Esa noche quería que alguien me mirara en el gimnasio
Empecé a prepararme cerca de las nueve. Siempre dejaba el gimnasio para esa hora exacta porque me gustaba el trayecto, los semáforos largos, los hombres que cruzaban la avenida y se quedaban mirando una décima de segundo más de lo necesario. Ese era mi prólogo, mi forma de calentar antes del calentamiento de verdad.
Saqué la mochila del armario y empecé a meter las cosas en orden, como siempre. La botella de agua, la toalla blanca, la calza para entrenar. Lo de encima de la ropa fue lo más importante: una blusa negra de manga larga que me cubría justo hasta unos centímetros bajo el ombligo, y una falda plisada gris que me dejaba las piernas casi del todo desnudas pero sin que pareciera grosero. Si caminaba normal, no se notaba nada. Si me agachaba, era otra historia.
No me puse sujetador. Hacía meses que no lo usaba debajo de esa blusa: la tela era lo suficientemente gruesa para no transparentar y a la vez lo bastante fina para que se me marcaran los pezones cuando hacía frío o cuando algo me ponía nerviosa. Y a esa hora de la noche siempre hacía frío. Debajo de la falda sí me puse braga, una pequeña concesión a las reglas del gimnasio, donde los entrenadores se ponían bastante quisquillosos con eso de la «exposición indebida». Pero por dentro, el detalle que nadie veía: mi plug con la joya rosa. Llevaba casi un año usándolo varias veces por semana y la sensación de tenerlo apretado dentro mientras caminaba ya formaba parte de mi humor diario.
Antifaz también. Lo guardé en un bolsillo lateral por si me daba por desviarme a la vuelta. Algunas noches lo hacía: bajaba en una parada antes de la mía y caminaba dos cuadras con la blusa levantada hasta los pezones, sabiendo que solo el del kiosco de cigarros me veía. Pero esa noche no era una noche de antifaz. Esa noche tenía ganas de cara.
Salí del edificio meneando las caderas igual que siempre, sintiendo el peso del plug a cada paso, sintiendo los pezones rozando la tela. En la cuadra siguiente un señor con perro se detuvo a «atarse el cordón» cuando pasé por su lado, y casi me reí en voz alta. Esa pequeña victoria me terminó de poner en modo.
El gimnasio estaba más lleno de lo que esperaba. No mucho, pero lo suficiente como para tener opciones. Antes de bajar a los vestidores hice mi recorrido habitual: subir las escaleras lentamente, dar una vuelta por la sala de cardio, pasar entre las máquinas como quien busca a alguien que no llega. En realidad estaba mirando.
Fue cuando volvía hacia el pasillo de los vestidores que alguien me chocó la espalda. Me di vuelta lista para decir cualquier cosa y me encontré con un chico alto, todo de negro, pelo medio largo, claramente nuevo. No tendría más de veintitrés. La piel pálida, los brazos delgados, sin esa hinchazón gimnástica de los demás.
—Perdóname, mis amigos me empujaron —dijo, y se le notaba la vergüenza.
Miré detrás de él. Dos chicos, igual de jóvenes, se tapaban la boca para no reírse. Volví a mirarlo a los ojos.
—No te preocupes, estoy bien.
Asintió, se dio vuelta y se fue con los amigos hacia el otro extremo del gimnasio. Yo me quedé un momento ahí, evaluando. Era él. Era exactamente el tipo de chico que podía hacer una buena noche: tímido, nuevo, sin la coraza de los gimnasiados, lo suficientemente joven como para que sus amigos le hubieran organizado esa especie de bautismo torpe.
Tú.
Bajé a cambiarme caminando lento, dándole tiempo. La calza negra que tenía debajo era ajustada hasta la indecencia, y la blusa apretada me dejaba ver el corte de los pezones. Subí de nuevo.
Lo encontré pedaleando en una bicicleta estática, los auriculares puestos, mirando la pantalla con esa concentración fingida del que se esconde detrás de algo. Me acerqué a la persona que pedaleaba delante de él, una mujer mayor que ya estaba terminando, y le pregunté cuánto le faltaba. Mientras esperaba me incliné varias veces: para fingir que limpiaba el sillín, para acomodar la botella, para ajustar las zapatillas. Le di tres oportunidades clarísimas. Cuando finalmente me senté y giré la cabeza, él me miró un segundo y apartó la vista con la velocidad de alguien que acaba de sentirse pillado.
Eso me molestó un poco, ya lo admito. Mi orgullo no soportaba que un chico tan obviamente cohibido se hiciera el difícil.
Me senté hasta el borde del sillín, dejando que el culo me quedara abierto sobre el plástico, y empecé a pedalear lentísimo. Cada cierto rato fingía acomodarme: levantaba el culo, lo bajaba, hacía como que estiraba la espalda. Veinte minutos de pedaleo casi inexistente y de movimientos coreografiados. Cuando bajé, me sequé la cara con la toalla y lo encontré mirándome de costado, sin disimulo esta vez.
—Sí que te gusta andar en bicicleta, ¿eh? —le dije, y le sonreí con la boca medio abierta.
No me contestó, pero por el espejo de pared vi cómo se quedaba siguiéndome con la cabeza mientras yo caminaba hacia la zona de mancuernas. Tocaba moverlo solo, y para eso necesitaba sacarlo de la órbita de sus amigos.
Estaba eligiendo las mancuernas cuando aparecieron los tres juntos detrás de mí, fingiendo que buscaban algo en el rack. Los miré por el espejo. Cara de chiquilines. Sentí cómo el plug se acomodaba con cada movimiento.
Mi suerte fue uno de los entrenadores. Se acercó a decirles que estaban obstaculizando el paso, que se movieran. Aproveché ese segundo de bullicio para tocar al chico en el brazo. Se dio vuelta sobresaltado.
—Si quieres, puedes hacer tu estiramiento al lado mío. Yo ya estoy terminando los míos.
Asintió. «Gracias», masculló, y se ubicó a un metro de distancia. Sus amigos se quedaron un momento mirando y después se fueron al otro extremo, ofendidos como dos niños a los que les acaban de quitar el juguete.
Empecé mis ejercicios de suelo. Él hizo los suyos un par de metros más atrás. Yo notaba cómo me miraba completamente cada vez que cambiaba de posición. Para devolverle el favor, en uno de los estiramientos dejé caer la mancuerna a propósito y me agaché despacio a recogerla, con las piernas rectas y los brazos largos, dejando que la calza se me marcara en el medio. Cuando levanté la cabeza, lo cacé en el reflejo del espejo. Esta vez no apartó la vista.
—¿Tienes que hacer escalera hoy? —le pregunté.
Se quedó en blanco un segundo, como si la pregunta lo hubiera sacado de un trance.
—Porque si te toca, podemos usarla los dos —agregué.
Levanté las mancuernas, pasé por encima de él para devolverlas al rack y, al pasarle por al lado, le guiñé el ojo. Caminé hacia las máquinas de escalera. Casi todas estaban libres, una rareza para esa hora, y elegí la que daba la espalda al pasillo del fondo, donde estaban los casilleros y la puerta del salón grande de las clases de baile. La luz por allí era más tenue. Me convenía.
Dejé la toalla sobre la barra de la máquina para reservarla y fui a mi casillero por la botella. Cuando volví me lo encontré ya arriba, pedaleando como si la máquina fuera suya.
—¿La usamos juntos? —dijo, y se bajó.
Se me aceleró todo a la vez: el plug, los pezones, el corazón. Le sonreí y me subí adelante, dándole la espalda como él claramente quería. Tonto no era el chico.
Empezamos lento. Él se colocó en el escalón más bajo posible, lo que dejaba su cara casi a la altura de mi culo. Yo movía las nalgas con una exageración que en otra situación habría sido cómica, pero el calor del momento la convertía en otra cosa. Me incliné sobre la consola, estiré la espalda y dejé el culo en alto sin subir el escalón siguiente. Él, obligado por la inercia de la máquina, tuvo que subir uno más. Su cara me chocó directo entre las nalgas. Sentí el contacto y se me escapó un sonido apenas audible.
Me giré sobre el hombro y lo miré.
—Perdón, quería estirarme. Deberías intentarlo.
—Está bien —dijo, y la voz le salió ronca.
Subió un escalón, estiró el torso por encima del mío y se apoyó con las manos en las barras laterales. Al hacerlo, su bulto me quedó pegado a la rabadilla. Lo sentí perfectamente: una línea dura, alargada, contra la tela de la calza. Subí un peldaño para escaparme y él me siguió de inmediato, apretándose otra vez contra mí. Bajé, lo mismo. Subí, lo mismo. Era un baile.
—¿Ahora tendría que hacer sentadillas. ¿Me ayudas? —le dije por encima del hombro.
Asintió sin hablar. Cuando volvió a apretarme contra el culo, paré la máquina. Bajamos los dos al mismo tiempo, despacio, sin despegarnos, hasta tocar el piso. Solo nos separamos en el último segundo.
—Trae una colchoneta —le dije—. Te espero en el salón de baile.
Salió disparado a buscar la colchoneta y yo caminé hacia la puerta del salón. Estaba oscuro adentro, con las luces de sensor apagadas. Conocía el lugar: a la izquierda, detrás de un pilar gordo, había una esquina muerta. Si entrabas al salón desde la puerta no la veías. Solo si llegabas hasta el fondo y mirabas atrás.
Antes de entrar miré el celular: faltaba una hora para que cerraran. Me di vuelta y entonces vi algo que no esperaba. Sus dos amigos, los del codazo del principio, estaban parados a unos diez metros, en la zona de las máquinas, mirándome fijamente. Y al fondo, en el pasillo de los casilleros, mi chico volviendo con la colchoneta enrollada bajo el brazo.
No iba a fingir que no los había visto. Al contrario. Me bajé la calza solo por atrás, lo suficiente para que se me viera todo el culo y el plug. Me puse las manos en las nalgas, me las abrí frente a ellos y les mostré, durante dos segundos largos, el brillo rosado de la joya y todo lo demás. Después me mordí el labio y los miré uno por uno. No se movieron. No pestañearon. Y entonces tomé a su amigo de la mano y me lo llevé a la esquina del pilar.
Las luces se prendieron solas al detectar movimiento. No me importó. Le indiqué que estirara la colchoneta y le dije, con una sonrisa que no sé bien de dónde me salió:
—Es hora de tus abdominales eróticos.
Se acostó. Yo, en vez de ponerme de cara a él como habría hecho una entrenadora normal, me ubiqué al revés. Le abrí las piernas con los pies, me paré con un pie a cada lado de su torso y me incliné hacia adelante, apoyando el estómago en sus muslos. Mis manos quedaron sobre sus tobillos. Mi culo, justo encima de su cara. Si subía a hacer el abdominal, no había manera de que no me lo encontrara entre las nalgas.
Miré hacia el otro lado del salón. Los dos amigos habían entrado y estaban a unos cuatro metros, sin acercarse más, sin sacar el teléfono, sin decir una palabra. Solo mirando.
Le moví el culo al chico de izquierda a derecha. Sentí cómo empezaba a subir. La primera vez su cara golpeó mis nalgas y volvió a bajar. La segunda vez se demoró un poco más. La tercera ya no bajó del todo. Cada vez que subía y se quedaba ahí arriba, le sentía la lengua pasarse por mi conchita, por encima de la tela apretada, despacio. Yo movía el culo de arriba abajo, marcándole el ritmo, y separé un poco más las piernas. Solté sus tobillos, le abracé las piernas hacia abajo y apoyé los pechos contra sus muslos. La sensación de los amigos mirando desde el fondo, sin moverse, sin acercarse, era casi insoportable.
—Ahora ayúdame con las sentadillas —le dije al cabo de un rato.
Sacamos la colchoneta a un costado. Le indiqué que se pusiera de pie, contra la pared, y yo le di la espalda. Flexioné las rodillas, abrí las piernas y pegué el culo a su bulto. Empecé a sobármelo lento, marcando círculos. Él me tomó por las caderas. Me erguí entonces, apoyé la espalda en su torso y le pasé los brazos por encima del cuello.
Desde esa posición podía ver a los dos amigos al fondo, ahora un poco más cerca. Uno tenía la mano metida en el bolsillo del pantalón, apretándose. El otro tenía las dos manos cruzadas adelante, como un guardia.
Bajé mis manos hasta encontrar las suyas y las guié hacia el borde de la calza. Le metí los dedos por dentro y empujé hacia abajo. Me la bajé hasta las rodillas, junto con la braga, con sus dedos enredados en la tela. Después volví a subir por mis piernas sin soltarle las manos, lentísimo, dejándole acariciar los muslos, las caderas, el vientre. Cuando llegué a la altura de los pechos hice que me arrastrara la blusa hasta arriba. Le dejé las manos sobre los pezones y solté.
Bajé las mías al culo, me abrí las nalgas y me las apreté contra él. Sentí su bulto encajarse entre las nalgas, empujando el plug hacia dentro. Me moví un poco para enderezarlo, hasta que la línea me quedó vertical, y empecé a bajar. Él me siguió como si estuviéramos atados. Bajábamos juntos, subíamos juntos. Sus dedos apretaban los pezones con una mezcla justa de hambre y miedo a romperme.
En un momento bajó la mano derecha por mi vientre y me la apoyó sobre la conchita. La pasó por fuera, con la yema del dedo del medio, una vez, dos, tres. Yo me retorcí contra él. Me apreté más, empecé a balancearme adelante y atrás como si lo estuviera montando vestido. Los amigos seguían sin moverse, pero ahora uno de ellos respiraba con la boca abierta. Era la primera vez en mucho tiempo que sentía cómo la atención de tres hombres a la vez se concentraba en un solo punto, y ese punto era yo.
Y entonces se escuchó el altavoz.
—Chicos, ya estamos cerrando. Por favor empiecen a dejar las cosas en su lugar y retiren sus pertenencias de los casilleros.
Me separé del chico de un brinco y me subí la calza en un segundo. Me giré hacia él y le bajé la blusa de un tirón mientras los dos nos reíamos en silencio, todavía agitados, todavía con las piernas tibias. Los amigos ya no estaban. Se habían escabullido en cuanto sonó la voz, como dos sombras vergonzosas.
Salimos del salón con la colchoneta enrollada y un olor a sudor distinto al del entrenamiento. Yo estaba satisfecha de mil maneras al mismo tiempo, y a la vez con la frustración exacta de no haber llegado al final. Pero ya no me importaba demasiado: lo nuevo era haberlo conseguido en un lugar donde nunca creí poder, y haberlo hecho con tres pares de ojos pegados al cuerpo, no uno.
No me dejaron cambiarme. Los vestidores estaban cerrados. Tuve que salir con la ropa de gimnasia, la calza marcándolo todo, el plug todavía colocado, los pezones aún de punta. Caminé hasta la puerta sin mirar atrás. Sabía que él estaba detrás de mí, y sus amigos detrás de él, y todos viendo lo mismo.
Esta es la primera parte. Mi noche de exhibición no terminó ahí, pero eso se los cuento otro día.