El electricista me miraba como si supiera algo
Todo empezó por una lámpara. La del pasillo de mi departamento llevaba semanas parpadeando como si tuviera vida propia, y por más que cambié el foco tres veces, seguía haciendo lo mismo. Una amiga me pasó el número de alguien de confianza, un electricista que le había hecho una instalación entera sin problemas, así que una mañana levanté el teléfono y pedí turno.
El que apareció fue un muchacho. Tendría unos años menos que yo, con esa torpeza simpática de quien todavía no se siente del todo dueño de su oficio. Yo lo recibí con la ropa de andar por casa, una camiseta vieja y un short, sin pensar demasiado en cómo me veía.
Y sin embargo lo noté enseguida. Cada vez que yo cruzaba el pasillo, él perdía el hilo de lo que hacía. Se le iban los ojos a mis tetas, que se movían libres bajo la camiseta fina, y volvía rápido al cable, como un chico al que pillan copiando. Me hizo gracia. Hay algo en sentirse mirada así, sin disimulo, que te despierta el cuerpo aunque no quieras. Sentí cómo se me endurecían los pezones bajo la tela, y él lo vio, y tragó saliva, y yo supe que si me hubiera acercado dos pasos, me la habría chupado ahí mismo con la boca abierta.
—Esto va a necesitar otra visita —dijo al final, guardando las herramientas—. Hay una parte de la instalación que tengo que revisar con calma. Vuelvo en un par de días, si le parece.
—Me parece —respondí, y juro que no había ninguna segunda intención. Todavía no.
***
Dos días después sonó el timbre a la hora pactada. Cuando abrí, no era él. Era un hombre bastante mayor, de unos cuarenta y tantos, con los antebrazos marcados de quien trabaja de verdad y una mirada que se tomaba su tiempo en todo lo que observaba.
—Soy el socio —dijo, tendiéndome la mano—. El otro día vino mi compañero, pero esta parte la hago yo. Me llamo Andrés.
—Carla —contesté, y lo dejé pasar.
Esa mañana yo estaba sola. Había salido recién de la ducha cuando sonó el timbre, y como no esperaba que llegara tan puntual, me vestí con lo primero que encontré, apurada, con el pelo todavía húmedo cayéndome sobre los hombros. Un short suelto, una camiseta fina, nada más. Me di cuenta a medio vestir de que no había agarrado ropa interior, pero ya estaba el timbre sonando por segunda vez y no quise hacerlo esperar. El coño desnudo bajo el short, los pezones marcándose bajo el algodón: así lo recibí, sin querer y queriendo.
Andrés trabajaba sin prisa, hablando todo el tiempo. Me preguntaba por el departamento, por cuánto hacía que vivía sola, por mi trabajo. Yo le seguía la conversación de pie, apoyada en el marco de la puerta del pasillo, con los brazos cruzados.
—Mi compañero me habló de usted —dijo de pronto, sin levantar la vista del cableado—. Me dijo que la dueña del departamento era una mujer muy guapa. Ahora entiendo por qué volvió tan distraído.
Sentí el calor subirme a la cara. Solté una risa para disimular.
—Qué exagerado —dije.
—No exageró nada.
Lo dijo sin mirarme, concentrado en su trabajo, y eso lo volvió todavía más perturbador. No era el típico piropo de obra. Era una constatación, dicha en voz baja, como si comentara el clima.
***
A medida que avanzaba, empezó a pedirme cosas. Que le alcanzara una herramienta, que le sostuviera la linterna, que le acercara un destornillador del bolso. Favores chicos, normales. Hasta que me pidió que me agachara a sostener un par de cables contra la pared mientras él los fijaba.
Me puse en cuclillas frente a él. Y ahí, con el short suelto y nada debajo, fui muy consciente de mi propio cuerpo. De cómo la tela se abría, de la corriente de aire sobre mi coño, de la manera en que él, desde su altura, tenía toda la escena delante. Podría haberme levantado. Podría haber dicho que me dolían las rodillas. No lo hice.
—Así está bien —murmuró—. Quédese un segundo más.
El segundo se hizo eterno. Sentí sus ojos recorrerme con una calma que me erizó la piel entera. No me tocaba, no decía nada fuera de lugar, y sin embargo había algo profundamente impúdico en dejarme mirar de esa forma. Era yo la que lo permitía. Era yo la que se quedaba quieta, con el short abierto y el coño mojándose de a poco, sintiendo la humedad bajarme por la cara interna del muslo.
Sé exactamente lo que estás haciendo, pensé. Y los dos sabemos que no me voy a mover.
Cuando por fin me dejó levantarme, tenía las mejillas ardiendo y un cosquilleo entre las piernas que ya no podía fingir que no existía. Me quedé un instante de espaldas a él, recomponiéndome, sintiendo todavía el rastro tibio de su atención sobre la piel. Era absurdo lo mucho que me afectaba algo tan pequeño. Ni siquiera me había rozado, y yo estaba respirando como si hubiera subido las escaleras corriendo. Sentía el coño latiéndome, hinchado, pidiendo algo. Cualquier cosa.
***
—Tiene un cuerpo precioso —dijo, ahora sí, mirándome de frente—. Espero que no le moleste que lo diga.
—Es un poco raro que me lo diga usted —respondí, aunque no me molestaba en absoluto.
—Tiene razón. —Sonrió—. Pero hay cosas que es peor callarlas.
Terminó el trabajo y guardó las herramientas. Entonces vino el momento incómodo: me pasó el importe, y yo recordé, con un nudo en el estómago, que no tenía esa cantidad en efectivo en casa. Lo intenté con el celular, pero la aplicación del banco se quedó cargando, dando vueltas sin conectarse.
—No me anda la transferencia —dije, frustrada—. Déjeme que pruebe de otra forma.
—Tranquila —contestó él, apoyándose en la pared con los brazos cruzados—. No tengo apuro. Y si no hay efectivo, quizás encontremos otra manera de saldar la cuenta.
Lo miré sin entender del todo. O entendiendo perfectamente y queriendo que lo dijera él.
—¿Qué manera?
—A mi compañero le pareció usted la mujer más linda que vio en meses. A mí también. —Hizo una pausa—. Déjeme tomarle un par de fotos. Para él. Y olvidamos lo de la cuenta.
***
Me quedé en silencio un momento, sopesándolo. Sonaba sencillo, casi inocente, y al mismo tiempo sabía perfectamente que no lo era. Hacía tiempo que cargaba con esta parte de mí que se enciende justo con esto: con que me miren, con que me deseen, con saberme observada. Nunca imaginé que iba a pasar con un electricista al que conocía hacía media hora, pero el cuerpo no entiende de guiones.
—Tengo fotos en el teléfono, si quiere —dije, ganando tiempo—. En redes hay varias.
—No me entendió. —Su voz bajó un tono—. Quiero fotos más privadas. De ahora. De usted, así como está. Con el coño al aire, si se deja.
El corazón me golpeaba en el pecho. Asentí.
—¿Cómo las quiere? Déjeme cambiarme, al menos.
—No hace falta cambiarse. Está perfecta así.
Sacó el teléfono. Me pidió, con esa misma calma de antes, que me sentara en el sillón y separara las piernas todo lo que pudiera. Lo hice, despacio, sin dejar de mirarlo. El short se abrió por completo y le mostré el coño depilado, mojado, brillando bajo la luz del living. Escuché el clic de la cámara y un escalofrío me bajó por la espalda. Sentí su mirada moverse por encima de la pantalla, ir y venir entre el visor y mi cuerpo, y supe que las fotos eran apenas una excusa. Lo que de verdad quería era mirarme el coño abierto. Y lo que yo de verdad quería era que lo hiciera.
—Ábraselo con los dedos —dijo, la voz un poco más ronca—. Muéstremelo bien.
Me llevé la mano ahí abajo y separé los labios del coño frente a él, sintiendo cómo se me pegaban de lo húmeda que estaba. Él tomó dos, tres fotos, sin decir nada, respirando por la boca. Yo notaba el bulto marcado bajo su pantalón, la polla que se le paraba mientras me sacaba fotos, y eso me mojaba todavía más.
—Súbase la camiseta —murmuró—. Quiero verle las tetas.
Obedecí. Me arremangué la tela hasta el cuello y le mostré las tetas duras, los pezones tiesos apuntándole. Él bajó la cámara un segundo, solo para mirarme, y volvió a subirla.
—Tóquese los pezones. Apriételos.
Me los pellizqué despacio, jugando para él, mordiéndome el labio. Cada indicación suya era una vuelta de tuerca más. Que me girara. Que corriera un poco más la tela. Que me abriera el culo con las dos manos, apoyada en el respaldo. Yo obedecía con una mezcla de vergüenza y excitación que no había sentido nunca con esa intensidad. No era el sexo lo que me prendía. Era ser mirada de esa forma, ser el objeto entero de su atención, sentir que existía solo para que él me observara con la polla dura debajo del pantalón.
***
Cuando me di la vuelta y el short apenas me cubría, dejó de fotografiar. Dio un paso hacia mí.
—¿Puedo? —preguntó, con la mano a medio camino.
—Eran solo fotos —dije, pero ni yo me lo creí.
—Entonces dígame que no.
No se lo dije. Su mano se posó en mi cadera, firme, segura, y un suspiro se me escapó antes de que pudiera contenerlo. La palma le bajó por la nalga, la apretó entera, y me tembló todo el cuerpo. Después subió por la cintura, me rodeó por detrás, y me agarró una teta por debajo de la camiseta. Me pellizcó el pezón entre dos dedos, sin prisa, y yo eché la cabeza atrás y gemí bajito contra su cuello.
—Eres preciosa —dijo, tuteándome por primera vez, la voz ronca en mi oreja—. Y lo sabes. Te encanta que te lo digan. Te encanta que te miren el coño.
—Sí —susurré, porque no me salía otra cosa.
La otra mano se le fue derecho al short, se metió por debajo y me tocó el coño de una. Me encontró empapada. Me pasó los dedos por la raja mojada, arriba y abajo, jugando con el clítoris, y yo abrí las piernas contra la pared sin pensarlo.
—Estás chorreando —murmuró—. Mira cómo estás.
Me metió dos dedos adentro con una lentitud que me hizo apretar los dientes. Me los sacó brillantes, los levantó a la luz para mirarlos él mismo, y después me los pasó por los labios de la boca. Se los chupé. Me chupé mi propio coño en sus dedos, mirándolo a los ojos, y a él se le escapó un gruñido bajo.
—Así, muy bien.
Volvió a bajar la mano y a metérmelos otra vez, ahora con el pulgar apretándome el clítoris en círculos lentos. Me apoyé de espaldas contra la pared, con las piernas abiertas, y dejé que me trabajara. Los dedos entrando y saliendo, gruesos, rugosos por los años de oficio, encontrando un punto adentro que me hacía subir en puntas de pie. Sentí el orgasmo formarse en la base del vientre, apretado, denso, y no me aguanté nada. Me corrí ahí de pie, mordiéndome la mano para no gritar, con su mano empapándose entera, temblándome las rodillas y él sosteniéndome contra la pared.
—Buena chica —dijo bajito, sacándome los dedos despacio—. Buena chica.
Me apoyé contra la pared y dejé que mirara. Que mirara todo. El coño abierto, las piernas mojadas, la camiseta subida, las tetas al aire, la respiración entrecortada. No hubo nada más que eso, su mirada y su mano y mi respiración entrecortada, y fue una de las cosas más eléctricas que viví en mucho tiempo.
***
Después se acomodó la ropa, se lamió los dedos con los que me había tocado, guardó el teléfono y volvió a ser el hombre tranquilo de antes, como si nada de eso hubiera ocurrido.
—Cuenta saldada —dijo en la puerta, con una media sonrisa—. Mi compañero va a quedar muy agradecido.
—Dígale que de nada —respondí, todavía con el pulso acelerado y el coño palpitando bajo el short mojado.
—¿Sabe una cosa? —Se detuvo en el umbral—. La instalación de este departamento es vieja. Seguro va a dar problemas de nuevo pronto.
—¿Usted cree?
—Estoy casi seguro. —Me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario—. Y cuando pase, ya sabe a quién llamar.
Cerré la puerta y me quedé apoyada en ella, con el cuerpo todavía vibrando y los muslos pegajosos. Sabía que iba a volver. Sabía que la próxima vez no me iba a tomar por sorpresa con el pelo mojado y la ropa puesta al apuro. La próxima vez iba a estar preparada, desnuda de una, con el coño listo para que me lo cogiera contra la misma pared. Y, sinceramente, no podía esperar a que la dichosa instalación volviera a fallar.





