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Relatos Ardientes

Me masturbé en el camión y ella se dio cuenta

Vaya por delante una aclaración: el nombre que voy a usar no es el real. Llamémosme Mateo y dejémoslo ahí. Tengo treinta y ocho años, vivo en Puebla desde hace casi dos décadas y, si me preguntan en el trabajo, dirían que soy un hombre tranquilo. Aburrido, incluso. Lo que pasó aquel martes de marzo no encaja con esa descripción, y por eso llevo tanto tiempo dándole vueltas antes de animarme a escribirlo.

Empiezo por el principio. Desde adolescente me he masturbado mucho. No es algo que me avergüence reconocer: cuatro o cinco veces al día en mi mejor época, todavía dos o tres ahora que el cuerpo va más lento. Siempre en mi casa, siempre con la puerta cerrada, siempre como me enseñaron en mi familia. La privacidad era una regla que jamás se me ocurrió romper. Hasta esa mañana.

La noche anterior había leído un relato que no debí leer. Un texto sobre un tipo que se exhibía en el metro y la mujer que terminaba mirándolo sin decir nada. Cerré el celular convencido de que aquello no me afectaba, dormí mal y desperté con la cabeza encendida y la verga dura desde antes de abrir los ojos.

Salí a caminar como hago siempre antes del desayuno. Y juro que ese día las mujeres no iban vestidas igual que cualquier otra mañana. Veía a través de la ropa. No era una sensación, era casi un convencimiento físico: senos bajo la blusa, el corte exacto de la tanga marcándose en el pantalón, el contorno de una vagina presionando una tela ligera. Cada una que se cruzaba conmigo me dejaba peor.

Llevaba además casi una semana sin tocarme, lo cual no es nada raro en alguien normal, pero para mí es una eternidad. Llegué a casa con la verga pesada dentro del bóxer, desayuné a la fuerza, me metí a la regadera. Cuando salí ya iba tarde y tuve que correr para alcanzar el camión.

***

El camión iba lleno. Casi todas mujeres, oficinistas camino al centro. Avancé por el pasillo evitando rozarlas porque sabía que cualquier contacto iba a ser un problema, y vi que los asientos del fondo estaban vacíos. Me dejé caer junto a la ventana del lado izquierdo, pegué la frente al vidrio frío y traté de respirar.

No funcionó. Empecé a fijarme en una chica que viajaba dos filas adelante, en la espalda de su blusa que dejaba ver el broche del sostén, y otra vez la sensación de ver lo que había debajo. El pantalón me apretaba al punto de doler. Miré alrededor: la fila de mi asiento estaba vacía, la cortina del autobús filtraba la luz en franjas anaranjadas, nadie miraba hacia atrás.

Me bajé el cierre.

Lo escribo así, en seco, porque así fue. Sin pensarlo, sin debate interno, sin la voz de mi madre regañándome. Saqué la verga, la dejé apoyada contra el muslo y empecé a masturbarme despacio, con la mano izquierda, mientras la derecha sostenía la mochila sobre las piernas como si fuera lo más natural del mundo.

El movimiento del camión ayudaba. Cada bache me obligaba a apretar más fuerte y eso me arrancaba un escalofrío. Miraba a la chica de adelante, miraba a otra que iba parada agarrada al tubo con el brazo levantado mostrando la sombra de la axila depilada, miraba el escote de una señora que dormitaba en diagonal. Cada vez que alguien se movía hacia el fondo escondía la verga bajo la mochila y me quedaba quieto. Cada vez que pasaba el peligro volvía a empezar.

Si me cachan aquí me hunden.

Lo pensé varias veces. Y sin embargo no paraba. Una parte de mí —la honesta— quería que alguien me viera. No cualquiera: una mujer. Una mujer que se quedara mirando y no avisara al chófer. Una mujer que entendiera. Imaginaba escenas absurdas, fantasías que sabía imposibles: que se sentara a mi lado, que me dejara meterle la mano debajo de la falda, que me dejara apretarle un seno por encima de la tela mientras me terminaba de venir.

***

Fue entonces cuando la vi.

Iba en la fila opuesta, dos asientos adelante, del lado del pasillo. Veintipocos años. Cabello castaño recogido en una cola alta, blusa blanca con un escote bastante más generoso de lo que pedía la oficina, y unos ojos oscuros que en ese momento estaban fijos en mí. No en mi cara. Más abajo.

Me congelé. La mano siguió cerrada alrededor de la verga, pero no me atreví a moverla. Esperé a que apartara la vista, a que pegara un grito, a que llamara al chófer. Nada de eso pasó. Siguió mirando. Y después, despacio, levantó los ojos hasta encontrar los míos.

No sonrió. Tampoco frunció el ceño. Me sostuvo la mirada un segundo eterno y volvió a bajarla. Esta vez con más calma, como quien revisa lo que tiene enfrente sin prisa de irse.

Entendí que no iba a pasar nada malo. Y entendí, al mismo tiempo, que tampoco iba a pasar nada de lo que yo había estado fantaseando. Ella no se iba a parar. No se iba a sentar a mi lado. No me iba a tocar. Iba a mirar, nada más. Y a mí me tocaba decidir si me terminaba de masturbar con ella mirándome o si guardaba todo y me bajaba en la próxima parada con la dignidad intacta.

No bajé en la próxima parada.

Empecé a moverme otra vez, más lento, manteniendo el contacto visual cada vez que ella levantaba los ojos. Cuando bajaba la mirada yo aceleraba un poco. Era una coreografía rara, silenciosa, pactada sin una sola palabra. En algún momento ella se movió en el asiento, cruzó las piernas, las descruzó, las volvió a cruzar. No supe si se estaba tocando o si solo acomodaba la incomodidad. Tampoco quise saberlo. Lo que estaba pasando ya era suficiente.

Saqué del bolsillo el paquete de pañuelos que llevaba sin saber por qué. Sentí la presión avanzar desde la base de la verga. Apreté más fuerte. Miré una última vez a la chica de la blusa blanca y me vine adentro de los pañuelos, mordiéndome el labio para no soltar un solo ruido.

***

Cuando recuperé la cabeza el camión ya estaba frenando dos paradas antes de la mía. Había una señora avanzando por el pasillo. Me entró el pánico: los pañuelos estaban hechos un bollo en mi mano izquierda, manchados, y no tenía claro si todo se había quedado adentro o si algo había caído al piso. Bajé los ojos. El piso estaba limpio. Suspiré.

Guardé la verga con cuidado, me subí el cierre rezando por no engancharme, doblé los pañuelos lo más compactos posible y me los apreté contra la mochila. La chica de adelante seguía sentada, mirando al frente, como si no acabara de pasar nada. Me bajé en mi parada, tiré los pañuelos en el primer bote de basura y caminé las dos cuadras hasta la oficina con el corazón a mil y el cuerpo todavía vibrando.

La jornada laboral fue un infierno. Me quedé con erección durante horas. Cada vez que cerraba los ojos veía a la chica de la blusa blanca mirando hacia abajo. Cada vez que alguien entraba a mi cubículo tenía que acomodar la silla rápido para que no notaran nada. Trabajé como pude. A las seis salí casi corriendo.

***

El camión de regreso era otra ruta y a esa hora iba casi vacío. Tres personas y el chófer. Repetí el ritual: me senté hasta el fondo, lado izquierdo, pegado a la ventana. No pensaba volver a hacerlo. De verdad que no.

Pero llevaba todo el día con la imagen de esa chica en la cabeza y el cuerpo no entendía de razones. Saqué el celular, me puse los audífonos, abrí un video sin mirarle siquiera el título y me bajé el cierre por segunda vez ese día.

El camión tenía cortinas oscuras y una luz interior morada que casi no iluminaba nada. Boca de lobo, como decía mi padre. Eso me dio confianza. Empecé a tocarme mirando la pantalla, sintiendo la verga responder a pesar del cansancio. Tres minutos después algo me hizo levantar la vista del celular.

Había una silueta dos asientos adelante, del lado opuesto. Una mujer. No la había visto al subir, juro que el camión parecía vacío. Veintipocos años también, o eso me pareció en la penumbra. Y tenía la cara girada hacia mí.

Se me detuvo el corazón. Me quedé inmóvil con la mano cerrada alrededor de la verga, sin atreverme a guardarla ni a moverla. ¿Llevaba viéndome desde el principio? ¿Había alcanzado a entender qué hacía? La luz era tan mala que ni siquiera estaba seguro de hacia dónde apuntaban exactamente sus ojos. Tal vez ni me miraba a mí. Tal vez sí.

Esperé. Ella no se levantó, no me dijo nada, no avanzó hacia el chófer. Pasaron dos minutos largos. El camión paró, subió un señor, se sentó adelante, todo siguió igual. La chica no se movió.

Intenté retomar. Le di al video, cerré los ojos un segundo, traté de imaginar otra vez a la de la blusa blanca. Pero la verga ya no respondía. La preocupación de que la silueta dijera algo, el miedo a meterme en un lío de verdad, todo eso me bajó la erección hasta dejarme flácido en la mano. No hubo final. Solo guardé la verga, subí el cierre y me bajé en mi parada sin mirar atrás.

***

Hace mucho de aquello y todavía pienso en la chica de la blusa blanca. En cómo me miró sin asustarse, sin reír, sin avisar. En esos segundos en que los dos sabíamos exactamente lo que estaba pasando y ninguno fue capaz de poner una palabra al asunto. No fue el día más oscuro de mi vida ni el más feliz. Fue otra cosa. Una grieta por la que entró algo que ya no se fue del todo.

Si alguna de las dos lee esto algún día —la de la mañana o la de la noche—, no espero ser perdonado. Solo me gustaría saber qué pensaron. Qué vieron. Si esa noche le contaron a alguien o si lo guardaron como yo lo guardé, en el rincón donde uno mete las cosas que no terminan de ser una respuesta pero tampoco son del todo una pregunta.

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Comentarios (4)

WalterOk

Muy bueno!! que morbo, me gusto bastante

NachoCba93

jaja tremendo, que arriesgado. La situacion esta muy bien descripta

TorresBA

Eso no puede terminar ahi, espero que haya continuacion con lo que paso despues

JuanRosario

Esto me recordo a algo que vivi en el colectivo hace tiempo, esa adrenalina es real jajaja. Muy bien narrado

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