La profesora nos desnudó en la clase práctica
Me llamo Lorena y, durante varios meses, mi vida fue una rutina tan estricta que a veces sentía que se me estaba secando la sangre. Vivía con mis padres mientras preparaba unas oposiciones para un puesto sanitario, y mis días se repartían entre apuntes, cafés recalentados y la ansiedad de pensar que podía suspender después de tanto esfuerzo. Por la tarde iba a una academia pequeña donde una profesora particular nos machacaba con temas, test y esquemas hasta dejarnos la cabeza hirviendo.
Éramos tres alumnas fijas. Nadia, Clara y yo. Las tres rondábamos la misma edad, las tres estábamos solteras y las tres habíamos acabado cogiéndole cariño a nuestra profesora, Elena, una mujer madura, separada, segura de sí misma y con esa clase de autoridad tranquila que no necesita alzar la voz para que todo el mundo la obedezca.
Los viernes, cuando terminaba la clase, solíamos irnos las cuatro a tomar algo. Era nuestra manera de quitar tensión antes de volver al encierro del fin de semana. Hablábamos de exámenes, de hombres, de sexo a medias y de fantasías en broma, aunque yo sospechaba que no todo era broma.
Aquella tarde de viernes fui más arreglada de lo normal. Me puse una falda negra corta, medias finas color piel, una blusa blanca bastante ceñida y una chaqueta oscura. No lo hice por nadie en concreto, o eso me repetí mientras me miraba al espejo, pero la verdad es que me gustaba notar las miradas. Me gustaba sentir que, debajo de mi apariencia de opositora agotada, seguía habiendo una mujer capaz de provocar algo.
Cuando llegué, Elena ya estaba en el aula con Nadia y Clara. Las tres levantaron la vista a la vez, y las dos alumnas sonrieron de inmediato.
—Mírala —dijo Nadia—. Hoy vienes a aprobar o a que nos desconcentremos.
—Un poco de las dos cosas —contesté, dejando el bolso en la silla.
Elena me recorrió con la mirada sin disimulo. No fue una mirada larga, pero sí precisa. Se detuvo en mis piernas, subió a mi cintura y terminó en mi escote antes de volver a mis ojos.
—Perfecto —dijo ella—. Ya que hoy estamos todas despiertas, haremos una clase práctica.
Nos explicó que tocaría anatomía funcional. Yo pensé en láminas, en nombres de huesos, en músculos repetidos hasta la saciedad. Pero Elena dejó los apuntes a un lado, apoyó la cadera en la mesa y sonrió de una manera rara, como si ya supiera algo que las demás aún no.
—Podemos hacerlo con dibujos, como siempre —dijo—, o de una manera más visual. Vosotras decidís.
—Visual —soltó Clara al instante.
—Visual —repitió Nadia, riéndose.
Yo también asentí, más por inercia que por valentía. Elena se incorporó, cruzó los brazos y remató:
—Entonces necesito una voluntaria.
Hubo un silencio cargado de risas ahogadas. Ninguna dio un paso. Yo tampoco.
—Lorena —resolvió Elena—. Has llegado la última. Te toca.
Noté el golpe de calor antes de ponerme de pie. Caminé hasta el frente con las piernas tensas, consciente de que Nadia y Clara me miraban el culo mientras avanzaba. No hacía falta girarme para saberlo; lo sentía en la piel.
—Relájate —murmuró Elena cuando estuve a su lado—. Solo es una clase.
Solo una clase. Si lo hubiera sido de verdad, no me habría empezado a latir el coño de esa manera.
Elena se situó a mi espalda y me apartó el pelo del cuello con una delicadeza que no tenía nada de académica. El roce me puso los pezones duros debajo del sujetador antes incluso de que abriera la boca.
—Para ver bien la cintura escapular y la musculatura superior, esa blusa estorba.
Clara soltó una risita. Nadia silbó bajo.
—Si te da vergüenza, lo dejamos —añadió Elena con una calma que volvía más difícil negarse.
La verdad era que me daba vergüenza. Muchísima. Pero también tenía el cuerpo ardiendo y una fantasía vieja, casi secreta, de exhibirme delante de otras personas y notar cómo me miraban. Tragué saliva y empecé a desabrocharme la blusa.
—Déjame ayudarte —dijo Nadia, levantándose.
Se puso frente a mí y fue soltando los botones uno por uno, despacio, rozándome la piel del vientre con los nudillos. No tenía ninguna necesidad de tocarme así, pero lo hizo igual. Cuando terminó, me sacó una manga y luego la otra. Me quedé en sujetador, con la falda todavía puesta, sintiendo la habitación mucho más pequeña.
—Mucho mejor —murmuró Elena.
Se colocó a mi lado y empezó a señalar clavículas, hombros y la línea del esternón con las yemas de los dedos. No usaba un puntero ni mantenía distancia. Me tocaba directamente. Cada explicación venía acompañada de una caricia técnica, y cada caricia me iba dejando más húmeda.
—Aquí tenéis el deltoides. Aquí el pectoral mayor. Si os fijáis en la postura, cuando una mujer está tensa lo primero que se le nota es en hombros y cuello.
—Y en la respiración —añadió Clara desde su silla.
—También —dijo Elena, sin dejar de mirarme—. Sobre todo cuando intenta hacerse la tranquila.
Las otras dos se rieron. Yo no podía ni fingir normalidad. Tenía la cara encendida y la respiración corta. Elena me hizo girar despacio.
—Ahora la espalda. Y para eso, el sujetador también estorba.
No me dio tiempo a responder. Sus dedos ya estaban en mi cierre. Lo abrió con una facilidad insultante y me sostuvo un brazo para sacar primero un tirante y luego el otro. Clara recibió el sujetador y lo dejó sobre una silla, como si de verdad estuviéramos siguiendo una lección ordenada.
Quedar con el torso desnudo delante de ellas me dio un vértigo brutal. Instintivamente me tapé los pechos con las manos.
—No —dijo Elena, en tono suave pero firme—. Si te cubres, no vemos nada.
Lo dijo como una profesora corrigiendo una postura, pero a mí me sonó a otra cosa. A una orden. Bajé las manos muy despacio y dejé mis tetas al aire. El silencio que siguió pesó más que cualquier comentario.
Nadia me estaba mirando los pezones sin pestañear. Clara se mordía el labio. Elena, en cambio, me observaba la cara, disfrutando de mi pudor como si pudiera olerlo.
—Eso es —dijo—. Ahora sí.
Me fue tocando la espalda, la nuca, los omóplatos. Sus dedos descendieron por la columna y se detuvieron en la cintura. Después me hizo volver a girar para quedar de frente a las otras dos. Mis pechos se movieron con el giro, y vi cómo Nadia seguía ese movimiento con una atención descarada.
—¿Seguimos con la parte inferior? —preguntó Elena.
Nadie respondió. No hacía falta. El ambiente se había vuelto espeso, lleno de un calor que ya no tenía nada que ver con la calefacción del aula.
—Quítate la falda, Lorena.
La obedecí. Me descalcé primero, bajé la cremallera y dejé que la tela cayera hasta mis tobillos. La recogí y la dejé aparte. Me quedé en medias y braguitas, respirando por la boca.
—Las medias también —pidió Clara desde atrás, con una voz más ronca de lo normal.
Elena sonrió, complacida.
—Buena observación. Las piernas se ven mejor sin ellas.
Nadia vino otra vez a ayudarme. Me sostuvo por la cintura mientras me deslizaba las medias por los muslos y después me las bajaba por las pantorrillas. El simple hecho de tener sus manos tan cerca del coño hizo que se me escapara un gemido pequeño, humillante de lo audible que fue.
—Parece que la clase le está gustando —dijo Clara.
—Parece —confirmó Elena.
Ya solo me quedaban las braguitas. Eran sencillas, nada espectaculares, y tal vez por eso me dio más pudor que todo lo anterior. Pero a esas alturas estaba excitada hasta el temblor. Quería seguir. Quería saber hasta dónde pensaban llevarme.
—Fuera también —ordenó Elena.
Metí los dedos en la goma y me las bajé. Se pegaron un segundo a mi coño antes de deslizarse por los muslos. Clara las tomó y las levantó con dos dedos.
—Están mojadas —dijo, enseñándolas.
Me habría gustado desaparecer, pero lo que sentí no fue ganas de huir. Fue un golpe de deseo tan fuerte que casi me fallaron las piernas. Estaba completamente desnuda en mitad del aula, con mi profesora y mis dos compañeras mirando mi cuerpo, mi sexo afeitado, mis tetas agitadas por la respiración. Y en vez de sentirme humillada, me sentía viva.
Elena siguió hablando un rato más, señalando caderas, rodillas, tobillos, la línea interna del muslo. Ya no fingía distancia. Me abría las piernas con las manos para mostrar la zona pélvica, rozándome los labios sin llegar a tocar de lleno, como si quisiera mantenerme al límite.
—Aquí tenéis los aductores —explicó, deslizando la palma por la cara interna de mi muslo—. Y aquí una alumna que está chorreando.
Nadia soltó una carcajada breve. Clara se levantó de la silla.
—Déjanos verla más de cerca.
Yo me quedé quieta. Elena me apoyó una mano en la nuca y me hizo inclinarme un poco hacia atrás, ofreciéndome a las otras dos. Nadia se acercó por un lado y Clara por el otro. Sentí sus respiraciones en la piel antes de notar sus manos.
Una me apretó una teta. La otra me acarició la barriga y bajó hasta el monte de Venus. Abrí la boca y gemí sin poder evitarlo.
—Mírala —susurró Nadia—. Ya no le da ninguna vergüenza.
—Le daba al principio —corrigió Elena—. Ahora quiere más.
Tenía razón. Quería más. Mucho más.
Clara me separó los labios del coño con dos dedos y soltó un jadeo al verme tan mojada. Elena no apartó la mano de mi nuca; al contrario, la apretó un poco más, sujetándome como si fuera suya.
—Decidlo vosotras —propuso la profesora—. ¿Seguimos con la teoría o pasamos a la práctica de verdad?
—Práctica —dijeron Nadia y Clara casi a la vez.
Elena me miró de cerca.
—¿Y tú?
Me costó sacar la voz.
—Sí.
—No te he oído.
—Sí, quiero.
—¿Qué quieres?
La forma en que lo preguntó me hizo arder entera. Tragué saliva y me obligué a decirlo.
—Quiero que me toquéis.
—Eso está mejor.
Me sentó sobre la mesa del aula y me hizo abrir bien las piernas. El gesto fue directo, casi clínico, pero la imagen no tenía nada de neutra. Yo desnuda y expuesta, con el coño abierto a pocos centímetros de los apuntes y los rotuladores; mis compañeras de pie frente a mí, y Elena entre mis muslos, dominando la escena.
Fue ella la primera en tocarme de verdad. Me pasó dos dedos por la raja, recogiendo toda mi humedad, y luego me frotó el clítoris con pequeños círculos lentos que me obligaron a morderme el labio.
—Joder —murmuró Nadia—. Está empapada.
—Lleva así un buen rato —respondió Elena.
Metió un dedo dentro y después otro. Entraron sin resistencia. Mi coño los tragó con un ruido húmedo que se oyó clarísimo en el silencio del aula. Yo eché la cabeza hacia atrás y abrí más las piernas por puro instinto.
—Así, buena chica —dijo Elena, follándome con la mano cada vez más hondo—. Quiero que tus compañeras vean cómo se te abre el coño.
Clara se colocó a mi lado y me agarró una teta, pellizcándome el pezón entre los dedos. Nadia se puso detrás y empezó a besarme el cuello. Éramos cuatro mujeres en una academia vacía, al final de una semana de estudio, y de repente solo existían los dedos entrando y saliendo de mí, la lengua húmeda de Nadia detrás de mi oreja y el pezón tirante en la mano de Clara.
—No aguanto más sin probarla —dijo Clara.
Elena levantó la vista y asintió.
Clara se arrodilló entre mis piernas y me agarró los muslos por debajo, abriéndome del todo. Sentí su aliento contra el coño, luego el primer lengüetazo, largo, desde la entrada hasta el clítoris. El gemido me salió tan fuerte que Nadia me tapó la boca con la mano, riéndose.
—No vayas a despertar al vecino —susurró.
Clara comía coño con hambre de verdad, sin delicadeza falsa. Me metía la lengua, chupaba, volvía al clítoris y lo succionaba hasta hacerme retorcerme sobre la mesa. Elena no dejó de follarme con los dedos mientras ella me lamía, y esa mezcla me estaba destrozando. Cada vez que la lengua tocaba el clítoris, los dedos empujaban dentro a la vez.
—Mírala cómo tiembla —dijo Elena—. Está a punto.
Lo estaba. Clarísima, brutalmente a punto. Me aferré al borde de la mesa y abrí más las piernas. Clara me devoraba el coño sin parar, y Elena aceleró el ritmo de los dedos hasta clavar la palma contra mí. La descarga me subió como un latigazo desde el vientre.
Me corrí temblando, con el coño contrayéndose alrededor de sus dedos y la cara ardiendo de placer y vergüenza. Clara no se apartó; siguió lamiendo mientras yo me sacudía y gemía detrás de la mano de Nadia.
—Qué buena corrida —dijo Clara cuando por fin levantó la cara, brillándole la boca.
Yo apenas podía respirar. Pensé que me dejarían descansar, pero Elena retiró los dedos de mi interior y me los puso ante la boca.
—Límpiate.
Los chupé sin protestar. Sabían a mí. Nadia soltó un sonido ahogado al verlo.
—Ahora vosotras —ordenó Elena.
La profesora tomó mi mano y la puso sobre el pecho de Nadia. Debajo de la camiseta tenía el pezón duro como una piedra. Clara ya se estaba subiendo la falda, sin ningún pudor, y dejaba ver unas bragas negras empapadas en la entrepierna.
—Quiero que participes de verdad, Lorena. Ya te hemos mirado bastante.
Me bajé de la mesa con las piernas todavía flojas. Besé a Nadia primero. Su lengua entró en mi boca con un hambre que me hizo gemir otra vez. Mientras la besaba, le metí una mano por debajo de la falda a Clara y le palpé las bragas mojadas.
—Joder —le dije—. Tú también estás chorreando.
—Pues quítamelas.
Lo hice. Se las bajé hasta los muslos y ella se apoyó en una silla para apartarlas del todo. No llevaba nada más debajo. Le metí dos dedos sin aviso y soltó un gemido ronco, agarrándose al respaldo.
—Eso, así —jadeó—. Fóllame con la mano.
Elena observaba la escena con los brazos cruzados, como una directora satisfecha de su obra. Luego se acercó a Nadia, le levantó la barbilla y la besó. Ver a aquella mujer madura besando a mi compañera mientras yo le metía los dedos a la otra fue tan excitante que me volvió a mojar al instante.
Nadia me empujó suavemente hasta la mesa otra vez.
—Túmbate.
Obedecí. Ella me abrió las piernas y se colocó entre ellas. Clara, todavía con mis dedos dentro, se inclinó sobre mi pecho y empezó a chuparme un pezón. Elena se situó a mi lado y me acarició la cara.
—Quiero ver cómo te corres otra vez —me dijo al oído—. Esta vez con dos bocas sobre ti.
Nadia me lamió el coño mientras Clara bajaba desde mis tetas hasta el vientre y se arrodillaba a su lado. La sensación de sus dos lenguas, una en el clítoris y otra jugueteando más abajo, me dejó sin pensamiento. Solo existía el ruido húmedo, sus bocas trabajando, mis piernas temblando abiertas para ellas. Elena me acariciaba el pelo y de vez en cuando me pellizcaba los pezones, añadiendo otra punzada de placer.
—Mírala —dijo Elena—. Le encanta que la miren, que la abran, que la coman entre dos.
—Sí —alcancé a gemir—. Sí, me encanta.
—Dilo bien.
—Me encanta que me miréis. Me encanta que me comáis el coño.
Las dos redoblaron el ritmo al oírme. Nadia se centró en el clítoris, succionándolo con insistencia. Clara me metió la lengua dentro mientras me sujetaba por los muslos. Fue demasiado. Me corrí otra vez con un grito ahogado, notando cómo me latía el coño en su cara y cómo el orgasmo me dejaba el cuerpo flojo, rendido.
Cuando bajé un poco de la sacudida, Elena me hizo incorporarme.
—Aún no hemos terminado.
Abrió un cajón de su mesa y sacó un vibrador pequeño, negro, que ninguna de nosotras había visto antes. Nadia soltó una carcajada incrédula.
—Así que tenías material de apoyo.
—Siempre preparo bien las clases —contestó Elena.
Encendió el juguete y el zumbido me tensó otra vez el vientre. Me lo apoyó primero en el clítoris, apenas un roce, y yo cerré las piernas por reflejo. Ella me las volvió a abrir con firmeza.
—Quietita.
El vibrador me golpeó donde más sensible estaba después de correrme dos veces. Sentí una mezcla dolorosa y deliciosa que me arrancó un quejido. Clara me besó mientras Nadia me sujetaba los tobillos separados. Elena subía y bajaba el juguete por mi coño, se detenía en el clítoris, lo apretaba un poco más y yo ya no sabía si quería apartarme o pedirle más.
—Aguanta —me dijo—. Quiero verte perder el control.
Lo perdí. A los pocos segundos estaba retorciéndome, intentando escapar del zumbido y ofreciéndome al mismo tiempo. El tercer orgasmo llegó desordenado, casi violento, haciéndome cerrar los muslos contra la mano de Elena. Ella no apartó el vibrador hasta exprimirme por completo.
Quedé jadeando, sudada, con las piernas inútiles. Las tres me miraban como si acabaran de desarmarme entre todas, y la verdad era exactamente esa.
***
Nos quedamos un rato desnudas en el aula, respirando, riéndonos a medias de lo que acababa de pasar. La tensión había cambiado de forma: ya no era anticipación, sino una intimidad espesa, sucia, deliciosa. Clara se puso mis braguitas en la cara y bromeó con no devolverlas. Nadia se sirvió agua en un vaso de plástico sin molestarse en vestirse primero.
Elena se sentó frente a mí en una silla, todavía impecable salvo por el brillo en los ojos.
—Ahora ya sabes por qué insistía tanto en las clases prácticas.
—No me lo había imaginado así —dije, aún con la voz rota.
—Pero lo habías imaginado —replicó ella.
No pude negarlo. Tal vez no con ellas concretamente, pero sí algo muy parecido: estar expuesta, ser observada, convertirme en el centro del deseo ajeno. Que tres mujeres adultas disfrutaran mirándome y haciéndome correrse me había tocado una fibra que llevaba años escondida.
Nadia se apoyó en la mesa a mi lado y me besó el hombro.
—El viernes que viene me ofrezco voluntaria yo.
Clara negó con la cabeza.
—Ni hablar. Vamos a turnarnos.
Elena sonrió despacio.
—Eso suena razonable.
Empezamos a vestirnos con una lentitud indecente. Cada prenda que volvía al cuerpo parecía casi un estorbo después de haber estado tan abiertas unas para otras. Mientras me subía la falda, noté la humedad seca entre los muslos y tuve que apretar las piernas para contener un escalofrío.
Antes de salir, Elena se acercó y me acomodó el cuello de la blusa como si fuera un gesto inocente.
—Esta noche, cuando estemos tomando copas, nadie va a imaginar cómo has terminado la clase.
—Yo sí lo voy a recordar —respondí.
—Mejor todavía.
Salimos juntas a la calle, arregladas, peinadas, con cara de mujeres normales después de una semana de estudio. Pero yo caminaba distinta. Sentía el coño sensible a cada paso y una seguridad nueva bajo la ropa, una mezcla de descaro y secreto que me excitaba más que cualquier escote.
Esa noche, sentada en un bar con ellas tres, entendí algo simple: no solo me excitaba el sexo. Me excitaba que me miraran. Me excitaba saber que otras personas deseaban lo que veían y que yo podía entregarlo o negarlo. Y, desde aquella primera clase, cada viernes dejó de ser solo el final de una semana dura. Se convirtió en la espera de la siguiente lección.
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