se lo apoyó entre los labios del sexo y volvió a bajar la cabeza sobre mí. Después de un suspiro largo, retomó.

—Lo primero que me pide es que la acompañe al cuarto, que se estaba probando ropa para la noche. Bingo, pensé, por lo menos voy a verla desnuda. Cuando entramos era un caos de ropa por todos lados. Se sacó el camisón sin pudor y se puso a probarse vestidos delante de mí. Me quedé mirándola un rato. Y ahí me di cuenta de algo. Tantos días me habías estado calentando con la idea de Sofía que yo, sin notarlo, le había estado mirando esos pechos en forma de pera con los pezones grandes, imaginándomelos en la boca. Y la cola, esa cola tan redonda, como dibujada con compás. De solo verla tuve ganas de pegarme atrás y enterrarle el pubis.

—¿Y qué hiciste?

—Le pedí probarme algo, para tener una excusa para sacarme la remera y el short. Doblé el short para que no viera la mancha, pero cuando me agaché ella ya me había mirado la entrepierna.

—¿Le contaste por qué?

—A medias. Le dije que últimamente me pasaba lo mismo todo el tiempo, que cualquier cosa me prendía. Le conté lo de la bicicleta. Le inventé que un tipo me había rozado en el colectivo y que había acabado de pie. Le pregunté si nunca le había pasado a ella. Lo pensó. Me pareció que se acordaba de algo concreto, pero terminó contándome otra cosa: una época en que se restregaba con los muebles y una vez también había llegado al orgasmo arriba de la bici.

Lucía paró un instante, hundió el vibrador un centímetro más y lo dejó quieto. La cara se le había puesto roja del esfuerzo de contarme sin acabar todavía.

—Seguimos probándonos ropa un rato más —retomó—. Pero a partir de ese momento yo notaba que cada tanto me miraba la entrepierna de reojo. Y yo, a propósito, me arqueaba para que la viera. En un momento le dije que lo que más me prendía era sentirme así de mojada. Y ella me preguntó si siempre acababa así de fuerte.

—¿Y qué le respondiste?

—Le contesté con otra pregunta. ¿Vos no te mojabas así cuando se te ocurría acabar contra los muebles? Y vi que se sonrojaba. Sin sacarme los ojos de la entrepierna me dijo que con los muebles no se mojaba tanto. Le pregunté con qué sí, entonces, mientras me estiraba la ropa interior para que se me marcaran los labios. Me dijo que no me lo contaba, que me iba a enojar.

—Ahí ya la tenías.

—Ahí ya la tenía, pero quise tenerla mejor. Me acerqué y le di un pellizco en la cola. Le dije que no se hiciera la estrecha, que era su mejor amiga. Se zafó y saltó por encima de la cama. Yo la perseguí, pellizcándola, riéndome. Sofía estaba a medio meterse un vestido. Lo tenía trabado en los pechos, así que de la cintura para abajo no llevaba nada. Yo seguía con el enterito a la altura de los muslos y los pechos al aire. Era una persecución de adolescentes, pero con todo mojado.

—Me imagino.

—La agarré del vestido y la hice caer en la cama. Le sostuve las muñecas contra el colchón y le trabé las piernas con las mías. Y empecé a interrogarla. ¿Qué te calienta tanto, Sofía? ¿Estás caliente con alguien que yo conozco? ¿Por qué pensás que me voy a enojar? Y a cada pregunta le apretaba la ropa interior empapada contra el sexo desnudo de ella. Andrés, te juro, ahora se me viene a la cabeza y me muero de ganas otra vez.

—Acercame la verga así me la podés frotar entre los labios sin metértela todavía —le pedí—. Quiero escuchar hasta el final.

Se incorporó un poco, se acomodó a horcajadas y empezó a deslizarse encima sin dejarme entrar. Solo el contacto, solo el roce.

—Le seguí preguntando. Decime qué te prende. ¿Te calienta verme las tetas? Y se las hice bailar cerca de la boca, en broma, y vi cómo se pasaba la lengua por los labios sin sacarles los ojos. Ahí la tenía. ¿Es eso, Sofía? ¿Me viste alguna vez desnuda y te quedaste pensando? Asintió con la cabeza. Pero si me viste mil veces, le dije, ¿qué fue lo que te pegó esa vez?

—Contame.

—Me contó que una de las tantas noches que se quedó a dormir en mi casa, cuando teníamos diecisiete o dieciocho, las dos habíamos vuelto sin haber podido coger con nuestros novios. Ella creía que yo estaba dormida en la otra cama. En algún momento me destapé y me toqué. Me abrí el saco del pijama y me empecé a pellizcar los pezones. Yo le dije, mostrame cómo me los pellizcaba, y le solté las muñecas. Y ella me los pellizcó así, dijo, igual que aquella vez. ¿Y qué más hacía? Tratabas de alcanzarte el pezón con la lengua, me dijo. ¿Cómo? Así, contestó, y se metió la teta en la boca. Y yo me retorcí.

—Yo también acá, mirá —dije, agarrándola de las caderas.

—Me contó que se había puesto a tocarse en la cama de al lado, tratando primero de imaginarse a su novio, pero que después había entendido que lo que quería era darme placer a mí. Que cuando yo me bajé el pantalón y empecé a meterme los dedos, el sonido aquel la enloqueció. Y que desde esa noche pensaba en mi sexo cada vez que se tocaba.

—¿Y qué hiciste vos?

—Le dije, fijate cómo lo tengo ahora, y sacate las ganas de aquella noche. Me corrí a un costado, me terminé de sacar el enterito y abrí las piernas. Ella se desnudó y se metió entre mis muslos. Me empezó a pasar el pulgar por el clítoris, despacio, mirándome desde abajo. Me dijo que no sabía cómo me iba a hacer acabar por todas las veces que se había masturbado pensándome.

—¿Le contaste lo nuestro?

—Le conté que vos y yo nos hacemos encargos, y que el de este mes era seducirla. Que llevaba semanas mirándole los escotes y la curva de las calzas para tener material para masturbarme imaginando cómo llevarla a este momento. Cuando le dije eso, me hundió dos dedos. Me arrancó un quejido. Me preguntó cuáles habían sido las ideas tuyas que más me habían prendido. Y le dije la verdad. Que me rozaras las tetas como sin querer para ver si se le paraban los pezones. Que te pegara el pubis a la cola a ver si empujabas para sentirlo más.

—¿Y ella?

—Me confesó que lo había notado todas las veces. Que pensaba que era casualidad y que cada vez se prendía tanto que no se movía a propósito, para que siguiera. Y me pidió que se lo hiciera. Por favor, hacelo ya. Andrés, no sabés cómo me lo pidió.

Lucía dejó de hablar un segundo. Me miró, levantó la cadera y me sintió por fin entrar entero. Se le escapó un gemido seco.

—Me la monté —siguió, ya jadeando—. Quería sentirla debajo. Boca abajo, con la cola arriba, pidiendo que se la enterrara como si tuviera lo que vos tenés. Le agarré el sexo con las dos manos y en cada empujón le metía los dedos entre los labios. No sabés los labios que tiene, gruesos, hechos para chuparlos. En un momento la di vuelta y la empecé a besar. Apenas le pasaba la lengua por los labios y ella me mordía los míos. La saliva le corría por el mentón y yo se la chupaba. Después me metió la lengua hasta adentro. Y ahí explotamos las dos juntas, frotándonos, gritando, pidiéndonos una cosa y otra. Andrés, te juro que mientras acababa estaba pensando en cómo te lo iba a contar.

—¿Y ahora qué querés?

Lucía se inclinó sobre mí, con las dos manos apoyadas en mi pecho. Tenía la boca a un centímetro de la mía.

—Ahora quiero las dos cosas. Te la quiero ofrecer a Sofía la próxima vez. Que vos también la conozcas, y que ella sepa cómo te excita esto. Y mientras tanto, quiero que termines lo que empezaste hace cinco horas, cuando me imaginabas volviendo así.

La agarré de las caderas y la hundí hasta el fondo. Acabé casi enseguida, escuchándola decirme al oído lo que iba a pasar la próxima vez. Y mientras lo decía, supe que el próximo encargo no iba a tardar en aparecer. Esta vez con un detalle nuevo: yo también iba a estar mirando.

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Comentarios (5)

TatoRosario

Muy bueno!!! de los mejores que lei en esta categoria

Charly_Baires

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo

elNoctambulo

Este tipo de historias son las que mas me enganchan. Cuando hay complicidad entre los dos tiene otro nivel de morbo. Muy bien narrado, se siente creible sin pasarse de la raya.

SusyGBA

jajaja el encargo salio de diez, tremendo final

PatricioV

Me recordó a una fantasia que tengo hace tiempo con mi pareja... ojalá algún día me anime a proponerlo

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