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Relatos Ardientes

El juego que mi marido grababa en casa de Damián

Como en mis últimos relatos no me he descrito, lo hago en este para quien todavía no me conozca. Me llamo Marina, tengo treinta y ocho años y una estatura corriente. Tengo el pecho generoso y un trasero redondo que siempre llama la atención más de lo que yo querría. Todo esto empezó hace casi diez años, y desde entonces ha sido una larga cadena de juegos que mi marido y yo hemos ido sumando, uno detrás de otro, hasta donde estamos ahora.

El lunes al mediodía vino a comer y hablamos de lo que había pasado el fin de semana en el chalet de Esteban. Yo seguía preocupada por si nos habría descubierto; él le quitaba importancia y, en lugar de tranquilizarme, ya estaba pensando en el siguiente reto. Lo primero que me preguntó fue qué había sentido al pasear desnuda por aquella casa ajena.

—Mucho morbo —le confesé—. Y muchos nervios.

No hizo falta que añadiera la palabra excitación. La mancha que había dejado en la silla la decía por mí.

Entre esos retos nuevos llegamos a tener sexo varias veces los dos solos, en casa de Damián, medio a escondidas. La primera fue en el pasillo que une la puerta del patio con la salida a la calle. Mi marido había venido a recogerme porque yo estaba ayudando a la madre de Damián con unas gestiones y se me hizo tarde. Damián no estaba en casa, así que en cuanto terminé salimos los dos solos hacia la puerta, sin que nadie nos acompañara. Había confianza de sobra.

Apenas entramos al pasillo, mi marido me sujetó del trasero y me frenó en seco. Su otra mano fue directa a mi entrepierna, por encima de las mallas que llevaba puestas.

—¿Estaba Damián cuando has llegado? —me preguntó al oído.

—No, cariño. No ha aparecido en toda la tarde.

—Entonces te has quedado con las ganas de que te folle.

La verdad es que no había ido pensando en eso. Cuando él estaba en casa, rara vez se quedaba en la misma sala que nosotras, y su trato conmigo era exactamente igual que delante de todo el mundo. Nada que llamara la atención. Pero mi marido necesitaba creer otra cosa, y a mí empezaba a gustarme dejarle creerla.

Coló la mano por dentro de las mallas para masturbarme, aunque no lo veía cómodo, así que me hizo bajármelas junto al tanga. Me quedé medio desnuda en aquel pasillo, con la luz tenue que entraba de la calle, y él tenía ahora todo el acceso que quería. Me acariciaba despacio, con dos dedos, y a mí las piernas me temblaban.

—Tendría que llamar a Damián para que te folle mientras me la chupas —murmuraba—. Qué desperdicio tenerte así y que no te aproveche.

Yo no respondía. Me limitaba a meterme yo misma los dedos, fingiendo que era otro, mientras él lo miraba todo con la respiración acelerada. No era la primera vez que me masturbaba delante de él; sabía que eso lo encendía más que cualquier palabra.

Cuando me corrí pensé que se había terminado, pero no. Se sacó la polla y me pidió que se la chupara sin dejar que me subiera las mallas. Me arrodillé en el frío del suelo y se la metí en la boca, con un oído puesto en la cocina. Si la madre de Damián salía, la oiríamos llegar; si alguien tocaba en la puerta, nos meteríamos al patio. Todo controlado, y aun así el corazón me iba a mil.

—Dile a Damián que te llene la boca —insistía él, sujetándome del pelo.

Aparté la boca un segundo para seguirle el juego, lo justo para que se desbocara, y cuando la volví a meter le bastaron tres o cuatro chupetones para terminar. Sacó el móvil en el último momento, sin que yo lo viera, y me pidió que repitiera la frase con la cámara apuntándome. No me di cuenta de lo que había hecho hasta más tarde, cuando vi el vídeo: yo de rodillas, medio desnuda, con una cara que no me reconocía. Nos arreglamos y nos fuimos a casa como si nada.

***

Nos duchamos, cenamos y, tumbados en el sofá, vi a mi marido demasiado concentrado en el teléfono.

—¿Qué haces, cariño?

—Hablando con Damián.

Se me subieron los colores de golpe.

—No le habrás pasado el vídeo.

—No, mujer. Solo le digo que su madre nos vio esperar un rato y al final nos fuimos.

Le pedí que me enseñara la conversación, y era cierta, palabra por palabra. Después le pedí ver el vídeo otra vez, y madre mía la cara que tenía. Cada día estaba más enganchada a dejarme liar de aquella manera, y eso me asustaba tanto como me gustaba.

Dos fines de semana seguidos no pudimos quedar con Damián. En realidad mi marido no quiso, y como yo no iba a su casa estando sola, me tuve que aguantar las ganas. Hubo cumpleaños del grupo, nos juntamos todos, Damián incluido, y delante de la gente el trato fue de lo más normal. Nadie habría imaginado lo nuestro. Yo iba más entonada de la cuenta y noté esa complicidad que ya habíamos comprobado otras veces, pero no pudo ser. Y cuando dejé a mi marido sin nada al volver a casa, él ni se inmutó: contaba con ello.

***

La segunda vez que lo hicimos en casa de Damián, él sí estaba. Mientras yo terminaba de peinar a su madre, ellos dos tomaban algo en la habitación del fondo. Al acabar me uní un rato y, pasada una hora larga, dijimos de marcharnos. Tampoco esa vez nos acompañó nadie.

No llegamos ni a la mitad del pasillo. Mi marido me paró junto a la puerta del cuartillo donde Damián guarda las herramientas, y se puso manos a la obra. Teníamos que tener más cuidado: una de las ventanas daba justo a esa altura, y cualquiera que pasara por fuera podría vernos. Como la puerta del trastero estaba abierta, nos metimos dentro.

—Venías preparada, sin bragas, por si te daba tiempo de follar con Damián —dijo mientras me bajaba el pantalón.

—No, idiota. Vengo sin bragas porque eres tú el que no quiere que me las ponga.

Pero no lo dije; preferí dejarle con la duda. Me puso de cara a la pared y deslizó la mano entre mis piernas hasta dejarme bien mojada. Cuando me tuvo con la espalda arqueada, le bastó apoyar la punta y dar un empujón firme para clavármela entera. Di un respingo: no esperaba que entrara casi de golpe.

Estaba nerviosa, pero no por Damián. Si él salía y nos pillaba, estaba segura de que mi marido le habría pasado el relevo encantado. Lo que me ponía la piel de gallina era pensar en su madre apareciendo por el pasillo y vernos salir de allí, despeinados y con las prisas marcadas en la cara.

Él terminó primero, como en las últimas veces, repitiendo lo mismo de siempre mientras se vaciaba, preguntándome si me gustaba imaginar que era otro quien me llenaba. Yo le respondí que sí, siguiéndole el juego. Me dio un par de azotes en el trasero, más juguetones que otra cosa.

—¿Quieres que lo llame para que te folle también? —jadeó.

Sabía de sobra que tenía ganas, igual que yo sabía la intención que escondía la pregunta. Como los azotes me picaban, preferí llamarle cabrón en lugar de contestar. Al sacarse la polla, parte de la corrida me resbaló muslo abajo, hacia el pantalón que iba a tener que subirme manchado.

No quedó conforme con tenerme desnuda solo de cintura para abajo. Me giró, me subió la camiseta y me dejó el pecho al aire. Ahora me tocaba a mí. Se esmeró acariciándome el clítoris y besándome los pechos, y yo notaba el calor escurriéndose hacia las piernas.

—Estás soltándolo todo, guarra. Al final voy a tener que llamarlo para que vuelva a llenarte.

—Mucho hablar —le respondí entre suspiros—, pero no lo llamas.

Lo que sí consiguió fue llevarme a un orgasmo que me dejó las rodillas temblando, igual que en otras ocasiones, mientras me susurraba al oído fantasías de venir a aquella casa todos los días. Me coloqué el sujetador y la camiseta, y antes de subirme el pantalón le di un beso.

—Sí, cariño, todavía los tengo bajados —le dije con una sonrisa torcida—. Dile que venga, que lo inauguramos.

Por supuesto, no le dijo nada. Con eso ya contaba. Pero me devolvió la pelota: sacó el móvil, me hizo varias fotos y me pidió que se las mandara yo a Damián diciéndole que lo estaba esperando. Sabía que yo nunca enviaría fotos mías, y así él se salía con la suya sin mojarse. En el coche y en casa no me faltó su repertorio completo de palabras, dichas al oído, todas con el mismo nombre de fondo.

***

El viernes no quedamos con Damián, y yo me enfadé. El sábado, otro cumpleaños, y yo segura de que ese sí era el día. Tampoco. Dos veces seguidas dejé a mi marido sin nada, y al cabrón no le sentó bien. El domingo se tomó la revancha, y quiso documentarla entera, sin perderse un detalle. Sabía que el lunes me bajaría la regla y que no iba a regalarme tantos días libres estando yo de morros.

Me hizo chupársela un buen rato, con la cámara grabando cada gesto y cada frase que me sacaba al oído. Cuando pensé que se iba a correr para dejarme tranquila, me puso de rodillas en la cama con la espalda baja. Primero entró por delante, despacio, y luego paraba. No quería terminar todavía. Se la pasaba de un sitio al otro, midiéndome, hasta que entendí por dónde iba la cosa.

Estuvo así un buen rato, alternando, sabiendo que esa era mi línea menos cómoda. Cada vez que insistía por detrás yo me encogía y él me sujetaba más firme de las caderas. Los últimos minutos los dedicó por entero a ese lado, hasta terminar con un gruñido largo. Casi no me podía mover. No entendía cómo había aguantado tanto sin correrse antes.

Lo único bueno que saqué de todo aquello fue lo que vino después. Me tendió el móvil para que grabara yo, porque ahora le tocaba compensarme. En vez de los dedos, trajo de la cocina algo más grueso, y mientras me daba chupetones en el clítoris lo deslizaba dentro de mí, casi entero, sin prisa. Yo no sabía si me apetecía correrme o salir corriendo al baño, pero él no me daba tregua.

Cada vez que apartaba la boca era para soltarme alguna frase al oído, siempre terminada en el mismo apodo. Y, bien documentado o no, me llevó a un orgasmo brutal que no pude contener. No le dejé seguir mucho más: me daban calambres y tuve que pararle. Se recostó a mi lado y se entretuvo con mi pecho, al que apenas había hecho caso en toda la tarde.

Nos besamos un buen rato. Antes de salir del dormitorio me hizo unas fotos en la puerta, como otras veces. Hice mis cosas en el baño y me metí en la ducha, sin hacerle caso cuando me pedía que me acostara sin lavarme. Hablamos un rato antes de dormirnos, aclaramos algunas cosas que él ya sabía y me propuso otras pocas. Esas las fuimos completando, una a una, con el paso de los días.

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Comentarios(7)

Gaspar_Mdq

increible!!! sigan subiendo relatos asi

SilvinaR_Sur

Quede sin palabras al final. Que tension la de esa situacion, se te mete adentro.

NinaR09

Necesito la continuacion, por favor!! quede con demasiadas ganas de saber como sigue

PepeCordoba

me recordo a algo que vivi en un viaje hace años, uno de esos momentos que uno no olvida. Muy bueno

AndreaNoche

La dinamica entre los dos en esa situacion es lo que mas me atrapa. Muy bien contado, de verdad.

Fede_libre

tremendo!! uno de los mejores que lei aca

CarlosMP

Y Damian llegó a enterarse de algo? eso me quedó dando vueltas jaja

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