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Relatos Ardientes

La vecina me hizo pagar por haberla espiado

Encendí la cámara y sonreí apenas, como si eso pudiera disimular la vergüenza de lo que estaba a punto de contar. Siempre que te hablo, Alma, intento ordenar los recuerdos antes de soltarlos, pero ese día todo me volvió de golpe: el ascensor, la rubia, la amenaza, las manos de mi jefe encima de mí. Así que fui directo al punto.

Lo último que te había contado era lo de la vecina del piso alto, la mujer rubia que entró al departamento de dos hombres y salió una hora después con esa cara de saciedad que solo deja una buena follada. Yo había visto todo desde una de las cámaras ocultas del sistema, y aunque le dieron tiempo de limpiarse, su sonrisa la delataba. Se acomodó el vestido, se pasó la lengua por los labios y se fue como si el mundo entero le perteneciera.

Ahí fue cuando entendí que las sorpresas de mi trabajo no terminaban en los pasillos. También había cámaras en el ascensor, pese al cartel enorme que aseguraba lo contrario. Se me bajó un poco la calentura y me volvió la cabeza fría: aquello era una invasión brutal a la privacidad de todos los inquilinos.

Busqué respuestas y el sistema me abrió un video pregrabado por el anterior encargado, un hombre enfermo de poder y de morbo. En ese tutorial me explicaban que solo una persona, la que ocupaba su lugar, tenía acceso a las cámaras ocultas. Nadie más. Ni la administración formal, ni la seguridad, ni la policía. Una llave secreta para mirar sin ser mirada.

No explicaban por qué. Tal vez porque el motivo era demasiado simple y demasiado sucio: placer. Placer de espiar. Placer de saber. Placer de ver a otros coger sin su consentimiento mientras uno permanece a salvo, detrás de una pantalla, con el corazón acelerado y la mano tentada a bajar por el vientre.

Los siguientes días me dediqué a instalarme en el departamento que venía con el trabajo. Limpié, ordené, llené la cocina de comida y monté un rincón para pintar. Quería convencerme de que aquello podía ser una oportunidad, un empleo extraño pero soportable, un refugio. Durante un rato me lo creí.

Después me crucé con la rubia en el ascensor.

Yo venía con bolsas de una tienda de arte, vestida con una camiseta vieja manchada de pintura y un pantalón cómodo que ya no usaba para salir a la calle si podía evitarlo. Ella entró sola, perfumada, peinada, impecable, y me miró como si yo hubiera arrastrado basura al edificio. No fue una mirada rápida. Fue un escaneo lento, despectivo, cruel.

—¿Algún problema? —le pregunté, intentando sonar educada.

—Sí —dijo sin pestañear—. No entiendo cómo te dejan entrar con esa pinta. Das una imagen horrible.

Me hervía la sangre. No porque ella vistiera ropa cara y yo no. Eso me daba igual. Lo que me jodió fue el desprecio, esa forma de tratarme como si yo fuera menos que ella, cuando la había visto de rodillas, tragando polla y abriéndose de piernas para dos desconocidos mientras la usaban hasta dejarla temblando.

La rabia me ganó antes que la prudencia.

—¿Yo doy mala imagen? —le solté—. Si te preocupa tanto la reputación del edificio, entonces deberías gemir más bajo cuando te ponen a cuatro en el piso treinta y nueve. Y ya que estamos, limpiarte mejor la cara después de que te la llenan de leche.

Se quedó blanca. Literalmente blanca. La boca abierta, los ojos fijos en mí, como si no entendiera si yo era una loca o un demonio. La puerta del ascensor se abrió y salió sin decir una palabra, pero antes de cruzar miró con un odio tan limpio que supe al instante que aquello no iba a quedar así.

Y aun así, cuando la puerta se cerró, sonreí. Había sido una imprudencia monumental. También uno de los momentos más satisfactorios de mi vida.

Volví a mi departamento, encendí solo las cámaras legales y me puse a pintar para no pensar. Quería mantenerme lejos de las ocultas, como si bastara con ignorarlas para no formar parte de esa mierda. Pero al día siguiente, las consecuencias me golpearon la puerta.

Miré por la mirilla y vi a Mauro Cárdenas, el hombre que me había puesto ahí. Era mi enlace con la empresa y, en la práctica, mi jefe. Si hubiera sabido que venía, me habría vestido de otra manera. Hacía calor y yo andaba con una camiseta de tirantes muy escotada, sin sujetador, y un short tan corto que se me marcaba todo. Mis pezones se dibujaban bajo la tela gris y el borde de la entrepierna se ceñía tanto que no dejaba espacio para la imaginación.

Le pedí que esperara un momento para cambiarme. No me dejó.

Metió una copia de la llave en la cerradura y entró como si el departamento fuera suyo. Cerró detrás de sí con una tranquilidad repugnante y dejó su portafolios junto al sofá. Yo retrocedí un paso, indignada y alerta, pero no tenía a nadie a quien llamar ni ninguna red de seguridad. Si ese hombre decidía echarme, esa misma tarde podía quedarme sin techo.

—¿Pasó algo? —pregunté, aunque ya lo intuía.

—Claro que pasó algo —respondió con una sonrisita húmeda—. Hablé con la vecina rubia. La del ascensor.

Sentí un vacío en el estómago. La cagada había sido incluso más rápida de lo que imaginaba.

—Sé que estuve mal —dije.

—Sí. Muy mal.

Se puso detrás de mí sin pedir permiso. Lo noté antes de sentirlo por el olor de su colonia y por el calor de su cuerpo acercándose. Después vino el contacto: su pelvis apretándose contra mi culo. No era una confusión. No era accidente. El bulto duro bajo el pantalón me quedó encajado entre las nalgas y, cuando me tensé, él aprovechó para pegarse más.

Yo no llevaba ropa interior. Ese detalle, que hasta un minuto antes solo era comodidad por el calor, se volvió una traición inmediata. La tela fina del short se hundió entre mis labios y, cuando él empujó la cadera, sentí el contorno de su erección rozándome justo donde más me humillaba sentirlo. Mi cuerpo reaccionó con una descarga de calor que me dio rabia. Puro enfado, puro miedo, y aun así la humedad empezó a aparecer.

—Le voy a pedir disculpas —dije, rígida.

—Claro que se las vas a pedir.

Me apoyó las manos en el vientre y las subió despacio. Muy despacio. Pasó por mis costillas, bordeó el pecho y se detuvo bajo mis tetas, tanteándolas por encima de la camiseta como si ya le pertenecieran. Yo mordí el labio para no gemir. Odiaba estar excitándome. Odiaba más necesitar ese trabajo.

—No tenías derecho a hablarle así a una inquilina —susurró junto a mi oído—. Y menos a alguien como ella. Vos no sabés a quién estás tocando cuando abrís la boca.

—Fue una discusión. Nada más.

—No. Fue una amenaza para nosotros.

Sus dedos subieron y me agarraron las tetas enteras, pesándolas, apretándolas con confianza obscena. Después me pellizcó los pezones a través de la tela. El dolor breve me atravesó como una chispa y terminé soltando un gemido ahogado que él recibió con una risa baja.

—Eso —dijo—. Mejor así. Menos insolencia y más atención.

Quise apartarme, pero me inmovilizó pegándose más. Su polla dura se restregó contra mi coño por fuera del short, buscando el punto exacto. Sentí la humedad extenderse entre mis labios y me odié por eso con una claridad perfecta. Hacía demasiado tiempo que nadie me tocaba. Demasiado tiempo de pajas rápidas y fantasías rotas. Él notó enseguida lo mojada que me estaba poniendo.

—Mirá qué rápido aflojás —murmuró—. Te hacés la ofendida, pero te gusta.

—No confundas una cosa con la otra.

—Lo que yo confundo o no, da igual. Lo importante es que vos la cagaste y ahora vas a arreglarlo.

Metió una mano por el escote y me sacó una teta fuera de la camiseta. Luego la otra. Mis pezones endurecidos quedaron expuestos al aire del salón y al brillo obsceno de sus ojos. Los apretó con los dedos gordos, los amasó sin delicadeza, abrió la boca y me chupó uno por encima, húmedo, ruidoso, mientras con la cadera seguía frotando su erección contra mi entrepierna.

—Mauro…

—Callate y escuchá —dijo, escupiendo apenas mi pezón antes de volver a morderlo—. Si ella presenta una queja formal, te vas a la calle. Y no porque me importe su orgullo, sino porque vos insinuaste algo que no debía salir de tu boca.

Me giré un poco para mirarlo de frente. Él aprovechó ese movimiento para meter una rodilla entre mis piernas y abrirme más. Ya no fingía nada. Tenía la mirada hambrienta, las mejillas coloradas y la respiración espesa.

—Las cámaras ocultas son ilegales —dije, con un hilo de voz.

Él sonrió.

—¿Y?

—No deberían existir.

—Pero existen. Y ya las usaste.

Me agarró del mentón. La otra mano me bajó el short de un tirón hasta medio muslo. Me quedé inmóvil. No por falta de miedo, sino porque cada opción me parecía peor que la anterior. Si gritaba, ¿quién iba a ayudarme? Si lo enfrentaba, ¿me dejaba sin trabajo? Si me dejaba llevar, ¿en qué mierda me convertía?

Su mano se metió entre mis piernas y encontró mi coño empapado al primer contacto.

—Mirá esto —dijo con una satisfacción asquerosa—. Hablás de ética con la concha chorreando.

Sus dedos me abrieron los labios y resbalaron por la entrada mojada. Yo exhalé fuerte, temblando. Me tocó despacio primero, dibujando círculos sobre el clítoris, apenas rozándolo. Después bajó y me metió un dedo de golpe. Entero. Sin aviso.

Solté un jadeo y me apoyé en la mesa para no perder el equilibrio.

—Eso te pasa por insolente.

Metió un segundo dedo. Los movió dentro de mí con una habilidad que no esperaba en un hombre como él, enganchando la punta hacia arriba, justo donde me hacía ver estrellas. Con la otra mano me ordeñaba una teta, tirando del pezón, apretándolo hasta dejarlo ardiendo.

—Decime la verdad —insistió—. ¿La viste coger por las cámaras ocultas?

Cerré los ojos un segundo. Los dedos seguían entrando y saliendo, cada vez más húmedos, más profundos. Mi coño los succionaba con una desesperación humillante.

—Sí —admití.

—¿Te gustó?

No respondí. Me dio una palmada seca en la cara interna del muslo.

—Te pregunté si te gustó.

—Sí —dije otra vez, casi sin aire.

—¿Te tocaste mirándola?

Eso era mentira, pero el tono con que lo dijo me atravesó. Sus dedos aceleraron y el talón de su mano presionó mi clítoris. Gemí más fuerte.

—No… no llegué a tocarme.

—Pero querías.

Sus dedos salieron de mí y me los llevó a la boca. Me obligó a abrirla metiéndome dos dedos mojados entre los labios. Probé mi propio sabor mientras me miraba fijo.

—Chupá.

Lo hice. Asqueada de obedecer y excitada por la orden al mismo tiempo. Él sonrió con una satisfacción fría, bajó la cremallera y se sacó la polla. No era bonita ni especialmente grande, pero estaba dura, brillante en la punta, tensa de ganas. La agarró con la mano y me la apoyó sobre el monte de Venus, manchándome de preseminal.

—Arrodillate.

Tardé un segundo. Solo uno. Él me agarró del pelo y me lo repitió más bajo.

—Arrodillate si querés seguir viviendo acá.

Me arrodillé.

La posición me hizo sentir pequeña de una manera que me revolvió el estómago. Él me sujetó la nuca y me acarició el labio inferior con la cabeza de la polla.

—Abrí.

Abrí la boca y me la metió sin ceremonia. No hasta el fondo al principio, pero sí con la brusquedad justa para marcar el ritmo. Un empuje, dos, tres, dejándome llenarle la boca de saliva. Yo lo chupé por instinto, por sumisión momentánea, por miedo y por una excitación que ya no podía negar. Él me jodía la dignidad y, al mismo tiempo, me mojaba más.

—Así te quería ver —dijo, jadeando—. Mucho mejor que haciéndote la decente.

Me sacó la polla y me la golpeó suave en la lengua. Después volvió a empujar, más hondo. Su mano en mi cabeza empezó a marcar un vaivén brusco. Me usaba la boca con ansiedad, respirando cada vez peor, llevándome al límite sin dejar que me acomodara. Sentí la punta chocar al fondo de la garganta y tuve una arcada.

—Tragá saliva. Relajate. Si podés espiar a la gente cogiendo, también podés hacer esto.

Seguí chupándolo mientras él me manoseaba las tetas desde arriba, tironeándome de los pezones entre embestida y embestida. La mezcla de humillación, necesidad y roce directo me tenía el coño latiendo. Cuando saqué una mano para tocarme, él la detuvo.

—No. Todavía no te ganaste correrte.

Me levantó de golpe, me dio vuelta y me dobló sobre la mesa. Me bajó el short hasta las rodillas y me abrió las piernas con el pie. El aire me dio de lleno en la entrepierna mojada. Lo oí escupirse en la mano, después lubricar la polla con mi propia humedad, frotándola entre mis labios sin entrar todavía.

—¿Te duele pensar que igual la querés? —me preguntó.

Yo respiraba con la frente apoyada en la madera, incapaz de mentir.

—Sí.

—Bien.

Y me la metió.

La primera embestida fue seca, profunda, brutal por la falta de preparación real. Solté un grito y me aferré al borde de la mesa. Mi coño lo recibió de golpe, tensándose alrededor de esa polla que entró hasta el fondo con un solo empuje. Mauro se quedó un instante adentro, apretado por mi cuerpo, y soltó un gemido ronco.

—Mierda… estás apretadísima.

Se retiró casi por completo y volvió a entrar, esta vez encontrando mejor el ángulo. El dolor inicial se mezcló rápido con placer. Cada embestida me abría un poco más, me sacudía las tetas, me arrancaba jadeos que no podía controlar. La mesa golpeaba la pared a cada choque.

—Decime que la viste coger —ordenó mientras me follaba.

—La vi.

—Decime cómo.

Me agarró de la cintura y aceleró, metiéndomela hondo, duro, sin compasión. El short atrapado en mis rodillas me impedía moverme bien y eso lo volvía todo más degradante.

—Con dos hombres —jadeé—. Se la chupó a los dos… y después se la metieron…

—¿Le gustaba?

—Sí… sí, le gustaba.

—¿Y a vos?

Me clavó una embestida que me hizo temblar las piernas.

—Sí —confesé—. También.

Él soltó una risita y me dio una palmada fuerte en el culo. Después otra. La piel me ardió. La tercera palmada cayó justo cuando me llenaba con otra embestida y acabé soltando un gemido largo, sucio, que me delató por completo.

—Ahí está la verdad. Sos una mirona caliente. Te escandaliza la privacidad mientras se te moja el coño viendo a otros follar.

Quise negarlo, pero él me estaba follando demasiado bien para sostener ninguna postura moral. Metió una mano bajo mi vientre y encontró mi clítoris. Empezó a frotarlo en círculos rápidos mientras seguía entrando y saliendo. Mi cuerpo reaccionó enseguida, tensándose, buscando más, empujando hacia atrás.

—No pares… —se me escapó.

—Mirá vos. Ahora me das órdenes.

Me tiró del pelo y me arqueó la espalda, dejándome casi suspendida contra su cuerpo. Su polla entraba más profundo así, rozando un punto que me desarmó las piernas. Me corrí cerca, tan cerca, que casi lloré de frustración cuando apartó la mano del clítoris en el último instante.

—No hasta que entiendas —dijo entre dientes.

Me soltó solo para girarme. Me alzó una pierna sobre la mesa y volvió a meterla de frente. Esa posición me abrió por completo. Podía verlo entrar. Podía ver mi coño tragándoselo, brillando de humedad, los labios hinchados, la polla desapareciendo dentro de mí una y otra vez. La imagen me avergonzó y me excitó todavía más.

—Mirá lo que hacés cuando te tocan un poco —dijo—. Mirá cómo te abrís.

Sus dedos encontraron de nuevo mi clítoris y esta vez no aflojó. La estimulación fue inmediata, rabiosa. Yo le clavé las uñas en los hombros, abrí la boca y jadeé sin vergüenza. Él me follaba con empujes cortos y profundos, manteniendo el roce exacto que me estaba llevando al borde.

—Pedímelo.

—Déjame correrme.

—Más claro.

—Déjame correrme, por favor.

—Así sí.

No tardé más. El orgasmo me subió desde el vientre como una descarga eléctrica, me cerró el coño alrededor de su polla y me hizo temblar entera. Me corrí gimiendo contra su boca porque me agarró de la nuca y me besó justo ahí, tragándose parte de mis sonidos. Fue un beso sucio, invasivo, mezclado con saliva y respiración rota.

Él no paró. Siguió follándome mientras yo todavía temblaba por la corrida. Mi sensibilidad era tanta que cada embestida me arrancaba pequeños gritos. Mauro me observó unos segundos, disfrutando de verme desarmada, y luego me empujó otra vez sobre la mesa.

—Te faltan las disculpas.

—Se las voy a pedir.

—No. Ahora.

Agarró de su portafolios un formulario impreso y lo dejó frente a mí mientras seguía clavándome la polla desde atrás. El papel vibraba con cada golpe de la mesa contra la pared. La escena era tan absurda que, por un segundo, quise reírme. En vez de eso gemí cuando me penetró más hondo.

—Vas a bajar, le vas a dar esto y le vas a pedir perdón como corresponde. ¿Entendido?

—Sí…

—Decilo mejor.

Me agarró una teta y me retorció el pezón entre los dedos.

—Sí, lo haré.

—Buena chica.

Esa última frase, dicha con tanto desprecio, fue lo que terminó de empujarlo al orgasmo. Lo sentí en la forma en que se tensó, en el cambio del ritmo, en el jadeo más grave. Me sacó la polla de golpe, se la agarró con la mano y se corrió sobre mi vientre y mi coño, salpicándome la piel, la entrepierna, la camiseta arrugada bajo las tetas. Chorros espesos, calientes, rápidos. Se ordeñó hasta la última gota mirándome como si hubiera cerrado un trato.

Yo respiraba agitada, con las piernas flojas y el cuerpo cubierto de su corrida. Él me soltó el pelo, se acomodó la ropa y me ofreció un pañuelo de papel con una falsa cortesía que me dio ganas de escupirle en la cara.

—No hagas ninguna estupidez —dijo—. Pedí disculpas y no vuelvas a insinuar nada sobre las cámaras. Nunca.

Se fue dejándome el formulario y un temblor raro entre las piernas. Me limpié en silencio. Me odiaba por haber cedido. Me odiaba por haber disfrutado partes de aquello. Y, peor todavía, me odiaba por saber que iba a obedecer.

***

Me duché, me puse ropa discreta y bajé al departamento de la rubia. Cuando abrió, llevaba una blusa blanca y una expresión de superioridad casi tranquila. Parecía haber recuperado el control de la situación por completo.

Agaché apenas la cabeza y le tendí el papel.

—Vine a pedirte disculpas. Mi comportamiento en el ascensor fue inaceptable. Si querés presentar una queja formal, podés hacerlo.

Tomó el formulario sin invitarme a pasar. Leyó un par de líneas y después levantó la vista hacia mí.

—Antes de decidir, quiero saber algo. ¿Cómo supiste lo que pasó en ese departamento?

Sentí el corazón en la garganta. Si sospechaba de las cámaras ocultas, mi trabajo pendía de un hilo.

—Escuché ruidos durante una ronda de vigilancia y luego vi que habías entrado ahí. Supuse el resto.

—No parecías estar suponiendo. Sonabas bastante segura.

Improvisé sobre la marcha. Hablé de gemidos, de voces altas, de una puerta cerca de la cual se oía todo. Ella frunció el ceño, incómoda. Me hizo dos preguntas más, tanteando si yo mentía, y seguí sosteniendo la historia como pude.

Al final, miró el formulario, lo dobló por la mitad y luego en cuatro. Después lo rompió despacio, sin quitarme los ojos de encima.

—No voy a denunciarte.

Mi alivio duró solo un segundo.

—Pero me debés un favor —continuó—. Uno grande. Y te lo voy a cobrar cuando yo quiera.

Quise preguntar qué significaba eso. No me dejó. Me cerró la puerta en la cara con una suavidad glacial.

Me quedé un momento quieta en el pasillo, sosteniendo nada entre las manos vacías. Yo había querido humillarla con la información que no debía tener. Mauro me había humillado a mí para tapar su secreto. Y ahora ella también tenía algo sobre mí, aunque todavía no supiera cuánto.

Volví al ascensor con las piernas aún sensibles, el recuerdo de la polla de mi jefe metiéndose en mi cuerpo y la amenaza de la vecina latiéndome en la cabeza. Ahí entendí, de verdad, dónde me había metido. No era solo un trabajo de vigilancia. Era una red de miradas, secretos, chantajes y deseo.

Y lo peor no era eso.

Lo peor era que, al llegar a mi departamento y encender de nuevo las pantallas, sentí el impulso de buscar las cámaras ocultas otra vez.

Las busqué.

No te voy a mentir, Alma. Las busqué con las piernas todavía temblando y con el coño sensible, recordando cómo me habían tocado y cómo me corrí pese a todo. Me senté frente a los monitores, sola, con la luz azul pintándome la cara, y entendí que el veneno ya me había entrado. Parte de mí seguía horrorizada. La otra parte quería mirar.

Y miré.

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Comentarios(7)

NicoBA_95

increible!! me engancho desde el titulo

Bea_lectora

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termina todo esto

LauMendoza

Que bien narrado. Esa mezcla de tension y morbo esta perfectamente lograda. Felicitaciones

PatricioBA

Me hizo acordar a cosas de cuando era mas joven jajaja aunque nada tan extremo como lo que se cuenta aca

DarkReader_Mx

tremendo giro en la historia, no me lo esperaba para nada

Sergiote_Sur

el titulo ya me vendio y el relato no defraudo ni un poco. bravo

ElenaVR_

Muy bien logrado. La tension que se construye es perfecta y el desenlace te deja pensando. Seguí escribiendo!

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