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Relatos Ardientes

La ducha compartida que se nos fue de las manos

Lo nuestro empezó como una costumbre tonta y acabó convirtiéndose en un vicio. Cada vez que Nora me invitaba a su casa con piscina, o a algún plan de verano con más amigos, terminábamos enseñándonos más de la cuenta. No porque hubiera una propuesta formal ni porque dijéramos nada claro, sino porque entre los dos siempre flotaba esa clase de confianza sucia que se alimenta de miradas largas, bromas pesadas y cuerpos demasiado cerca.

Los dos éramos adultos de sobra y nos conocíamos desde hacía años. Ella sabía perfectamente el efecto que me hacía verla en tanga, con esas tetas redondas y firmes que parecían diseñadas para provocar, y yo sabía que a ella le divertía verme desnudo por el apartamento, notar cuándo se me ponía dura y soltar una carcajada como si aquello fuera un juego inocente. No lo era.

Pasó bastante tiempo desde la última escapada juntos, pero cuando salió la idea de ir unos días a la costa no tardé en proponérselo. La excusa era sencilla: una pareja amiga se apuntaba también y así el viaje quedaba medio armado. Lo que yo quería en realidad era recuperar esa tensión vieja, esa sensación de que en cualquier momento podíamos dejar de fingir que solo éramos amigos con demasiada confianza.

—¿Habitación con dos camas? —me preguntó por teléfono, riéndose antes incluso de terminar la frase.

—Claro. No vaya a ser que compartir cama nos haga parecer una pareja.

—O peor —contestó—. Que nos haga sinceros.

Me pasé el resto del día pensando en esa respuesta.

El apartamento estaba a dos calles de la playa, con una terraza pequeña, un salón apretado y un baño donde apenas cabían dos personas. Lo supe en cuanto entré y, precisamente por eso, me gustó todavía más. Nuestra pareja amiga se quedó en la otra habitación y desde la primera tarde todo volvió a su cauce natural: calor, piscina comunitaria, cerveza, música y esa puta costumbre nuestra de desnudarnos en cuanto cerrábamos la puerta.

Nora se movía por el piso con una naturalidad obscena. A veces iba en tanga y sin sujetador; otras, completamente desnuda, como si nada. Yo tampoco me cortaba y me paseaba con la polla al aire, notando cómo ella me echaba vistazos rápidos cuando creía que no la veía. El problema era que sí la veía. Y cuanto más la veía mirar, más se me endurecía.

—Como nos vea alguien por la ventana, va a pensar cualquier cosa —dijo una tarde, apoyada en la encimera con una copa en la mano.

—Pensará que te encanta lucirte.

—Y tú, ¿qué luces?

Bajó la vista sin disimulo. Yo ya estaba medio empalmado.

—Lo justo para no pasar desapercibido.

Ella soltó una risa ronca y se acercó a darme un azote en el culo, como tantas otras veces.

—Siempre estás así conmigo —murmuró.

—Porque siempre andas enseñando esas tetas como si no supieras lo que provocan.

—Pues no las mires.

—Deja tú de mirarme la polla, entonces.

Nos reímos, pero por dentro ya no había nada gracioso. Había deseo. Del bueno y del peligroso. Yo me iba a dormir con la imagen de su culo en tanga grabada en la cabeza, y cada mañana me levantaba con ganas de empotrarla contra cualquier pared del apartamento.

La segunda noche salimos los cuatro. Bebimos demasiado, bailamos, sudamos y volvimos de madrugada con ese cansancio sucio que deja el alcohol cuando todavía sigues caliente. La otra pareja iba bastante tocada y se encerró enseguida en su cuarto. Nora y yo nos quedamos un momento en el salón, descalzos, medio doblados por el sueño y por el calor pegado a la piel.

—Voy directa a la ducha —dijo, apartándose el pelo del cuello.

—Yo también. El primero que llegue manda.

—Ni se te ocurra colarte, cabrón.

Le sonreí y eché a correr por el pasillo. Escuché su protesta a mi espalda, pero para cuando abrió la puerta del baño yo ya me estaba quitando la ropa. Entré en la ducha, abrí el agua y dejé la mampara medio abierta a propósito. No era la primera vez que me veía desnudo. Tampoco era casualidad que esa noche quisiera que me viera así.

Ella apareció un momento después, tambaleándose apenas, con esa sonrisa borracha que siempre le salía cuando se le aflojaban las defensas. Se quedó quieta un segundo, mirándome entero. Yo tenía el pelo mojado, el agua bajándome por el pecho y la polla ya engordando entre las piernas solo de verla en el marco del baño.

—Eres un mamón —dijo—. Te has colado aposta.

—Y tú has venido igual.

No respondió. Se quitó el vestido por la cabeza, luego las bragas, y entró en la ducha conmigo como si aquello fuera lo más normal del mundo. El espacio era ridículo. Su hombro rozaba mi pecho y cada movimiento obligaba al otro a girarse o pegarse a la pared. El agua nos caía a ratos, mal repartida, y su cuerpo desnudo estaba tan cerca que yo tenía que apretar la mandíbula para no agarrarla ahí mismo.

Nora se enjabonó los brazos, luego el cuello, luego las tetas. Lo hacía despacio, sin ningún pudor, apretándoselas con la palma abierta mientras yo la miraba. Sus pezones estaban duros por el contraste del agua y el aire, y la espuma se quedaba un momento en la parte alta antes de resbalar por su vientre. Bajé la vista más y vi su coño completamente depilado, brillante por el agua, entreabierto apenas por la postura.

Mi polla respondió sola. Se me levantó con una fuerza casi dolorosa.

Ella lo notó en seguida. Se quedó mirando hacia abajo, embobada, con una sonrisa pequeña y descarada.

—No es normal lo tuyo —murmuró—. Te pones duro cada dos por tres.

—Porque tú me lo pones fácil.

—Ventajas de ser mujer —dijo, riéndose—. Lo mío no se nota tanto.

La miré a los ojos.

—No hará falta que se note. Ya sé cuándo estás mojada.

Su expresión cambió apenas. Menos risa. Más respiración.

Nos cambiamos de sitio para que ella se aclarara y al girarme mi polla le rozó las nalgas. Fue un contacto corto, pero denso, caliente, imposible de ignorar. Nora se tensó.

—No me la restriegues por el culo.

—Con el tamaño de esta ducha, bastante hago con no darte en la mampara.

Bufó una risa, pero no se apartó. Al contrario: se quedó donde estaba mientras se enjuagaba el jabón de las tetas y yo me ponía más y más duro detrás de ella. Le pedí que me enjabonara la espalda. Accedió. Sus manos empezaron en los hombros y bajaron lentas, con esa presión distraída que solo era distraída a medias. Cuando terminó, me dijo:

—Ahora te toca a ti.

Le pasé las manos por la espalda, por la cintura, por las caderas. Luego bajé a sus nalgas y las apreté abiertas, lentas, recreándome en la carne tibia y firme. Nora soltó aire por la boca, como si quisiera seguir actuando normal pero ya no pudiera del todo. Le di un azote breve. Gimió bajito.

—Eso ya no era la espalda —dijo.

—No te he oído quejarte de verdad.

Dudó un momento. Lo noté en el cuerpo, en cómo dejó caer el peso un poco hacia mí. Esa era la grieta que llevaba años esperando.

Me acerqué más, con las manos subiéndole al pecho. Le cubrí las tetas con las palmas y empecé a amasárselas despacio, fuerte, sintiendo el peso redondo llenarme las manos. Mi polla quedó encajada entre sus nalgas, dura como una piedra, mojada de agua y jabón, resbalando apenas con cada respiración.

—Oye… —murmuró—. Esto ya…

—¿Te molesta?

—No.

Lo dijo tan bajo que casi me hizo reír de puro alivio. Bajé una mano desde sus tetas hasta su vientre y seguí descendiendo. Le abrí las piernas con la rodilla y le metí dos dedos entre los labios del coño. Estaba empapada de verdad. No solo por la ducha. Empapada de ganas.

—Joder —le susurré al oído—. Así llevas todo el puto viaje, ¿no?

Gimió y apoyó la nuca en mi hombro.

—Calla.

—Dímelo.

—Sí… sí, joder.

Le froté el clítoris con la yema mientras seguía apretándole una teta con la otra mano. Nora abrió la boca y dejó escapar un gemido más claro, más húmedo, sin risa ya. Yo empecé a frotar la punta de la polla por su entrada, de arriba abajo, notando cómo sus labios se abrían y la cabeza resbalaba cargada de su humedad.

—Somos amigos… —dijo todavía, en un último intento débil.

—Ahora mismo no estás pensando en eso.

—No…

Le aparté el pelo del cuello, se lo agarré en un puño y tiré de su cabeza hacia atrás para besarle la garganta. La coloqué mejor con la otra mano y empujé despacio. Mi polla entró milímetro a milímetro, abriéndola. Nora soltó un jadeo largo, casi incrédulo, mientras yo seguía metiéndosela con una lentitud que me estaba volviendo loco.

—Joder… —dijo—. Qué bestia.

—Y eso que todavía no te la he metido toda.

Terminé de hundirme y me quedé quieto un segundo, enterrado hasta el fondo. Ella apretó el coño alrededor de mi polla y eso casi me hace correrme ahí mismo. Respiré hondo, pegado a su espalda, mordiéndole el hombro para no perder la cabeza demasiado pronto.

Luego empecé a follármela.

Primero despacio. Salía casi entero y volvía a entrar con empujones medidos, aprovechando el jabón y su humedad para abrirle paso sin brusquedad. Cada embestida arrancaba un gemido nuevo, cada una más clara que la anterior. Nora apoyó una mano en la pared y con la otra me agarró la muñeca, como si necesitara sujetarse a algo para aceptar lo que estaba pasando.

—Más despacio no —dijo entre jadeos—. No pares, pero no pares.

Obedecí a medias. Seguí con un ritmo firme, cada vez más profundo. Le apretaba las tetas desde atrás, le pellizcaba los pezones, le daba azotes secos en el culo y después pasaba la mano por la marca roja. Su cuerpo reaccionaba entero: temblores en los muslos, respiración cortada, el coño apretándome con ganas cada vez que mi pelvis chocaba contra sus nalgas.

—Mira cómo me has puesto —le dije, mordiéndole la oreja—. Paseándote desnuda todo el puto día y ahora tragándote esto como una guarra.

—Sí… ah… sí…

—¿Te gusta que te folle así?

—Me encanta… joder… me encanta.

Cerré el grifo para escucharla mejor. El baño quedó lleno de jadeos, golpes húmedos y el ruido de nuestras pieles chocando. Sin el agua de fondo, cada metida sonaba más sucia, más real. Le abrí más las piernas con el pie, busqué mejor el ángulo y empecé a darle más fuerte. Nora ya no decía que no. Nora gemía mi nombre y me pedía más con la voz rota.

Cuando noté que estaba a punto de correrse, se la saqué de golpe. Se volvió hacia mí con la cara encendida, confundida y excitada a la vez.

—Al cuarto —le dije.

No discutió. Salió de la ducha temblando, chorreando agua y deseo. La seguí por el pasillo mientras le miraba el culo moverse delante de mí, todavía con ganas de clavarle la polla ahí mismo contra la pared. Entramos en su habitación y la empujé sobre la cama. Cayó boca arriba, con las piernas abiertas por inercia, los pechos subiendo y bajando al ritmo de una respiración que ya no podía controlar.

Me lancé sobre ella y le besé la boca con hambre, metiéndole la lengua mientras volvía a penetrarla de una sola embestida. Nora arqueó la espalda y me clavó las uñas en los hombros. Yo empecé a follarla de verdad, sin el límite torpe de la ducha, con espacio para abrirle las piernas, hundirme a fondo y escuchar ese golpe sordo de mi pelvis contra su coño mojado.

Le chupé un pezón, luego el otro, mientras seguía entrando y saliendo. Mis manos no paraban: una en sus tetas, apretando y estrujando; la otra entre sus muslos, rozándole el clítoris cada pocas embestidas para hacerla perder todavía más el control. Su cuerpo respondió rápido. Temblaba. Se retorcía debajo de mí. Me abrazaba y a la vez intentaba apartarse porque el placer la estaba sobrepasando.

—Me voy a correr —dijo con un hilo de voz—. Me voy a correr, joder.

—Pues córrete.

Apreté el dedo sobre su clítoris y le clavé tres embestidas durísimas seguidas. Nora gritó. No gimió: gritó. El orgasmo le explotó entero, haciéndole cerrar las piernas alrededor de mi cintura y apretarme tan fuerte que tuve que frenar para no vaciarme dentro en ese mismo segundo. Aun así seguí moviéndome, corto, insistente, aprovechando los espasmos de su coño alrededor de mi polla.

—No, no, para… —jadeó—. Si sigues no…

—¿No qué?

—No puedo… es demasiado…

Le hice caso solo unos segundos. Me incorporé, la giré y la puse a cuatro patas en medio de la cama. La visión me dejó casi sin aire: el culo alto, redondo, con las marcas de mis manos; la espalda arqueada; el coño hinchado y brillando de tan follado. Le di un azote fuerte. Después otro. Nora se estremeció en cada uno.

—Qué culo tienes, joder.

—No me revientes…

Le pasé una mano por entre las nalgas, busqué su agujero con el dedo untado en su propia humedad y lo presioné con suavidad antes de entrar apenas la punta. Al mismo tiempo le coloqué la polla en el coño y volví a meterla. El gemido que soltó fue largo, sucio, completamente rendido.

Empecé con un ritmo más duro. Ahora sí. Sin cuidado. Mis huevos le golpeaban el coño y el sonido llenaba la habitación: carne contra carne, cama crujiendo, sus quejidos ahogados contra la almohada. Le metía el dedo en el culo a ratos, sacándolo y volviéndolo a hundir mientras no dejaba de follarla. Cada vez que lo hacía, ella se apretaba más alrededor de mí.

—Así… así… joder…

—Mírate, Nora. Toda abierta para mí.

Le agarré las caderas y tiré de ella hacia atrás para ensartarla mejor. El vaivén se volvió más salvaje. Azotes, embestidas, jadeos. No había ya ninguna capa de amistad ni de juego. Solo sexo bruto, atrasado durante años, descargándose por fin como una presa rota. Nora se corrió otra vez con un grito ronco, temblando tanto que casi se me escurre entre las manos.

Paré lo justo para que respirara. Mi polla seguía durísima, brillante, latiéndome de lo cerca que estaba de correrme. Me miró por encima del hombro, con el pelo pegado a la cara y la boca abierta.

—No has terminado —dijo.

—Ni de cerca.

La saqué y le toqué la barbilla con la punta. Entendió al instante. Se giró, se arrodilló al borde de la cama y abrió la boca. Le metí la polla despacio primero, viendo cómo sus labios se estiraban alrededor del glande, y luego más al fondo. Nora no tenía una técnica perfecta, pero sí unas ganas tremendas de complacer y una avidez que me desarmó. Me chupaba mirándome, con la saliva cayéndole por la barbilla y la mano apretándome la base mientras iba tragando todo lo que le daba.

—Así… así, joder…

Le sujeté el pelo en una coleta improvisada y empecé a marcarle el ritmo con la cadera. Su boca estaba caliente, húmeda, estrecha. Cada vez que me tragaba más, más rápido me subía la corrida. Le toqué las tetas mientras me la mamaba, le pellizqué un pezón y eso la hizo gemir con mi polla dentro de la boca. Ese sonido vibrándome en el tronco casi me mata.

—No pares —le dije—. Me voy a correr.

Aceleré. Su boca me recibía una y otra vez, babosa, ansiosa, y cuando ya no pude más me la hundí hasta el fondo y me corrí. La primera descarga me salió con fuerza, caliente, directa a la garganta. Luego otra, y otra más. Nora intentó apartarse un segundo, pero le sujeté la cabeza y terminé de vaciarme dentro de su boca. Cuando por fin la solté, tosió, tragó como pudo y me miró con una mezcla de rabia y excitación que me puso duro otra vez casi al instante.

—Cabrón —dijo, limpiándose la comisura con el dorso de la mano—. Casi me atragantas.

—Y aun así no has escupido.

—Porque estaba demasiado caliente para desperdiciarlo.

Nos echamos sobre la cama, sudados, desnudos y con el cuerpo todavía zumbando. Pensé que ahí terminaría la noche. Me equivoqué. Dormimos poco más de una hora antes de que me despertara con la garganta seca y la polla otra vez tiesa. Fui a por agua, volví a la habitación y la encontré atravesada sobre la sábana, con una pierna doblada y el coño apenas cubierto por la sombra.

No la desperté con palabras. Me arrodillé entre sus piernas y empecé a lamerla.

Al principio solo se removió. Después me agarró la cabeza. Finalmente abrió las piernas del todo y dejó escapar un gemido somnoliento cuando metí la lengua entre sus labios y me puse a comerle el coño con hambre. Estaba sensible por todo lo de antes, y eso la hacía todavía más reactiva. Le chupé el clítoris, le metí la lengua lo más profundo que pude, subí y bajé sin pausa hasta que empezó a retorcerse contra la cama.

—Joder… otra vez no…

—Otra vez sí.

Le metí dos dedos mientras seguía lamiéndola. Nora se corrió en mi cara con un espasmo corto y violento, apretándome los muslos contra las orejas. En cuanto aflojó, me incorporé y volví a penetrarla. Esta vez de lado, levantándole una pierna, entrando despacio porque la tenía sensible y aun así notando cómo me tragaba encantada.

Fueron horas así. Dormir a ratos y volver a follar. En la cama, en el baño, una vez incluso en el salón con el miedo morboso de que la otra pareja saliera al pasillo y nos oyera. Ese riesgo nos encendía más. El voyerismo no estaba solo en exhibirnos entre nosotros; estaba en la posibilidad de que alguien nos viera, de que una puerta mal cerrada, una sombra en el pasillo o un ruido en el momento justo convirtiera aquello en algo todavía más prohibido.

En una de esas veces, al amanecer, la puse de pie junto a la ventana del dormitorio y le abrí la cortina apenas unos centímetros. La luz azulada de la mañana entró sobre su cuerpo desnudo. Afuera, otros edificios. Otras terrazas. La ciudad despertando.

—Estás loco —susurró.

—Y tú mojada.

Le separé las piernas y la penetré desde atrás mientras ella miraba hacia el cristal, temblando entre el miedo y el morbo. No se veía nada claro desde fuera, pero la posibilidad bastaba. Le agarré una teta con una mano y le froté el clítoris con la otra mientras la follaba mirando el reflejo de los dos en la ventana. Nora se mordía los labios para no gemir demasiado fuerte, aunque de vez en cuando se le escapaba un jadeo que delataba lo mucho que le estaba gustando.

—Si alguien mira…

—Que mire.

Eso bastó para que se corriera otra vez.

Los días siguientes se nos fueron entre playa, siestas cortas, sonrisas cómplices delante de los otros y encerrones en cuanto encontrábamos cinco minutos a solas. Nos seguíamos paseando desnudos por el apartamento, solo que ahora ya no era un juego de tanteo. Era una amenaza constante de follada. Si me cruzaba con ella en la cocina, le metía mano. Si salía de la ducha, la acorralaba contra la pared y le chupaba las tetas hasta ponerla loca. Si se tumbaba un rato boca abajo, yo no tardaba en abrirle las piernas y buscarle el coño con la cara o con la polla.

También hablamos, claro. No mucho, pero lo suficiente para dejar una cosa clara: aquello no iba a cambiar nuestra vida fuera de ese viaje si ella no quería. Seguíamos siendo amigos. Amigos que se habían visto demasiado tiempo y que por fin se habían follado como les pedía el cuerpo desde hacía años, pero amigos al fin y al cabo.

La última noche, ya medio vestidos para volver al día siguiente, Nora me miró desde la puerta del baño y sonrió como la primera vez en la piscina, solo que ahora ya no había duda en sus ojos.

—Esto se nos fue de las manos.

—Se nos escapó hace mucho. Solo tardamos en reconocerlo.

Se acercó, me besó despacio y me agarró la polla por encima del pantalón.

—Si alguna vez me vuelven las ganas, te mando un mensaje —dijo.

—¿Qué pondrá?

—Solo una palabra. Costa.

Meses después, de madrugada, el móvil vibró. Un único mensaje. «Costa».

Y supe exactamente lo que significaba.

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Comentarios(8)

DomSilencioso

Increible!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

Laucha_99

La tension que se va armando... me lo lei de un tiron. Por favor seguí con esto, necesito saber como sigue

ElVecinoSoy

Me recordo a unas vacaciones en la costa, esas situaciones donde todo puede pasar y uno no sabe si actuar o quedarse quieto jajaja. Muy bueno

Caro_VER

Esa sensacion de cruzar una linea que pensabas que nunca ibas a cruzar... lo describiste perfectamente. Sigue escribiendo!

Marcos_2090

Se hizo cortisimo, necesito mas!!

Tere_BA03

Que tension tan bien manejada, me gusto como lo fuiste desarrollando sin apurar nada. Saludos desde BA

PabloMar_ok

Lei el excerpt y tuve que leerlo completo de una. No decepciona para nada

FierroLector

Muy buena la ambientacion, te mete en la escena desde el principio. Ojalá haya continuacion

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