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Relatos Ardientes

Mi empleada me vio desnuda en la oficina

Me llamo Nadia y, a esta altura de mi vida, ya no tengo ningún problema en admitir dos cosas: que soy una mujer atractiva y que buena parte de lo que conseguí lo obtuve entendiendo el deseo ajeno antes de que me lo confesaran. No fue magia. Fue oficio, instinto y mucha cara dura.

Siempre supe leer a la gente. A los hombres que querían una mujer fría, a los que necesitaban una zorra obediente, a los que se excitaban con una sonrisa elegante y a los que solo buscaban carne disponible envuelta en perfume caro. Yo me adaptaba, cobraba mis ventajas y seguía adelante.

Con los años dejé de depender por completo de ese juego, aunque nunca salí de él del todo. Un antiguo amante me acomodó en una oficina discreta, un lugar cómodo donde yo supervisaba una pequeña cartera de clientes y a una sola empleada. Era trabajo fácil. Demasiado fácil. Y, por eso mismo, mortalmente aburrido.

La empleada se llamaba Vera. Era adulta, rozando los treinta, alta, seca de carácter, inteligente y convencida de que el mundo estaba obligado a reconocerle talento. Cuando llegó, me trató con esa cortesía helada que usan quienes se creen mejores que tú pero todavía no tienen poder para demostrarlo.

Durante meses fue insoportable. Me hablaba solo lo imprescindible, discutía cada indicación y tenía esa manera de arquear una ceja que parecía decir si yo estuviera en tu puesto, esto funcionaría mejor. Luego cometió un error serio con un cliente importante y vio de cerca la posibilidad de quedarse sin trabajo.

Ahí cambió.

Empezó a sonreírme. A preguntarme si había descansado bien. A elogiar mi ropa, mi perfume, mi manera de tratar a la gente. Fingía tan mal que casi daba ternura, pero a mí no me daba ternura nada. Me excitaba. Me excitaba verla tragar orgullo para conservar el puesto.

La primera vez que vi con claridad lo que podía hacer con eso fue en el baño de la oficina. Yo me estaba retocando el maquillaje frente al espejo cuando entró ella y se colocó a mi lado. Llevaba una blusa oscura, el cabello recogido y esa expresión amable demasiado nueva para resultar creíble.

—Hoy estás especialmente guapa —me dijo—. Ese color te queda muy bien.

—¿Sí? —respondí, mirándola por el espejo.

—Sí. Tienes mucho estilo.

La dejé hablar un rato. Tráfico, clima, una serie de moda, cualquier idiotez útil para hacerme creer que buscaba cercanía. Yo apenas la escuchaba. La observaba. El modo en que sonreía de más, en que modulaba la voz para parecer cálida, en que evitaba tensarse.

Entonces le solté, de la nada:

—¿Alguna vez te dije que mis tetas están operadas?

Se quedó quieta un segundo. Apenas un segundo. Luego sonrió otra vez.

—No, pero se ven increíbles.

—¿Te gustan?

—Sí, claro.

Yo asentí despacio, como si hablara con una amiga de confianza. —Quedaron mejor de lo que esperaba. Firmes, redondas, muy naturales al tacto.

Vera no supo qué hacer con eso. Y justo en esa incomodidad vi algo más profundo que la adulación. Vi curiosidad. Vi superioridad contenida. Vi a una mujer que se creía más seria, más sobria, más inteligente que yo, y que empezaba a disfrutar la idea de tenerme delante actuando como una tonta vanidosa.

Ahí entendí lo que yo quería.

No quería dominarla. Eso ya lo había hecho demasiadas veces con demasiada gente. Quería provocar su lado dominante. Quería ponerle un premio al alcance de la mano y mirar cómo se lo cobraba. Quería jugar a ser una jefa frívola, hueca, crédula, y dejar que ella me tratara como una idiota manejable.

La idea me dejó caliente toda la tarde.

Una hora después la invité a tomar algo en mi despacho. Cerré la puerta, saqué dos vasos y serví licor de una botella que guardaba para clientes importantes. Ella aceptó encantada, con esa emoción de quien cree estar entrando en terreno privilegiado.

Hablamos de tonterías. Yo exageré un poco mi papel. Comenté que unos albañiles me habían gritado obscenidades por la mañana y que, lejos de molestarme, me había divertido muchísimo.

—¿No te pasa? —le pregunté—. A mí me encanta sentirme deseada.

—Bueno... si es sin mala intención —respondió—, puede ser halagador.

Mentía. Lo supe por la rigidez de su boca al decirlo. Y esa mentira me gustó.

Le hablé de cremas, de escotes, de hombres insistentes. Ella me seguía el juego, cada vez más cómoda. Cada vez más convencida de que yo era exactamente el tipo de mujer superficial que podía manipular con facilidad. Yo la dejé crecerse.

Hasta que me puse de pie y empecé a desabrocharme la blusa.

Vera abrió los ojos, pero no dijo nada. Saqué primero un hombro, luego el otro. Después me quité el sostén despacio y dejé mis tetas completamente al aire en medio del despacho. El aire fresco me endureció los pezones al instante.

—Ven —le dije.

Se levantó sin discutir. Yo le tomé la mano y se la apoyé directamente sobre una teta. Su palma estaba tibia. Su respiración cambió en cuanto notó el peso y la firmeza.

—¿Ves? —murmuré—. No se sienten raras.

Su mano quedó ahí un momento más del necesario. Sus dedos rozaron mi pezón y yo sentí una punzada seca en el coño.

—No —dijo—. Se sienten... muy bien.

—Tócalas bien. Si algún día quieres operarte, tienes que saber cómo quedan.

Ella soltó una risa breve, incrédula, pero obedeció. Me apretó la teta con más seguridad, la sostuvo desde abajo, la palpó con una mezcla deliciosa de curiosidad y descaro. Yo hice un pequeño movimiento hacia adelante para que notara el peso completo.

—¿Ves qué firmes? —pregunté, y hasta di un par de saltitos estúpidos que la hicieron reír.

Se tapó la boca, pero no lo bastante rápido. Su risa salió igual. Una risa genuina, burlona, superior.

Y a mí esa mierda me mojó las bragas.

***

Durante la semana siguiente alimenté el juego. Le permití confianzas que antes no habría tolerado. La dejé llegar tarde, irse antes, quedarse en el móvil cuando ya había terminado lo imprescindible. No por debilidad, sino porque quería verla relajarse en ese nuevo papel de mujer que cree haber domesticado a su jefa.

Empezó a tratarme con una familiaridad deliciosa. —Amiga— por aquí, —ya lo arreglo yo— por allá. Se sentaba en mi despacho sin pedir permiso. Me corregía el tono de algún correo. Incluso una tarde me dijo riéndose que yo necesitaba alguien que me ordenara la vida.

No sabía cuánta razón tenía.

Yo seguía tensando la cuerda con historias deliberadamente ridículas. Le preguntaba si sería verdad que dormir desnuda mejoraba la piel, si el semen rejuvenecía el rostro, si el yoga sin ropa ayudaba a la circulación. Ella me seguía el juego, cada vez más divertida, cada vez menos respetuosa.

Una mañana decidí darle algo mejor que una charla. Le dije que necesitaba su ayuda para escoger un disfraz para una fiesta privada. Puse voz de mujer indecisa, casi infantil, y ella aceptó enseguida, con esa paciencia falsa que ya empezaba a usar conmigo.

Llegó tarde, como venía haciendo últimamente. Para cuando apareció, yo ya había preparado todo. Cerré las persianas a medias, aseguré la puerta principal con el pestillo interior y dejé varias bolsas en el despacho.

—Siéntate y dame tu opinión sincera —le pedí—. Necesito que me juzgues bien.

—Eso sí se me da —respondió, sonriendo.

La frase llevaba veneno suave. Me encantó.

Entré en el pequeño cuarto donde guardábamos material, cerré la puerta y me desnudé por completo. Me quité la falda, la blusa, el sostén, las bragas, los zapatos. Luego abrí la puerta apenas una rendija y lancé toda mi ropa por el despacho para que cayera desperdigada. Oí su carcajada desde fuera.

—¿Qué demonios haces? —preguntó.

—El desfile —contesté—. Pásame la primera bolsa.

Me vestí con el primer conjunto y salí. Era un uniforme de enfermera minúsculo, de esos que no tapan casi nada. El sostén apenas contenía mis tetas y la falda se me subía con cada paso. Vera me recorrió con la mirada sin pudor.

—¿Y? —pregunté, dándome una vuelta.

—Parece que vas a chuparle la polla al paciente antes de ponerle la inyección —dijo, y luego fingió corregirse—. Quiero decir... es muy provocativo.

La crudeza de la frase me hizo apretar los muslos. No esperaba que se atreviera tan rápido. Sonreí como una imbécil complacida y le enseñé el perfil, agachándome lo bastante para que viera media teta salirse del sostén.

—Me gusta que seas sincera —le dije.

—Entonces te seré sincera —contestó, cruzándose de brazos—. Si vas así, nadie va a mirar tu cara.

Volví a encerrarme, me quité ese disfraz y me puse el siguiente. Esta vez era una policía obscena: botas, falda corta, gorra y nada sobre los pechos salvo dos placas ridículas que me cubrían apenas los pezones. Salí balanceando una porra y el culo completamente expuesto por detrás.

Vera soltó una carcajada abierta.

—No me jodas —dijo—. Eso ya es de puta directamente.

Sentí el latigazo de esa palabra en el vientre. —¿Tú crees?

—Creo que si sales así a la calle, no tardan ni cinco minutos en ofrecerte una verga.

Mi coño dio un tirón húmedo. Noté cómo se me abría sola la raja entre las piernas. Aquello ya no era solo un juego de poder. Era un juego sexual y las dos lo sabíamos.

Me acerqué, exagerando un puchero. —Eres mala conmigo.

—No. Soy honesta. Tú me pediste que te juzgara.

Cuando giré para volver al cuartito, dejé caer las esposas dentro de su escote como si hubiera sido un accidente. Ella las atrapó contra el pecho y levantó una ceja. No dijo nada. Solo sonrió.

Dentro, desnuda otra vez, me esposé las manos a la espalda a propósito. Luego la llamé.

Abrió la puerta y me encontró inclinada, completamente desnuda, con el culo en alto, las muñecas atrapadas y la respiración agitada. La llave seguía con ella.

—Se me cerraron solas —dije—. Ayúdame.

Vera no respondió enseguida. Se tomó su tiempo para mirarme. Mis tetas colgaban pesadas hacia el suelo. Mi coño estaba ya brillante, húmedo, demasiado evidente. Noté su silencio recorrerme como una mano.

Entró, cerró la puerta detrás de sí y me dio una palmada seca en una nalga.

—Mírate —dijo en voz baja—. Una jefa adulta, desnuda, esposada y pidiéndome ayuda.

El golpe no dolió mucho, pero me hizo gemir. No por la fuerza, sino por el tono. Por la manera en que ya me había puesto debajo de ella sin pedir permiso.

—Ábreme —murmuré.

—Qué educada te has vuelto.

Me apoyó una mano en la espalda y me obligó a arquearme más. Después me metió dos dedos entre las piernas sin aviso. Yo solté un gemido ronco. Estaba empapada.

—Joder —susurró—. Estás chorreando.

Sus dedos se deslizaron por mis labios abiertos, subieron al clítoris y volvieron a hundirse. Yo me retorcí, inútil con las manos atrapadas detrás.

—¿Esto era lo que querías? —preguntó, moviendo los dedos dentro de mí—. ¿Hacerte la tonta para que te tratara como a una putita necesitada?

—Sí —jadeé antes de poder pensar.

Me sacó los dedos y me los metió en la boca. Saboreé mi propia humedad mientras me miraba desde arriba. —Chúpalos.

Obedecí. Los lamí despacio, sin apartar los ojos de los suyos. Ella se estremeció apenas. Ahí vi que no solo estaba disfrutando el poder. También estaba cachonda.

Me liberó las esposas, pero no para dejarme ir. En cuanto mis brazos quedaron sueltos, me agarró del pelo, me enderezó y me empujó contra la estantería del cuarto. Su boca cayó sobre la mía con violencia. Me besó sin delicadeza, metiéndome la lengua, mordiendo mi labio, apretándome las tetas con ambas manos.

Le devolví el beso con hambre. Ya no había teatro. Le metí las manos por debajo de la blusa, le desabroché el pantalón como pude y le acaricié el coño por encima de las bragas. Estaba húmeda también, mucho.

—Así que la señorita perfecta también estaba esperando esto —le dije.

—Cállate y arrodíllate.

Lo hizo sonar tan natural que bajé de inmediato. Me arrodillé sobre el suelo frío del cuartito y ella se abrió el pantalón, se bajó las bragas hasta medio muslo y me plantó el coño delante de la cara.

Era estrecho, depilado y brillante. El olor me golpeó directo entre las piernas. Le pasé la lengua de abajo arriba y ella apoyó una mano en la pared.

—Joder... así —murmuró.

Le abrí los labios con los dedos y empecé a comerle el coño de verdad, sin prisa pero sin suavidad. Lengua plana primero, luego la punta marcando el clítoris, después chupando con ganas mientras mis dedos le separaban más. Vera empezó a moverse contra mi boca. No quería una caricia elegante. Quería que la lamiera como una perra obediente.

Y yo quería exactamente eso.

—No pares —ordenó—. Métela más.

Le hundí la lengua todo lo que pude, alternando con chupadas fuertes en el clítoris. Le agarré una nalga y la acerqué más a mí. Sus gemidos se hicieron graves, rotos. Me apretó la cabeza con la mano y empezó a follarme la cara, restregando el coño contra mi boca.

Yo gemía también, con la cara empapada y el coño latiéndome. Me metí dos dedos entre las piernas y empecé a masturbarme mientras la comía. Ella lo vio y soltó una risa jadeante.

—Qué puta eres, Nadia.

La frase me atravesó. Me corrí casi al instante con dos dedos dentro, arqueada sobre mis rodillas, sin dejar de lamerla. El orgasmo me sacudió la espalda y me hizo gemir contra su coño. Vera tembló al sentirlo.

—Levántate —dijo.

Cuando lo hice, me dio la vuelta y me dobló sobre una mesa de cajas archivadoras. Me separó las piernas con el pie. Sentí cómo me abría las nalgas y escupía entre mis labios.

—Quiero verte bien abierta.

Le obedecí. Me sostuve de la estantería y arqueé más la cintura. Ella me metió dos dedos de golpe y empezó a follarme con la mano. Entraban y salían rápido, húmedos, haciendo un ruido obsceno en el cuartito silencioso.

—Mírate —decía a mi espalda—. Toda una señora madura, con cargo, con despacho, y aun así pidiendo que la usen en horas de oficina.

Metió un tercer dedo. Grité. No de dolor, sino de puro exceso. Me estaba abriendo con rabia, golpeando el clítoris con el pulgar entre una embestida y otra, y yo ya no podía mantener el personaje de mujer tonta porque estaba demasiado ocupada gimiendo.

—Fóllame —le pedí—. Hazlo de verdad.

Se sacó el cinturón y lo pasó por mi cuello, sin apretar, solo para sujetarme. Luego abrió un cajón de material de muestra donde yo guardaba juguetes promocionales olvidados de una antigua campaña. Había un consolador pequeño, de silicona negra. Lo conocía. No esperaba verlo esa tarde.

—Perfecto —murmuró.

Me lo mostró apenas antes de apoyar la punta en mi entrada.

—Si quieres que pare, lo dices.

—No pares.

Entró despacio al principio, empujando hasta que me sentí llena. Después empezó a moverlo con firmeza, sacándolo casi por completo y volviéndolo a meter de una sola embestida. El cinturón en mi cuello me obligaba a mantenerme arqueada. La mesa me clavaba el borde en las caderas. Mis tetas se sacudían con cada golpe.

—Así te quería ver —dijo—. Abierta y obediente.

Yo no podía responder nada coherente. Solo decía sí, joder, así, más fuerte. El consolador me golpeaba por dentro con un ritmo seco y preciso. Ella me abrió una nalga y me escupió entre el culo y el coño antes de bajar un dedo a mi ano, apenas presionando alrededor para hacerme temblar.

—Mira cómo te pones solo con que te mande un poco —susurró en mi oído—. Te haces la frívola, pero lo que te gusta es que te humillen.

—Sí.

—Que te vean.

—Sí.

—Que te usen.

—Sí, joder, sí.

Empezó a follarme más fuerte. Ya no era un vaivén controlado; era una sacudida continua que me hacía chocar contra las cajas. Bajó una mano a mi clítoris y me lo frotó en círculos duros, casi brutales. El orgasmo me subió como un calambre por las piernas.

—Córrete —ordenó—. Córrete ahora.

Me corrí gritando, con el coño contrayéndose alrededor del juguete y las piernas temblando. Sentí cómo se me escapaba líquido por los muslos mientras ella seguía empujando un poco más, disfrutando mis espasmos. Me sostuve como pude para no caer.

Pero Vera no había terminado.

Me hizo girar, me sentó al borde de la mesa y me abrió las piernas. Se quitó por fin la blusa y el sujetador, dejando al aire unos pechos pequeños, duros, preciosos. Después se subió la falda, apartó las bragas a un lado y se sentó sobre mi cara.

Tuve apenas un segundo para ver su coño brillando antes de que me aplastara contra él.

—Ahora come y no hables.

La agarré por las caderas y volví a lamerla, esta vez desde abajo, respirando su olor directamente, con su peso sobre mi boca. Ella empezó a frotarse contra mi lengua con urgencia. Yo le apretaba el culo, la abría más, me tragaba sus gemidos y su humedad. Encima de mí, se estaba masturbando prácticamente con mi cara.

El sonido era sucio, húmedo, adictivo.

—Ahí, joder... ahí —repetía.

Le clavé las uñas en los muslos y seguí lamiendo sin descanso, variando entre chupadas al clítoris y lengua hundida en su entrada. Su cuerpo se tensó de golpe. Me agarró del pelo con las dos manos y se corrió sobre mi boca con un gemido largo, quebrado, casi rabioso.

Se quedó un instante encima, respirando fuerte. Luego bajó despacio y me besó. Tenía mi sabor y el suyo mezclados en los labios.

***

Nos recompusimos solo a medias. Ella siguió sin ropa interior. Yo seguía completamente desnuda. La excitación no había desaparecido; se había transformado en esa calma vibrante que deja el buen sexo cuando todavía queda juego pendiente.

—Sal —me dijo.

—¿Así?

—Así.

La miré un segundo y entendí enseguida. Quería llevar el juego al lugar exacto donde más me calentaba: el riesgo de ser vista. El edificio a esa hora ya estaba casi vacío, pero no del todo. Podía pasar alguien por el pasillo. Podía sonar el ascensor. Podía abrirse una puerta.

Y ese riesgo me empapó otra vez.

Salí del cuartito con la espalda recta y el coño todavía sensible. Mis pezones seguían duros, mis muslos manchados. Vera salió detrás, ya recompuesta del torso, pero sin la braga bien puesta, con esa expresión satisfecha de quien acaba de descubrir un poder nuevo.

Me llevó del cinturón hasta el despacho. Yo caminaba desnuda entre las mesas, sintiendo el aire del aire acondicionado rozarme todo el cuerpo. En cualquier momento alguien podía verme por la franja de cristal esmerilado de la entrada si se acercaba lo suficiente.

—Ponte junto a la puerta —dijo.

Obedecí.

Ella se sentó en mi silla, cruzó las piernas y me observó. Luego señaló la cerradura.

—Ábrela.

Lo hice. El pestillo quedó quitado. Bastaba un giro de manija desde fuera para que la puerta cediera.

—Ahora agáchate y recoge tu ropa del suelo. Despacio.

Sentí un escalofrío. Mi blusa había quedado cerca de la entrada. Mis bragas, justo frente a la puerta. Me incliné para recogerlas, abriendo las piernas sin pensar demasiado en cómo se vería mi coño desde cualquier ángulo. Oí a Vera levantarse. Oí sus pasos acercarse. Y, de pronto, la puerta se abrió unos centímetros hacia el pasillo.

Se me cortó la respiración.

No entró nadie. No había nadie ahí. Pero la puerta quedó abierta lo suficiente para mostrar mi cuerpo desnudo desde fuera si alguien doblaba la esquina en ese preciso instante.

—Sigue —dijo ella, en voz baja.

Seguí. Recogí el sostén, la falda, un zapato. El corazón me golpeaba tan fuerte que lo sentía en la garganta. Tenía el culo expuesto al pasillo. Las tetas colgando libres. El coño todavía húmedo. Y toda esa exposición me estaba poniendo a punto de correrme otra vez.

Vera se acercó por detrás y me acarició la raja con dos dedos lentos.

—Mira cómo vuelves a mojarte —susurró—. Qué fácil es contigo.

Me abrió más con los dedos mientras yo seguía inclinada, fingiendo ordenar mi ropa. Si alguien pasaba, no solo me vería desnuda. También la vería a ella tocándome. El pensamiento me hizo gemir.

—Silencio —ordenó.

Me metió un dedo. Después dos. Los movía despacio, como castigándome con paciencia. Yo tenía una mano apoyada en la pared para no caer. Con la otra apretaba las bragas contra el pecho como si eso sirviera de algo.

—Dime qué eres ahora mismo.

Tragué saliva. —Tu empleada... no. Tu jefa... no...

Me dio un cachete en el coño que me arrancó un respingo.

—Contesta bien.

—Tu puta —jadeé.

—Eso sí.

Empezó a meter y sacar los dedos más rápido. El sonido húmedo volvió a llenar el despacho. Yo estaba abierta junto a una puerta entreabierta, al borde de ser descubierta, y Vera me masturbaba como si me hubiera poseído de toda la vida.

—Córrete así —me dijo—. Con el pasillo mirándote.

No pude aguantar. Me corrí de pie, doblada, con las piernas temblando y la cara ardiendo de vergüenza y excitación. Ella sostuvo mi cuerpo mientras el orgasmo me atravesaba. Sentí cómo me goteaba por dentro de los muslos.

Después cerró la puerta con calma.

Nos quedamos unos segundos sin hablar. Yo respiraba con dificultad. Ella me lamió los dedos, uno por uno, sin apartar la vista de mi cara.

—Ahora sí puedes vestirte —dijo.

Me vestí despacio, todavía temblando. Ella hizo lo mismo. Volvimos a parecer dos mujeres de oficina, presentables, incluso serias. Pero debajo de esa ropa quedaba todo: el olor, la humedad, las marcas de sus dedos, el recuerdo de mi coño abierto junto a una puerta casi pública.

Antes de irse, se acercó a mí y me acomodó el cuello de la blusa.

—Mañana llego tarde otra vez —dijo.

—Lo sé.

—Y tú me vas a dejar.

La miré a los ojos y sonreí. —Probablemente.

Ella me besó una vez, breve y sucio, y salió.

Yo me quedé sola en el despacho, con las piernas todavía débiles y la certeza deliciosa de que el aburrimiento se había terminado. No porque hubiera perdido el control, sino porque había encontrado algo mejor: una mujer adulta, arrogante y dominante que disfrutaba viéndome exhibida, usada y húmeda en plena oficina.

Y yo, la verdad, estaba deseando volver a abrirle la puerta.

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Comentarios(6)

LaraBA

increible!! me tuvo enganchada de principio a fin, no pude parar de leer

Silvio_BA

Tiene que haber segunda parte sii o sii

romina_belen

La tension entre las dos es lo que hace especial este relato. Muy bien escrito, se siente real.

GonzaT_bsas

Esa inversión de poder al final es tremenda, no me lo esperaba para nada. Genial!!

Vane_Cba

Me recordó a algo que me pasó en la oficina aunque nada tan intenso jajaja. Muy bueno!

MarisolVP

Buenisimo. Me quede con ganas de saber que paso despues entre las dos

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