La apuesta voyeur que me metió en su grupo
Terminar aquella etapa debía haberme hecho sentir libre, pero yo solo sentía el mismo hueco de siempre. Mientras los demás hablaban de planes, viajes y fiestas, yo recogía mis cosas en silencio, fingiendo que no me importaba no estar incluida en nada. Había aprendido a moverme entre la gente como un fantasma: sin provocar rechazo abierto, pero sin dejar huella en nadie.
Intenté acercarme a unas chicas con las que había compartido años de rutina. Sonreí, dije una tontería sobre el final del curso y apenas me devolvieron una respuesta seca antes de seguir hablando entre ellas. Ni siquiera fue una humillación espectacular; fue peor, fue esa forma educada de borrarme.
Seguí guardando mis apuntes mientras oía lo que decían. Casi todos iban a pasar parte del verano en la misma ciudad costera, reuniéndose cada tarde en la misma playa y cada noche en los mismos bares. Escucharlo me dejó el cuerpo duro por dentro. Yo conocía ese lugar porque una tía mía vivía allí.
No era solo que quisiera ir. Era una obsesión torpe y desesperada: necesitaba, aunque fuera una vez, sentir que estaba dentro del grupo, que me hablaban, que me miraban para algo. Ya no soñaba con gustarles ni con caerles bien. Me bastaba con existir para ellos.
Cuando llegué a casa, encontré una nota para que llamara a mi madre. Me contó, casi sin respirar, que ella y mi padre se iban de viaje por varias semanas, que me habían dejado dinero y que seguro yo tendría planes con mis amigos. Dijo esa última palabra con una pausa rara, como quien cumple un trámite sin ganas de comprobar si miente.
—Claro, no se preocupen —contesté.
Colgué y me quedé mirando la pared. Mis padres nunca me habían pegado ni me habían hecho pasar hambre, pero hacía años que yo les sobraba. Era cómoda mientras no ocupara espacio ni pidiera afecto.
Entonces pensé en mi tía. No la veía mucho, pero recordaba su forma de hablar, su descaro, su costumbre de decir lo que a otros les daba vergüenza. La llamé sin pensarlo demasiado y, para mi sorpresa, me dijo que fuera cuando quisiera.
Me recibió con un abrazo fuerte y una sonrisa amplia. Había algo insolente en ella: una seguridad física que llenaba la casa antes que su voz. Se llamaba Mara, rondaba los cuarenta y parecía disfrutar de cada mirada que arrancaba. No era solo guapa; era una mujer que sabía perfectamente el efecto que producía y no fingía modestia.
Nos sentamos a beber algo frío y, sin saber muy bien por qué, le conté todo. Le hablé de mi invisibilidad, de la ansiedad que me daba ver a otros relacionarse con facilidad, de lo mucho que deseaba formar parte de ese grupo que me había ignorado durante años. Ella me escuchó sin interrumpirme, con una atención a la que yo no estaba acostumbrada.
—¿Y harías cualquier cosa por entrar? —me preguntó al final.
—Sí —respondí sin dudar—. Lo que sea.
Mara me sostuvo la mirada un momento largo. Después apoyó el vaso y se recostó en el sillón, pensativa.
—La gente como ellos siempre quiere una cosa —dijo—. Alguien por debajo. Una chica de la que se puedan reír, a la que puedan poner a prueba, alguien que no les estropee la diversión con orgullo.
Sentí un pinchazo en el estómago. Sabía lo que estaba insinuando y aun así quise oírlo entero.
—Si te conviertes en esa chica, te van a aceptar cerca —continuó—. No como igual. No al principio. Pero te van a abrir la puerta. A cambio, tendrás que aguantar miradas, bromas, órdenes y humillaciones. Y si dudas en el peor momento, te van a escupir fuera otra vez.
Tragué saliva.
—Lo haré.
—No juegues con eso, Vega. Te pueden hacer sentir muy pequeña.
—Ya me siento pequeña —le dije—. Si al menos me miran, prefiero eso a seguir siendo nadie.
Mara no me consoló. Sonrió apenas, como si hubiera esperado esa respuesta, y se puso de pie.
—Entonces vamos a hacerlo bien. Si vas a entrar por la puerta de la humillación, entra sin temblar.
***
A la mañana siguiente me llevó de compras y eligió por mí. Un bikini mínimo que me dejó expuesta de una forma que nunca me habría permitido sola. Mientras me miraba en el espejo del probador, me dio instrucciones simples: sonreír, no enfadarme, aceptar las bromas, responder con docilidad y, sobre todo, parecer disponible para el juego social que quisieran montar.
—No vas a suplicar —dijo—. Eso da pena. Vas a parecer encantada de participar, aunque se rían de ti. Esa mezcla les vuelve locos.
Yo asentía sintiendo el corazón en la garganta.
Llegamos a la playa poco después del mediodía. No tardé en reconocer al grupo. Eran ellos, desperdigados sobre toallas, neveras y sombrillas, ocupando más espacio del que les correspondía, como siempre. Mi respiración se aceleró tanto que me costó seguir caminando.
Mara dejó nuestras cosas cerca y se quitó el vestido ligero que llevaba encima del bikini. Varias cabezas se giraron de inmediato. Yo hice lo mismo con movimientos torpes y noté el peso de las miradas clavándose en mi pecho, en mis caderas, en lo poco que me cubría la tela. Quise cruzarme de brazos, pero no lo hice.
Nos acercamos a un grupo de chicas que reconocí enseguida. Hablamos un minuto, luego dos. Bastaron un par de comentarios bien dirigidos de mi tía y un par de respuestas ridículas mías para que empezaran las risas. No eran carcajadas crueles todavía, sino ese tono de superioridad juguetona con el que uno evalúa si la otra persona sirve para divertirse.
—¿En serio vas vestida así? —preguntó una de ellas, mirándome el bikini con descaro.
—Sí —dije sonriendo—. Mi tía dice que tengo que acostumbrarme a que se me note todo.
Las risas crecieron. No me estaban ignorando. Eso bastó para que un calor extraño me subiera entre las piernas.
Mara fue empujando la conversación hacia una apuesta absurda de vóley. Yo entendí enseguida que lo tenía preparado. Ellas también entendieron, pero solo la parte que les convenía: dos mujeres dispuestas a hacer el ridículo delante de todos a cambio de nada.
Perdimos, por supuesto. Perdimos de forma aparatosa, chocándonos, tropezando, dando golpes malos al balón. Cada error alimentó los gritos de los que se habían acercado a mirar. Yo me reía con mi mejor cara de idiota complaciente, aunque por dentro estaba temblando.
Cuando terminó, Mara me miró un segundo. Fue una orden silenciosa. Nos acercamos a las ganadoras y cumplimos la apuesta. Les entregamos la parte de arriba del bikini y nos quedamos con el pecho al aire delante de todo el grupo.
El ruido que levantó aquello me atravesó el cuerpo. Silbidos, gritos, aplausos, móviles alzándose. El sol me daba de lleno en los pezones y el aire salado me los endurecía. Quise taparme por reflejo, pero me obligué a bajar los brazos.
—Mírala, ahora sí que no se esconde —soltó un chico riéndose.
—Si queréis fotos, no me importa —dije antes de pensarlo demasiado.
Eso fue lo que terminó de meterme dentro. Me rodearon con una alegría casi infantil, como si de pronto yo hubiera encontrado la función exacta que debía cumplir. Me hicieron posar, sonreír, girarme, agacharme un poco, sacar pecho. Cada clic del móvil era una mezcla de vergüenza y alivio. Al fin estaban pendientes de mí.
Varias horas después, cuando la playa se había vaciado un poco, volví con Mara. Seguíamos las dos medio desnudas, tostadas por el sol y observadas de reojo por cualquiera que pasara cerca. Ella me preguntó si estaba arrepentida.
—No —le dije, y era verdad—. Nunca me habían mirado tanto.
Le conté lo de las fotos, las bromas, los comentarios. También le confesé algo más: uno de los chicos, Damián, me había puesto nerviosa desde que llegamos. No porque me tratara bien, sino porque era el tipo de hombre al que todo el mundo sigue, seguro de sí mismo, descarado y un poco cruel.
Mara sonrió como si acabara de oír exactamente lo que necesitaba.
—Entonces vamos a conseguir que te invite a la fiesta de mañana.
***
Damián estaba con dos amigos cerca de la orilla. Nos acercamos todavía con el pecho descubierto, como si aquello ya fuera normal para nosotras. Los tres nos miraron sin disimulo. Yo sentía las mejillas ardiendo, pero también un cosquilleo húmedo entre las piernas que me avergonzaba más que la desnudez.
Hablamos unos minutos. Mara pidió quedarse con ellos el rato que faltaba antes de irnos y Damián aceptó enseguida. Yo procuraba no mirarlo demasiado, aunque cada vez que lo hacía descubría que él llevaba rato repasándome el cuerpo con una tranquilidad obscena.
En un momento, Mara consiguió apartarlo unos pasos. No oí lo que dijo, pero vi la expresión de él cambiar, interesarse, tensarse. Después me llamó con un gesto.
—Tus amigos y tú al agua —ordenó Damián a los otros dos, con una sonrisa torcida—. Llévense a Vega y entreténganla.
Fui con ellos sin protestar. Apenas nos cubrió el agua por la cintura, empezaron a tocarme como si ya supieran que yo no iba a apartarme. Una mano en la cadera, otra en el culo, dedos presionando la carne con descaro. Solté una respiración entrecortada y uno de ellos se rio.
—Mírala, si le gusta.
Me gustaba. Y decirme eso por dentro me hizo sentir todavía más sucia y más excitada.
Cuando regresamos a la orilla, Damián me esperaba sonriendo. Me dijo que estaba invitada a la fiesta. Yo casi di un saltito de felicidad. Él me miró el pecho desnudo, luego la cara, y añadió:
—Pero ya que te gustan tanto los espectáculos, tendrás que portarte.
Mara intervino antes que yo pudiera responder. Lo que siguió fue otro juego, otra cesión, otra frontera cruzada. Acabamos desnudándonos por completo durante un rato para ellos, ya sin bikini, ya sin nada. El morbo de ser contemplada por el grupo entero me dejó temblando. Cuando me vestí para volver a casa llevaba solo una camiseta larga y sentía todavía la humedad entre los muslos.
Esa noche casi no dormí.
***
La fiesta fue en una casa alquilada cerca del paseo marítimo. Música fuerte, alcohol barato, luces bajas y demasiada gente moviéndose por habitaciones que olían a sudor, perfume y deseo. Mara me llevó hasta la puerta, me arregló el pelo con los dedos y me besó la frente antes de irse.
—No olvides lo que quieres —me dijo—. Si entras, entra del todo.
Dentro me recibieron con bromas apenas veladas. Alguno me llamó «la de la playa». Otro me preguntó si esa noche también pensaba enseñar algo. Yo respondí con sonrisas, sirviendo vasos, acercándome a quien me llamara, dejándome usar para pequeñas tareas absurdas. Cuanto más complaciente me mostraba, más natural parecía mi presencia.
Damián apareció una hora después, ya algo bebido pero con esa calma dominante que no dependía del alcohol. Me rodeó la cintura por detrás y pegó la boca a mi oído.
—Ven.
No pregunté adónde. Lo seguí por un pasillo hasta una habitación medio a oscuras. Había dos chicas y otro chico sentados en la cama, mirando como quien espera entretenimiento. En cuanto entré, entendí que no iba a haber intimidad. La puerta quedó entornada.
—Te gusta que te miren, ¿no? —me dijo Damián.
—Sí.
—Dilo mejor.
Tragué saliva y obedecí.
—Sí, me gusta que me miren.
Él me sostuvo la barbilla con dos dedos. No fue tierno.
—Entonces no te vas a hacer la tímida ahora.
Me besó sin suavidad, metiéndome la lengua en la boca como si ya me hubiera reclamado desde hacía tiempo. Noté el sabor a alcohol y menta, el peso de su mano apretándome una teta, el pulgar rozándome el pezón hasta ponerlo duro. Gemí contra su boca y oí detrás una risa baja, excitada.
—Mírala —dijo una de las chicas—. Está chorreando solo con eso.
La frase me atravesó como un latigazo. Damián me bajó la cara hacia su cuello y me ordenó que lo besara mientras me metía la mano por debajo de la falda. No llevaba ropa interior, por indicación de Mara. Sus dedos encontraron mi coño mojado enseguida.
—Joder —murmuró—. Sí que viniste lista.
Me abrió los labios con dos dedos y empezó a frotarme despacio, de arriba abajo, jugando con el clítoris sin dejarme acomodarme al ritmo. Yo me agarré a sus hombros para no caerme. No había nada elegante en cómo respiraba; ya estaba jadeando.
—Abre las piernas —ordenó.
Lo hice. Me metió dos dedos de golpe y me arrancó un gemido fuerte, húmedo, vergonzoso. La habitación se llenó del sonido de su mano entrando y saliendo de mí mientras me besaba a ratos y a ratos se apartaba solo para verme la cara.
—Así te quería ver desde la playa —dijo.
Los otros no se fueron. Al contrario, se acercaron un poco más. Una de las chicas me apartó el pelo de la cara para mirarme mejor. Yo estaba tan excitada que apenas podía pensar. Solo sentía los dedos de Damián follándome por dentro, cada vez más rápido, y la humillación deliciosa de estar abierta para él delante de todos.
—Ponte de rodillas —dijo al fin.
Obedecí sin levantar la vista. Le abrí el pantalón y saqué su polla. Era gruesa, caliente, ya dura del todo. Me la puso en los labios con un golpecito.
—A ver si para esto también eres tan aplicada.
La metí en la boca despacio al principio, notando la presión contra la lengua, el sabor salado de la piel y el peso de las miradas encima. Él me sujetó del pelo y marcó el ritmo enseguida. No me dejó hacerme la delicada. Me folló la boca con embestidas cortas, cada vez más profundas, hasta que los ojos se me llenaron de lágrimas y la saliva me chorreó por la barbilla.
—Eso es —dijo una voz detrás—. Mírala qué obediente.
Damián me sacó la polla de la boca para que respirara y aprovechó para pasar el pulgar por mi labio mojado.
—¿Quieres seguir?
—Sí.
—¿Qué quieres?
Me ardió la cara de vergüenza, pero lo dije.
—Quiero que me folles.
Se rio con un desprecio excitado que me hizo apretar los muslos.
—Eso sí te sale claro.
Me giró y me empujó hacia la cama. Quedé inclinada, con las palmas apoyadas en el colchón y la falda subida hasta la cintura. Sentí su mano abrirme el culo, acariciar un segundo entre las nalgas y volver al coño, donde seguía empapada. Luego la punta de su polla me rozó los labios hinchados.
—Mírenla bien —dijo a los demás—, que luego dirá que nadie le hace caso.
Se metió de una sola embestida. Solté un grito seco y me aferré a las sábanas. Me llenó de golpe, duro, sin darme tiempo a acostumbrarme, y después empezó a follarme con una cadencia brutal, corta al principio, más honda después. Cada choque me sacudía el cuerpo entero.
—Joder, qué apretada —gruñó, hundiéndomela hasta el fondo.
Yo ya no podía responder con frases enteras. Solo gemía, jadeaba y sentía cómo el placer se mezclaba con la vergüenza en una masa caliente que me subía por el vientre. Una de las chicas me agarró del mentón para obligarme a mirar hacia ella.
—Te gusta que te usen delante de todos, ¿verdad?
Asentí como pude.
—Contesta.
—Sí —gemí—. Sí, me gusta.
Damián me dio una palmada fuerte en el culo. No fue un castigo serio, pero me hizo gemir más alto. Después otra. Y otra. Entre golpe y golpe seguía metiéndomela hasta hacerme perder el aire.
—Pues disfruta —murmuró junto a mi oído—. Porque te están viendo todos.
Sentí dedos en el pecho, una mano ajena apretándome un pezón, otra apartándome más la falda. No sé en qué momento la puerta se abrió un poco más ni cuánta gente llegó a mirar desde fuera. Sí sé que eso me empujó más cerca del orgasmo. Me odié por ello y me corrí por ello.
Fue un orgasmo sucio, violento, con el coño contrayéndose alrededor de su polla mientras soltaba sonidos rotos que no pude contener. Damián no paró. Me sujetó de la cintura y siguió follándome a fondo, aprovechando cada espasmo, cada temblor.
—Aprieta, joder, aprieta así.
Yo estaba medio deshecha, pero aún así volvía a mover las caderas hacia atrás buscando más. Él debió notarlo, porque me agarró del pelo, me echó la cabeza atrás y me folló todavía más fuerte, con un ruido húmedo y obsceno que llenó la habitación.
—Te encanta —dijo entre dientes—. Eres una puta exhibicionista.
La palabra me atravesó de lleno. Me la creí en ese instante y eso me hizo gemir más fuerte.
Lo sentí tensarse, empujar una vez, dos veces más, y correrse dentro de mí con un gruñido ronco. Se quedó unos segundos clavado hasta el fondo, respirando fuerte, mientras yo notaba el calor de su corrida y mis piernas seguían temblando.
Cuando salió, un hilo espeso me resbaló por el muslo. Una de las chicas lo miró y soltó una carcajada incrédula.
—Mírala, ni se mueve. La han dejado tonta.
Yo seguía apoyada en la cama, abierta, sudada y con la garganta áspera de tanto gemir. Damián me levantó la barbilla para que lo mirara.
—Ahora sí perteneces un poco más al grupo.
No era una frase bonita. Era exactamente lo que yo había ido a buscar.
***
Creí que terminaría ahí, pero no. Me hicieron quedarme un rato más, sirviendo vasos otra vez, con el coño aún sensible y la corrida escurriéndome despacio. Cada paso me recordaba lo que acababa de pasar. Más de uno me miraba distinto ahora, no con cariño, sino con esa complicidad sucia que nace después de verte desnuda y follada.
Damián me llamó de nuevo cerca del amanecer, esta vez a la terraza, donde apenas quedaba gente. Me apoyó contra la pared y me metió la mano entre las piernas sin mediar palabra.
—Sigues mojada.
—Sí.
—Pensé que ya habrías tenido suficiente.
—No.
Me sonrió de lado, sorprendido y excitado a la vez. Metió dos dedos, luego tres, y me folló con la mano mientras yo apretaba los dientes para no hacer ruido. Del otro lado del cristal aún se veía gente dentro, borrosa por las luces. Cualquiera podía asomarse.
—Eso es lo tuyo, ¿verdad? —susurró—. Que puedan descubrirte.
Me bajó la cremallera del vestido y me sacó una teta. Tiró del pezón hasta hacerme jadear. Después se sacó la polla otra vez y me hizo girarme, dejándome inclinada sobre la barandilla.
Esta vez me la metió más despacio, saboreando el camino, como si quisiera recordarme que seguía teniendo el control. Yo empujé hacia atrás casi sin querer. Él se rio.
—Mira qué ansiosa estás.
Me folló allí, con una mano tapándome la boca y la otra agarrándome la cadera, mientras el cristal reflejaba nuestras siluetas. Cada embestida me hacía chocar suavemente contra la barandilla. Oía la música lejos, la respiración de él pegada a mi cuello y el sonido húmedo de mi cuerpo aceptándolo otra vez.
No duró tanto como la primera vez. Ya estábamos demasiado excitados. Me corrí rápido, mordiendo su palma, y él lo hizo segundos después, afuera esta vez, soltándome sobre el culo y la espalda baja con un gemido corto. El aire nocturno me enfrió la piel manchada.
Nos quedamos unos segundos inmóviles. Yo con el vestido a medio subir, respirando como una idiota satisfecha. Él miró el desastre que había dejado y pasó dos dedos por mi espalda para recoger parte de su semen. Luego me lo mostró con una media sonrisa.
—Límpiate y vuelve adentro —dijo—. No vayas a perderte nada.
Regresé al baño con las piernas débiles. Cuando me vi en el espejo, despeinada, corrida, con los labios hinchados y la mirada perdida, no reconocí a la chica que había llegado allí obsesionada con ser aceptada. Y, sin embargo, la reconocí más que nunca.
No me habían convertido en una reina ni en una igual. Me habían dado un sitio concreto: el de la que se deja mirar, tocar y follar mientras los demás deciden cuánto vale. Era un lugar mezquino, pero era un lugar.
Y lo peor, o quizá lo más honesto, es que yo lo había deseado.
Para quienes leen desde Buenos Aires: acompañantes en Villa Devoto, con fotos reales.