Lo que vi al subir al baño de mi nuera
Cuando me dijeron que iba a ser abuelo, supe que mi vida cambiaría, pero nunca imaginé en qué dirección. Mi hijo Mateo y su esposa Lucía habían intentado tener un bebé durante casi cuatro años, y cuando por fin lo lograron, la casa entera respiró aliviada. Yo fui el primero en alegrarme, aunque por motivos que sólo después comprendería del todo.
Mateo vive en un chalet a unos sesenta kilómetros de mi ciudad, en una urbanización tranquila rodeada de pinos. Cada dos fines de semana subía al coche pasadas las ocho de la mañana, agarraba la autopista y me presentaba en su puerta antes del mediodía con algún regalo para el pequeño Tomás. Quería estar presente, ayudar en lo que pudiera, ser el abuelo que mi padre nunca fue conmigo.
Mi mujer había muerto dos años antes, de un cáncer que ningún médico supo detectar a tiempo. Desde entonces, las casas vacías me daban pavor. La de mi hijo era lo contrario: olía a leche tibia, a colonia de bebé, a ropa recién planchada, a vida. Iba a recargarme allí cada quince días como otros van a misa.
Lucía siempre había sido una mujer guapa, de eso no había duda. Le llevaba unos veinte años a mi hijo —cosa que en su momento generó comentarios incómodos en la familia—, pero ella tenía un cuerpo que paralizaba el tráfico. Tetas enormes, caderas anchas, un culo redondo que rellenaba los vaqueros hasta el último milímetro, y una boca carnosa, de labios gruesos, que sonreía con cierta picardía cuando creía que nadie la observaba. Había fantaseado con ella alguna vez, lo confieso: acostado en mi cama de viudo, con la polla en la mano, imaginándome cómo sería meterle la verga entera entre esos labios mientras me miraba desde abajo con los ojos brillantes. Pero siempre desde la distancia, como quien admira un cuadro en una galería y se vuelve a casa a hacerse una paja en silencio.
***
El cambio llegó un sábado cualquiera de marzo. Llegué a la casa pasadas las once de la mañana. Mateo estaba en su despacho, atendiendo a un cliente por videoconferencia. Me hizo un gesto con la mano desde la puerta entreabierta y susurró que tardaría una hora más.
—Lucía está arriba, bañando al niño —dijo, y volvió a su pantalla.
Subí los escalones de dos en dos. La casa estaba en silencio, con esa luz tibia que entra por las claraboyas a media mañana. El baño principal queda al fondo del pasillo, y tenía la puerta entornada. Toqué con los nudillos por costumbre, pero ella ya me había oído.
—Pasa, pasa, no seas tímido —dijo desde dentro.
Empujé la puerta, y entonces lo vi.
Lucía estaba dentro de la bañera, con Tomás sostenido contra su pecho. Una capa de espuma blanca le cubría parte del cuerpo, pero apenas. Las tetas sobresalían justo por encima del borde de la tina, enormes, hinchadas por la leche, con los pezones oscuros, gruesos como pulgares, tan duros que apuntaban hacia el techo como si me buscaran a mí. Se le marcaba una vena azul cruzándole el pecho izquierdo. El vientre, todavía blando por el parto reciente, asomaba bajo el agua transparente. Y más abajo, entre los muslos que ella no se molestaba en cerrar, un triángulo espeso de vello oscuro que no había vuelto a recortar desde antes del embarazo. Se veía todo: el nacimiento del coño, los labios asomando entre el pelo mojado, la sombra de la raja donde empezaba el sexo de mi nuera.
Salí de mí mismo durante un segundo.
—Perdón, no sabía… —tartamudeé, dando media vuelta hacia la puerta.
—No seas tonto. Ayúdame con él, que se me resbala. Pásame la esponja del estante.
Hablaba como si nada. Como si lo más natural del mundo fuera que su suegro la viera desnuda con su nieto en brazos. Quizá ya estaba demasiado cansada del posparto para preocuparse por algo así. Quizá no le importaba en absoluto. Quizá le importaba demasiado y se hacía la indiferente.
Le pasé la esponja con la mano temblando. Me senté en el taburete bajo que había junto a la bañera y procuré mirar al bebé. Sólo al bebé. Pero el espejo del armarito de los medicamentos me devolvía un fragmento de la espalda de Lucía, una franja de piel mojada bajo el omóplato izquierdo, y mis ojos volvían allí cada vez que ella se giraba para enjabonar a Tomás. Cada vez que se movía, las tetas se le balanceaban pesadas contra el borde de la bañera, y una gota de leche —leche materna, joder— le brotó del pezón derecho y le resbaló por la curva entera hasta perderse en la espuma. Sentí la polla endurecerse dentro del pantalón, gruesa, dolorosa, y crucé las piernas para disimular.
—Toma, sosténlo un momento, que tengo que estirar la pierna —me dijo.
Recibí al niño con los antebrazos pegados al borde de la bañera. Ella aprovechó para ponerse de rodillas dentro del agua. Cuando lo hizo, las tetas quedaron a la altura de mis ojos, a apenas veinte centímetros de mi cara. Vi cómo otra gota le rodaba por el pezón derecho, lenta, gorda, y se descolgaba al final hacia la espuma. Se me hizo la boca agua. Pensé, sin poder evitarlo, en cerrar los labios alrededor de ese pezón oscuro y chupárselo hasta vaciárselo entero. Tragué saliva sin que se notara, y bajo la ropa la verga me palpitaba contra la cremallera.
Tomás chillaba feliz, ajeno a todo.
—Gracias por subir —dijo ella cuando me lo quitó de las manos—. Mateo nunca asoma a estas horas, le da pereza. Eres el primero que me ayuda con esto desde que nació.
El primero. La palabra me retumbó un rato largo, hasta el coche. Me metí adentro con la polla todavía dura, arranqué, y a los diez kilómetros me desvié por un camino forestal, aparqué entre los pinos y me la saqué. Me hice una paja rápida y furiosa, apretándomela con toda la mano, con los ojos cerrados, viéndola arrodillada dentro de la bañera, con las tetas goteando leche a treinta centímetros de mi cara. Me corrí en un pañuelo con un gruñido ronco, más semen del que había echado en dos años, y me quedé un buen rato con la cabeza apoyada en el volante, pensando que era un cerdo, un puto viejo cerdo, y que me daba exactamente igual.
***
Aquella escena, que debía haber sido un accidente, se repitió en los meses siguientes con la regularidad de un rito. Cada vez que yo llegaba, Mateo se encerraba en su despacho. Cada vez que él se encerraba, Lucía me llamaba desde arriba con la voz cantarina.
—¿Subes a ayudarme con el baño, papá?
Me llamaba papá. No era mi nombre, no le salía con ningún otro suegro de su familia, pero le había salido natural desde el primer mes y a mí me gustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. Cada vez que lo decía, se me apretaba algo por dentro y se me endurecía la polla un poco.
Yo subía sin protestar, y cada visita era una variación nueva del mismo cuadro. A veces la encontraba ya dentro de la bañera, con las piernas abiertas de par en par bajo el agua y el coño peludo asomando entre la espuma como una promesa. A veces la pillaba en el momento exacto de quitarse la bata, con la espalda desnuda y el culo blanco marcándose antes de meterse en el agua. A veces el camisón se le bajaba justo cuando se inclinaba a recoger el peluche del bebé y una teta entera le quedaba al aire durante dos o tres segundos eternos, con el pezón grueso apuntándome directamente a la cara. Nunca rectificaba demasiado rápido.
No éramos amantes. Ni siquiera nos rozábamos a propósito. Pero los dos sabíamos perfectamente lo que estaba pasando, y ninguno daba un paso atrás.
De regreso a mi casa, los domingos por la noche, repasaba cada detalle de lo que había visto como si fuese un examen. Me metía en la cama con la luz apagada, me bajaba los calzoncillos y me agarraba la polla dura mientras reconstruía la escena centímetro a centímetro. La forma en que se había girado. El ángulo en el que el agua le mojó el cuello. La frase exacta que me había dicho al despedirme en la puerta. Me imaginaba metiéndole la verga en esa boca de labios gruesos, follándomela por detrás contra el lavabo con las tetas rebotando contra el espejo, mordiéndole los pezones hinchados hasta hacerla gemir mi nombre. Me corría en la mano, apretando los dientes para no gritar, y me quedaba mirando el techo con la corrida escurriéndome entre los dedos. Buscaba pistas, indicios, confirmaciones. Necesitaba saber si estaba inventándome todo o si ella jugaba conmigo a propósito.
***
Una tarde de mayo, con Tomás ya jugando con sus patitos de goma, Lucía hizo un comentario que me quitó el sueño durante dos noches enteras.
—Estoy pensando en depilarme entera —dijo, abriendo un poco más las piernas dentro del agua y mirándose el coño con la cabeza ladeada—. Desde el parto no me reconozco ahí abajo. ¿Tú crees que se nota mucho?
Me miró a mí. A mí. No al espejo, no al techo, no al niño que chapoteaba entre los dos. A mí. Estaba pidiéndole opinión a su suegro sobre cómo debía llevar el coño.
—No tienes que cambiar nada por nadie —contesté, y la voz me salió ronca, prestada.
—No es por nadie. Es por mí. Quiero volver a sentirme yo otra vez. —Se pasó la mano por debajo del agua, entre las piernas, un movimiento breve pero deliberado, y añadió bajito—: Quiero volver a sentirme follable.
La palabra me atravesó como un cable pelado. Follable. Se la había dicho a su suegro, con el nieto chapoteando entre los dos, y no apartó los ojos de los míos ni un segundo.
Asentí sin decir nada más y le alcancé la toalla seca para Tomás. Me marché esa noche con una imagen fija en la cabeza: ella, levantándose despacio del agua, dejando que la espuma le resbalase por las piernas, con el coño ya afeitado, rosa, hinchado, brillando. No la vi, pero la imaginé tantas veces durante el viaje de vuelta que terminé creyendo que sí. Volví a parar en el mismo camino forestal, volví a sacármela, y esta vez tardé menos de un minuto en correrme sobre el volante. Me estaba volviendo un animal.
***
Tres semanas después subí al baño y la encontré de pie sobre la alfombrilla, envolviéndose en una toalla blanca que no le cubría más que la cintura. Levantó la mirada cuando me oyó entrar. Sonrió. La toalla se le bajó otro par de centímetros sin que ella hiciera nada por sujetarla.
Y entonces lo vi: el pubis completamente liso, la piel un poco enrojecida aún por la cera reciente, los labios mayores hinchados y carnosos, un poco separados, dejando asomar el rosa húmedo del interior. El coño de mi nuera, entero, desnudo, expuesto a un palmo de mí, asomando como una invitación que llevaba meses dándome y que yo había fingido no escuchar.
—¿Mejor, no? —preguntó.
No supe qué responder. Tomás dormía en la cuna del rincón. Mateo grababa un audio para un cliente en el piso de abajo, su voz subiendo amortiguada por el hueco de la escalera. El reloj del pasillo marcaba la una y veinte de la tarde.
—Estás preciosa —dije, y oí mi propia voz como si la pronunciara otro hombre, más joven, más imprudente.
Ella se acercó hasta quedar a un palmo de mí. Olía a jabón de almendras, a piel limpia, a algo que no sabría nombrar y que me daba sed. Me dio un beso en la mejilla, lento, pegando los labios un segundo de más, justo en el borde donde empieza el bigote. Y entonces, sin dejar de mirarme, me agarró la muñeca y se llevó mi mano hasta ponérmela plana contra el coño desnudo.
—Tócamelo —susurró, con la voz temblándole un poco—. Sólo un rato. Necesito saber si a alguien todavía se le pone dura conmigo así.
Los dedos se me hundieron entre esos labios hinchados como si siempre hubieran ido a parar ahí. Estaba mojada, tan mojada que la humedad me escurrió por dos dedos en cuanto los apoyé. Le tanteé el clítoris, gordo y duro como un botón bajo la yema del pulgar, y ella soltó un jadeo bajito contra mi cuello, apoyando la frente en mi hombro. Le metí el corazón dentro, muy despacio, y noté cómo el coño se le cerraba, apretado, ardiendo, caliente como si tuviera fiebre entre las piernas. Le metí un segundo dedo. Le pegó la boca al oído.
—Mateo hace meses que no me toca. Ni un dedo. Ni un beso ahí abajo. Nada.
Le bombeé los dos dedos hasta el fondo, con calma, y ella se abrió un poco más, apoyando el culo contra el mueble del lavabo, con la toalla ya escurriéndose hasta el suelo. Le vi las tetas por completo, todavía cargadas, con esos pezones oscuros que se me habían metido en la cabeza durante meses. Bajé la boca sin pensarlo y le chupé uno entero, con hambre, con los labios apretados alrededor de la areola, y a los dos segundos sentí el sabor tibio y dulzón de la leche materna en la lengua. Ella me hundió los dedos en el pelo y apretó fuerte.
—Joder, papá —jadeó bajito—. Joder, joder, no pares.
Le seguí bombeando los dedos dentro del coño mientras le chupaba las dos tetas alternando, con el pulgar haciéndole círculos rápidos sobre el clítoris hinchado, tragando la leche que le salía a chorritos finos cada vez que apretaba la boca. Ella se movía contra mi mano y me clavaba las uñas en la nuca. La polla me dolía dentro del pantalón como si fuera a romperme la cremallera. Con la mano libre me abrí, me la saqué, y ella me la agarró de inmediato sin dejar de moverse contra mis dedos: me la envolvió con el puño, la apretó por la base y empezó a machacármela con el ritmo justo, subiendo y bajando, presionándome el glande con el pulgar cada vez que llegaba arriba, como si supiera exactamente lo que yo llevaba meses imaginando.
—Córrete tú primero —me pidió, con los labios pegados a mi oreja—. Quiero verte correrte por mí antes de que baje ese cabrón.
No tardé nada. Con dos dedos hundidos en su coño afeitado hasta los nudillos, la boca en un pezón goteando leche y su puño machacándome la polla con esa técnica de puta profesional, me corrí a los pocos segundos, con una descarga que me arrancó un gruñido sordo que ella tapó tirándome de la nuca hasta pegarme la boca a la suya. Le eché toda la corrida en la mano y sobre el vientre desnudo, chorros gruesos y espesos que llevaban dos años acumulándose. Ella siguió apretando, ordeñándome hasta la última gota, y sonrió al verme temblar.
—Ahora yo —murmuró—. Rápido.
Le clavé los dedos más adentro, le busqué el clítoris con el pulgar, apreté y le dibujé círculos rápidos, duros, como los que ella misma me estaba enseñando con su forma de moverse contra mi mano. Cerró los ojos, se mordió el labio hasta ponérselo blanco, y a los pocos segundos se corrió también, en silencio absoluto, apretándome los dedos con el coño en espasmos largos y calientes, con la boca aplastada contra mi hombro para no despertar al bebé. Le noté todo: cómo se le contraía por dentro alrededor de mis nudillos, cómo se le derramaba una nueva ola de humedad contra la palma abierta, cómo se le doblaban las rodillas un instante y tuve que sostenerla por la cintura para que no resbalara.
Se separó despacio. Recogió la toalla del suelo, se limpió el vientre con un extremo, me limpió a mí la polla todavía mojada con el otro, y me subió la cremallera con la calma de quien lleva media vida haciendo eso.
—Gracias por subir siempre —murmuró cerca de mi oído—. Eres el único que entiende cómo me siento ahora.
Salió del baño dejándome ahí parado, con la polla exhausta latiéndome todavía dentro del pantalón, el corazón golpeándome contra las costillas y la cabeza dándome vueltas. Bajé a la cocina con la excusa de un café. Mateo me palmeó la espalda al pasar y me preguntó si quería quedarme a comer.
—Sí —dije, y la voz aún me temblaba un poco—. Me quedo.
***
Hace ya casi un año que aquello empezó. Tomás camina y dice mis primeras palabras de abuelo. Lucía ha vuelto a hacer pilates y ya no necesita las siestas de la tarde. Mateo sigue trabajando metido en su despacho los sábados por la mañana, ajeno al juego silencioso que se cuece dos pisos por encima de su cabeza.
Desde aquella tarde del baño hemos repetido lo mismo unas cuantas veces, siempre con Mateo grabando audios abajo o metido en videollamadas. Manos dentro de la ropa. Bocas apuradas contra pezones hinchados. Pajas de pie contra el lavabo, con el pestillo echado. Dos veces me arrodillé y le comí el coño depilado hasta que se corrió en mi lengua tapándose la boca con las dos manos, con las piernas apretándome la cabeza. Una tarde me hizo una mamada rápida contra la puerta cerrada, con mi hijo hablando por teléfono en el piso de abajo y ella mirándome desde abajo con la verga entera metida hasta el fondo de la garganta. Se me tragó cada gota, sonriendo, y luego me limpió el glande con la lengua como si fuera un helado.
Pero nunca hemos follado. Nunca la he montado, nunca le he metido la polla entera dentro del coño, nunca me he corrido dentro de ella. Ese paso —el paso— sigue ahí, colgando entre nosotros como una fruta madura, cada vez más cerca, cada vez más inevitable.
Y, sin embargo, sé perfectamente qué pasa cada vez que abro la puerta del baño y la encuentro mirándome con esa media sonrisa, sabiéndose deseada, sabiéndome rendido. Sé qué pasará el día que ella decida dar el paso que no me atrevo a dar yo. Sé qué pasará el día que yo decida darlo.
Mientras tanto, sigo subiendo cada dos sábados. Sigo llevando regalos para Tomás. Sigo sentándome en el taburete bajo, junto a la bañera, con las manos prudentemente sobre las rodillas y la mirada paseando por aquella piel mojada que cada vez se cubre con menos espuma, como si la espuma se fuera evaporando a propósito para mí.
Y rezo —yo, que nunca he creído en nada— para que mi hijo siga teniendo muchos clientes que atender los sábados por la mañana.