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Relatos Ardientes

Confesiones de una profesora muy puta

Me llamo Daniela. Estoy casada, aunque desde hace tiempo mi matrimonio existe más por costumbre que por otra cosa, y doy clases en una universidad privada de una ciudad grande donde todo el mundo aparenta decencia durante el día y busca desahogarse por la noche. Siempre he tenido cara de mujer seria, de esas que corrigen trabajos, dirigen reuniones y hablan con seguridad, pero debajo de esa fachada hay otra cosa. Me gusta coger, me gusta mamarla, me gusta sentir una verga dura entre las manos, en la boca, entre las tetas, contra el culo, y me vuelve loca cuando un hombre se corre donde puede verme y olerlo.

No escribo esto para buscar pareja ni para jugar a la misteriosa. Lo escribo porque me excita contarlo. Porque durante años aprendí a caminar con una versión pública y otra secreta, y la secreta siempre fue la más sincera.

De joven viví una temporada en una ciudad pequeña, donde mi familia tenía varios negocios modestos. Yo ayudaba por las tardes en una tienda cercana a casa, y ahí aprendí dos cosas al mismo tiempo: a cobrar en una caja y a reconocer la forma en que un hombre te mira cuando no está pensando en comprar nada. Me desarrollé temprano, tenía buenas piernas, mucho pecho y una manera de moverme que atraía miradas incluso cuando no lo buscaba.

Muy pronto descubrí que tocarme me calmaba y me encendía a la vez. Me encerraba en el baño, me abría la blusa, me apretaba los pezones con la yema de los dedos y bajaba la mano hasta sentirme húmeda. Al principio solo rozaba el clítoris despacio, con miedo a que alguien llamara a la puerta; después empecé a meterme los dedos y a imaginar voces, manos, bocas, hombres mayores, hombres con autoridad, hombres que me desvistieran sin hacer demasiadas preguntas.

Cuando crecí, ese impulso no se me quitó. Al contrario. Aprendí a disfrazarlo de coqueteo, de curiosidad, de accidente. Besos en rincones, manos bajo la mesa, apretones rápidos en un pasillo, mamadas apuradas en lugares donde el riesgo de que nos vieran me hacía mojarme más. Nunca fui la más romántica. Siempre me excitó más el deseo urgente que las promesas.

En la universidad seguí igual. Tenía novio formal y, aun así, me dejaba llevar por cualquier hombre que supiera hablarme al oído como si ya me hubiera visto desnuda. Muchas veces terminé en coches estacionados, con la falda subida hasta la cintura y la boca llena. El morbo de los vidrios empañados, de una calle medio vacía, de una pareja pasando a unos metros sin saber que yo estaba de rodillas mamando una verga, era demasiado para mí.

Con los años llegaron la maestría, el doctorado y el trabajo. También llegaron los congresos, los hoteles, los viajes sola y esa libertad discreta que da el prestigio. Mi marido nunca fue de acompañarme ni de preguntar demasiado. Esa distancia me dejó espacio. Y yo llené ese espacio con amantes, aventuras, imprudencias y una rutina sexual que, lejos de apagarse, se volvió más precisa. Ya no me conformaba con fantasear. Quería escenas completas, cuerpos enteros, corridas calientes, palabras sucias dichas a la cara.

Mi barrio tampoco ayudó a que me controlara. Vivo en una zona donde todos se enteran de todo, aunque finjan que no. Algunos vecinos ya sabían de mí antes de haberme tocado; otros se enteraron cuando me vieron entrar a un coche que no era el de mi marido o cuando me encontraron demasiado cerca de cierto mecánico al fondo de un callejón. Me da igual. De hecho, saber que circulan rumores me excita. Hay algo en ser la mujer que aparenta orden y esconde un desorden delicioso.

Uno de esos desórdenes empezó en el gimnasio. Él se llamará Mauro en esta historia. No es su nombre real, como tampoco lo son los míos ni los lugares, pero sí es real la manera en que me miró la primera vez: lenta, fija, bajando de mis ojos al escote y del escote a mis piernas, como si no hubiera apuro. Tendría poco más de treinta, cuerpo trabajado, barba corta y esa tranquilidad arrogante de los hombres que saben que gustan.

Nos cruzábamos a la misma hora varias veces por semana. Al principio fue una sonrisa. Después un «hola». Luego comentarios inocentes sobre el calor, la música, las máquinas ocupadas. Pero el lenguaje de verdad estaba en otra parte: en cómo se me pegaba al pasar detrás de mí, en cómo me corregía la postura poniendo una mano firme en mi cintura, en cómo yo me quedaba quieta más tiempo del necesario.

Una tarde mi marido se había ido a visitar a su madre y yo llevaba dos días con una ansiedad de mierda en el cuerpo. Me puse unos leggings ajustados, una playera suelta y fui al gimnasio con la decisión casi tomada. Mauro me encontró haciendo pierna y se colocó a mi lado.

—Te estás luciendo hoy —dijo, mirándome el culo sin disimulo.

—¿Sí? —respondí, manteniendo la voz tranquila.

—Sí. Y creo que lo sabes.

Sentí ese calor bajo el ombligo que ya conozco demasiado bien. Seguí entrenando un rato más, solo para estirar la tensión. Cuando fui por agua, él se acercó a la máquina y bajó la voz.

—Hay un pasillo de servicio detrás de los vestidores. Casi nadie pasa a esta hora.

Lo dijo y siguió caminando, sin voltearme a ver. Así, como si me dejara una llave encima de una mesa.

Esperé cinco minutos, quizá seis. Lo suficiente para no parecer desesperada, no lo suficiente para enfriarme. Crucé el pasillo con el corazón golpeándome en el pecho y lo encontré apoyado en la pared, solo, con la puerta metálica cerrada detrás. Apenas me vio, sonrió de lado.

—Sabía que ibas a venir.

—No te acostumbres a acertar tanto —le dije.

Se acercó hasta quedar pegado a mí. Olía a sudor limpio y desodorante caro. Me metió una mano en la nuca y me besó sin ceremonia, con hambre, la lengua entrando de golpe, obligándome a abrir la boca. Le respondí igual, mordiéndole el labio, clavándole las uñas suaves en la camiseta. La otra mano se me fue directamente al paquete. Estaba duro. Muy duro.

—Así me gusta —murmuró contra mi boca—. Sin hacerse la difícil.

Me apretó contra la pared y me sobó una teta por encima de la playera, amasándola fuerte, hasta que el pezón se me endureció. Yo bajé el cierre de su pants y metí la mano dentro del calzón. Su verga me llenó la palma, gruesa, caliente, ya húmeda en la punta. La apreté despacio y él soltó un gemido corto.

—Sácala —le dije.

La sacó él mismo, con prisa. La vi erguida frente a mí y sentí un tirón directo en el coño. Me arrodillé sobre el piso sin preocuparme por nada más. Mauro me sostuvo el cabello con una mano, reuniéndolo hacia atrás, y me pasó la punta por los labios.

—Abre bien la boca.

Obedecí. Me la metió despacio primero, solo la cabeza, empujando hasta que la lengua le rodeó el borde. El sabor salado me disparó un escalofrío. Luego empecé a mamársela de verdad, subiendo y bajando con ritmo, chupando con ganas, sintiendo cómo se me ensanchaban las mejillas cada vez que entraba más hondo. Él me guiaba con la mano en el pelo, no brutal pero sí mandón, y eso me calentó todavía más.

—Joder, qué bien la chupas —dijo, mirándome—. Se nota que te gusta la verga.

Le respondí tragándomela hasta donde pude, con los ojos húmedos y la garganta tensa. Cuando saqué la boca, un hilo de saliva quedó estirado entre la punta y mis labios. Él me lo limpió con el pulgar y me lo metió en la boca otra vez.

—No desperdicies nada.

Seguí mamándola con más fuerza. Una mano me la llevé entre las piernas, por encima del legging, y empecé a frotarme mientras lo chupaba. Mauro lo notó. Me levantó de un tirón, me giró y me pegó otra vez contra la pared, ahora de espaldas a él. Me bajó los leggings y la ropa interior hasta los muslos de una sola vez.

—Mierda —murmuró—. Estás empapada.

Me abrió las nalgas con las manos y me pasó los dedos entre los labios. Yo arqueé la espalda y apoyé la frente en la pared fría. Me metió un dedo, luego dos, sin aviso, bombeando con un ritmo sucio y seguro que me arrancó un gemido ronco.

—Más despacio... no —dije, corrigiéndome al instante—. No, así. Así está bien.

Se rió contra mi oreja. Sacó los dedos y me los llevó a la boca. Saboreé mi propia humedad mientras él se acomodaba detrás de mí. Sentí la punta de su verga rozándome la entrada y me tensé, no de miedo, sino de pura anticipación.

—Quiero que me la metas toda —le pedí, girando apenas la cara—. No me hagas esperar.

Me agarró de la cadera y me la clavó de una embestida firme. Solté un grito que rebotó en el pasillo y él me tapó la boca con la mano libre, no para callarme del todo, sino para recordarme dónde estábamos. Empezó a follarme duro, saliendo casi completo y volviendo a entrar hasta el fondo, golpeando con un ritmo seco que me hacía temblar las piernas.

Yo abría más las nalgas, dándole mejor acceso, y echaba el culo hacia atrás para recibirlo. Cada embestida sonaba húmeda. Cada vez que entraba a fondo me dejaba sin aire. Mauro me mordía la nuca, me apretaba las tetas por encima de la ropa, me decía guarradas entre dientes.

—Te encanta que te cojan aquí, ¿verdad?

—Sí.

—Que te puedan encontrar con la verga metida.

—Sí, carajo.

—Dilo bien.

—Me encanta que me follen donde pueden verme.

Eso lo puso peor. Me jaló del cabello, me obligó a arquearme más y aceleró. Yo sentía el clítoris hinchado, latiendo, cada golpe subiéndome una presión deliciosa por el vientre. Metí una mano entre mis piernas y empecé a frotármelo rápido mientras él seguía hundiéndose en mí con una constancia brutal.

—Córrete —me dijo—. Quiero sentir cómo aprietas.

No tuve que esforzarme mucho. El orgasmo me subió de golpe, duro, como una descarga que me cerró los muslos y me hizo gemir contra su mano. Me corrí agitándome entera, con el coño contrayéndose alrededor de su verga y las piernas a punto de ceder. Mauro gruñó al sentirlo y no paró. Siguió follándome mientras yo todavía temblaba, aprovechando esa sensibilidad rabiosa que hace que todo arda más y guste más.

—No pares —le dije cuando me soltó la boca—. No se te ocurra parar.

Me giró entonces para tenerme de frente. Me alzó una pierna, la sostuvo por detrás de la rodilla y volvió a metérmela, ahora mirándome a los ojos. Esa posición me abría por completo. Cada penetración me sacudía las tetas y me obligaba a agarrarme de sus hombros. Lo besé desesperada, mordiéndole la lengua, mientras él me taladraba con una mezcla de prisa y control que me deshacía.

—Quiero correrme en tu cara —dijo.

—Hazlo.

Salió de mí, me soltó la pierna y me empujó suavemente hacia abajo. Entendí enseguida. Volví a arrodillarme y me puse a mamársela otra vez, rápida, profunda, con la respiración rota. Él se agarró el eje con una mano y me dio un par de golpes suaves en los labios con la punta, ya a nada de correrse.

—Sácala bien. Quiero verte.

Me incorporé un poco, abrí la boca y saqué la lengua. Se masturbó frente a mí dos veces, tres, y se corrió. El semen me cayó en los labios, en la lengua, en una mejilla. Otra parte la atrapé en la boca cuando acerqué la cara para no perderlo. Tragué lo que pude y luego pasé el dedo por la comisura para chuparme lo demás. Mauro me observaba como si quisiera memorizar la escena.

—Ahora sí entiendo por qué te mira medio gimnasio —dijo, todavía jadeando.

—No te emociones —respondí, limpiándome la cara con la playera—. No eres el centro del universo.

Se rió. Yo me subí la ropa y noté las piernas flojas, el coño palpitando, ese dolor rico de haber sido bien cogida. Antes de irme, me detuvo por la muñeca y me besó otra vez.

—Esto no termina aquí.

—Eso depende de qué tan útil me resultes —le solté, aunque por dentro ya sabía que repetiría.

Y repetí.

***

Semanas después tuve cita con mi ginecólogo, otro de esos hombres con los que crucé una línea que ya no me interesó deshacer. Lo llamaré Esteban. Lo conocí en una revisión rutinaria, una de tantas, pero desde el primer momento noté que entre nosotros había algo más que cordialidad médica. No fue inmediato, ni torpe, ni romántico. Fue una tensión seca, adulta, hecha de miradas sostenidas y silencios demasiado largos.

Su consultorio estaba en una clínica discreta. Él era pulcro, atento, de voz serena, y tenía la mala costumbre de elogiarme con una naturalidad que hacía todo más peligroso. «Te ves muy bien hoy», «siempre hueles rico», «qué disciplina la tuya para cuidarte». Frases suaves, casi inocentes, dichas por un hombre que me examinaba con guantes y una calma profesional que me dejaba más húmeda de lo que debería.

Aquella tarde llegué sola. Mi marido seguía fuera, la ciudad estaba lluviosa y yo llevaba un vestido cruzado que me marcaba la cintura. Cuando pasé al consultorio, Esteban cerró la puerta con más cuidado del habitual. Hablamos unos minutos. Me preguntó por el trabajo, por los viajes, por el estrés. Yo le respondí mirándolo demasiado fijo. Los dos sabíamos que la revisión era un pretexto flojo.

—Pasa al área de exploración —me indicó.

Me acosté en la camilla y levanté el vestido. No llevaba medias, solo una ropa interior sencilla que terminó en mis tobillos cuando él me la bajó. Sentí la vulnerabilidad de estar abierta frente a él, las piernas separadas, y en vez de incomodarme me calentó como siempre. Se puso los guantes, aplicó gel y empezó el examen con una lentitud que no tenía nada de accidental.

—Relájate —dijo.

—Estoy relajada.

Sonrió apenas. Sus dedos se movieron con esa precisión clínica que, en otro contexto, habría sido neutra. En ese, no. Sabía exactamente cuánto presionar, dónde detenerse, cómo hacer que una revisión se pareciera demasiado a un juego. Cuando levanté un poco la cadera, lo notó.

—Daniela —murmuró—, si vas a moverte así, me lo vas a poner difícil.

—A lo mejor quiero ponértelo difícil.

Se quitó los guantes despacio, sin dejar de mirarme. Luego se acercó a mi boca y me besó. No fue un beso vacilante. Fue el beso de un hombre que ya había decidido cruzar todo lo que faltaba. Le abrí las piernas más, invitándolo. Él me acarició el muslo, subió la mano, me rozó el pubis y soltó aire entre los dientes al encontrarme mojada.

—Siempre imaginé que estarías así —dijo.

—Entonces deja de imaginar y haz algo.

Metió la mano entre mis piernas y empezó a frotarme el clítoris con círculos lentos, firmes, mientras me chupaba el cuello. Yo me agarré de la camilla y abrí más las rodillas. Sentía el cuero bajo mi espalda, el aire frío del consultorio en la piel y esa mezcla absurda entre entorno médico y excitación desatada que me ponía fuera de mí.

Esteban se arrodilló entre mis piernas y me besó el interior de los muslos antes de pegar la boca a mi coño. No tenía nada de tímido. Me abrió los labios con los dedos y empezó a lamerme de abajo hacia arriba, metiendo la lengua con hambre, deteniéndose en el clítoris para chuparlo como si quisiera sacarme una confesión. Yo gemía sin contenerme, con la cabeza echada hacia atrás y una mano perdida en su pelo.

—Joder... sigue... así —alcancé a decir.

Su lengua entraba, salía, me recorría entera. Después añadió dos dedos, curvándolos dentro de mí mientras me comía el clítoris con una constancia cruel. El placer se me acumuló tan rápido que casi me dio rabia. Quería más tiempo, pero mi cuerpo ya estaba cediendo. Me corrí en su boca con un espasmo fuerte, apretándole la cabeza entre los muslos.

Él se levantó despacio, se limpió la boca con el dorso de la mano y me mostró una sonrisa que me calentó otra vez.

—Qué rica estás —dijo en voz baja—. Siempre tan abierta, tan mojada.

Le desabroché el pantalón desde la camilla. Saqué su verga y me incorporé lo suficiente para lamer la punta. Luego me la metí en la boca. Era gruesa, recta, de las que llenan bien sin necesidad de exagerar. La chupé despacio al principio, solo para torturarlo un poco, y luego empecé a tragarla a fondo, dejándole saliva escurriendo por el tronco. Él me sostuvo la mandíbula y me folló la boca con empujes medidos, cuidando el ritmo pero aprovechándose de cada apertura de mis labios.

—Así, flaquita —murmuró—. Qué mamadas tan ricas das.

Sus palabras me atravesaron directo. Apreté los muslos, volví a humedecerme y seguí mamándola hasta que noté que ya no quería esperar más. Lo empujé un poco para apartarlo y me recosté de nuevo.

—Métemela ya.

Esteban se puso un condón del cajón, como si esa pulcritud extra lo hiciera todo menos indecente. Me levantó las piernas y me penetró despacio, centímetro a centímetro, dejando que mi cuerpo se abriera a su medida. Yo respiré hondo, disfrutando esa entrada larga, el estiramiento, la presión creciente. Cuando estuvo completamente dentro, se quedó quieto un segundo, mirándome.

—Te sientes increíble.

—Entonces muévete.

Empezó con embestidas profundas, controladas, golpeando siempre en el punto exacto que me hacía cerrar los ojos. Nada brusco al principio. Solo una cadencia firme, de hombre seguro, que me iba llenando de calor. Mis tetas se agitaban bajo el escote del vestido, mis manos se aferraban a sus antebrazos y yo lo alentaba con la respiración entrecortada.

Poco a poco perdió compostura. Sus empujes se hicieron más fuertes, más rápidos. La camilla crujía. El sonido húmedo de la penetración llenó el cuarto y yo empecé a decirle obscenidades al oído, a pedirle más hondo, más duro, a recordarle que llevaba demasiado tiempo imaginando aquello para que ahora se quedara corto.

—Eso —jadeé—. Fóllame bien. No me trates como paciente.

Me agarró por las caderas y obedeció. Cada embestida me hacía deslizarme unos centímetros sobre el papel de la camilla. Me abrió más las piernas, cambió ligeramente el ángulo y me hizo ver estrellas. Solté un gemido alto, indecente, que habría sido imposible confundir con dolor.

—Así te quería oír —dijo.

Me llevó una mano al cuello, sin apretar del todo, solo sujetándome, y con la otra me frotó el clítoris mientras seguía metiéndomela hasta el fondo. Ese doble estímulo me desarmó. Volví a correrme, esta vez con el cuerpo sacudiéndose entero, la espalda arqueada, el coño apretándolo de una forma que casi lo hizo perder el ritmo. Él soltó un gruñido y siguió unos segundos más, cada vez más cerca.

—Voy a correrme.

—Hazlo dentro del condón y luego me enseñas cómo quedaste —le dije, todavía temblando.

Eso lo terminó de empujar. Se enterró una última vez y se corrió con la cara tensa, respirando por la boca. Se quedó inclinado sobre mí un momento, recuperando aire, y luego salió. Se quitó el preservativo con calma y lo dejó a un lado antes de acomodarme la ropa interior de nuevo, como si cerrara una escena cuidadosamente planeada.

—No puedo creer que esto haya pasado aquí —dijo.

—Yo sí —respondí—. Lo raro habría sido seguir fingiendo.

Antes de irme, me retocó el labial torcido con el pulgar y me besó una vez más. Después salí a la calle con las piernas todavía sensibles y una sonrisa que nadie habría sabido leer. Para cualquiera, era una profesora saliendo de una consulta. Solo yo sabía que acababa de ser comida y follada sobre una camilla de exploración.

Podría seguir. Hay más historias: callejones, coches, hoteles de paso, viajes de trabajo, vecinos que fingen no conocerme en el ascensor después de habérmela metido la noche anterior. Pero esta vez quería empezar por aquí, por lo básico, por decir en voz alta lo que soy cuando nadie me vigila demasiado. Una mujer adulta, educada, funcional y muy puta. Una mujer que disfruta el riesgo, la infidelidad, las manos ajenas y la sensación de salir a la calle después de coger como si no hubiera pasado nada.

Y lo mejor es que sí ha pasado. Muchas veces. Más de las que debería. Menos de las que quisiera.

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Comentarios(7)

EstebanF

buenisimo!!! sigue escribiendo

NocheSur_85

Me quedé con ganas de mas, ojala haya continuacion. Buen relato!

SandroV71

Jajaja me hizo acordar a mi profe de literatura, siempre tan seria en clase... uno nunca sabe jaja

MarcelaR_BA

Que buena pluma, se lee fluido y te engancha desde el principio. Muy bueno!!

PedroCba

tremendo!!

Catalina_R

Las confesiones son mi categoria favorita y esta no decepciona. Gracias por compartir :)

lectora_nocturna

hay segunda parte? me dejo con ganas de leer mas

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