Lo que vimos desnudos en la playa cambió todo
Siempre había vivido la desnudez con naturalidad, pero una cosa era quitarme el bañador en un entorno donde todo eso formaba parte de la rutina y otra muy distinta hacerlo delante de amigos, con mi novia al lado y una tensión sexual flotando en el aire que nadie quería nombrar de frente.
Éramos adultos, llevábamos tiempo saliendo juntos y ya follábamos con ganas, aunque todavía seguíamos descubriendo cómo encajaban nuestros cuerpos. Ella, Lara, era una morena de piel clara, tetas llenas y pezones oscuros que se endurecían con nada. Yo, en cambio, siempre había cargado con una polla más gruesa de lo habitual, algo que en privado nos excitaba mucho, pero que también nos obligaba a ir despacio al principio si no queríamos que a ella le doliera.
La otra pareja eran Damián y Vera, amigos de años. Él era de esos tipos bocazas, siempre haciendo bromas, siempre picando. Ella era más reservada, de sonrisa tímida y ojos atentos, de las que parecía que no miraban, pero se enteraban de todo.
La idea salió después de pasar el día en la costa. Cenábamos cerca del paseo, con el olor a sal en la piel y las piernas todavía calientes del sol, cuando Damián sacó el tema del nudismo. Yo comenté, sin darle demasiada importancia, que para mí nunca había sido algo raro. Él abrió mucho los ojos, hizo un par de bromas, y en menos de diez minutos ya estaba proponiendo que al día siguiente fuéramos los cuatro a una cala nudista.
Lara fue la primera en decir que sí. Lo soltó con una naturalidad que me sorprendió y me puso cachondo al instante. Vera se negó a desnudarse, pero aceptó ir con nosotros y quedarse en bañador si le apetecía. Nadie insistió. Aun así, durante el resto de la cena, noté más de una vez cómo Damián miraba el escote de mi novia y cómo Vera me estudiaba con curiosidad cada vez que el tema volvía a salir.
Aquello ya venía cargado desde antes de llegar a la playa.
Fuimos al día siguiente a una cala apartada. Era un tramo de arena rodeado de rocas, con poca gente y suficiente distancia entre unas toallas y otras como para sentir cierta intimidad sin dejar de estar expuestos. Ese detalle, precisamente, era parte del morbo.
Nos instalamos cerca del agua. Lara se quitó la camiseta, luego el top del bikini, y se tumbó boca arriba como si nada. Sus tetas quedaron libres bajo el sol, pesadas, bonitas, con los pezones tensándose enseguida con la brisa marina. Yo me hice el tranquilo, pero ya estaba duro a medias solo de verla así, sabiendo que no solo la estaba mirando yo.
Damián no disimulaba. Vera sí. Sus gafas oscuras no impedían notar hacia dónde iba su atención.
Pasó un rato entre risas, protector solar y comentarios sueltos. Hasta que Damián, incapaz de quedarse quieto, se incorporó y dijo:
—Bueno, ¿quién va a ser el primero en echarle huevos?
Lara se volvió hacia él con una sonrisa lenta, de esas que ya anuncian problemas.
—Yo no tengo problema —dijo.
Y, antes de que nadie añadiera nada, se puso de pie, deslizó la parte de abajo del bikini por sus caderas y se quedó completamente desnuda delante de los tres.
Se sentó en la toalla con las piernas cruzadas, pero no para ocultarse. Al contrario. Su coño recién depilado quedaba a la vista cada vez que cambiaba apenas la postura. La luz le daba de lado, marcándole el vientre plano, las tetas plenas y la expresión divertida de quien sabe perfectamente el efecto que está causando.
Damián se quedó callado dos segundos, que en él era una eternidad.
—Joder —murmuró—. Pues sí que vas en serio.
Vera soltó una risa breve, nerviosa. Yo tragué saliva. No porque no estuviera acostumbrado a ver a Lara desnuda, sino porque verla exhibirse así, tan segura, delante de ellos, me disparó algo animal en el pecho y en la polla.
—Venga —dijo ella mirándonos—. No me dejéis sola.
Damián fue el siguiente. Se bajó el bañador de golpe, entre carcajadas, y dejó ver su cuerpo sin mucha épica: vello rubio, polla blanda de tamaño normal, colgándole sin ninguna vergüenza. Volvió a tumbarse boca abajo, como si el golpe de atrevimiento ya le hubiera bastado por el momento.
Entonces me tocó a mí.
Lara me pasó la mano por la espalda y me dio una palmadita suave.
—Solo faltas tú.
Me levanté, respiré hondo y me bajé el bañador. Mi polla cayó pesada entre mis piernas, blanda pero gruesa, imposible de disimular incluso sin estar dura. El silencio que siguió fue mejor que cualquier comentario.
Luego vino el comentario, claro.
—Hostia, cabrón —soltó Damián, echándose a reír—. Pero qué gorda la tienes.
Lara se rió conmigo. Vera abrió la boca, sorprendida de verdad, y enseguida apartó la vista... para volver a mirarla un instante después. Aquello me dio una descarga directa al bajo vientre.
—No exageres —dije, aunque me estaba creciendo con cada segundo de atención.
Me senté también, de frente a ellos, sin esconder nada. Ya que estaba hecho, estaba hecho. Mi polla descansaba sobre el muslo, y noté con claridad cómo los ojos de Vera se detenían ahí más de la cuenta. Fue apenas un segundo, pero suficiente para que se me pusiera más dura.
La tensión se convirtió en bromas, y las bromas en una confianza rara, nueva, casi sucia. Nos metimos en el agua los tres que estábamos desnudos; Vera prefirió quedarse en la toalla. El mar estaba frío, pero a mí me ayudó poco.
Damián seguía con sus chistes.
—Ahora entiendo por qué sonríe tanto Lara.
Ella se puso colorada, pero no negó nada. De hecho, me miró y sonrió de lado, con ese gesto cómplice que me volvía loco.
—Al principio duele —dijo en voz baja, aunque los dos la oímos—. Luego ya no quiero que pare.
Sentí la sangre bajar de golpe a la polla.
—Joder —dijo Damián, riéndose—. Pues menuda confesión.
Yo aproveché una ola y me acerqué por detrás a Lara. Bajo el agua, donde nadie podía ver con claridad, deslicé la mano entre sus muslos. Ella cerró las piernas de inmediato, pero no para apartarme del todo, sino para atrapar mis dedos un segundo contra su coño.
—Quieto —susurró sin mirarme.
—Estás mojada.
—Y tú estás tonto.
Le metí dos dedos apenas hasta la entrada, despacio. El agua salada nos golpeaba el cuerpo y, mientras Damián seguía hablando de cualquier estupidez, yo notaba a Lara apretando los dientes para no gemir. Tenía el coño caliente, húmedo de verdad, no solo por el mar. Cuando rocé su clítoris, dio un pequeño respingo.
—Como no pares, me corro aquí mismo —murmuró.
Eso me obligó a soltarla. Si seguía, lo hacía. Y la idea de verla correrse de pie, desnuda en el agua y delante de nuestro amigo sin que él entendiera bien por qué, casi me hace perder la cabeza.
Salimos antes que Damián. Caminé hacia la toalla con la polla ya medio tiesa, pesada, rebotando a cada paso. Lara iba detrás de mí, con el agua resbalándole por el cuerpo, el pelo pegado a los hombros y las tetas brillando bajo el sol. Cualquiera que la hubiera mirado en ese momento habría entendido mi problema.
Vera estaba sentada, mirando al mar. Cuando me acerqué, levantó la cara y noté cómo me repasaba entero. No fue imaginación. Empezó por los hombros, bajó por el pecho, el vientre, y se detuvo sin pudor real en la polla semierecta.
—¿Y tú? —le pregunté con una sonrisa—. ¿Ni un poco te animas?
Negó con la cabeza, aunque se estaba mordiendo el labio.
—Ni de broma.
Me quedé de pie a su lado, dejando que el sol me secara. Mi polla estaba justo a la altura de su cara cuando ella seguía sentada. No me aparté. No tenía ninguna intención de apartarme. El morbo de que la tuviera ahí, tan cerca, y de saber que la estaba mirando aunque fingiera otra cosa, me hizo endurecerme un poco más.
Lara llegó hasta nosotros, me dio un beso húmedo y se pegó a mí. Mi polla chocó contra su vientre y sentí cómo ella sonreía contra mi boca al notarla más dura que antes.
—Te estás poniendo bueno solo de que te miren —me susurró.
—Y tú solo de que te vean.
—También.
Nos tumbamos un rato más. Luego llegaron las cartas, otra ronda de bromas y más miradas cruzadas. Damián siguió vacilando con mi tamaño, pero ya no me importaba. A esas alturas, lo que me tenía alterado no era su charla, sino la forma en que Vera bajaba la vista una y otra vez, la forma en que Lara se abría un poco más al sentarse, sabiendo exactamente qué estaba enseñando, y la sensación de que algo de esa tarde había cambiado sin vuelta atrás.
Cuando empezó a caer la tarde, nos vestimos y recogimos. El trayecto en coche fue corto, pero a mí se me hizo eterno. Lara me llevaba la mano apretada sobre el muslo, muy arriba, acariciándome por encima del pantalón. Cada vez que Damián se concentraba en la carretera, ella avanzaba unos centímetros más. Cuando me dejó delante del edificio, yo iba con la polla marcándome de forma obscena.
Subimos al ascensor y, en cuanto se cerró la puerta, Lara se lanzó a mi boca.
Sus besos no tenían nada de tiernos. Me mordía el labio, me metía la lengua hasta el fondo, me respiraba caliente en la cara. Yo le agarré las tetas por encima del vestido de playa y se las apreté con ganas. Gemió en mi boca.
—No aguanto más —dijo.
Le bajé una tira del vestido, luego la otra, y dejé sus pechos fuera. Se los chupé allí mismo, en el ascensor, mientras ella apoyaba la espalda en la pared de metal y abría las piernas apenas lo suficiente para rozarme con el muslo.
—Joder, qué morbo me ha dado todo —jadeó—. Cómo me miraban. Cómo me mirabas tú.
Le mordí un pezón y me llevé la mano entre sus piernas por debajo de la tela. Estaba empapada de verdad. No una humedad ligera, no. Tenía la braga mojada, pegada al coño. Metí los dedos por dentro y los saqué brillando.
—Mírate cómo estás.
—Es culpa tuya.
—No. Es culpa de verte enseñar el coño como una guarra delante de ellos.
Se estremeció entera. Ese tono le gustaba. Mucho.
La puerta del ascensor se abrió y salimos deprisa, medio riendo, medio tropezando. Entramos en casa y ni siquiera cerré con llave antes de llevarla hasta mi habitación. Ella fue soltándose la ropa por el camino. El vestido cayó al suelo, luego la braga húmeda. Yo me quité la camiseta y el pantalón mientras la seguía mirando, desnuda por fin otra vez, con el coño brillante y los pezones duros.
—A la cama —me ordenó.
Le hice caso. Me tumbé boca arriba y ella se arrodilló entre mis piernas. Aún tenía sal en la piel y el pelo algo áspero del mar, y esa mezcla salvaje me puso todavía más a tono. Me agarró la polla con una mano y soltó un suspiro al sentirla ya casi dura del todo.
—Es que mírala —dijo—. Cada vez que la comparan con otra te pones como un animal.
—Chúpala y verás.
No se ofendió. Al contrario. Sacó la lengua y me lamió la punta despacio, rodeando el glande antes de meterlo en la boca. Cerró los labios con cuidado, sabiendo que conmigo no podía lanzarse de cualquier forma, y fue tragando cada vez más mientras me sujetaba el tronco con firmeza.
Le acaricié el pelo, apartándoselo de la cara. Sus ojos subieron a los míos sin dejar de chupar. Me la sacó, me escupió sobre la punta y volvió a meterla, esta vez más hondo. Noté el calor de su boca, la humedad, la presión de la lengua en la parte baja. Gemí sin disimulo.
—Así, joder... así.
Ella se la sacó con un sonido húmedo y me dio varias lamidas largas desde la base hasta arriba. Luego empezó a alternar chupadas profundas con besos en el glande, acariciándome los huevos con la mano. La polla me latía pesada, totalmente dura. Cuando la sentí rozar con la garganta al bajar más de la cuenta, casi se me escapa la corrida.
—Para o me corro —le advertí.
Lara sonrió, con saliva en la barbilla.
—Todavía no. Quiero montarte primero.
Subió por mi cuerpo besándome el pecho, el vientre, mordisqueándome los pezones como si tuviera hambre. Yo le abrí las piernas y metí la cara entre sus muslos. Su coño estaba hinchado, sensible, oliendo a sal, sudor y excitación fresca. Lo abrí con los dedos y empecé a lamerle el clítoris con la punta de la lengua.
—Ah... joder —soltó, echando la cabeza atrás.
Seguí. Lengüetazos cortos, luego más planos, chupándole el clítoris, hundiendo la cara en su coño mientras ella me apretaba el pelo con ambas manos. Metí dos dedos y los curvé dentro, buscando ese punto que conocía bien. Ella empezó a moverse encima de mi boca, frotándose, perdiendo el ritmo de la respiración.
—No pares... no pares, cabrón...
Le comí el coño con ganas, sin delicadeza de escaparate. La chupé ruidoso, notando cómo se mojaba más y más. Cuando empezó a temblarle el vientre, le metí un tercer dedo solo un poco, estirándola con cuidado. Se corrió con un gemido roto, cerrando las piernas alrededor de mi cabeza y apretándome contra ella.
—Me cago en... —jadeó—. Qué puta locura de día.
La aparté de mi cara justo lo necesario para hablar.
—Todavía no he terminado contigo.
Se colocó encima de mí a horcajadas, me agarró la polla con la mano y la apoyó en la entrada de su coño. A pesar del orgasmo, seguía muy sensible. Lo noté enseguida en cómo apretó la boca al empezar a bajar.
—Despacio —dije.
—No quiero despacio.
Aun así, tuvo que hacerlo así. Mi polla entró milímetro a milímetro, abriéndola de nuevo. Le vi la tensión en la cara, el esfuerzo de su cuerpo acomodándose a ese grosor que tanto la excitaba como la obligaba a respirar hondo. Cuando le entró la mitad, cerró los ojos y apoyó las manos en mi pecho.
—Joder... siempre cuesta al principio.
Le agarré las caderas.
—Sigue. Te cabe. Siempre te acaba cabiendo.
Esa frase la volvió loca. Bajó un poco más, soltó un gemido áspero, y luego terminó de sentarse hasta el fondo. Los dos nos quedamos quietos un segundo, sintiendo el encaje completo, el coño de ella apretándome alrededor como un guante demasiado estrecho y delicioso.
—Ahí —dijo casi sin aire—. Ahí sí.
Empezó a moverse. Al principio despacio, levantándose lo justo para volver a empalarse entera. Cada bajada le arrancaba un gemido más libre. La fase de ajuste pasó rápido, como siempre. En cuanto su cuerpo cedió y el dolor se transformó en pura excitación, empezó a cabalgarme de verdad.
Su culo golpeaba mis muslos. Sus tetas rebotaban frente a mí. Yo se las agarraba, se las apretaba, le pellizcaba los pezones mientras ella subía y bajaba sobre mi polla con el coño completamente abierto para mí.
—Así te gusta, ¿no? —le dije—. Sentirla entera.
—Sí... sí, joder... toda... toda.
La tomé de las caderas y empecé a marcarle el ritmo desde abajo, clavándosela más fuerte cada vez que descendía. El sonido de nuestros cuerpos llenó la habitación: choques húmedos, jadeos, el colchón crujiendo bajo nosotros.
Lara se inclinó hacia delante y me besó con desesperación.
—Ponme a cuatro patas.
No me lo repitió dos veces. La levanté de encima, la giré y la coloqué al borde de la cama, con las rodillas separadas y el culo alzado para mí. La visión me hizo apretar los dientes. Tenía el coño enrojecido, abierto y brillante de lo excitada que estaba.
Le pasé la polla por la raja, frotando la punta entre sus labios antes de metérsela otra vez de una embestida controlada, profunda, dura.
—Ahhh... ¡sí!
Entré y salí varias veces, agarrándole las caderas con fuerza. En esa postura notaba todavía mejor cómo su coño me apretaba. Cada vez que se la sacaba casi entera y volvía a hundírsela, el culo le temblaba y ella se agarraba a las sábanas como si fueran a salvarla de algo.
—Dime qué te ha puesto así —le exigí, follándola con golpes cada vez más secos.
—Que me vieran... que te miraran... que Vera no apartaba los ojos de tu polla...
Le di una palmada en el culo. No muy fuerte, pero sí lo bastante para dejarle la piel rosada.
—Y eso te pone cachonda.
—Sí.
Otra embestida, hasta el fondo.
—Más alto.
—Sí, me pone cachonda. Me encanta que te miren. Me encanta que sepan cómo la tienes. Me encanta pensar que luego me la metes a mí.
Casi gruñí. La agarré del pelo, le eché la cabeza hacia atrás y seguí follándola así, con el cuello expuesto y la espalda arqueada. Metí una mano por debajo para buscarle el clítoris mientras la penetraba. En cuanto empecé a frotárselo al mismo tiempo, perdió el control.
—No... no, así no... me corro...
—Pues córrete.
Lo hizo. Se corrió sacudiéndose sobre mi polla, apretándome tanto que tuve que parar dos segundos para no vaciarme yo también. Su orgasmo le dejó las piernas temblando, pero aún así intentó apartarse solo para tomar aire. No la dejé.
La saqué y la hice girarse. Ahora quedó boca arriba, con las piernas abiertas al borde de la cama. Se las levanté hasta mis hombros y volví a entrar de frente, profundo, con un ángulo que la hizo gritar sin ningún pudor.
—Joder, joder... así me partes.
—Y bien que te gusta.
—Sí... sí, me encanta...
La follé duro en esa postura. Cada embestida le hacía temblar las tetas y le movía el cuerpo hacia atrás sobre las sábanas. Ella se agarraba a mis brazos, a veces a la cabecera, a veces al aire, sin saber dónde sujetarse. Su coño estaba tan mojado que mi polla salía brillando cada vez que casi la sacaba entera antes de volver a hundirme.
—Mírame —le dije.
Abrió los ojos, aturdida de placer.
—¿Quieres que repitamos lo de la playa?
—Sí.
—¿Quieres volver a enseñar el coño delante de ellos?
—Sí.
—¿Y luego llegar aquí chorreando para que te la meta así?
—Sí, hostia, sí... no pares...
Con esa respuesta ya no aguanté mucho más. Apreté el ritmo, clavándosela hasta el fondo una y otra vez, sintiendo cómo el orgasmo me subía desde los huevos. Lara empezó a correrse de nuevo casi al mismo tiempo, con espasmos breves alrededor de mi polla, gimiendo mi nombre como si la estuvieran desarmando.
Me corrí dentro con un gruñido ronco, quedándome enterrado hasta el final, notando cada latido de la corrida vaciándose en su coño caliente. Ella me apretó con las piernas, respirando a sacudidas, todavía temblando del orgasmo.
Nos quedamos así unos segundos, sudados, pegados, con la luz de la tarde terminando de morir en la ventana.
Luego salí despacio. Parte de mi corrida se le escapó y resbaló entre sus muslos. Lara se llevó dos dedos allí abajo, se tocó con una media sonrisa y se los chupó sin apartar la vista de mí. Ese gesto casi me devuelve la erección al instante.
—Estás enferma —le dije, riéndome sin aire.
—Y tú vienes encantado a contagiarte.
Nos duchamos juntos. Bajo el agua, volvió a besarme y me confesó lo que ya imaginaba: que le había excitado que la vieran desnuda, que Damián no pudiera disimular, que Vera me mirara como si quisiera tocar, y sobre todo notar cómo todo eso me convertía a mí en un animal en cuanto cerrábamos la puerta de casa.
—La próxima vez —me dijo, enjabonándome el pecho— quiero provocarte todavía más.
—Como si hiciera falta mucho.
—No. Pero quiero hacerlo igual.
Sonrió, me miró abajo y vio que, pese al polvo brutal que acabábamos de echar, mi polla ya estaba reaccionando otra vez en su mano mojada.
—Lo sabía —susurró.
Yo la acorralé contra los azulejos, le besé el cuello y le apreté el culo.
—La próxima vez en la playa, cuando te sientes delante de ellos y abras un poco más las piernas, quiero que sepas una cosa.
—¿Cuál?
—Que en lo único que voy a estar pensando es en traerte de vuelta y follarte hasta vaciarme otra vez.
Le mordí el lóbulo al decírselo. Ella tembló, apretó los muslos y me regaló esa mirada oscura que siempre aparecía justo antes de que volviéramos a empezar.
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