Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La vecina me usó para espiar a una milf casada

La primera vez que Nora me tocó el timbre fue cerca de las once de la noche. Yo ya estaba por ducharme, con una camiseta vieja y shorts cortos, cuando la vi por la mirilla: labios rojos, blusa beige metida dentro de un pantalón negro ajustado y esa cara de mujer que no viene a pedir azúcar.

—Perdón por la hora —me dijo apenas abrí—. Necesito un favor raro y preferí pedírtelo a ti.

Vivíamos en el mismo edificio desde hacía meses. Nos cruzábamos en el ascensor, en el estacionamiento o en la recepción. Yo sabía que estaba casada, que rondaba los cuarenta y que tenía una manera demasiado tranquila de mirarte de arriba abajo sin disimular del todo.

—Depende de qué tan raro —le contesté, apoyada en el marco de la puerta.

Nora sonrió con una esquina de la boca. —Quiero que subas a mi departamento y me digas si estoy loca.

La seguí por las escaleras en vez de usar el ascensor. Iba delante de mí, moviendo las caderas con una seguridad que me obligaba a clavar la vista en su culo. No era una niña ni intentaba parecerlo. Era una mujer madura, de cuerpo firme, muslos llenos y espalda recta, y llevaba demasiado tiempo haciéndome imaginar cómo se vería desnuda.

Su apartamento era igual al mío, pero más elegante. Luz tenue, un difusor encendido, dos copas de vino en la barra de la cocina y las cortinas del salón apenas corridas.

—Ven —dijo en voz baja, como si de verdad estuviéramos a punto de cometer algo serio.

Me llevó hasta la ventana. Del edificio de enfrente, en un piso un poco más alto, se veía una sala encendida y parte de una habitación. La distancia no era enorme. Bastaba con apagar la luz y acercarse al cristal para distinguir bastante bien lo que pasaba.

—La pareja del 8B —murmuró Nora a mi lado—. Llevan semanas dejando las cortinas así. Primero pensé que era descuido. Ahora creo que les gusta que los miren.

Apagó la lámpara del salón. Nos quedamos casi a oscuras, con el resplandor azul y dorado de la calle entrando por la ventana.

—¿Y me llamaste para comprobarlo? —pregunté.

—Te llamé porque te he visto mirar. —Giró apenas la cara hacia mí—. Y porque yo también miro.

Sentí un calor inmediato entre las piernas. No solo por lo que decía, sino por el tono. Directo. Cálido. Sin fingir inocencia.

En la ventana de enfrente apareció ella primero: una rubia de pelo corto, bata clara, piernas largas. Detrás entró un hombre con camisa desabotonada. No tardaron mucho en empezar a tocarse, como si supieran que alguien podía estar observando y eso formara parte del juego.

Nora soltó un suspiro mínimo. Lo oí más que verlo.

—Te dije que no estaba loca.

Nos quedamos varios minutos sin hablar. Del otro lado, la mujer se dejó caer en el sofá mientras el hombre se arrodillaba entre sus piernas. Desde nuestra posición no se veía todo con nitidez, pero sí lo suficiente para entender qué hacía. La bata se abrió y una de las piernas de ella subió al respaldo. El movimiento de la cabeza de él era claro, insistente, húmedo aunque el cristal nos robara el sonido.

—Mierda —susurré.

—Sí —contestó Nora, y su brazo rozó el mío a propósito—. Mierda.

Ese roce fue peor que la escena de enfrente. Me puso la piel de gallina. No me aparté. Ella tampoco.

—¿Tu marido no está? —pregunté por preguntar algo, porque necesitaba romper la tensión antes de que se volviera insoportable.

—Viaje de trabajo. Vuelve mañana. —Bebió un sorbo de vino sin despegar los ojos de la ventana—. Esta noche estoy sola.

La frase quedó flotando entre nosotras con una intención demasiado evidente.

La mujer del edificio de enfrente se arqueó sobre el sofá. El hombre subió después, y comenzaron a besarse con esa urgencia que se nota incluso a la distancia. Ella le tiró de la camisa y él se la sacó. Luego desaparecieron un momento del campo de visión.

Nora chistó, frustrada. —No me jodas.

Me reí despacio. —Ya te habías emocionado.

—¿Tú no?

Giré la cara para responderle y me encontré con su boca a centímetros. No sé si fue calculado o si simplemente pasó, pero bastó ese segundo para que se terminara la farsa del espionaje inocente.

—Sí —admití—. Yo también.

Nora me besó sin preámbulos. Su mano se cerró en mi nuca y su boca entró firme, caliente, con hambre atrasada. No fue un beso tímido entre vecinas curiosas. Fue un beso de mujer decidida, de esas que ya saben lo que quieren y no piden permiso dos veces.

Le respondí igual de fuerte. Le mordí el labio. Metí una mano bajo su blusa y sentí la piel tibia de su cintura, luego el borde del sostén, luego una teta llena y pesada que me cupo perfecta en la palma.

Nora gemió contra mi boca. —No me hagas esperar.

La apreté por encima del sostén y volvió a gemir, esta vez más sucio, menos contenido. Mi otra mano bajó a su culo. Llevaba el pantalón tan ajustado que tuve que agarrarla con fuerza para sentirla de verdad.

—Así que para esto me subiste —murmuré.

—Te subí porque llevo semanas imaginándote aquí —dijo, y me chupó el labio inferior—. Mirando conmigo. Tocándome. O mejor todavía, haciendo que no me importe mirar a nadie más.

Me puso ardiendo. La empujé contra el cristal de la ventana. El contraste del vidrio frío con su cuerpo caliente me excitó más. Le levanté la blusa hasta las costillas y le bajé el sostén. Sus tetas cayeron libres, redondas, maduras, con pezones oscuros ya duros.

Se las besé sin delicadeza. Primero una, luego la otra. Lamiendo, chupando, apretando con la mano la que me quedaba libre. Nora abrió más las piernas y apoyó una mano en el vidrio para sostenerse.

—Joder... así... —jadeó.

Volví a mirar la ventana de enfrente casi por reflejo. La pareja había reaparecido, ahora de pie cerca del sofá. Ella estaba inclinada hacia adelante, con las manos en el respaldo, y él detrás. La escena me golpeó directo en el coño.

Nora siguió mi mirada y soltó una risa ronca. —Míralos si quieres. Pero no dejes de tocarme.

Metí la mano por dentro de su pantalón. Debajo llevaba una tanga mínima, empapada en el centro. Pasé los dedos por encima y ella se sacudió.

—Coño, Nora... estás hecha una sopa.

—Desde antes de que llegaras —admitió.

Le corrí la tanga a un lado y encontré su coño abierto, caliente, húmedo de verdad, no en sentido bonito sino real: resbaloso, ansioso, pidiéndome dedos. Se los metí sin aviso, dos de golpe, y Nora clavó la frente en el vidrio para no gritar.

—Así querías el favor, ¿no? —le dije al oído mientras entraba y salía despacio—. Que subiera, mirara y terminara metiéndote la mano.

—Sí —jadeó—. Sí, carajo. Más fuerte.

Aceleré. Su coño tragaba mis dedos con facilidad. Con la otra mano le agarré un pezón y tiré de él. Nora empezó a moverse contra mi mano, sin pudor, frotándose sola, dejándose follar con los dedos mientras miraba hacia el edificio de enfrente.

—¿Te excita que nos puedan ver? —pregunté.

—Me excita todo esto —respondió con la voz rota—. Verte. Sentirte. Pensar que si alguien alza la vista ahora mismo, nos encuentra aquí.

La idea me hizo latir más fuerte. Saqué los dedos y me los llevé a la boca. Sabía intensa, salada, caliente. Nora me miró hacer eso y casi se le doblaron las rodillas.

—No me provoques así si no vas a bajar —dijo.

Sonreí. Me arrodillé frente a ella y le bajé el pantalón junto con la tanga hasta los muslos. Sus piernas temblaban apenas. Tenía un coño precioso, hinchado, mojado de verdad, y un olor limpio y animal que me pegó de lleno.

Le abrí más las piernas con las manos y le metí la cara entre los muslos. La primera lamida fue larga, desde abajo hasta el clítoris. Nora soltó un gemido tan fuerte que tuve que alzar la mano y taparle la boca.

—Baja la voz —murmuré sin dejar de lamerla—. O tal vez no. Tal vez quieres que te oigan.

Me respondió con un jadeo ahogado en mi palma. Le chupé el clítoris despacio, luego con más presión. Le metí dos dedos otra vez y la trabajé así, boca y mano al mismo tiempo, sintiendo cómo se abría más y más.

Su cuerpo empezó a temblar de verdad. Empujaba la cadera hacia mi cara sin ninguna vergüenza. Me agarró del pelo y tiró, no para apartarme sino para hundirme más.

—No pares... no pares... me voy a correr.

Le chupé el clítoris con fuerza y le doblé los dedos dentro, buscando ese punto rugoso que la hizo gemir como una perra contenida. Se corrió con las piernas tensas, apretándome la cara, mojándome la boca y los dedos mientras respiraba en sacudidas cortas.

No me aparté hasta que dejó de temblar. Luego me puse de pie despacio. Tenía la respiración deshecha y los ojos medio cerrados detrás del brillo de la excitación.

—Tu turno —dijo, y me agarró de la cintura.

Me besó con sabor a ella misma. Después me hizo girar y me inclinó sobre el sofá, de cara a la ventana. Me bajó los shorts y la ropa interior de un tirón. Quedé desnuda de cintura para abajo, expuesta, con el culo levantado y el coño mojado al aire.

—Qué rica estás —murmuró detrás de mí—. Y pensar que te cruzabas conmigo en el ascensor como si no te imaginara así.

Me abrió las nalgas y soltó un sonido de aprobación. Luego sentí sus dedos separándome los labios, tocando mi entrada, jugando apenas con el clítoris. Me estremecí entera.

—No juegues —le pedí.

—Después de mirar tanto, ahora te aguantas un poco.

Pero no aguantó ella. Me metió dos dedos hasta el fondo y empezó a follarme con un ritmo experto, firme, sin titubeos. Al mismo tiempo me rodeó el torso por delante para pellizcarme un pezón a través de la camiseta.

—Mierda... —se me escapó.

—Eso, dímelo. —Metió un tercer dedo—. Quiero oír cómo te pones cuando te follan bien.

La escuché escupirse en los dedos antes de llevarlos más abajo. El primer roce en mi culo me hizo tensarme.

—Tranquila —murmuró—. Solo un dedo.

Lo deslizó despacio por mi ano mientras seguía metiéndome los otros en el coño. La mezcla me dejó sin aire. Me agarré del respaldo del sofá y abrí más las piernas por puro instinto.

—Así, vecina —dijo, divertida por mi reacción—. Eso quería ver.

Me trabajó un rato así, alternando presión, metiendo y sacando, hasta que me tuvo gimiendo sin poder pensar en nada más. Miré de reojo la ventana de enfrente y vi movimiento otra vez: la rubia estaba ahora sobre el hombre, montándolo de cara a nosotros o al menos hacia nuestra dirección.

—Nora... —jadeé—. Necesito correrme.

—Te vas a correr en mi cara.

Me giró sin soltarme y me sentó en el borde del sofá. Se arrodilló entre mis piernas, me apartó la ropa y se metió debajo de la camiseta como si quisiera devorarme entera. Su lengua fue más precisa que la mía, más cruel incluso. Encontró mi clítoris ya hinchado y lo castigó con lamidas cortas, rápidas, mientras dos dedos me abrían por dentro.

No tardé nada. Venía demasiado cargada. Le agarré la cabeza y me corrí temblando, con la espalda arqueada y un gemido que apenas pude morderme. Nora siguió lamiendo durante el orgasmo, sin compasión, hasta dejarme sacudida y blanda.

—Joder —dije cuando por fin pude respirar—. Joder contigo.

Se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió. —Todavía no termino.

Se quitó la blusa por encima de la cabeza, luego el pantalón. Quedó solo con un portaligas negro y medias oscuras que no había visto antes, como si se hubiera vestido para esta escena desde antes de llamarme. Debajo no llevaba nada.

—Ven al dormitorio —me ordenó.

Su cuarto estaba apenas iluminado por la lámpara de noche. En la cómoda había un espejo grande y, encima, un pequeño estuche de cuero. Lo abrió frente a mí. Dentro había un arnés y dos consoladores. Uno mediano. Otro más grueso.

La miré levantando las cejas. —Vaya.

—No pongas esa cara. —Se acercó—. Dime que no te has masturbado pensando en algo así.

No mentí. —Sí.

Nora me besó otra vez, lenta esta vez, mientras se colocaba el arnés con una naturalidad excitante. Ver a una mujer madura vistiéndose para follarte no tenía nada de tierno ni de romántico. Tenía algo brutalmente erótico. Sabía lo que hacía. Sabía cómo quería hacerlo. Y yo quería que me usara así.

Eligió el tamaño mediano, lo ajustó y me hizo recostarme boca arriba. Me abrió las piernas y me pasó dos dedos por el coño, recogiendo lo mojada que estaba.

—Mírate —dijo, mostrándome sus dedos brillantes—. No hacía falta insistir mucho.

Me los chupó antes de acomodarse entre mis muslos. Rozó la punta del arnés contra mi entrada y yo levanté la cadera buscándolo.

—Desesperada.

—Fóllame de una vez.

Eso la hizo sonreír. Entró despacio al principio, dejándome sentir el grosor centímetro a centímetro. Apreté las sábanas. Cuando estuvo dentro por completo, se quedó quieta un segundo para verme la cara.

—¿Así?

—Más.

Entonces empezó de verdad. Salía casi hasta el final y volvía a entrar con un empuje seco, constante, cada vez más fuerte. El colchón golpeaba la pared. Yo abría más las piernas y recibía cada embestida con un jadeo distinto. Nora se inclinó sobre mí, una mano en mi garganta sin apretar del todo, la otra jugando con mi pezón.

—Mírame —ordenó.

La miré. Tenía el pelo un poco revuelto, los labios hinchados y esa expresión concentrada de quien disfruta hacerte perder la cabeza.

—Así quería tenerte —dijo—. Abierta. Gimiendo. Chorreando en mi cama.

Me corrí un poco solo de escucharla. O al menos sentí esa contracción profunda que anuncia lo que viene. Ella lo notó y bajó la mano a mi clítoris. Empezó a frotarme al ritmo de las embestidas.

—No, no, espera... —balbuceé, porque era demasiado.

—No voy a esperar una mierda.

Aumentó el ritmo. Me folló duro, sin ternura, mientras me frotaba el clítoris con círculos precisos. El orgasmo me subió brutal, desde el vientre hasta la garganta. Me corrí con un gemido roto, apretándola por dentro mientras ella seguía embistiendo durante toda la sacudida.

Nora salió solo cuando dejé de temblar. Me giró boca abajo de inmediato, me puso de rodillas y me separó las nalgas con ambas manos.

—Todavía quiero verte así.

Escupió sobre mis nalgas y pasó dos dedos por mi ano, masajeando despacio. Con la otra mano me metió nuevamente el arnés en el coño. La postura hizo que entrara más hondo. Solté un gemido grave, casi un gruñido.

—Eso... —dijo detrás de mí—. Qué bien te toma el cuerpo.

Me folló así un buen rato, agarrándome de la cintura, a veces del pelo, a veces del culo. Escuchaba el golpe húmedo de cada embestida y mis propios jadeos rebotando en la habitación. Ella también respiraba más fuerte. Aunque no sentía el arnés como un hombre, sí sentía su cuerpo encima, el control, el peso, el ritmo, y eso me volvía loca.

Metió un dedo en mi culo al mismo tiempo y casi me deshice.

—Nora... carajo...

—Dilo bien.

—No puedo más.

—Claro que puedes.

Me agarró del cuello por detrás, suave pero firme, y siguió follándome hasta arrancarme otro orgasmo, más sucio, menos elegante, con saliva en la boca y las piernas a punto de ceder. Me corrí echándome hacia atrás contra ella, temblando sobre el colchón.

Esta vez se detuvo conmigo. Se quitó el arnés, lo dejó a un lado y se tumbó boca arriba, completamente desnuda, con el coño brillante y abierto. —Ahora si quieres lucirte, hazlo.

No necesitaba repetirlo. Me coloqué sobre su cara al revés, dejándole mi coño sobre la boca, y bajé hasta su pelvis. Le abrí las piernas y empecé a lamerla mientras ella me chupaba al mismo tiempo. La postura era incómoda y obscena, justo por eso excitante. Dos mujeres maduras y calientes devorándose sin delicadeza en medio de la noche, después de espiar a unos vecinos como un par de voyeurs sin remedio.

Nora comía con hambre. Me chupaba el clítoris y me lamía entera, mientras yo hundía la lengua en su coño y se la metía y sacaba sintiendo cómo se mojaba otra vez. Le metí dos dedos, luego tres. Ella se retorció debajo de mí.

—Ahí... así... no pares...

Seguí. Le chupé el clítoris con fuerza. Ella respondió mordisqueándome suavemente y eso me hizo temblar. Nos corrimos casi juntas, primero ella con un gemido grave que sentí contra mis muslos, luego yo, un segundo después, desarmada del todo sobre su boca.

Caí a su lado jadeando. Durante un rato ninguna habló. Solo se oía la ciudad filtrándose por la ventana entreabierta y nuestras respiraciones intentando volver a la normalidad.

—Supongo que ya confirmamos que no estabas loca —dije al fin.

Nora soltó una risa cansada. —No. Pero sí bastante pervertida.

Giré la cabeza hacia ella. —Yo también.

—Ya lo sabía.

Nos levantamos después de unos minutos y volvimos al salón desnudas, sin apuro. La ventana del edificio de enfrente seguía encendida, pero ya no había nadie a la vista. El sofá vacío, las cortinas a medias, una copa sobre la mesa. Como si la función hubiera terminado.

Nora me pasó mi ropa interior y se quedó mirándome mientras me vestía a medias. No con ternura, sino con esa satisfacción tranquila de quien por fin cumplió una fantasía bien pensada.

—La próxima vez —dijo— no hace falta usar a los vecinos de excusa.

Me subí los shorts y sonreí. —¿Habrá próxima vez?

Se acercó, me acomodó la camiseta con las manos y me dio un beso corto, directo. —Vives un piso abajo. Sería un desperdicio que no.

Cuando abrí la puerta de mi apartamento, todavía sentía las piernas débiles y el coño sensible. Antes de cerrar, miré hacia arriba, hacia el piso de Nora, y vi por el hueco de la escalera que seguía despierta, apoyada en su barandilla, observándome bajar.

Le sostuve la mirada.

Ahora ya sabía dos cosas sobre mi vecina casada: que le gustaba espiar, y que cuando por fin dejaba de mirar para empezar a tocar, lo hacía condenadamente bien.

¿Estás en Buenos Aires? Pasá por Chicas Elite Microcentro: perfiles verificados y contacto directo.

Ver todos los relatos de Voyerismo

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.