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Relatos Ardientes

Su hermano nos miraba desde la rendija de la puerta

La primera vez que me acosté con Damián descubrí de lo que era capaz, y por primera vez sentí que de verdad me gustaba. Aquella tarde salí de su departamento con el coño todavía palpitando, hinchado y resbaladizo, con los muslos pegajosos de semen y saliva, y muriéndome por repetirlo. Llegué a mi casa con esa sensación rara de no caber dentro de mi propia piel, con los pezones tan sensibles que el roce del corpiño me hacía apretar los dientes.

El problema era el momento. Faltaban apenas unas semanas para terminar el curso, y lo que se venía eran días largos de estudiar y rendir exámenes. Mi entrada a la universidad estaba en juego. La dedicación dio sus frutos: aprobé todo, algunas materias con notas altas, y solo me quedaba el examen final para poder inscribirme el año siguiente en la carrera de enfermería que dictaban en la capital.

Entre una cosa y la otra pasaron dos semanas desde aquella tarde, y en ese tiempo no había vuelto a follar con nadie. Apenas tuve un par de minutos para meterme la mano bajo las sábanas, dos dedos hasta el fondo del coño y el pulgar frotándome el clítoris a lo bestia hasta correrme mordiendo la almohada, solo para aliviar la tensión. Mi cuerpo pedía mucho más. De solo imaginar a Damián encima, hundiéndome la verga hasta el útero, ya sentía cómo se me humedecía el tanga.

Por eso decidí sorprenderlo. Iba a presentarme en su casa sin avisar, suponiendo que él estaría tan caliente como yo. Y pensaba hacerlo de una forma distinta a la habitual. Me cansé de que siempre me viera con el mismo uniforme aburrido del instituto, así que esa tarde me puse un vestido corto de tela oscura que dibujaba la forma de mi trasero con cada paso. Debajo, un tanga finito que se me clavaba entre los labios del coño con cada movimiento y me recordaba, a cada paso, lo mojada que ya estaba.

Como la tela era gruesa y no transparentaba nada, decidí no ponerme sostén. Mis tetas eran pequeñas y podía darme ese lujo. Los pezones, en cambio, se marcaban a leguas: duros, hinchados, dos puntitos evidentes contra la tela. Una vez arreglada para la ocasión, salí a tomar el autobús. El conductor de siempre se me quedó mirando, descolocado de verme a esa hora y vestida de esa forma. Habría jurado que usó el espejo del pasillo para repasarme el cuerpo entero, aunque nunca llegué a confirmarlo.

Que mire, pensé. Hoy quiero que miren. Hoy quiero que se les pare a todos.

Al llegar a la ciudad caminé con decisión hasta el edificio de Damián y toqué el portero.

—¿Aló? ¿Quién es? —Esa voz de hombre no la reconocí. Tenía que ser alguno de sus hermanos o su padre.

—Hola, ¿está Damián? Soy Mariana, una compañera de clase.

—Salió un momento. Si querés, subí y lo esperás acá.

—Bueno, gracias.

***

Cuando se abrió el ascensor, en la puerta del departamento me esperaba un chico de poco más de veinte años, alto y de cuerpo trabajado. Andaba en ropa de entrecasa: una camiseta de básquet, un short holgado y unas ojotas. Apenas le vi la cara entendí que era el hermano mayor de Damián. Él me había contado que estudiaba lejos y que, terminado el cuatrimestre, volvía a casa hasta retomar las clases.

Nada más salir del ascensor, lo vi recorrerme de arriba abajo sin disimular un poco. Lejos de molestarme, su descaro me resultó halagador y sentí una punzada caliente entre las piernas.

—Hola, Mariana. Pasá, pasá. Bienvenida.

—Gracias, qué amable.

Cuando crucé a su lado sentí cómo clavaba la mirada en mi culo. «Joder», lo escuché murmurar entre dientes.

—¿Perdón? ¿Dijiste algo?

—No, nada. Me presento: soy Esteban, el hermano del tonto de tu compañero. Aunque ya veo que lo subestimé. No sabía que tenía amigas como vos.

—Así que no te contó nada de mí. La verdad es que soy su novia.

—Vaya, vaya con el callado. Mirá lo que se tenía guardado.

Pasamos al living y nos sentamos en el mismo sillón donde, unos días antes, yo me había montado sobre su hermano menor, chorreándole encima hasta empaparle los muslos. De solo recordarlo se me encendió todo otra vez y sentí la humedad bajarme por el interior del muslo. Me acomodé tratando de cubrir lo más posible mis piernas, tirando de la tela hacia abajo. Cuando levanté la vista me di cuenta de que la mirada de Esteban se había detenido en mis tetas.

El recuerdo de lo que había pasado en ese mismo sillón hizo que mis pezones se marcaran de forma descarada contra la tela fina del vestido. No sabía qué hacer. Si me tapaba, él entendería que me había dado cuenta, y todo sería más incómodo. Así que decidí seguir como si nada.

Hacía un tiempo que exhibirme delante de otros me alimentaba el ego, y no era algo que evitara. Siempre me gustó la ropa ajustada que resaltara las curvas, y prescindir del corpiño cuando podía. La tensión en el aire se podía cortar. Lo miré de reojo: tenía los brazos cruzados por detrás de la nuca y las piernas abiertas. Debajo del short se le adivinaba un bulto grueso que no había estado ahí cuando entré. Estábamos en silencio, sin saber qué decir, sentados a menos de medio metro el uno del otro.

—Che, una pregunta. ¿Tenés frío? —dijo al fin, rompiendo el silencio.

—No. ¿Por qué? —Sabía perfectamente por qué lo preguntaba.

—Por nada, por nada. Es que esta casa es fresca, hasta en pleno verano.

Cuando lo volví a mirar de costado me pareció ver que algo asomaba entre su pierna y el short. No puede ser, pensé. Es imposible, me lo estoy imaginando. Pero necesitaba estar segura, así que le di otro vistazo. Y ahí estaba, sin lugar a dudas: la punta gruesa y morada de su verga se asomaba por el borde de la tela, hinchada, con una gota transparente brillándole en el glande. ¿Cómo podía llegar hasta ahí? Se me hizo agua la boca sin poder evitarlo.

—Si querés te la presento, ya que tanto la mirás. —Mierda. Me había agarrado.

—¿De qué hablás ahora?

—De esto.

Con un movimiento rápido se la sacó del short por completo. Incluso en reposo, aquella polla era enorme: gruesa como una muñeca, larga, con las venas marcadas por todo el tronco y dos huevos pesados colgándole debajo. No supe dónde meterme. Tenía que hacerme la indignada, porque en cualquier momento podían llegar y encontrarnos en esa situación.

—¿Pero vos qué te creés que sos?

—Como no le sacabas el ojo de encima, pensé que querías verla. —Sonrió con cara de divertido, mientras se la tomaba con la mano y le daba dos tirones lentos que le hicieron asomar otra gota de líquido preseminal en la punta.

—Pues no. Guardá esa cosa, que nos pueden pillar.

—Si es por eso, quedate tranquila. La puerta de entrada se escucha desde acá. —Y yo, de hecho, eso lo sabía mejor que nadie.

—No importa. Te pasaste. Soy la novia de tu hermano, ¿no te importa?

—Para nada. No soy celoso, y él no tiene por qué enterarse de nada.

—¿Enterarse de qué?

—De que me estabas mirando la polla.

—Bueno, vos tampoco me sacaste los ojos de encima. —No debía, pero decidí seguirle el juego a ver qué pasaba. Tenía razón: si aparecía alguien, tenía tiempo de sobra para disimular.

—Como para no mirarte. Fijate cómo venís vestida. Por no hablar de cómo se te marcan los pezones.

—¿Cuáles? ¿Estos? —dije, bajando los tirantes del vestido hasta la cintura y dejando mis tetas al aire. Los pezones estaban tan duros que me dolían, apuntándole directo.

—Uff, qué mala sos. Mirá lo que conseguiste. —Y se señaló la verga, que ahora tenía completamente erecta, aún más grande de lo que había imaginado, latiéndole contra el vientre.

—Ya veo que te gustan. Será cosa de familia, aunque no todo se hereda. —le solté, sin dejar de mirarla, con la boca entreabierta.

—¿Qué pasa? ¿El bobo de mi hermano no tiene lo que tiene el mayor?

—Pues no.

—¿Te gustaría probarla?

***

Estaba en un punto sin retorno. Si cruzaba esa línea, quién sabía cómo afectaría lo mío con Damián. No podía, no debía. Pero, sin saber muy bien cómo, de pronto me encontré de rodillas frente a él, con la polla latiéndome a un centímetro de la cara. La agarré con las dos manos —ni siquiera me la cubrían del todo— y le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta, saboreando ese gusto salado que me hizo apretar los muslos. Me metí el glande entero en la boca, chupándolo despacio, y le escuché soltar un gemido ronco. Ya estaba a punto de tragármela hasta el fondo cuando escuchamos la puerta de entrada abriéndose. Como pude me limpié la baba con el dorso de la mano, me acomodé el vestido y volví al sillón, mientras Esteban metía la verga hinchada de vuelta dentro del short como podía.

—Mariana, ¿qué hacés acá? Qué sorpresa —dijo Damián al vernos juntos en el sillón.

—Esa era la idea. —Me reí.

—Te la estaba cuidando, hermanito, mientras vos llegabas. —Mientras lo decía, me lanzó una última mirada que me erizó toda la piel.

—Ah, gracias, supongo. Vení al cuarto, Mariana, así te muestro lo que fui a comprar.

Mientras me alejaba con Damián, noté cómo Esteban no me quitaba la vista del culo. Si su hermano hubiera tardado unos minutos más, yo ya estaría con esa polla enorme atragantándome hasta las lágrimas. Pero así es el destino. Al entrar al cuarto, hice como que cerraba la puerta, aunque la dejé apenas entornada. Tenía algo en mente.

—Mirá, esto fue lo que me compré —dijo, mostrándome una patética lámpara de lava.

No le dije una palabra. Lo empujé a la cama hasta dejarlo boca arriba, con las piernas dobladas y los pies en el piso. Yo, mientras tanto, me saqué el vestido de un solo tirón y quedé casi desnuda. Le agarré el pantalón y el bóxer y se los bajé hasta los tobillos de un solo tirón. La verga le saltó contra el vientre, ya medio dura, y sin decir nada me agaché y me la metí entera en la boca.

—Pe... pero, Mariana, está mi hermano. ¿Qué hacés?

—Callate. En esta relación se hace lo que a mí se me antoja, ¿te queda claro?

—Va... vale.

Me lo chupé despacio, haciendo ruido a propósito, jugando con la lengua alrededor del glande y bajando hasta la base con la boca abierta. Le pasé la lengua por los huevos y volví a subir, mirándolo a los ojos mientras un hilo de saliva me caía por el mentón. Sabía que del otro lado de la puerta había otro par de ojos, y esa idea me tenía los pezones como piedras y el coño chorreando por dentro del tanga. En cuanto sentí a Damián lo suficientemente firme, terminé de desnudarme y tiré el tanga de una patada cerca de la puerta, empapado, marcado con una mancha oscura de humedad en el medio. Estaba tan mojada que se me habían pegado los muslos. Todo lo de su hermano me había encendido demasiado. Me subí encima de Damián, agarré su verga con la mano, la dirigí a la entrada de mi coño y me dejé caer despacio, sintiendo cómo se me abría por dentro y se hundía hasta el fondo de una sola bajada.

—Uff, Mariana, qué mojada estás. Entró de una.

—Ah... así de caliente me ponés. —Empecé a moverme, primero despacio, subiendo y bajando la cadera para sentirlo entrar y salir entero, con esos ruiditos húmedos que hacía mi coño cada vez que lo empalaba hasta la base.

—Por favor, bajá un poco. Nos pueden escuchar.

Al oír eso, le di una palmada en la cara sin dejar de moverme.

—Callate y dejame a mí. No tenés derecho a protestar. —Le apreté las tetas contra la boca y le hice chuparme los pezones mientras cabalgaba, apoyándome con una mano en su pecho, moliéndole la verga con el coño a un ritmo cada vez más marcado.

Cambié de posición y me puse de espaldas a él, en cuclillas, con las manos apoyadas en sus rodillas. Ahora Damián tenía el primer plano de mi culo subiendo y bajando, viendo cómo su polla desaparecía entera dentro de mí una y otra vez, brillante de mis jugos, mientras que yo, justo como suponía, tenía a su hermano espiándonos por la rendija de la puerta. En cuanto Esteban confirmó que yo lo estaba mirando y que su hermano no podía verlo, abrió la puerta un poco más y se sacó la verga entera de nuevo, esa polla enorme que hacía un rato me había pasado por la lengua. Con una mano se la agarraba y se la sacudía despacio, con la otra se acariciaba los huevos, sin descanso, mirando cómo a su hermano menor se lo cogía la novia.

Le abrí las piernas más para que Esteban tuviera vista completa: los labios del coño estirados alrededor de la verga de Damián, mi ojete apretado justo encima, todo brillante, chorreando. Me pasé dos dedos por el clítoris y me lo froté despacio, sin dejar de rebotar, para que el mayor viera bien cómo su hermanito me llenaba.

—Ah... ah... qué bien lo hacés, me encanta —le decía a Damián mientras miraba a Esteban a los ojos, sacando la lengua, invitándolo.

—¿De verdad te gusta, amor?

—Sí, me encanta... seguí así, no pares... más rápido, más fuerte, rompeme. —Vi cómo Esteban entendía el juego y aceleraba el ritmo, escupiéndose en la mano para deslizarla mejor por toda la extensión de la polla. Me relamí los labios sin dejar de mirarlo. Me imaginé que era él el que me la estaba metiendo, que esa verga enorme era la que me abría por dentro, y sentí cómo el coño se me apretaba solo alrededor de la de Damián.

—Estoy por terminar...

—Hacelo, dejame todo adentro. Llename el coño, corréte bien adentro.

Yo también apuré las caderas, moliéndolo, chocándole el culo contra las piernas con cada bajada, sin dejar de mirar a Esteban ni un segundo. La sensación de estar siendo observada, de tenerlo a él del otro lado de la puerta cascándose solo para mí con esa verga descomunal en la mano, me llevó al límite mucho antes de lo que esperaba. Cuando el orgasmo me sacudió de arriba abajo apreté todo, sintiendo cómo Damián reventaba dentro de mí en chorros calientes que me llenaban el fondo, mientras yo me mordía el labio para no gritar. Vi cómo Esteban llegaba al mismo tiempo: la verga le pegó una sacudida y disparó una corrida gruesa, blanca, que él atrapó en el hueco de la mano para no dejar rastro en el piso, sin dejar de mirarme el culo empalado ni un segundo.

Cuando sentí que Damián ya no aguantaba, me levanté despacio, dejando que su verga saliera de mí con un ruido húmedo, y el semen empezó a bajarme por el interior del muslo. Le terminé de sacar las últimas gotas con la mano, apretándole la punta. Me giré una última vez, todavía en cuatro sobre la cama, y le mostré el culo a Esteban, abriéndome un poco con la mano para que viera cómo me chorreaba el coño lleno del semen de su hermano menor. Se llevó una imagen para el recuerdo, la mano manchada todavía sobre la verga que no terminaba de bajarle. Después nos quedamos abrazados unos minutos, hasta que decidimos salir a tomar un helado.

Al ir a vestirme, la puerta ya estaba cerrada. Me puse el vestido y nada más: mi tanga no estaba donde lo había tirado. Alguien se lo había quedado de souvenir, seguramente para meterse la tela empapada en la boca o restregársela por la polla mientras se acordaba de esta tarde. Por suerte, Damián no se dio cuenta, y salimos a la calle como si nada hubiera pasado, con los muslos todavía pegajosos y el semen de su hermano goteándome por dentro.

Después del helado me acompañó a la parada del autobús. Ahí me contó que se iba de vacaciones con su familia y que no sabía hasta cuándo volveríamos a vernos. Lo escuché, asentí y le di un beso. Por dentro pensaba en otra cosa.

Iba a pasar esas vacaciones sola, en pleno descubrimiento de todo lo que era capaz de hacer con mi coño, mi boca y mi culo. Y, por primera vez, esa idea no me asustaba para nada.

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Comentarios(8)

Silvieta88

Que bueno!!! de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

PedroSP_95

Se hizo corto, quiero mas. Tiene que haber una segunda parte si o si

furtivofogoso

jajaja el final me mato. Me recordo a algo que paso en una reunion con unos conocidos, muy parecido

NocheCalida

Muy bien narrado, se siente natural sin exagerar. Sigue escribiendo que tenes talento de verdad

Diego_Mdz

Buenisimo! Pregunta, esta basado en algo real? Porque tiene mucho detalle jaja

Mati_lect

El hermano tiene mas suerte que el novio jajaja. Excelente relato

OscarLect88

Me engancho desde el principio. Que bueno encontrar algo con tension antes de llegar al momento fuerte

GabiSur_

10 puntos. Lo lei de un tiron sin parar

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