Me exhibí para su amigo y acabé empapada
Después de aquella primera noche en la que mi marido descubrió cuánto me excitaba sentirme observada, el tema no volvió a salir de inmediato, pero se nos quedó metido en la cabeza como una brasa encendida. Durante varios días, cada comentario, cada mirada y cada roce en casa terminaban llevando a lo mismo: a su amigo Darío. Mi esposo, Julián, fingía hablar del trabajo o de cualquier tontería, pero siempre acababa sonriendo de lado y preguntándome si yo también me había dado cuenta de cómo me miraba.
Yo claro que me había dado cuenta. Darío no era torpe escondiendo el deseo, y tampoco parecía tener demasiado interés en ocultarlo cuando estaba conmigo. No me molestaba. Al contrario. Saber que un hombre ajeno a mi cama me desnudaba con la vista delante de mi propio marido me ponía caliente de una manera difícil de explicar.
El martes por la tarde, Julián volvió a casa diciendo que había estado en el departamento de Darío para revisar una computadora y tomar unas cervezas. Me lo dijo con ese tono casual que usa cuando quiere hacerse el inocente. Yo lo miré y le pregunté directamente si le había contado algo de lo nuestro, de aquel juego donde me dejó mostrar más de la cuenta.
—No le enseñé nada —me respondió—, pero sí salió el tema. Le conté que no te tapaste enseguida aquella vez, y me dijo que si no lo hiciste era porque en el fondo querías que te viera.
Sentí un calor entre las piernas al escucharlo. No por vergüenza. Por morbo. Porque tenía razón.
Entonces Julián me dijo que Darío vendría el viernes por la tarde a casa, otra vez con la excusa del ordenador. Lo soltó mientras se servía agua, como si no fuera nada, y luego añadió lo importante: que quería que lo recibiera arreglada para él. No bonita para salir. No elegante para una cena. Arreglada para provocarlo.
Me enseñó el vestido que había comprado días antes y que aún seguía colgado en el armario. Era corto, ajustado, con la espalda medio descubierta y un escote que apenas hacía el esfuerzo de contenerme las tetas. Cuando me lo puse y me miré al espejo, entendí de inmediato lo que buscaba. El tejido abrazaba el cuerpo de tal forma que cada curva quedaba marcada. Además, no me dejó ponerme bragas ni sostén.
—Quiero que lo abras la puerta así —me dijo, mirándome de arriba abajo—. Y después te vas a duchar cuando él ya esté aquí.
Yo me reí, pensando que hablaba solo por provocar, pero siguió dándome instrucciones con toda seriedad. Quería que, al salir de la ducha, cruzara el pasillo envuelta apenas en una toalla y entrara al dormitorio con la puerta entreabierta. Desde el estudio, donde estarían ellos sentados, se veía una parte de nuestra habitación. Si yo me movía con naturalidad junto a la cómoda, Darío podría verme desnuda sin necesidad de que nadie dijera una palabra.
—¿No es demasiado? —le pregunté.
—Justo por eso es perfecto —contestó—. Va a parecer un descuido. Y te juro que se va a volver loco.
La idea me hizo tragar saliva. Había algo muy fuerte en saberme expuesta así, a pocos metros, mientras un tercero intentaba mantener la compostura. Lo que más me encendía no era solo que me viera; era que Julián quisiera ofrecerme a sus ojos.
Faltaba poco para que llegara Darío cuando terminé de arreglarme. Me puse el vestido y unas sandalias, me solté el pelo y apenas usé maquillaje. Cuando salí del baño y Julián me vio, soltó una risa baja y se me acercó como si no pudiera evitarlo. Me apartó el escote con las dos manos y me sacó las tetas casi por completo.
—Así tendrías que abrirle —murmuró.
No se quedó ahí. Las manoseó con fuerza, apretándome los pezones entre los dedos hasta ponerlos duros, y luego me levantó el vestido por la cadera. Su mano se hundió entre mis piernas y encontró enseguida lo que él ya esperaba. Estaba húmeda antes incluso de que me tocara.
—Estás empapándote —dijo con una sonrisa de cabrón.
—Para ya —le susurré, apartándole la muñeca—. Como siga así, no voy a poder ni caminar cuando llegue.
—Si toca el timbre ahora, le abres con la mano aquí metida.
Me dio una palmada en el culo y me obligó a recomponerme deprisa. Yo me coloqué otra vez el escote, aunque era inútil: las tetas seguían asomando demasiado y mis pezones se marcaban sin disimulo. Cuando por fin sonó el timbre, me miré un segundo en el espejo de la entrada y respiré hondo antes de abrir.
Darío se quedó congelado al verme. Tendría que haber dicho «hola» antes, pero lo primero que hicieron sus ojos fue caerme al pecho. No fue un vistazo educado. Fue una bajada lenta y descarada, como si necesitara comprobar que estaba viendo bien. Después me miró a la cara, tratando de recomponerse.
—Pasa —le dije, dándole dos besos.
Noté su respiración un poco más tensa cuando mi cuerpo rozó el suyo. También noté que al apartarme me miró de arriba abajo, sin ningún disimulo ya. Yo lo disfruté. Lo disfruté tanto que, en vez de dejarlo entrar sin más, dije que iba a tomar una silla de la cocina para que estuvieran más cómodos. Caminé delante de él con toda la calma del mundo, notando cómo el vestido se me subía por los muslos y se ajustaba a las nalgas.
Desde atrás, con la luz entrando de lado, se habría visto claro que no llevaba bragas. Eso era precisamente lo que quería que viera.
Julián ya estaba en la habitación del ordenador cuando entramos. Hicieron un poco de teatro con cables, programas y archivos, pero yo apenas escuchaba. Les ofrecí cerveza y dije que iba a ducharme antes de que se hiciera más tarde. Darío levantó la vista en ese momento, y juro que en su cara se mezclaron el interés y los nervios.
Fui hasta el baño despacio, sintiendo sus ojos clavados en mi culo. Dejé las cervezas antes y me incliné de más al apoyar una en la mesa, solo para que pudiera comprobar de cerca que el escote no sujetaba nada. Julián no dijo una palabra, pero su media sonrisa me indicó que estaba disfrutando tanto como yo.
La ducha me relajó el cuerpo, aunque no me quitó la excitación. Al contrario. El agua caliente me hizo consciente de lo sensible que tenía el coño, de lo tensos que estaban los pezones, de las ganas acumuladas que me venían arrastrando desde antes de abrir la puerta. Cuando terminé, me sequé despacio y me envolví en una toalla pequeña, suficiente para tapar lo mínimo.
Salí al pasillo con el corazón acelerado. No miré hacia el estudio. Ese era parte del juego. Actuar como si no supiera que me estaban mirando. Entré en el dormitorio y, cuando estuve en la zona donde desde fuera no podían verme bien, dejé caer la toalla.
La piel se me erizó al instante. Estaba completamente desnuda, a la vista de un hombre que no era mi marido, aunque fuera a la distancia. Fui hacia la cómoda con pasos lentos, fingiendo buscar ropa. Abrí cajones que no necesitaba abrir, me incliné más de una vez, giré el cuerpo como si dudara qué ponerme. No necesitaba comprobar si Darío miraba. Lo sabía. Podía sentirlo.
Hice dos viajes más de un lado a otro del dormitorio, dejando que me viera el culo, las tetas balanceándose al caminar, el triángulo húmedo entre mis piernas. El morbo me tenía tan sensible que llegué a pasarme un dedo por el coño de forma casi inconsciente. Al sacarlo, estaba brillante.
Al final me puse un conjunto de dormir corto: un pantalón mínimo y una camiseta fina sin sostén. Tampoco me puse bragas. Si el vestido había sido una provocación obvia, aquello era peor porque parecía inocente. Pero bastaba inclinarme un poco o sentarme mal para mostrarlo todo.
Cuando volví con ellos, Darío dejó de fingir que atendía la pantalla. Me miró como si acabara de salir de una fantasía suya. Yo fui a la cocina por algo de picar y bebida para los tres, y allí apareció Julián detrás de mí apenas unos segundos después.
—Te vio entera —me dijo al oído, pegándose a mi espalda—. No apartó la vista del cuarto ni un momento.
Su mano me bajó por la cintura y se me metió dentro del pantaloncito sin pedir permiso. Sus dedos encontraron enseguida mi coño abierto y húmedo. Me rozó los labios, luego me metió uno hasta el fondo y lo sacó despacio, mostrándomelo brillante frente a mis ojos.
—Mira cómo estás de mojada por exhibirte para él.
—Sigue y no salgo de la cocina —le respondí en un murmullo.
Julián me agarró una teta por debajo de la camiseta, me pellizcó el pezón y después me giró apenas lo justo para besarme el cuello. Yo estaba a punto de abrir las piernas allí mismo. No por el toque solamente, sino por lo que significaba: me estaba usando para excitar a otro hombre y eso me tenía fuera de control.
Volvimos al salón con las bebidas. Me senté al lado de Julián y frente a Darío. Crucé una pierna sobre la otra porque ya notaba la tela húmeda entre las piernas y no quería que la mancha fuera demasiado evidente tan pronto. Aun así, me abrí un poco al acomodarme y vi el instante exacto en que Darío bajó la mirada a mis muslos.
La película que pusimos quedó de fondo. Casi no le prestamos atención. Hablábamos de cualquier cosa, pero debajo de la conversación seguía corriendo la misma corriente sucia. Julián me acariciaba el muslo, cada vez más arriba, y no hacía el menor esfuerzo por esconderlo. Darío lo veía. Yo también veía que lo veía. Ese triángulo de silencios me volvía loca.
Fui al baño una vez y, cuando me levanté, Julián me dio un apretón en el culo metiéndome la mano por dentro del short. Al sacarla, dejó la tela enganchada entre las nalgas. Lo dejé así adrede y crucé el pasillo sintiendo el aire en la piel. Si Darío ya estaba excitado, con eso no le dejé ninguna duda de lo que estaba provocando.
Más tarde, Julián propuso preparar unos tragos y jugar a las cartas. Darío fue al baño y yo aproveché para llevar vasos y hielo desde la cocina. Estaba sacando cosas del armario alto cuando lo oí entrar detrás de mí. No me giré enseguida. Me quedé de espaldas, estirada, con la camiseta subiéndome por la cintura y el short marcándome el culo.
—¿Qué llevo? —preguntó con voz baja.
Tomé el recipiente con hielo y me incliné hacia el congelador sin agacharme del todo, dejándole una vista descarada de mis nalgas y del borde húmedo de la tela entre ellas.
—Esto —dije, entregándoselo.
Sus dedos tocaron los míos un segundo más de lo normal. Cuando levanté la cara para mirarlo, estaba respirando por la boca. Yo ya no tenía dudas: no solo me deseaba, estaba sufriendo de ganas.
Las copas ayudaron a soltar aún más el ambiente. Julián siguió manoseándome entre una ronda y otra, rozándome apenas el coño por encima de la tela. Yo me removía en la silla y apretaba las piernas, pero en vez de disimularlo terminé haciéndolo peor. Cada vez que me separaba un poco, veía a Darío pendiente de ese gesto.
Hubo un momento en que Julián se levantó a buscar más hielo y nos dejó solos. El silencio entre Darío y yo pesó mucho más de lo normal. Él me miró de frente, luego a la boca, luego al escote.
—Tu marido sabe perfectamente lo que hace, ¿no? —dijo por fin.
—Sí —respondí—. Y yo también.
Noté cómo tragó saliva. Ya no había inocencia posible después de eso. Cuando Julián volvió, nos encontró mirándonos así, como si la partida hubiera cambiado de golpe. Sonrió, dejó los vasos y se sentó sin apuro.
—Creo que ya es bastante teatro —dijo—. Darío, si quieres verla bien, mírala. Si quieres decirle lo que te provoca, díselo.
Sentí un latigazo en el vientre. Darío abrió la boca, la cerró y después soltó el aire. Sus ojos no se apartaron de mí.
—Me tienes con la polla dura desde que abriste la puerta —admitió—. Desde antes, seguramente, pero ahora ya ni lo puedo disimular.
Yo me mordí el labio. Julián me miró de lado y me acarició el interior del muslo.
—Enséñale cómo te puso —me ordenó en voz baja.
La obediencia me excitó más de lo que esperaba. Separé lentamente las piernas. El short ya estaba húmedo en el centro, oscuro por mis fluidos. Darío clavó los ojos ahí. Julián metió dos dedos por debajo de la tela, la apartó a un lado y los hundió en mi coño con un movimiento lento y sucio. Gemí sin poder evitarlo.
—Mira —le dijo a su amigo, sacándolos y mostrándolos brillantes—. Esto es tu culpa también.
Yo levanté las caderas buscando más. Julián volvió a meterme los dedos, esta vez más profundo, mientras con la otra mano me apretaba una teta. La camiseta fina no servía de nada; me la subió hasta dejarme el pecho al aire. Darío no parpadeaba.
—Acércate —dijo Julián.
Darío obedeció y se arrodilló frente a mí. Me dio una mezcla de vergüenza y poder verlo así, tan pendiente de mi coño empapado. Julián me separó más las piernas y apartó del todo el short. El aire me tocó la piel abierta y enseguida sentí la respiración de Darío cerca.
—Quiero olerla —murmuró él, como pidiendo permiso.
—Huele y luego cómela —dijo Julián por mí.
El primer contacto de su boca fue un lamido lento, desde abajo hasta el clítoris. Se me fue un gemido directo a la garganta. Darío no besaba con timidez; lamía con hambre contenida, como si llevara horas deseándolo y por fin le hubieran soltado la correa. Me abrió mejor con los dedos y me chupó el coño con una concentración brutal, usando la lengua de forma ancha, mojada, insistente.
Yo me agarré al respaldo de la silla mientras Julián me besaba el cuello y me estrujaba las tetas. Cada vez que Darío me encontraba el punto exacto del clítoris, mi cuerpo se sacudía solo. Julián lo animaba con frases directas, sucias, diciéndole que no me tratara con delicadeza, que me chupara bien, que me hiciera correr.
Darío obedecía mejor de lo que yo esperaba. Me metió la lengua dentro y después dos dedos, sacándolos y volviéndolos a meter mientras su boca seguía trabajando arriba. El ruido húmedo llenó la sala. Yo ya no podía sostener una conversación ni una pose; solo abría más las piernas y me dejaba hacer, completamente entregada al morbo de tener al amigo de mi marido comiéndome el coño delante de él.
—Así, joder... así... —balbuceé.
Julián me apretó la mandíbula para que lo mirara.
—Dile quién te está poniendo así.
Miré a Darío, arrodillado entre mis piernas, con la boca brillante de mis fluidos.
—Tú, cabrón... tú me tienes así de mojada.
Eso bastó para que redoblara el ritmo. Su lengua se volvió más dura, más precisa, y cuando me succionó el clítoris mientras me metía los dedos hasta el fondo, me corrí con una sacudida fuerte, apretándole la cabeza entre los muslos. Gemí tan alto que me dio igual quién pudiera oírnos. El orgasmo me dejó temblando, húmeda y abierta.
Darío se levantó despacio. Tenía el bulto del pantalón marcadísimo. Julián lo vio y soltó una risa baja.
—Sácala —le dijo—. Ya que la has probado, que te vea la polla con la que llevas toda la noche imaginándola.
Darío dudó un segundo, pero terminó por abrirse el pantalón y sacar una verga dura, gruesa y algo brillante en la punta. Yo la miré sin disimulo. Me excitó más de lo que quería admitir. Julián me tomó del pelo con suavidad y me empujó un poco hacia adelante.
—Ahora enséñale cómo mamás.
Me arrodillé frente a Darío, todavía con la respiración desordenada. Lo agarré por la base y le pasé la lengua por la punta antes de meterlo en la boca. El primer gemido que soltó fue ronco, sorprendido. Le gustaba más de lo que imaginaba. Yo también estaba disfrutándolo demasiado: el peso en la lengua, el calor, el sabor salado de la excitación acumulada durante horas.
Fui bajando de a poco, tragando cada vez más hasta que noté su mano en mi nuca. No me empujó con violencia, pero sí con una necesidad clara. Lo dejé hacer. Julián estaba detrás de mí, acariciándome el culo y separándome las nalgas para mirarme mientras mamaba a su amigo.
—Mírala —le dijo—. Se traga tu polla como si llevara meses esperando.
Yo saqué la boca un momento solo para responder:
—Tal vez sí.
Los dos se rieron y seguí mamando con más ritmo. Le chupé la punta, le rodeé el tronco con saliva, alterné succiones profundas con lamidas lentas por el frenillo. Darío ya estaba temblando. Julián entonces me subió la camiseta del todo, me agarró de las tetas y se puso a pellizcarme los pezones mientras yo trabajaba abajo. Ese doble control me tenía loca.
Me hicieron ponerme de pie y apoyarme sobre la mesa baja del salón. Julián me bajó del todo el short y se quedó mirándome el coño hinchado y mojado. Me lo abrió con los dedos y se lo mostró a Darío como si enseñara una propiedad que invitaba a usar.
—Métela —dijo.
El primer empuje de Darío fue lento, tanteando. Entró con facilidad porque yo seguía empapada. Cuando la sentí adentro completa, gemí contra la mesa. No era fantasía ya ni mirada ni juego. Era la polla de otro hombre dentro de mi coño, con mi marido detrás observando cómo me la metían.
Darío empezó a moverse con cuidado al principio, pero Julián no tardó en exigir más.
—No la follas como si fuera de cristal. Fóllatela de verdad.
Eso cambió todo. Darío me agarró de las caderas y comenzó a embestirme con fuerza, sacándola casi entera y volviendo a meterla de golpe. El sonido de los golpes húmedos llenó la habitación. Yo abría la boca, jadeando, y Julián me la aprovechó para meterme dos dedos. Me los hizo chupar mientras veía cómo su amigo me cogía.
—Así me gusta —me decía—. Toda abierta, toda puta para que te miren y te usen.
La crudeza de sus palabras me disparó aún más. Darío me follaba mejor cuanto más se soltaba; cambió el ángulo, me separó más las piernas y empezó a darme más profundo. Cada embestida me sacudía las tetas. Julián me masajeaba el clítoris por delante, justo donde más lo necesitaba. La combinación fue demasiado intensa.
—No pares... no pares... —repetía yo.
Darío respiraba cada vez más fuerte. Me dijo al oído que llevaba toda la semana imaginando mi culo en ese vestido, mis tetas saliéndose del escote, mi cuerpo desnudo en el dormitorio. Oírlo confesarlo mientras me taladraba el coño me hizo perder el poco control que me quedaba. Me corrí otra vez, esta vez con la polla dentro, apretándolo en pulsos claros.
Julián lo notó y soltó un gruñido de satisfacción.
—Se está corriendo por tu polla. Mira cómo te aprieta.
Darío no duraría mucho más. Se le notaba en el temblor de las piernas, en la fuerza con que me sujetaba, en la respiración rota. Me incorporé un poco y giré la cabeza para mirarlo.
—Acábate donde quieras —le dije—. Pero no te contengas.
Eso fue lo último que necesitó. Me dio unas cuantas embestidas más, profundas y torpes de puro descontrol, y se corrió con un gemido seco, agarrado a mis caderas. Sentí el calor de su corrida llenándome por dentro mientras seguía clavado en mí, vaciándose a pulsos.
Cuando salió, un hilo espeso me resbaló por el muslo. Julián lo miró fascinado. Se agachó, pasó dos dedos por esa mezcla de semen y mis fluidos, y me los llevó a la boca. Los chupé sin apartar la mirada de él. Estaba tan duro como al principio, quizá más.
—Ahora me toca a mí —dijo.
Me llevó casi arrastrando hasta el baño, como si hubiera aguantado toda la noche para llegar a ese momento. Me inclinó sobre el lavabo, me apartó el pelo y me besó la espalda mientras detrás de nosotros aún se oía a Darío recuperando el aliento en el salón. Julián me abrió las nalgas y lamió el semen que seguía deslizándose por mi coño antes de meterme dos dedos de nuevo.
—Me encanta cómo quedas después de exhibirte —murmuró—. Toda usada, toda mojada, temblando de gusto.
Yo solo podía gemir. Me chupó el coño por detrás, sucio y voraz, mezclando mi sabor con la corrida reciente de su amigo, y después me hizo girar para sentarme en la tapa del inodoro. Me puso la polla en la boca de inmediato. La mamé con hambre, todavía excitada por todo lo anterior, chupándolo mientras él me masajeaba el clítoris con el pulgar.
Julián me hablaba sin parar, diciéndome que sabía cuánto había disfrutado mostrármele a Darío, que me había corrido de puro morbo, que me encantaba ser mirada. Yo asentía con la polla en la boca, tragándomela hasta donde podía. Cuando me levantó y me giró otra vez hacia el lavabo, ya estaba lista para recibirlo.
Me penetró de una sola embestida. Entró duro, profundo, aprovechando que yo seguía abierta y resbaladiza. El golpe me arrancó un gemido alto. Empezó a follarme con rabia contenida, agarrándome de la cintura mientras yo me sostenía del lavabo con ambas manos. Cada choque me hacía rebotar hacia adelante. El espejo me devolvía la imagen de mis tetas moviéndose y de su cuerpo clavándose en el mío una y otra vez.
—Te encantó que te viera desnuda —me dijo entre dientes.
—Sí.
—Te encantó chuparle la polla.
—Sí.
—Y te encantó que te follara delante de mí.
—Sí, joder, sí.
Su mano me encontró el clítoris y empezó a frotarlo al ritmo de las embestidas. Ya no pude sostenerme mucho. Me corrí con una sacudida larga, húmeda, apoyando la frente en el espejo empañado. Él siguió unos segundos más, más rápido, más fuerte, hasta que me agarró del pelo y se vació dentro de mi boca en cuanto me hizo arrodillarme frente a él.
La corrida me llenó la lengua y la garganta. Tragué sin apartar los ojos de los suyos. Julián soltó el aire despacio, todavía con la mano en mi nuca, y sonrió como si acabara de confirmar algo que ya sabía.
—Te exhibiste para él —dijo—, pero esta boca sigue siendo mía.
Yo me limpié la comisura con un dedo y sonreí de vuelta.
—Entonces sigue mandándome a mostrarme —le respondí—. Porque me pone más de lo que imaginabas.
Esa noche nos fuimos a dormir agotados, con el cuerpo caliente y la cabeza todavía más. Y yo supe, sin ninguna duda, que el juego de dejarme mirar ya no tenía vuelta atrás.
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