La noche que aprendí a tocarme sola
Es difícil describirme. Hoy soy una mujer común, aunque me han dicho que soy guapa. Piel blanca, cabello castaño hasta los hombros, ojos color café, delgada. Tengo veintitrés años y esta que voy a contar es mi primera vez con mi propio cuerpo, la noche en que aprendí que el placer podía derramarse sin permiso de nadie.
Mi habitación es circular, con el techo en forma de cono y las paredes tapizadas de azul oscuro. Cuando amanece, la luz entra por el ventanal y me pinta las sábanas de dorado. De niña la odiaba: me parecía fría, pequeña, siniestra. Mis hermanas mayores, Catalina y Estela, se divertían inventándome historias de fantasmas. Ahora, en cambio, es mi santuario, y desde la ventana se ven las copas del bosque que al atardecer parecen bañadas en oro.
Salté en el tiempo a propósito. Lo que quiero contar empezó una tarde de verano, cuando mis amigas Silvina, Karina y Amelia vinieron a pasar el día. En esa época yo todavía no sabía nombrar lo que me pasaba con las mujeres, aunque el cuerpo lo sabía perfectamente. Se me humedecían las bragas mirándoles los muslos, se me secaba la boca cuando alguna se agachaba y se le entreveía el escote.
Karina y Amelia son gemelas rubias, de ojos claros y cuerpos de gimnasio. Ese día estaban tiradas en la cabecera de mi cama, con unas faldas cortísimas. Silvina y yo, sentadas en la alfombra, ella con un pantalón blanco tan ceñido que le marcaba la línea de las bragas.
—Caro, ¿me estás escuchando? —me preguntó Silvina.
Me sobresalté. Estaba embobada mirándole las piernas a Karina, que abría un poco los muslos sin darse cuenta y me dejaba ver el borde de un algodón rosado.
—Sí, sí, perdón —mentí—. Es que odio este cuarto de noche.
—Pero si es precioso. Tenés hasta baño privado —dijo Silvina.
—Es que da miedo. Mis hermanas siempre decían que aquí murió una mujer joven —solté por decir algo, para que dejaran de mirarme la cara.
Las gemelas se estremecieron y cambiamos de tema. Yo seguía mordiéndome la lengua para no clavar los ojos donde no debía. Cuando se fueron, cerca de las siete, respiré por primera vez en horas.
Después de cenar me metí en la ducha larguísima. Bajo el agua caliente traté de ordenar lo que se me revolvía adentro. Que me gustaban las mujeres ya no era ninguna duda. Que se lo tenía que callar, tampoco. Salí del baño solo en bragas y sujetador y me senté frente a la computadora, con el pelo mojado goteándome sobre los hombros.
Abrí un buscador y escribí, tímidamente, la palabra masturbación. No sabía nada. Se me iban los ojos por un artículo largo, minucioso, que explicaba cómo era el clítoris, dónde estaba, cómo se estimulaba. Cada párrafo me apretaba más el pecho. Empecé a apretar los muslos sin darme cuenta. Me humedecía. Al leer las técnicas, sin pensarlo, mi mano bajó por encima del algodón y presionó justo ahí, en el punto que el texto describía.
Sentí un latigazo. Un calor que subía desde el ombligo y me erizaba los pezones contra el sujetador. Me apreté un poco más fuerte, con las yemas de tres dedos, sobre la tela que ya estaba empapada. La pantalla dejó de importarme. Cerré los ojos y me imaginé a Karina, la de ese mediodía, con la falda subida hasta la cintura. Me acaricié en círculos, torpe, y noté que el botón entre los labios se me iba poniendo duro, hinchado, insolente.
Justo cuando el hormigueo empezaba a ganar terreno, alguien golpeó la puerta. Salté como un resorte, me tapé con la primera sábana que encontré y me tiré sobre la cama.
—Pase.
Era mi madre. Cuarenta y algo, rubia, elegante, siempre saliendo con sus amigas divorciadas. Yo, cuando estaban todas en el salón, no podía sacarle los ojos a la vecina, una morena de piernas largas que me sonreía como si supiera exactamente lo que yo pensaba.
—Me voy con las chicas, mi amor. Nos vemos mañana —dijo mi madre, y cerró.
Escuché el motor del auto alejándose. Me quedé un rato quieta, con la respiración desacomodada, esperando bajar el pulso. Después me perdí en fantasías con la vecina, con Karina, con la boca abierta de Amelia cuando se reía. El tiempo se disolvió. Fue un ruido raro el que me trajo de vuelta.
Miré la hora. Faltaban veinte para las doce. El ruido volvió. Un jadeo bajo, ahogado, definitivamente placentero. Y después otro, y otro más, en dos voces distintas. Me puse una bata de seda, agarré el móvil como linterna y salí al pasillo en puntas de pie.
***
Los jadeos venían del cuarto de televisión. Cuando llegué, la puerta estaba entornada y la única luz era el resplandor azulado de la pantalla. Me asomé por la rendija con el corazón golpeándome las costillas.
En el sofá estaban mis hermanas. Catalina, la mayor, sentada de espaldas al respaldo, con las piernas abiertas y la cabeza echada hacia atrás. Estela, arrodillada entre sus muslos, con una mano metida entre las piernas de su hermana y la otra en su propia entrepierna. Las dos completamente desnudas. Catalina tenía los pezones rojos y tiesos; Estela, los pechos colgando pesados mientras se movía.
Se me cortó la respiración. Debería haberme ido. No me fui.
En la televisión, una pelirroja de tetas enormes se masturbaba en primer plano. Con dos dedos se abría los labios mayores y con los otros dos se castigaba el clítoris a un ritmo rabioso. Gemía con la boca abierta, mordía el aire, y el sonido rebotaba en las paredes del cuarto y se mezclaba con los jadeos de mis hermanas.
—Más rápido —le pidió Estela a Catalina en un susurro—. Metémelos hasta el fondo, dale.
Catalina obedeció. Le clavó dos dedos hasta los nudillos y empezó a moverlos con un chapoteo grueso, húmedo, obsceno. Estela se derrumbó sobre el pecho de su hermana y le mordió un pezón, sin dejar de masturbarla ella también con la otra mano. Yo miraba con la boca abierta, apretada contra el marco de la puerta, notando cómo la bata se me pegaba a la piel de puro sudor.
Nunca había visto a nadie tener un orgasmo. Vi tres seguidos.
Primero fue la pelirroja de la pantalla. Arqueó la espalda hasta un ángulo imposible, gritó, y de entre sus dedos brotó un chorro corto y espeso que salpicó hasta la cámara. Después fue Estela: sacudió las caderas contra la mano de Catalina, se agarró de sus hombros y soltó un aullido apretado, mordiéndose el labio para no despertar a nadie. La última fue Catalina, con Estela mordiéndole el cuello y masturbándola con dos dedos empapados. Se corrió abrazada a su hermana, temblando de la cabeza a los pies.
Cuando se dieron un beso largo, denso, con las bocas mojadas y las manos todavía en el sexo de la otra, yo ya no podía más. Me solté del marco y volví por el pasillo con el pulso latiéndome entre las piernas.
***
Cerré la puerta de mi habitación con llave y me tiré sobre la cama de espaldas. La bata quedó abierta. Me arranqué el sujetador y las bragas empapadas de un tirón, las dejé caer al suelo y me quedé desnuda bajo la luz de la luna que entraba por la ventana.
Me miré el cuerpo por primera vez con verdadera hambre. Mis tetas, herencia de mi madre, grandes y paradas, con los pezones tan duros que dolían. El vientre plano, los muslos apretados, y en medio, un vello castaño recortado sobre una raja que ya estaba abierta y brillante.
Empecé por los pezones. Los pellizqué entre el índice y el pulgar, tirando un poco. Un latigazo directo al clítoris, como si tuviera un cable tendido de un punto al otro. Me pasé una mano por el cuello, por el vientre, y me la llevé despacio hasta el coño. Tenía los labios hinchados y resbalosos. Los abrí con dos dedos y me encontré el botón gordo, saliéndose de su capuchón.
—Roxana —murmuré, poniéndole nombre a la pelirroja de la tele.
La imaginé a ella entre mis piernas. Su boca, la que había mordido el aire en el video, ahora chupándome el clítoris con la misma rabia con la que se había castigado. Empecé a moverme en círculos, primero suave y después cada vez más fuerte. Me lamí el dedo del medio de la otra mano y me lo llevé hacia abajo, a la entrada del coño. Al principio solo la punta. Fue como abrir una puerta que estaba llena de agua del otro lado. Los jugos se derramaron por mis muslos y me mancharon las sábanas.
Con la mano de arriba seguí trabajándome el clítoris a un ritmo que no era mío, que había aprendido mirando. Con la de abajo me metí el dedo hasta los nudillos y descubrí un lugar suave, esponjoso, que respondía cuando lo apretaba. Se me escapó un gemido más fuerte de lo que quería. Me mordí el labio para callarme.
Volví a pensar en Karina, en su falda subida, en cómo sería meterle la lengua entre esos muslos que me habían obsesionado toda la tarde. Después pensé en Catalina moviendo la mano dentro de Estela, en el chapoteo que había oído desde la puerta. En la pelirroja gritándome al oído. En la vecina, con su sonrisa cómplice. Todas las imágenes se mezclaron y el hormigueo empezó en el clítoris y se me disparó por las piernas hasta la punta de los pies.
—Ahí —dije en voz alta, sola, sin saber a quién le hablaba—. Ahí, ahí, ahí.
La espalda se me arqueó sin que yo lo mandara. Entendí en ese momento el ángulo imposible de la pelirroja: era un reflejo, el cuerpo se doblaba porque no podía hacer otra cosa. Los muslos se me cerraron con violencia sobre mi mano y me apreté el clítoris con todos los dedos a la vez. El orgasmo me sacudió por dentro, en oleadas, cada una más profunda que la anterior. Sentí el chorro caliente entre las nalgas, empapando la sábana. Grité contra la almohada.
Cuando volví, tenía la mano encajada entre las piernas y el corazón me latía en el cuello. Me quedé así, temblando, riéndome sola en el silencio, tocándome despacio para prolongar el eco.
Antes de dormirme, todavía desnuda sobre las sábanas mojadas, pensé que a la mañana siguiente iba a mirar a Karina de otra manera. Y a la vecina. Y a mis hermanas. Sobre todo a mis hermanas.
Me quedé dormida con la mano ahí, custodiando el lugar donde acababa de descubrirme. Soñé cosas que no me atrevo a repetir todavía.