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Relatos Ardientes

Espié a la madre de Camila y me devolvió la mirada

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Con Camila somos amigas desde primer grado. Nos criamos casi como hermanas, cada una adoptada por los padres de la otra, durmiendo tantas veces en la casa opuesta que las llaves ya nunca hicieron falta. Yo tenía veintisiete y ella veintiséis cuando pasó lo que voy a contar, y las dos seguíamos con la costumbre de vernos varias veces por semana y de terminar durmiendo en su casa o en la mía después de cualquier salida.

La madre de Camila, Beatriz, es una mujer llamativa. Tiene cuarenta y nueve, pero cuando salimos las tres a cenar la gente cree que es una amiga más. Cuerpo firme por años de gimnasio, tetas grandes que nunca dejó de mostrar debajo de vestidos ajustados, y una risa de garganta que hace que los mozos se acerquen sin que nadie los llame. Yo la miraba desde chica sin saber que la miraba.

La despedida de soltera fue de una amiga de la facultad. Empezó en un rooftop y terminó en un boliche cerca del centro, con nosotras dos bailando entre desconocidas y bebiendo tragos rosados que no sabíamos qué tenían. A las cuatro de la mañana nos subimos a un remise, y como la casa de los padres de Camila quedaba a diez cuadras, fuimos a caer ahí.

Entramos haciendo el silencio que se hace cuando ya no queda equilibrio para hacer silencio de verdad. Nos reímos en el pasillo, nos chocamos con la mesa del living, nos tapamos la boca. Beatriz apareció con una bata clara y el pelo suelto sobre los hombros, riéndose de nosotras.

—¿Volvieron enteras, chicas?

—Enteras y borrachas, má —contestó Camila.

Beatriz me miró un segundo de más, con una sonrisa apenas torcida, y nos mandó a dormir. Camila cayó como una piedra sobre el colchón, todavía vestida. Yo me saqué el jean, me quedé en musculosa y bombacha, y me acosté al lado. Escuchaba su respiración pesada. Escuchaba también otra cosa.

Del cuarto matrimonial venían murmullos. No eran los ronquidos del padre de Camila, que además ese fin de semana estaba en la quinta. Eran voces bajas, dos voces, y algo que sonaba como una risa apagada contra una almohada. La curiosidad me picó como un chispazo entre las piernas.

Me levanté en puntas de pie. La puerta del dormitorio de Beatriz estaba entornada, con una lámpara encendida del lado de adentro. Me acerqué, contuve la respiración y miré por la rendija.

Sobre la cama no había un hombre. Había dos mujeres. Beatriz, arrodillada, con la bata caída hasta la cintura, y otra mujer un poco más joven, morocha, boca arriba, con las piernas abiertas y las manos hundidas en el pelo de Beatriz. Beatriz le estaba comiendo el coño despacio, con la cabeza moviéndose entre sus muslos, y la otra mordía la almohada para no gritar.

Me quedé clavada. Tenía que haberme vuelto al cuarto y no me volví. Beatriz subió, se acomodó encima de la otra, y las dos empezaron a frotarse pubis contra pubis, con las tetas colgando pesadas, tocándose entre ellas mientras se besaban con la boca todavía brillante. Nunca en mi vida me había sentido atraída por una mujer. Ahí, parada en el pasillo, con la madre de mi mejor amiga cogiéndose a otra, entendí que mentía.

Me metí la mano dentro de la bombacha. Estaba empapada. Me toqué el clítoris con dos dedos, en círculos chiquitos, mirando cómo Beatriz le agarraba las tetas a la otra y le pellizcaba los pezones hasta hacerla arquearse. Sentí que las piernas se me abrían solas. Aguanté la respiración, me apreté contra el marco de la puerta y me vine ahí parada, tapándome la boca con la otra mano, con la imagen de Beatriz montada sobre esa mujer y con el ruido húmedo de sus cuerpos golpeándose.

Antes de volver al cuarto de Camila me pareció ver que Beatriz giraba la cabeza y miraba justo hacia la puerta. Se me heló todo. Me metí en la cama con Camila y estuve horas dando vueltas, tocándome de nuevo, con la boca cerrada y las sábanas hasta la nariz, hasta que me hice venir una segunda vez, más fuerte todavía, y me quedé dormida con el olor de mi propia mano en la almohada.

***

Me despertó una mano en la frente. Abrí los ojos y ahí estaba Beatriz, sentada al borde de la cama, en un desabillé de seda color champán, con el pelo peinado y perfume fresco. La bandeja del desayuno esperaba en la mesita.

—Camila se fue temprano con el padre a la quinta —dijo—. Me pareció que te quejabas dormida y entré a ver si estabas bien.

Yo me quería morir. Ella me apartó el flequillo de la frente con un gesto suave, y cuando su mano bajó por mi mejilla los dedos se me quedaron enganchados en su muñeca sin pensarlo.

—Lo tenés muy largo, no te debe dejar ver —dijo, y la voz le salió más baja de lo que necesitaba—. A lo mejor por eso a veces se te confunden las cosas de noche.

Me puse roja hasta el cuello. Ella lo notó, se rio despacio y no sacó la mano.

—Quedate en la cama. Comé algo primero.

Pero sus dedos ya bajaban por el cuello, por el hombro, y cuando llegaron al primer botón del pijama lo abrieron sin pedir permiso. Yo respiraba fuerte. Beatriz se abrió el desabillé con la otra mano y me mostró las tetas que le había visto la noche anterior, redondas, con los pezones despertándose ya, duros.

—¿Los querés tocar? —me preguntó, mirándome a los ojos—. Anoche los mirabas mucho.

—Me viste —dije, con la voz temblando.

—Te vi. Y me gustó que me miraras.

Levanté la mano y le agarré una teta. Pesaba, era caliente, y el pezón se me clavó en la palma. Ella soltó un suspiro corto, como si llevara semanas esperando ese suspiro, y me terminó de abrir el saco del pijama. Metió una mano entre mis piernas, sobre la bombacha, y encontró la humedad enseguida.

—Mirá cómo estás, pícara.

Corrió la tela a un costado y me clavó dos dedos, así, sin preámbulo. Yo grité bajito contra la almohada. Los sacó brillantes, se los llevó a la boca y los chupó como si fueran helado. Después me agarró la mano, me llevó los dedos a su propio coño y los hundió ella misma, mostrándome cómo. Estaba empapada, más caliente que yo, y cuando la toqué se le fue el aire.

—Sacate todo —me pidió.

Me arrancó la musculosa y la bombacha de un tirón. Me abrió las piernas, se acomodó encima y me frotó el coño con el suyo, moviéndose despacio primero, después más rápido. Los pubis se nos pegaban y se despegaban con un ruido húmedo, y las tetas de Beatriz me rebotaban contra las mías. Me habló al oído mientras se movía.

—Contame qué viste anoche. Contame qué te calentó.

—Vi cómo le comías el coño —dije, tragando saliva—. Vi cómo te la cogías.

—¿Y querías estar en su lugar?

—Sí.

—Vas a estar mejor.

Se bajó de encima, se arrodilló entre mis piernas y bajó la boca. Me lamió el clítoris con la punta de la lengua, después con toda la lengua plana, después me lo chupó entero. Yo le agarré la cabeza con las dos manos. Me metió dos dedos mientras me chupaba y los movió en curva, buscando adentro un punto que yo no sabía que tenía. Cuando lo encontró se me arqueó la espalda entera. Me vine gritando, sin cuidarme, mordiendo la almohada porque ya no me importaba nada.

Beatriz subió sonriendo, con la cara mojada. Me hizo probarme en su boca. Yo la besé chupándole la lengua, saboreándome, y ella se rio bajito.

—Ahora hacé vos.

La empujé de espaldas. Nunca había estado con una mujer y me temblaban las manos, pero la anatomía era la mía. Le abrí las piernas. El coño de Beatriz era grueso, con los labios oscuros y brillantes, y el clítoris asomando ya. Bajé la cara. La lamí como me acordaba que me habían lamido a mí, torpe primero, con más ganas después. Ella me guiaba con la mano en la nuca, sin apurarse.

—Así, más lento. Ahí. Chupámelo.

Le hice caso. Le metí dos dedos como ella me había metido a mí y le busqué el punto adentro, curvando los dedos. Beatriz empezó a mover las caderas contra mi cara, agarrándose las tetas con las dos manos, apretándose los pezones. Cuando se vino me apretó las piernas contra la cabeza y me mojó la barbilla entera. Se quedó unos segundos temblando, riéndose bajito.

—Buena alumna.

Se levantó y abrió el cajón de la mesa de luz. Sacó un arnés y un consolador grueso, más largo de lo que había tenido dentro nunca, y lo untó con crema.

—Relajate. Esto te va a gustar.

Se acomodó el arnés en la cintura, se subió entre mis piernas, me las levantó por los tobillos y me apoyó la punta en la entrada. Empujó. Entró de una, entera, y yo grité tan fuerte que hasta ella se puso una mano en la boca, riéndose, para taparme. Empezó a cogerme así, sostenida sobre los brazos, mirándome, con las tetas balanceándose sobre las mías.

—¿Te gusta, putita? Decilo.

—Me gusta —jadeé—. Me encanta. No pares.

Metía y sacaba, cada vez más profundo, cada vez más rápido, cambiando el ángulo, apoyándome las piernas contra sus hombros para entrar más. Yo la agarraba del culo con las dos manos, la empujaba contra mí, le pedía más. Me vine así, con ella clavada hasta el fondo, con los ojos apretados y las uñas hincadas en su espalda.

No paró. Me dio vuelta boca abajo, me levantó las caderas y me apoyó la punta del consolador contra el culo. Me lo untó con más crema, me lo pidió con un beso en la nuca, y empujó despacio. Al principio pensé que no iba a entrar. Empujó otra vez, apenas, y algo se abrió. Empezó a moverse ahí, con la mano libre metida entre mis piernas frotándome el clítoris. Nunca había sentido algo así. Grité contra la almohada, con la cara mojada, sin poder distinguir de dónde salía el placer. Me hizo venir por tercera o cuarta vez, ya no llevaba la cuenta, con la boca abierta y la sábana empapada abajo de la panza.

Después me di vuelta y le pedí que se sentara en mi cara. Se sentó. Yo la agarré de las caderas y le chupé todo, el clítoris, los labios, la mojé de saliva, y ella se vino encima de mi boca, apretándome las tetas mientras se sacudía.

***

Nos quedamos hasta el mediodía, cogiendo tranquilas, sabiendo que Camila y su padre iban a demorar horas. Beatriz me contó, con la cabeza apoyada en mi hombro y un dedo dibujándome círculos en la panza, que hacía años me miraba con ganas y no se hubiera animado nunca si esa noche no la hubiese espiado. Yo le dije que había pensado en ella tocándome dos veces antes de dormir. Se rio bajito.

—Entonces valió la pena que no cerráramos bien la puerta.

Ese no fue el único encuentro. Nos inventamos excusas: que necesitaba ayuda con una compra, que le enseñaba a usar una aplicación en el teléfono, que le pasaba una receta. El riesgo de que Camila se enterara nos daba más ganas, no menos. Beatriz me enseñó todo lo que no sabía del cuerpo de una mujer, y yo terminé aprendiendo tan rápido que ahora hago de profesora con alguna que otra amiga eventual. El camino al placer entre mujeres es un camino de ida, y yo ya no pienso volver.

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Comentarios(6)

Sofi_norte

increible!!! lo terminé y quede con ganas de mas, segunda parte porfavor

LectoraK_22

Ay dios mio qué situación... lo leí de un tirón y al final quede con la boca abierta. Muy bueno!

CuriosoCba

La forma en que está contado te mete de lleno, se siente real. Sigue así!

Vale_cba

genial!!! segui escribiendo por favor

Romi_cba

La mirada de vuelta al final, eso solo ya vale el relato entero jaja. Me encanto muchisimo.

Sandra_Mza

Por favor una segunda parte, no puede quedar asi!!! que pasa despues?

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