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Relatos Ardientes

Lo que el mirón vio en la cocina del restaurante

El sol jugaba con las nubes esa tarde de julio, dibujando manchas claras y oscuras sobre la arena. El murmullo de los bañistas se perdía entre el rugido del mar, en ese ruido blanco que vuelve invisible a cualquiera que sabe sentarse en el lugar correcto.

Andrés se había instalado bajo una sombrilla con estampado de hibiscos, lejos de la zona más concurrida pero no tanto como para llamar la atención. Pasaba de los cincuenta, vientre incipiente, el pelo cano cortado al ras. Las gafas oscuras le tapaban media cara y le daban la única ventaja que necesitaba en esa clase de tarde. Nadie sabe hacia dónde mira un hombre detrás de unos cristales oscuros.

A su izquierda, a apenas un par de pasos, tres chicas habían armado su propio campamento. La que estaba boca abajo llevaba un tanga negro que se le hundía entre dos nalgas grandes, morenas, de carne ligeramente caída. Las marcas del sol formaban un mapa sobre su espalda. La de al lado, una rubia de piel casi traslúcida, dormitaba boca arriba con los pechos pequeños al aire, brillantes por la crema solar. Los pezones se le habían puesto duros con la brisa, dos puntas rosadas apuntando al cielo. La tercera, de pelo corto y trasero compacto, se sostenía sobre los codos con auriculares puestos. La tela blanca del bikini, mojada y pegada a la piel, dejaba ver más de lo que cubría: el bulto del coño se marcaba entero, con el pliegue de los labios dibujado como si estuviera desnuda. Cada vez que ella movía la cadera al ritmo de su música, Andrés contenía la respiración.

No mires fijo. No muevas la cabeza. Respira normal.

Era su regla principal desde hacía años. El truco de un buen mirón siempre fue parecer aburrido, ausente, casi dormido. Quien finge desinterés ve mucho más que quien lo desea con descaro.

Frente a la sombrilla pasó entonces una pareja. Él, con tatuajes negros desde el hombro hasta la muñeca, bronceado al borde del quemado. Ella, con un escote que no encajaba en el bikini, las copas a punto de no contener lo que prometían. Andrés siguió a la chica con la mirada quieta, calculando ángulos. Caminaba con un trote corto, los muslos ligeramente marcados por la celulitis, la tela del traje de baño metida en la grieta de las nalgas. Cada paso las hacía temblar. Tenían granitos rosados, pequeños, casi imperceptibles. Andrés se fijó en ese detalle como otros se fijan en el horizonte. Se imaginó, sin proponérselo, la tela sacada de un tirón, esa raja carnosa abierta al sol, un hilo espeso de saliva bajándole por el perineo antes de que él le enterrara la polla hasta el fondo.

Cuando la pareja se alejó hacia la orilla, volvió a sus vecinas de sombrilla. La rubia se había girado y le estaba dando la espalda al cielo, mostrando la curva trasera con la misma despreocupación con la que se mostraba la cara. La tela del tanga se le había corrido levemente y dejaba a la vista el borde del culo, la sombra oscura del ano insinuada en el pliegue. La del bikini blanco se había sentado a beber agua, y los pezones se le adivinaban a través de la tela mojada, duros, tirando del tejido como si quisieran romperlo.

Sin pensar mucho, deslizó la mano bajo la toalla. La tenía dura, la polla apretada contra el elástico del bañador, la punta ya húmeda pegándosele a la tela. Era un asunto familiar a esas alturas; lo manejaba con la misma naturalidad con la que otros revisan el teléfono. Se apretó dos veces, notó cómo la verga latía contra los dedos, la vena gruesa del dorso palpitándole en la yema del pulgar. Pero estaba demasiado expuesto. Optó por levantarse.

Caminó hacia el mar con paso tranquilo, las chanclas en una mano, los pantalones del bañador cargando algo que el poliéster no terminaba de disimular. Entró en el agua poco a poco, hasta que una ola le mojó el vientre. Siguió un par de metros más, hasta que el agua le cubrió la cintura.

Tenía ganas de orinar. Hizo lo que muchos otros estarían haciendo en ese mismo momento, sin avisar a nadie. Después dejó que la mano resbalara bajo el bañador y se envolvió la polla con el puño cerrado. Empezó despacio, moviendo la piel arriba y abajo, apretando la base para que la sangre se le acumulara en el glande. El agua fría le rozaba los cojones y contrastaba con el calor del sexo entre los dedos. Con la mano libre se pellizcó el escroto, se lo tiró hacia abajo, mientras la otra aceleraba. Movimientos pequeños, casi imperceptibles desde la arena. Cerró los ojos. La rubia con los pezones al viento, la del bikini blanco con el coño marcado en la tela mojada, los muslos con celulitis de la chica que había pasado caminando, la raja de la del tanga negro, todas se le mezclaban en una sola imagen sin contornos. Se imaginó a las tres arrodilladas en la arena, turnándose para mamársela, la rubia lamiéndole los huevos mientras la del bikini blanco se metía el glande hasta la garganta. Apretó los dientes. Un latigazo le subió por la espalda, el culo se le tensó y descargó bajo el agua a tirones largos, cuatro, cinco chorros de semen que la corriente arrastró en segundos. La espuma del mar lo dejó todo limpio, sin dejar rastro. Ninguna de las cabezas en la orilla se giró.

Salió del agua con la respiración serena y los ojos más despejados.

***

Veinte minutos después estaba sentado en la terraza de un restaurante de playa, todavía con el pelo mojado pegado a la frente. Era uno de esos chiringuitos modernos, con manteles de tela cruda y luces colgando de una pérgola de madera. Camareros y camareras se movían entre las mesas con un uniforme idéntico: pantalón negro ajustado y camisa blanca abierta dos botones.

Pidió un vino blanco frío y se acomodó. Las gafas oscuras seguían en su sitio.

Una camarera en particular le llamó la atención casi de inmediato. No era la más guapa, ni mucho menos la más joven —debía rondar los treinta y pocos—, pero tenía algo en la mandíbula apretada, en la forma de plantar los pies al caminar, que la separaba del resto. El pelo recogido en un moño bajo, dos mechones sueltos que se le pegaban al cuello. El culete redondo, compacto, apenas se movía dentro del pantalón. Era de las que llevan el cuerpo con disciplina. De las difíciles, pensó. De las que aprietan los labios cuando se corren, de las que se dejan follar en silencio para no darle el gusto al otro de oírlas gemir.

—¿Va a comer aquí o solo bebe? —le preguntó al pasar, sin mirarlo.

—Comer también.

—Ya le mando a alguien con la carta.

Se llamaba Lucía, según pudo leer en la pequeña placa cosida sobre el bolsillo. A él lo terminó atendiendo un chico con el pelo aplastado de gomina y demasiada colonia, simpático, eficiente, irritante. El postre se lo sirvió otra chica, esta de coleta y voz dulce, con el trasero un poco caído pero los ojos bonitos. Andrés no apartaba la vista de Lucía mientras tanto. La vio cruzar la terraza varias veces, atender una mesa de turistas alemanes, reírse forzadamente con un grupo de cumpleaños y, al final, detenerse junto a la puerta de la cocina para hablar con un hombre de unos cincuenta años. Camisa blanca también, aunque con un delantal manchado. Le pasaba media cabeza a Lucía. Por la forma de mover las manos, por el modo en que ella echaba la cabeza atrás, no era una conversación amable.

Él trató de calmarla. Lucía no se dejaba calmar. Por fin, después de unos segundos de tensión, ambos entraron en el local.

Andrés bebió el último trago de vino y decidió que también necesitaba ir al baño.

***

El pasillo que llevaba a los aseos pasaba por delante de las cocinas. Una mampara de cristal esmerilado disimulaba lo que ocurría dentro, pero la puerta abierta hacia el patio interior permitía oír y entrever. Andrés aflojó el paso. Después dio dos pasos atrás, hasta meterse en el hueco oscuro donde se amontonaban las cajas de cerveza vacías.

—¿Qué te pasa hoy? —oyó.

—Nada. ¿Y a ti? —respondió la voz de ella.

—Ahí fuera hay clientes. Si tienes algo que decirme, me lo dices aquí. Fuera se guardan las formas. ¿Está claro?

—Y un huevo.

El hombre soltó una risa breve, sin humor.

—Mira, si pudiera te echaba ahora mismo.

—Échame. Échame y te denuncio.

—¿Denunciarme? Bien. Si vas a hacerlo, al menos que sea por algo.

—Déjame. Dé…

Hubo un ruido seco, como de un cuerpo apoyado de golpe contra una mesa de acero. Luego silencio. Luego el sonido de una hebilla, el crujido de la tela.

—No… los pantalones no.

Andrés contuvo la respiración. La sangre se le concentró otra vez donde solía, la polla volvió a hincharse contra la costura del bañador todavía húmedo. Sacó la cabeza del hueco, despacio, y se asomó por el resquicio de la puerta.

Lucía estaba inclinada sobre la mesa de preparación, los antebrazos apoyados en el acero inoxidable, el pantalón negro a media pierna y las bragas blancas, baratas, bajadas hasta los muslos. Las nalgas eran exactamente como las había imaginado: pequeñas, blancas en los bordes, morenas en el centro. Entre ellas se veía la raja completa, el ojete moreno y arrugado, y más abajo el coño con los labios apretados, un vello oscuro y corto rodeándolo. Tenían dos marcas rojizas, paralelas, recién hechas en las nalgas. El dueño —porque solo podía ser él— sostenía una cuchara de madera, de las grandes, de las que usan los cocineros para remover ollas. La levantó. Lucía cerró los ojos pero no dijo nada. El golpe sonó hueco, mate, y dejó una tercera línea encarnada sobre la piel.

—¿Quieres denunciarme?

—Cállate —murmuró ella.

—Pregunto si quieres denunciarme.

El segundo golpe fue más fuerte. Lucía dejó escapar un suspiro corto, casi inaudible, que en nada se parecía a un grito de dolor. Andrés notó cómo ella separaba muy levemente las rodillas. Solo unos centímetros. Lo suficiente para que entre los muslos apareciera el brillo húmedo de su coño abierto, un hilo espeso colgando ya del labio inferior.

—Sigue —dijo Lucía con la voz pegada a la mesa—. Si vas a hacerlo, hazlo bien.

El dueño soltó la cuchara. Se bajó la cremallera con calma y sacó la polla, gorda, roja, con la punta pegajosa. Se la pasó primero por las nalgas ardiendo de Lucía, restregándosela sobre las marcas rojas como si quisiera sellarlas. Después bajó el glande hasta la raja del coño y lo hundió de golpe, hasta los huevos, de una sola embestida. Lucía se mordió el antebrazo para no gritar. El sonido fue húmedo, pegajoso, un chapoteo que llenó el silencio de la cocina.

—Zorra —le gruñó él, agarrándola del moño y tirándole la cabeza hacia atrás—. Denuncia esto también.

Empezó a follársela contra la mesa de acero con embestidas secas, cortas, sonoras. Las nalgas de Lucía chocaban contra el vientre del dueño y las marcas rojas se le encendían más con cada golpe. Ella tenía la boca abierta contra el metal, un charquito de saliva formándose bajo su mejilla. Cuando él aflojó el ritmo, sacó la polla entera —brillaba de flujo hasta la base—, escupió sobre el ojete moreno y volvió a hundírsela en el coño de una estocada.

—Más… —susurró Lucía, y esta vez Andrés la oyó claro—. Métemela más.

El dueño le dio dos azotes con la mano abierta antes de agarrarla por las caderas y empezar a embestir en serio. La mesa chirriaba contra el suelo. Andrés se había abierto la bragueta del bañador dentro del hueco de las cajas y se estaba pajeando con el puño apretado, sin apartar los ojos del resquicio. Veía cómo la polla del cocinero entraba y salía del coño de Lucía llena de espuma blanca, cómo los cojones le pegaban contra el clítoris hinchado, cómo ella se apoyaba en los antebrazos para empujar hacia atrás y clavársela más adentro.

—Voy a correrme dentro —jadeó él.

—Hazlo. Hazlo, cabrón. Lléname.

El dueño se enterró hasta el fondo, se quedó quieto y soltó un gruñido ronco. Andrés vio cómo las nalgas de Lucía se tensaban, cómo el culo del hombre latía descargándole el semen dentro. Ella cerró los ojos, apretó los dientes y también se corrió, en silencio, con un temblor largo que le recorrió los muslos. Andrés apretó el puño, se muerdió los labios y descargó dentro del bañador con dos chorros calientes que le pringaron el vientre.

Cuando el dueño sacó la polla, un hilo blanco cayó del coño de Lucía y le resbaló por la cara interna del muslo hasta la rodilla. Ella se quedó apoyada en la mesa unos segundos, recuperando el aire, sin subirse todavía las bragas. Oyó algo metálico al fondo del pasillo, quizá una bandeja cayendo, y Andrés se retiró del resquicio con la misma cautela con la que se había asomado.

***

Terminó de orinar en el aseo casi sin necesidad. Se limpió el vientre con papel, se lavó las manos con calma, mirándose en el espejo. Las gafas oscuras le colgaban del cuello de la camisa. La cara no le decía nada nuevo: la misma cara aburrida del hombre que sabe sentarse en el lugar correcto.

Volvió a su mesa por la terraza, evitando el pasillo de la cocina. Pidió un café. Mientras esperaba, vio salir a Lucía con la libreta en la mano, derecha, los hombros tirados hacia atrás. Atendió a una pareja de la mesa de al lado con voz neutra, casi profesional. Tomó nota de dos cafés y de un postre, repitió el pedido en voz alta, sonrió incluso. Nadie en esa mesa podía adivinar lo que ocurría debajo de la tela del pantalón negro: las bragas empapadas de semen ajeno pegadas al coño, un hilo espeso resbalando aún por la cara interna de los muslos, las nalgas ardiendo bajo la costura.

Al girarse para entrar de nuevo, justo antes de cruzar la puerta, se llevó la mano a la nalga derecha y se frotó por encima del pantalón. Un gesto breve, mínimo, el tipo de gesto que solo capta quien lleva años aprendiendo a mirar sin mover la cabeza. Andrés lo captó entero, desde el ángulo del codo hasta la mueca brevísima que ella dejó escapar antes de recomponerse.

Lucía cruzó la cortina de cuentas y desapareció dentro.

Andrés bebió su café despacio, sin apuro. Pensó en el dueño, en la cuchara, en las rodillas que se habían separado solas en el último segundo, en el chorro de semen resbalando por el muslo de Lucía. Pensó en cuántas tardes llevarían así esos dos, en cuántas veces Lucía habría llegado al trabajo con la promesa silenciosa de un castigo, en cuántas veces habría vuelto a servir mesas con el coño chorreando bajo el uniforme. Pensó también que había en ese restaurante un secreto que ningún cliente vería jamás, y que él, sentado tras unas gafas oscuras, había mirado justo por la rendija correcta.

Cuando pagó, dejó una propina generosa sobre la mesa. La puso en el platillo con el billete doblado hacia arriba, para que Lucía lo viera bien cuando volviera a recoger. Después caminó de vuelta hacia la sombrilla pensando que esa, sin duda, había sido una buena tarde de playa.

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Comentarios(8)

Damian_BsAs

buenisimo!!! de los mejores que lei este mes

NocheLectora22

quede con ganas de saber como termina todo, por favor la continuacion!!

ViajeroNocturno

me encanto la forma en que describis la tension sin decir demasiado. Eso es lo que hace un buen relato

casporro

tremendo jaja

ElProfe_MDP

Lo de las gafas oscuras es un detalle brillante, todos lo hacemos pero nadie lo admite jajaja. Muy bien escrito

Marcos_CB

hay segunda parte? me dejo muy intrigado

SolmarDT

Me recordo a un verano en Mar del Plata que prefiero no contar... jeje. Excelente relato!

RamonVzla

Muy bien narrado, se siente el calor del verano en cada linea. Saludos desde Venezuela

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