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Relatos Ardientes

La sirena que descubrí en la cala prohibida

Llevaba tres semanas volviendo a la cala cada tarde, siempre a la misma hora, siempre por el mismo camino de arena que se pierde detrás de las dunas. La cala es mía en teoría —o de mi mujer, más bien, que la heredó de sus tíos—, pero desde hace un mes es de Alba. Y yo me he convertido en el ladrón que la mira desde el escondite.

Alba tiene veintiocho años, dos másteres y un trabajo en Barcelona del que no habla nunca. Es la hija de Ignacio, mi mejor amigo desde la universidad, y este verano lleva ya un mes instalada en la casa de su abuela, que está a diez minutos de la nuestra por la playa. Yo he cumplido cuarenta y dos hace nada. Con Clara llevamos catorce años juntos y dos hijos pequeños. Y esto que hago —lo sé perfectamente— no tiene nombre bueno.

La primera vez fue casual. Salí a caminar al atardecer, doblé el promontorio y la vi. Estaba sola, la playa desierta, la marea baja. Se quitó el vestido de un tirón y quedó solo con la parte de abajo del bikini. Algo dentro de mí se rompió sin ruido. Desde entonces vuelvo cada tarde, a las ocho y media en punto, y me escondo entre los pinos de la duna alta. Desde ahí veo la cala entera sin que nadie me vea a mí.

Esa tarde de finales de agosto fue distinta. Empezaba a soplar viento del sur y el mar estaba picado. Yo ya estaba en mi sitio cuando la vi bajar por el sendero, descalza, con el pareo atado a la cintura y una toalla enrollada bajo el brazo. Llevaba el pelo cobrizo suelto, largo hasta la mitad de la espalda, y andaba con esa seguridad tranquila de quien se cree observada solo por las gaviotas.

Estiró la toalla sobre la arena. Se desató el pareo. Se quitó el vestido negro con dos movimientos lentos, casi ceremoniosos, y quedó únicamente con la braguita blanca del bikini. Tenía las tetas más bonitas que hubiese visto en mi vida: redondas, altas, firmes, con los pezones oscuros y ya erectos por el aire frío del atardecer. Se quedó quieta un momento, cara al mar, respirando. Luego caminó hacia la orilla.

Se metió sin dudar, como siempre. La vi hundirse hasta la cintura, hasta el pecho, hasta que las olas le lamieron los pezones. Se soltó del todo la melena mojada y empezó a nadar de espaldas, de lado, boca abajo, como si el agua fuese parte de ella. Parecía una sirena, pensé, y en cuanto lo pensé odié lo cursi que me había vuelto en sus manos.

Yo ya estaba duro. No lo puedo negar. Llevaba diez minutos duro, desde el momento en que había visto caer el vestido. Me abrí la bragueta con dedos torpes, saqué la polla y me la agarré con la mano derecha, mirándola.

Alba se detuvo de repente en medio del agua, hundida hasta el cuello. Se quedó quieta, mirando el horizonte. Y luego levantó las manos por debajo del agua y empezó a tocarse las tetas. Despacio. Con la palma abierta, con las yemas, con los dedos apretándose los pezones. La vi echar la cabeza atrás y abrir la boca. La vi morderse el labio. La vi bajar una mano hasta la cadera y perderla debajo del bikini.

Joder. Joder, joder, joder.

Movía la mano sobre mi polla al mismo ritmo que imaginaba que ella se tocaba el coño. La sentía dura como una piedra, hinchada, el glande brillando ya de líquido preseminal. Me apreté los cojones con la otra mano. La miraba masturbarse a treinta metros de mí como si el mundo se hubiese detenido. Ella no lo sabía. Ella creía estar sola. Ella creía que solo la miraban las gaviotas, y era yo, era yo el que le devoraba cada gesto desde los pinos.

La vi arquear la espalda. La vi apretarse una teta con la mano libre. La vi mover la cadera contra su propia mano bajo el agua, un vaivén corto, rítmico, incontrolable. La vi separar los labios sin sonido. La vi correrse en el mar salado con los ojos cerrados y una mueca que era placer puro y era también algo parecido al dolor.

Yo aguanté un poco más. La miré terminar. La miré recuperar la respiración. La miré hundirse del todo para lavarse, y cuando la vi salir del agua con las tetas mojadas brillando bajo la luz naranja del atardecer, me corrí. Me corrí a chorros contra un pino, con la mano dura sobre mi polla y sin dejar de mirarla ni un segundo, mordiéndome el interior de la mejilla para no soltar el gemido.

Cuando terminó de vestirse yo todavía estaba temblando. Se puso el vestido negro por la cabeza, recogió la toalla, se ató el pareo. Se pasó los dedos por el pelo mojado. Miró un segundo hacia los pinos —hacia mí, sin verme, o quizá sospechando algo por primera vez— y se marchó por donde había venido, dejando en la arena las huellas que la marea limpiaría en una hora.

***

Cuando llegué a casa, Clara ya había acostado a los niños. Estaba en el sofá con una copa de vino y una serie a la que no hacía caso, en camisón corto, las piernas dobladas debajo del culo. Me miró desde el sofá con esa media sonrisa que tiene desde hace catorce años y me preguntó si había tardado por algo.

—Se me fue la cabeza andando —le dije.

Fui a la cocina, me serví un trago y desde el otro lado de la barra la miré. Miré a mi mujer, madre de mis hijos, con esa piel morena de agosto y las tetas apretadas contra el algodón fino del camisón. Y por un segundo la vi a ella, a Alba, tocándose el coño bajo el agua. Y la polla se me volvió a poner dura.

Dejé el vaso. Me acerqué al sofá. Me senté a su lado y le pasé la mano por el muslo, arriba, hasta el interior. Clara me miró de reojo, un poco divertida, un poco extrañada.

—¿Qué te pasa hoy?

—Que me apetece mucho —le dije al oído.

La besé antes de que pudiera contestar. La besé fuerte, metiéndole la lengua hasta el fondo, mordiéndole el labio inferior. Le apreté una teta por encima del camisón. Le pellizqué el pezón hasta que la oí soltar el aire. Le metí la mano por debajo de la tela, entre las piernas, y comprobé lo que ya suponía: Clara estaba empapada.

—Ven —le dije.

La cogí de la muñeca y la llevé al dormitorio sin apagar la tele. Ella se dejó, sonriendo. Cerré la puerta con el pie. Le arranqué el camisón por la cabeza y la empujé sobre la cama. La miré ahí, tumbada, mis catorce años de familia y de rutina, y en mi cabeza estaba Alba saliendo del agua con las tetas mojadas.

Me arrodillé entre sus piernas. Le abrí los muslos con las manos. Le lamí el coño de abajo arriba, largo, plano, hasta que dio un respingo. Le chupé el clítoris entre los labios, con la lengua dura, moviéndola en círculos como sé que la vuelve loca. Le metí dos dedos y curvé las yemas hacia arriba, buscándole ese punto que la hace apretar los muslos. La sentí cerrarse alrededor de mi mano y soltar un gemido bajo, ronco. Clara no es callada cuando le como el coño. Clara es de las que agarra la cabeza y aprieta.

—Sí, así, no pares —me pidió, y me clavó los dedos en el pelo.

Le comí el coño hasta que la sentí temblar, hasta que le noté esa contracción que le viene justo antes de correrse. Y entonces paré. Me levanté, me quité la camisa por la cabeza, me bajé los pantalones de un tirón. Ella me miró, jadeando, con los ojos entrecerrados, y se lamió los labios cuando vio la polla dura otra vez.

—No has tardado nada en volver a estar así —dijo, y le brillaban los ojos.

No le contesté. Le agarré los tobillos, se los subí a los hombros y la penetré de una embestida hasta el fondo. Clara gritó. Un grito ahogado, con la boca abierta, sorprendida por el golpe. Yo me quedé quieto un segundo, sintiéndola apretada alrededor de mí, mirándole la cara.

Y empecé a follármela.

Duro. Sin miramientos. Con la mano izquierda apretada en su cadera y la derecha rodeándole el cuello sin apretar, solo posada ahí, marcando territorio. Ella me miraba desde abajo con esa cara de sorpresa que se le puso, y las tetas le bailaban con cada embestida. Le apreté un pezón. Se lo mordí. Le lamí el otro. Volví a subirle las piernas y a metérsela hasta el fondo, hasta chocar contra su pubis con el mío.

—Joder, joder —susurraba Clara—, joder qué bien.

La puse a cuatro patas. La agarré por las caderas y volví a metérsela por detrás, mirando cómo se le hundía la espalda cada vez que empujaba. Le di una palmada en el culo. Otra. Le agarré una teta por debajo, colgando, y se la apreté mientras la seguía embistiendo. Y en mi cabeza estaba Alba. Alba en el agua salada. Alba mordiéndose el labio con los dedos metidos en el coño. Alba corriéndose entre las olas del atardecer.

Me humedecí el pulgar en su propia saliva y se lo apoyé en el culo, sin meterlo, solo presionando. Clara soltó un gemido largo y arqueó la espalda, empujándose hacia atrás contra mi polla. Le agarré el pelo, se lo enrollé en el puño y tiré despacio, marcándole el ritmo con la cadera. Ella se dejó llevar como pocas veces se deja: gimiendo alto, contestándome con el culo, humedeciéndome la polla cada vez más.

—Córrete, córrete —le pedí, y la sentí temblar entera.

Clara se corrió antes que yo. Se corrió con un temblor largo, apretando la almohada con los dientes para no despertar a los niños, y noté cómo se le contraía todo alrededor de mi polla. Aguanté tres embestidas más. Y me corrí dentro con un gruñido que me salió del fondo del pecho, vaciándome del todo, agarrado a sus caderas como si el mundo se fuera a partir.

Nos quedamos un rato así, yo derrumbado sobre su espalda, mi frente contra su nuca, respirando. Ella se rió bajito debajo de mí.

—Vaya paseo has dado hoy.

—Ya te digo —contesté.

Me tumbé boca arriba a su lado. Clara se acurrucó contra mi hombro y se durmió en cinco minutos, como siempre. Yo me quedé mirando el techo con los ojos abiertos, escuchándole la respiración tranquila y las olas lejanas rompiendo detrás de la ventana.

Mañana a las ocho y media volveré a la cala. Lo sé. Ella no sabe que estoy. Ella cree que la miran solo las gaviotas. Y yo no puedo dejar de mirarla, aunque me cueste la paz para siempre.

(Continuará)

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Comentarios(7)

EduardoLctr

increible, una de las mejores fantasias que lei por aca. 10 puntos

NadiaSol

Por favor seguí con la historia!! quede con ganas de saber si ella lo descubrió 😍

MarAtlantic

me recordó a unas vacaciones en la Costa Brava, aunque la mia no terminó tan bien jajaja

LoboNorte_77

la descripcion de la cala es tan vivida que senti que estaba ahi. Muy bien logrado el ambiente

ClaritaRosario

el titulo me enganchó de entrada y el relato no deceptionó para nada 👌

PescadorBA

Pero al final ella sabia que estaba ahi, no?? esa duda me quedó dando vueltas

AndreaCba

excelente!!!

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