Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Las desconocidas de la playa me miraron demasiado

Aquel viaje a la costa me estaba resultando mucho más largo de lo que había imaginado. Mis padres se empeñaban en llenar cada día con paseos, museos, calles antiguas y comidas interminables en terrazas abarrotadas, y yo solo pensaba en volver a casa. Ya era adulto, pero seguía viajando con ellos por costumbre, y a mitad de semana empezaba a sentirme encerrado entre horarios ajenos y planes que no había elegido.

La única mañana libre la reservaron para la playa. Eso sí me animó un poco. El calor ya apretaba desde temprano y, cuando por fin plantamos la sombrilla cerca de la orilla, decidí que no pensaba moverme demasiado. Mis padres, más inquietos que nunca, enseguida quisieron caminar por la arena y buscar un chiringuito. Yo les dije que se fueran tranquilos, que prefería quedarme tumbado y descansar un rato.

En cuanto se alejaron, me puse las gafas de sol y dejé caer la cabeza sobre la toalla. Tenía el cuerpo pesado por el calor y una tensión acumulada que no era solo cansancio. Llevaba varios días durmiendo en la misma habitación que ellos, con cero intimidad, y eso para mí significaba demasiadas noches tragándome las ganas. Mi cuerpo lo notaba. Bastaba cualquier estímulo para ponerme duro.

Las vi llegar unos minutos después.

Eran dos mujeres adultas, quizá de poco más de treinta, seguras de sí mismas y con esa clase de tranquilidad que llama la atención sin esfuerzo. Una era morena, de pelo corto y mandíbula marcada; la otra, rubia oscura, con curvas generosas y una forma de caminar que hacía que más de uno se girara al verla pasar. Extendieron sus toallas a pocos metros de la mía, lo bastante cerca como para oírse hablar en voz baja, lo bastante lejos como para fingir que cada uno estaba en lo suyo.

Yo no estaba en lo mío ni por un segundo.

Las observé de reojo al principio, intentando no parecer un imbécil desesperado. Se untaban protector con calma, sin prisas, deslizándose las manos por los hombros, los muslos, el vientre. La morena se inclinó para alcanzar la parte baja de la espalda y la rubia le ayudó, extendiendo la crema con las palmas abiertas, lentas, firmes. Solo esa escena bastó para que empezara a endurecerme bajo el bañador.

Intenté cambiar de postura, cruzar una pierna sobre la otra, pensar en cualquier estupidez que me enfriara. No funcionó. Seguía mirándolas. El bulto ya empezaba a notarse y me giré un poco, fingiendo buscar una posición más cómoda. No te pongas así, joder, pensé, como si mi polla fuera a obedecerme por educación.

Ellas siguieron a lo suyo. Hablaron un rato, se rieron de algo que no alcancé a entender y luego se tumbaron boca abajo. La rubia acomodó la cabeza sobre los brazos y la morena se llevó las manos a la espalda para desatarse la parte de arriba del bikini. Lo hizo con una naturalidad que me dejó seco. La rubia la imitó un segundo después.

Sentí una descarga directa al estómago.

Desde donde estaba no podía verles los pechos de frente todavía, pero sí los laterales, la piel desnuda, el movimiento suave de sus cuerpos al acomodarse sobre la toalla. Me puse boca abajo de golpe para esconder mejor la erección. La arena caliente se clavó en mi pelvis y aun así seguía poniéndome más duro. Me latía la polla con una presión tan incómoda que casi dolía.

Entonces pasó lo peor y lo mejor a la vez.

La morena se giró primero. Quedó boca arriba, con el pecho desnudo al sol, sin una pizca de pudor. La rubia tardó solo un instante en hacer lo mismo. Se me secó la garganta. No era solo verlas; era verlas tan cerca, tan tranquilas, con la seguridad de quienes saben perfectamente el efecto que pueden causar. Mis ojos se quedaron clavados allí, y aunque llevaba gafas de sol, yo sabía que mi cara debía de decirlo todo.

Mi polla terminó de ponerse completamente tiesa. Ya no había forma de disimular aquello si me daba la vuelta. Notaba el bañador tenso, pegado al cuerpo, marcándolo todo. Busqué con la mano un hueco en la arena bajo las caderas para aliviar la presión, removiendo disimuladamente. Apenas me sirvió. Estaba tan excitado que respirar despacio se volvió un esfuerzo.

Fue entonces cuando la morena giró la cabeza hacia mí.

No miró al mar, ni a la gente, ni al cielo. Me miró a mí. Directo.

Yo debería haber apartado la vista. No lo hice. Ella bajó los ojos apenas un segundo hacia mi bañador y una sonrisa mínima le dobló la comisura de la boca. La rubia notó algo, siguió su mirada y también se fijó. No tardó en sonreír del mismo modo, sin burla, casi con curiosidad. Yo tenía el corazón desbocado. Me habían pillado mirándolas y, peor todavía, me habían pillado empalmado.

—Creo que le gustamos —dijo la rubia, lo bastante alto para que pudiera oírla.

—Eso parece —respondió la morena, sin apartar los ojos de mí.

Quise hacerme el distraído, pero ya era tarde para cualquier fingimiento. Tragué saliva. Ellas no se cubrieron. No se molestaron en rehacer el bikini ni en cambiar de postura. Al contrario: la rubia estiró un brazo por encima de la cabeza, arqueando el cuerpo de una forma descarada, y la morena abrió un poco más las piernas, relajada, cómoda, plenamente consciente del espectáculo.

Sentí un tirón tan fuerte en la polla que tuve que cerrar los dientes.

—Si vas a mirar, mira bien —dijo la morena.

No supe si me hablaba a mí hasta que levantó la barbilla con un gesto claro.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Me incorporé un poco sobre los codos, todavía boca abajo, con el bañador marcándome una erección imposible. La rubia soltó una risa corta y cálida.

—Mucho mejor —murmuró.

Estaba ardiendo de vergüenza y de excitación a la vez. No podía creer que aquello estuviera pasando. Una parte de mí esperaba que me mandaran a la mierda por baboso; la otra entendió enseguida que aquellas dos mujeres estaban disfrutando de tenerme así, rígido, atrapado, sin saber dónde meter la cara. Y esa certeza me puso todavía más cachondo.

La morena se humedeció los labios y habló sin levantar la voz.

—¿Vas a seguir sufriendo o vas a tocarte de una vez?

Noté un latigazo en el vientre. Miré alrededor, descompuesto. Había gente, sí, pero no demasiado cerca. Algunas sombrillas dispersas, familias metidas en el agua, parejas caminando por la orilla. El rumor del mar cubría casi todo. Aun así, aquello era una locura.

—No... no sé —balbuceé.

—Sí sabes —dijo la rubia—. Se te nota desde aquí.

Se llevó una mano al pecho, despacio, rozándose un pezón con la yema de los dedos. La morena hizo algo parecido, acariciándose el vientre desnudo y deslizándose hacia abajo, hasta la línea del bikini. No estaban fingiendo inocencia. Me estaban provocando abiertamente.

No aguanté más. Metí la mano por dentro del bañador, con el cuerpo todavía pegado a la toalla. En cuanto cerré los dedos sobre la polla, tuve que soltar aire por la nariz para no gemir. Estaba dura como piedra, caliente, casi sensible de más por el rato que llevaba así. Empecé a mover la mano muy despacio, aterrorizado y excitado a partes iguales.

Las dos me observaban sin disimulo.

—Eso es —dijo la morena—. Despacio.

Mi palma se deslizó por el tronco y apreté un poco más al subir. El bañador me cubría lo justo para ocultar el movimiento, pero cualquiera que mirara con atención podría adivinar lo que estaba haciendo. La idea me disparó aún más. Estaba masturbándome en plena playa, obedeciendo a dos desconocidas que me miraban con el pecho al aire y una calma obscena.

La rubia separó las rodillas, se acomodó mejor sobre la toalla y empezó a acariciarse por encima de la parte baja del bikini. No se metía la mano dentro todavía; solo presionaba la tela, lenta, mirando cómo yo me movía. La morena, en cambio, sí deslizó dos dedos por debajo del lateral y dejó escapar un suspiro corto.

—Joder —se me escapó en voz baja.

—Así me gusta —contestó ella—. Que se te note.

Apreté los dedos alrededor de la base y empecé a masturbarme con más ritmo. Ya no había forma de mantener la calma. Cada subida y bajada me hacía tensar el abdomen, hundiendo más la pelvis en la arena. Ellas seguían tocándose para mí, a su manera. La rubia masajeaba su coño por encima de la tela, marcándolo con descaro. La morena entraba y salía con los dedos bajo el bikini, humedeciéndose cada vez más, sin quitarme la vista de encima.

—Enséñanosla —dijo la rubia.

Negué con la cabeza, medio muerto de miedo.

—Solo un poco —insistió la morena—. Nadie está mirando.

Eso no era del todo cierto, pero en ese momento me daba igual. Tiré apenas del borde del bañador y saqué la polla lo justo para que quedara libre en mi mano, tumbada contra la toalla y la arena. El aire caliente me golpeó la piel y sentí otro espasmo de placer. La rubia se mordió el labio. La morena soltó una risita satisfecha.

—Mira qué duro está —dijo la rubia.

—Por nosotras —añadió la morena.

Eso bastó para que empezara a pajearme de verdad, sin tanto cuidado. La mano me corría de arriba abajo con movimientos firmes, mojando la polla con la propia humedad que ya había soltado. El glande, descubierto, rozaba a ratos con granos de arena y la sensación era áspera, intensa, casi demasiado. Tenía el pulso disparado. Cada vez que alzaba un poco la cabeza veía sus pechos, sus manos, sus vientres tensándose mientras se excitaban conmigo.

La rubia terminó metiéndose la mano dentro del bikini. Noté cómo hundía dos dedos y fruncía los labios al tocarse. La morena cerró los ojos un segundo, acariciándose más deprisa, y luego volvió a abrirlos para clavármelos encima.

—¿Te gusta que te miren? —preguntó.

—Sí —admití, jadeando.

—¿Y que te manden?

Tragué saliva y seguí pajeándome. —Sí.

La morena asintió, satisfecha. —Entonces no pares.

Mi mano obedeció antes que yo. Ya casi no podía pensar. Estaba completamente metido en aquella situación absurda y brutal: yo, tieso y medio desnudo sobre la arena; ellas, tocándose delante de mí y usándome como entretenimiento, como juguete visual. La humillación me excitaba tanto como sus cuerpos. Saber que me habían convertido en el pajillero de su mañana de playa me volvía loco.

—Más rápido —dijo la rubia.

Aceleré. La polla me palpitaba dentro del puño, dura y resbaladiza. Empecé a jadear de verdad, con la boca abierta, intentando que no se me escaparan gemidos demasiado evidentes. La morena se frotaba el clítoris con movimientos cortos, precisos, tensando los muslos. La rubia hacía círculos lentos y luego bajaba más, hundiendo los dedos como si quisiera correrse conmigo.

—Se va a correr —susurró la rubia.

—Pues que se corra —contestó la otra—. Quiero verlo.

Eso me remató.

Seguí pajeándome sin aflojar, apretando más al subir, bajando hasta la base, sintiendo cómo se me cargaban las piernas y el abdomen. El orgasmo llegó de golpe, subiéndome desde los huevos como un calambre potente. Solté un gemido ahogado y me corrí en varias sacudidas sobre la arena, mi mano y la parte interior del bañador. Mi polla latía con violencia mientras intentaba no perder del todo el control. Ellas no apartaron la vista ni un instante.

—Joder —murmuró la morena, excitada de verdad.

La rubia se corrió poco después. Lo vi en la forma en que se arqueó, en cómo apretó los muslos y hundió la cabeza hacia atrás, respirando fuerte. La morena no tardó en seguirla; se frotó con rabia un par de veces más, soltó un gemido bajo y quedó temblando, con la mano quieta dentro del bikini. Las tres respiraciones quedaron mezcladas con el ruido del mar.

Nos miramos en silencio durante unos segundos.

Yo seguía con la polla semidura en la mano, pegajosa y llena de arena fina, sin saber si esconderme debajo de la toalla o echarme a reír de los nervios. La morena fue la primera en recomponerse. Sacó la mano del bikini, se la limpió con una toallita y me dedicó una sonrisa lenta, segura.

—Ahora sí puedes meterte al agua —dijo.

La rubia soltó una risa suave. —Te hacía falta.

Me guardé la polla dentro del bañador con torpeza, sintiendo la tela húmeda contra la piel sensible. Me levanté como pude, todavía mareado por la descarga, y caminé hacia la orilla con las piernas un poco débiles. El agua fría me recibió de golpe y me agaché hasta la cintura, limpiándome la corrida, el sudor y la arena con movimientos discretos.

Mientras me aclaraba, no pude evitar volver la cabeza. Ellas seguían allí, tumbadas, tranquilas, como si nada extraordinario hubiera ocurrido. La morena levantó una mano apenas un segundo, un gesto mínimo de despedida. La rubia sonrió sin moverse de la toalla.

Cuando regresé, ambas ya se estaban atando de nuevo la parte de arriba del bikini. No hubo más palabras. No hicieron falta. Pasé junto a ellas para volver a mi sitio y el perfume mezclado con sal y crema solar me golpeó otra vez el cuerpo. La morena murmuró algo al oído de la rubia y las dos sonrieron de lado.

Me tumbé boca arriba, intentando parecer normal, aunque por dentro seguía temblando. Había ido a la playa esperando matar el aburrimiento y me encontraba con la escena más sucia, más exhibicionista y más adictiva que me había pasado en mucho tiempo. No había tocado a ninguna de las dos. Ni siquiera sabía sus nombres. Pero me habían usado, me habían calentado y me habían hecho correrme delante de ellas como si fuera lo más natural del mundo.

Y lo peor era que habría vuelto a hacerlo sin pensarlo dos veces.

Al cabo de un rato vi a mis padres regresar desde lejos, con botellas de agua y una bolsa de patatas en la mano. Ya no quedaba rastro del bulto en el bañador. Mi respiración se había calmado. Mi cara, esperaba, también. Las dos desconocidas seguían a unos metros, ahora charlando entre ellas con absoluta tranquilidad, integradas de nuevo en el paisaje brillante de la playa.

Me incorporé, fingiendo que solo había estado descansando al sol. Pero por dentro seguía reviviendo cada segundo: sus pechos al aire, sus manos entre las piernas, la orden seca de tocarme, el modo en que me miraron corrérmela. Aquel viaje dejó de parecerme aburrido en ese instante.

Y durante el resto del día, cada vez que cerraba los ojos, volvía a verlas.

¿Vivís en Buenos Aires o vas de visita? Hay escorts VIP en Recoleta esperando tu mensaje.

Ver todos los relatos de Voyerismo

Valora este relato

Comentarios(7)

Tomas_960

tremendo relato, me tenia pegado hasta el final!!!

Playa_fan

Por favor necesito la segunda parte, asi no se puede dejar algo tan bien planteado

mariela_noc

Me recordo a unas vacaciones que tuve hace unos años... esas miradas que uno no sabe bien como interpretar jaja. Muy bueno

RaulMza

Pregunta, fue experiencia real o es ficcion? Porque se siente demasiado vivido para ser inventado

LeandroM_BA

La tension que se arma al principio esta muy bien lograda. Me gusto mucho.

SebaDaniels

jajaja el titulo ya me vendio, no pude no leerlo

Nico_costero

Increible como con tan poco se genera tanta tension. Segui escribiendo que vas muy bien!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.