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Relatos Ardientes

Nuestra primera vez nudista en una playa voyeur

El calor me tenía empapado antes de llegar al último repecho del sendero. Me limpié la frente con el antebrazo y levanté la vista hacia la franja azul del mar, brillante y limpia bajo un sol de esos que no perdonan. Abajo, entre arena clara y roca oscura, la cala parecía una promesa.

Volteé para buscar a mi pareja y la vi unos metros atrás, subiendo con calma entre piedras sueltas, cargando la mochila y mascullando algo que el viento se llevó. Lara siempre había sido más paciente que yo, más de detenerse a mirar el paisaje, a sacar fotos, a disfrutar del trayecto. Yo, en cambio, ya iba caliente por otra cosa.

—Vamos, que ya casi estamos —le grité.

—Sí, ya te vi correr como idiota —respondió cuando estuvo más cerca, jadeando pero sonriendo.

Llevaba una camiseta blanca pegada a la piel por el sudor y un short corto sobre el bikini. La tela húmeda marcaba sus tetas de una forma obscena, y yo tuve que apartar la vista un segundo para no quedarme mirándole el pecho como un animal. No era solo calentura; era la sensación de estar lejos de todo, de cualquiera que pudiera conocernos, como si esa costa nos hubiera borrado el nombre.

—Podrías quitarte la camiseta —dije—. Te vas a asar ahí dentro.

—Y me voy a quemar viva después. No gracias.

Resoplé y ella soltó una risa breve, de esas que dejan claro que ya me tenía leído. Sacó el móvil para hacer fotos del paisaje y me pidió que posara junto a un risco. Lo hice sin ganas, pensando más en lo que me gustaría grabar que en el puto horizonte.

Seguimos caminando entre arena y piedra, con el mar apareciendo y desapareciendo entre los desniveles. La excursión había sido idea de ambos, pero la fantasía era toda mía. Antes del viaje había leído sobre aquellas playas apartadas, sobre el nudismo, sobre parejas que se alejaban de las zonas concurridas y se dejaban llevar. La idea de exhibirme me había dado morbo desde hacía tiempo, aunque me costara admitirlo en voz alta.

Siempre había sido reservado, incluso tímido en algunas cosas, pero el deseo de que me vieran desnudo, de notar miradas ajenas encima, me revolvía por dentro con una fuerza ridícula. Y más si ella estaba conmigo. Más si podía verla desnuda entre desconocidos. Más si podía follármela sabiendo que alguien, en algún punto, podía estar mirando.

Al llegar a otro recodo del sendero vimos una pareja mayor caminando junto a la orilla sin una sola prenda encima. Iban tranquilos, como si nada, como si la desnudez fuera lo más natural del mundo. Sentí un golpe seco en el pecho, una mezcla de vergüenza y excitación.

—Mira —le dije a Lara, señalando hacia abajo—. Van completamente desnudos.

Ella entrecerró los ojos para ver mejor y se encogió de hombros.

—Pues sí. Es una playa nudista, ¿no?

Su tono despreocupado me animó más de lo que debería. Me acerqué un paso, como si observar mejor a aquella pareja me fuera a contagiar el descaro. Él tenía una polla pequeña y caída; ella, un cuerpo blando y una naturalidad que me dio hasta envidia.

—Más adelante hay otra cala más tranquila —dije, fingiendo casualidad—. Podríamos bañarnos desnudos.

Lara me miró de lado, con esa media sonrisa que usaba cuando olía una travesura.

—¿Tú? ¿Desnudo delante de gente?

—Sí, yo. Lo digo en serio.

—Ya veremos.

No era un no. Y con eso me bastó.

El resto del camino lo hice con una energía nueva. Ya no me molestó el calor ni sus pausas breves para beber agua. Todo estaba filtrado por la imagen que me había clavado en la cabeza: Lara quitándose el bikini bajo aquel sol, tumbada desnuda sobre la arena, y yo mirándola mientras otros también la miraban.

Cuando por fin llegamos a la cala, vi que no estaba vacía, pero tampoco llena. Había grupos dispersos, varias parejas, un hombre solo tumbado más lejos, otra pareja caminando al borde del agua. La mayoría estaban desnudos o a medio desvestir. El sitio tenía algo impúdico y tranquilo al mismo tiempo, como si el cuerpo allí dejara de ser secreto.

—¿Entonces? —pregunté, tratando de sonar sereno.

Lara recorrió la playa con la vista, dudó un momento y luego soltó la mochila dentro de un pequeño resguardo de piedras semicircular.

—Entonces ya que hemos llegado hasta aquí, no voy a quedarme con las ganas.

La vi extender la toalla y sentí un tirón brutal en la entrepierna. Yo fui más rápido: me quité la camiseta, el short y el bañador de un tirón, quedándome desnudo en segundos. El aire caliente me golpeó la piel y por un instante me sentí ridículo, expuesto, demasiado visible. Después pasó algo mejor: me gustó.

Me gustó que una pareja que pasaba cerca pudiera verme. Me gustó notar el sol en el culo, en los huevos, en la polla todavía medio dormida. Me gustó sentir que ya no había vuelta atrás.

Lara me miró y empezó a reírse.

—Tienes cara de no creértelo.

—Porque no me lo creo.

—Hazte a un lado —dijo—. Me tapas el sol.

Entonces se quitó la camiseta despacio. Debajo llevaba un bikini negro sencillo que le sujetaba las tetas apenas lo justo. Después bajó el short por las caderas, revelando las curvas de su culo, firme y redondo, y se quedó de pie un segundo, en bikini, mirando alrededor. Yo no apartaba los ojos.

—Si me arrepiento, te jodes —murmuró.

Se desató la parte de arriba primero. Las tetas le cayeron libres, pesadas, rosadas por el calor. El pezón se endureció casi al instante con el viento. Luego se quitó la braguita, la deslizó por los muslos y quedó desnuda por completo, con el coño depilado y brillante bajo la luz. Sentí cómo la polla empezaba a endurecerse sin remedio.

—Joder... —se me escapó.

—No pongas esa cara —dijo, aunque le gustó verme así.

Nos tumbamos un rato para acostumbrarnos, pero yo no podía estar quieto. Cada vez que alguien pasaba cerca, mi respiración cambiaba. Había hombres que miraban de reojo, mujeres que disimulaban menos, una pareja que al cruzar dedicó un vistazo claro a las piernas abiertas de Lara antes de seguir hacia el agua. Ella lo notó también.

—Te están mirando la polla —susurró, divertida.

—Y a ti el coño.

—Eso te pone, ¿no?

La pregunta me golpeó justo donde debía. Giré la cabeza hacia ella y vi que tenía una expresión distinta, menos burlona, más curiosa. El calor ya no era solo del sol.

—Sí —admití—. Me pone mucho.

—A mí también un poco.

Nos miramos en silencio y después fuimos hacia el agua. Crucé la playa desnudo, con la polla ya bastante dura, sin molestarme en ocultarla. De hecho, cuanto más evidente era mi excitación, más morbo me daba. Un hombre tumbado boca abajo levantó un poco la cabeza al vernos pasar. Otra pareja, dentro del mar, nos observó acercarnos.

El agua estaba fresca, limpia y casi transparente. Lara se metió primero, soltando un jadeo, y yo fui tras ella. Cuando el agua nos cubrió hasta la cintura me acerqué y la besé. El sabor a sal, su boca caliente, su cuerpo resbalando contra el mío; todo eso me disparó todavía más.

Ella bajó una mano entre nosotros y me agarró la polla bajo el agua.

—La tienes durísima —dijo en voz baja.

—No te hagas la sorprendida.

—Me excita verte así, sabiendo que cualquiera se da cuenta.

La abracé por la cintura y pegué la punta de la polla a su coño. Las olas nos movían y eso lo volvía todo torpe, pero también más sucio, más urgente. Lara abrió un poco las piernas e intentó guiarme. Yo empujé despacio, buscando entrar, y logré meter solo la punta antes de que una ola nos desacomodara.

—Quieta... así... —murmuré.

Lo intentamos otra vez. Entré un poco más, sentí el calor de su coño tragándome apenas media polla, y tuve que apretar los dientes. Ella se agarró a mis hombros y gimió cerca de mi oído. Pero el suelo cedía bajo nuestros pies y cada ola nos rompía el ritmo.

—Qué difícil de mierda —dije.

—No pares.

Seguí intentando clavársela entre el vaivén del agua, empujando cuando podía, saliéndome cuando no. El juego era excitante, pero frustrante. La tenía tan dura que me dolía, y apenas conseguía meterle unos centímetros antes de que el mar nos separara. Aun así, verla mordiéndose el labio, desnuda en medio de aquella playa, mientras dos desconocidos flotaban no muy lejos, bastó para dejarme casi temblando.

Salimos del agua riéndonos, excitados y jodidos por igual. Yo llevaba la polla tiesa, apuntando sin vergüenza, y no hice nada por taparme. Noté claramente la mirada de un tipo sentado cerca de la orilla siguiendo mi erección mientras volvía al refugio. Esa mirada me encendió más de lo que quería reconocer.

Nos tumbamos boca arriba para secarnos. Lara cerró los ojos un momento, con las tetas subiendo y bajando al ritmo de la respiración. Yo no pude aguantar ni un minuto. Le rozé un pezón con los dedos y empecé a acariciarme la polla con la otra mano.

—No empieces —dijo, aunque no apartó mi mano del todo.

Me incliné a besarla. Le mordí el labio, bajé al cuello, chupé despacio la piel caliente y luego un pezón duro, tirando con la lengua y los dientes. Lara dejó escapar un gemido corto y me agarró la muñeca.

—Hay gente —murmuró.

—Ya sé.

—Eso te pone peor.

—Sí.

Ella me miró con los ojos brillantes y después llevó una mano a mi polla. La rodeó con los dedos y empezó a pajearme despacio, sin dejar de mirar alrededor. Ese gesto, esa mezcla de miedo y calentura, me volvió loco.

—Joder... —resoplé.

—La tienes como una piedra. No entiendo cómo sigues vivo.

—Chúpamela.

—Ni de coña.

—Vamos.

—Estás enfermo.

Se incorporó un poco para mirar hacia los lados. Había gente, sí, pero nadie demasiado cerca de nuestro círculo de piedras. Más allá, a unos metros, una pareja hablaba tumbada al sol. El hombre que antes nos había mirado seguía solo, ahora aparentemente concentrado en su libro, aunque de vez en cuando levantaba la vista. Lara lo vio también.

—Ese de ahí está pendiente —susurró.

—Mejor.

Ella me soltó una mirada de reproche que no le duró nada. Volvió a bajar la vista a mi polla, húmeda aún por el mar y por su mano, y terminó por inclinarse. Primero lamió la punta, apenas un roce lento. Después sacó la lengua y recorrió el glande en círculos, mirándome como si quisiera recordarme que me estaba haciendo un favor inmenso.

Se la metió en la boca poco a poco. Casi me arqueé entero al sentir el calor húmedo de sus labios tragándome. Empezó a mamar con movimientos cortos, medidos, alternando succiones con lamidas largas por el tronco. Yo miré alrededor y verifiqué que nadie parecía escandalizado; si acaso, más atentos de lo normal.

Le agarré el pelo con suavidad, sin forzarla, y empujé apenas un poco cuando tomó más polla. Ella bufó por la nariz, molesta y excitada a la vez, y siguió mamándomela. El sonido húmedo de su boca sobre mi verga era obsceno incluso con el viento alrededor. Yo estaba al borde de correrme solo con eso.

—Así... joder, así —le dije en voz baja.

Le subí una pierna sobre mi hombro y bajé la mano entre sus muslos. Tenía el coño empapado. No solo húmedo: empapado de verdad. Separé sus labios con dos dedos y empecé a frotarle el clítoris mientras seguía chupándome. Sus gemidos salían amortiguados alrededor de mi polla.

Le metí un dedo. Luego dos. Entraban fáciles, resbalando dentro de ese coño caliente que se me apretaba alrededor de los nudillos. Ella dejó de mamar solo un segundo para jadear.

—No puedo creer que estemos haciendo esto aquí —dijo.

—Y te encanta.

—Sí, me encanta.

Volvió a meterme la polla en la boca con más ganas, más profunda ahora, tragando hasta donde podía y sacándola con una lentitud desesperante. Yo seguí trabajándole el coño con los dedos, entrando y saliendo, curvándolos para buscarle ese punto que siempre la hacía temblar. Cuando lo encontré, se le cerraron los muslos y casi me dobló la polla de golpe al apartarse.

—Joder... espera... —gimió.

Aproveché para colocarme entre sus piernas. Le abrí más los muslos y me incliné a comerle el coño sin ninguna delicadeza. Le pasé la lengua desde la entrada hasta el clítoris una y otra vez, chupando, lamiendo, hundiendo la boca mientras ella se retorcía sobre la toalla. El sabor salado de su excitación y del mar seguía en su piel. Era una mezcla sucia y perfecta.

—Más despacio —pidió, y enseguida agregó—. No, así no. Así. Joder, sí.

Le metí la lengua dentro, luego dos dedos, y chupé el clítoris al mismo tiempo. Lara abrió más las piernas, sin importarle ya nada. Sus manos apretaban la tela de la toalla, sus caderas buscaban mi boca, y sus gemidos dejaron de ser discretos. A cada sonido suyo yo pensaba en quién podía estar oyéndola. A cada espasmo me imaginaba ojos clavados en nosotros detrás de unas gafas de sol.

Levanté la cabeza solo para decirle:

—Quiero follarte aquí mismo.

—Hazlo de una vez.

Me puse de rodillas entre sus piernas y agarré mi polla. Estaba dura y brillante, pesada de deseo. La pasé por su coño, embarrándome de lo mojada que estaba, y apoyé la punta en la entrada. Lara levantó la pelvis buscándome.

Entré despacio al principio, solo para disfrutar cómo se abría alrededor de mí. Después le metí media polla de un empuje y soltó un gemido ronco que me hizo perder lo poco de control que me quedaba. Se la hundí hasta el fondo y me quedé ahí un segundo, sintiendo cómo me apretaba por dentro.

—Joder... sí... —dijo con la voz rota.

Empecé a moverme. Primero con embestidas cortas, profundas, para adaptarnos a la postura y al terreno. Luego más fuerte. Más rápido. La toalla se arrugaba bajo su culo, mis huevos le golpeaban el culo a cada ida y vuelta, y el ruido húmedo del mete y saca se mezcló con el rumor del agua.

—Mírame —le ordené.

Ella abrió los ojos y me sostuvo la mirada mientras yo la follaba cada vez más duro. Tenía las mejillas coloradas, las tetas rebotándole con cada embestida, los pezones tiesos, la boca entreabierta. Era una visión tan brutal que casi me corro en ese instante.

—Así te quería ver —dije—. Desnuda, abierta y dejándote follar en la playa.

—No hables y sigue —jadeó—. Sigue, cabrón.

Le agarré una pierna y se la levanté más, abriéndola para entrarle todavía mejor. La polla le golpeaba ese punto interno que la hace gemir distinto, más agudo, más desesperado. Cada vez que la sacaba casi del todo y volvía a clavársela, ella se arqueaba y me apretaba por dentro con una fuerza deliciosa.

—Te están oyendo —le susurré.

—Que oigan.

Esa respuesta me destrozó la cabeza. Bajé una mano y le froté el clítoris mientras seguía penetrándola sin compasión. El cambio fue inmediato: su cuerpo se tensó, cerró las piernas alrededor de mi cintura todo lo que pudo y empezó a gemir ya sin contenerse.

—No pares, no pares, no pares...

Seguí. La follé con ganas, con el cuerpo entero empujando, sintiendo arena pegada en las rodillas, sal en la piel, sudor en la espalda. Ya no importaba nada más. Solo ese coño tragándome una y otra vez, los ojos de Lara perdidos, su respiración cortada.

Se corrió de golpe, temblando. Lo noté clarísimo: el coño se me cerró alrededor de la polla con espasmos violentos y ella soltó un gemido largo, sucio, que intentó ahogar mordiéndose el brazo. Su orgasmo me empapó aún más la verga y me empujó directo al borde.

—Me voy a correr —dije, casi gruñendo.

—Dentro. Córrete dentro.

Con esas palabras perdí el control. La sujeté por las caderas y le metí cuatro embestidas más, profundas, brutales, hasta el fondo, y me corrí dentro de ella con un espasmo que me dejó ciego un instante. Sentí la corrida saliéndome a pulsos, caliente, mientras seguía enterrado en su coño y ella todavía temblaba bajo mi cuerpo.

Me quedé encima de ella, jadeando, con la polla aún dentro, disfrutando ese segundo largo de absoluta exposición. Luego salí despacio y vi cómo una mezcla de semen y lubricación le resbalaba entre los labios del coño hacia la toalla. Lara soltó una risa incrédula y se cubrió la cara con el antebrazo.

—Estamos fatal —murmuró.

—Sí.

—Y no me arrepiento de nada.

Me tumbé a su lado y le acaricié el vientre. Al incorporarme un poco vi al hombre del libro levantarse y caminar hacia el agua. No miró directamente, pero tampoco hacía falta fingir demasiado: había visto de sobra. Más lejos, la otra pareja seguía tumbada, demasiado quieta para no haberse enterado.

Lara siguió la dirección de mi mirada y sonrió, roja hasta el cuello.

—¿Te gustó que nos vieran?

—Muchísimo.

—A mí también. Más de lo que pensaba.

Nos quedamos así unos minutos, desnudos, sudados, con el mar delante y la sensación extraña de haber abierto una puerta que ya no se iba a cerrar. Yo miraba a mi alrededor con una calma nueva, casi orgulloso de mi desnudez, de mi polla todavía medio dura descansando sobre el muslo, del coño de Lara brillante entre sus piernas abiertas al sol.

Ella giró la cabeza hacia mí.

—La próxima vez traemos una sombrilla.

—¿La próxima vez?

—No pongas esa cara. Sabes perfectamente que habrá próxima vez.

La besé con una sonrisa idiota, sabiendo que tenía razón. Aquella primera experiencia no había sido solo quitarnos la ropa. Había sido descubrir que nos calentaba mirar y ser mirados, tocar y dejarnos tocar por la imaginación ajena, follar con el riesgo respirándonos cerca.

Y mientras el sol seguía cayendo sobre la cala, yo ya estaba pensando en la próxima playa, en el próximo escondite a medias, en la próxima vez que la oiría gemir sabiendo que no estábamos realmente solos.

Lo que pasa en los relatos también pasa en la vida real: descubrí escorts en Mar del Plata.

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Comentarios(5)

CarlitosLector

Tremendo relato, que morboso estuvo todo!! me engancho desde el principio hasta el final. Sigan así

NatyLectora

me recordo a unas vacaciones que tuve hace años en el norte... que recuerdos jaja. Muy bueno!

SebasVial

Por favor necesito una segunda parte!! quede con ganas de saber cómo siguió todo eso entre ellos despues de la playa

RosaLectora

increible, de los mejores que lei en mucho tiempo

ElTaita77

Lo que mas me gustó es que se nota que fue real, no forzado. Esa tension que se describe antes del momento es lo que hace que el relato sea tan bueno. Ojalá sigan compartiendo este tipo de experiencias, se los agradecemos.

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