Mi marido quería que todos me miraran esa noche
Hacía meses que no le contaba nada a nadie. Mi marido y yo llevábamos un tiempo con nuestros juegos, esos que empiezan con una broma en la cama y terminan convirtiéndose en algo que no sabés cómo nombrar. Aquel verano dimos un paso que nos cambió a los dos.
La primera semana de vacaciones la pasé con mis padres en un apartamento que tienen frente al mar. Mi marido, Hugo, llegaba el sábado, y el domingo nos íbamos los dos solos a otra ciudad de la costa. Llevaba tiempo insistiendo con la misma idea.
—Hay una playa nudista cerca del hotel —me había dicho semanas atrás, como quien no quiere la cosa—. Quiero verte ahí. Con la concha al aire y toda la playa mirándote.
Nunca había hecho ni topless. Al principio él era celoso, y yo, todo hay que decirlo, le había dado algún motivo. Pero algo se había invertido entre nosotros, y ahora era él quien quería mostrarme, quien se ponía duro solo con pensar en otros ojos encima de mi cuerpo.
Para el viaje me puse un vestido corto, de esos elásticos que se ajustan a todo. En el primer bar donde paramos, Hugo me pidió que me quitara la ropa interior. Lo dijo bajito, mirándome por encima del menú, y yo lo hice en el baño sin pensarlo demasiado. Cuando volví a la mesa y me senté, la tela fría contra el coño desnudo me hizo apretar los muslos.
Esto va a ser un viaje largo.
***
El hotel era una belleza. La habitación tenía salón, cocina americana y un dormitorio enorme, pero lo mejor era la terraza: vistas al mar, una bañera de hidromasaje y una mesita con dos sillas, todo asomado al horizonte.
—Hacéme unas fotos antes de bajar a comer —le dije.
Hugo aprovechó para subirme el vestido entre toma y toma. Su mano pasaba de mi cadera al interior de mis muslos como si fuera parte de la pose. En uno de los selfies, mientras los dos sonreíamos a la cámara, sus dedos me recorrían por debajo de la tela, separándome los labios y colándose entre ellos.
—Para que nadie diga que no nos divertimos —murmuró contra mi oreja.
Dos dedos me entraron sin aviso, hasta el fondo. Me mordí el labio para no soltar un gemido y él siguió sacando fotos con la otra mano, como si nada. Los movía despacio, buscándome ese punto que sabe de memoria, mientras yo intentaba sonreír a la cámara con la concha temblándome alrededor de sus dedos. Sacó los dedos brillando de flujo y se los llevó a la boca sin quitarme los ojos de encima.
—Riquísima —dijo—. Los viejos del comedor van a olerte desde la mesa.
Después me bajó el escote y me pellizcó los pezones hasta ponerlos duros contra la tela. Otra foto, esta vez con la marca de los dos puntos clavándose en el vestido. Me arrodilló entre sus piernas, se abrió el pantalón y me sacó la polla ya dura para meterme la cabeza en la boca.
—Solo un poco —dijo—. Que quiero bajarte a comer con sabor mío.
Se la mamé despacio, envolviéndole el glande con la lengua, chupándosela hasta la mitad y sacándomela con un hilo de saliva que me caía en la barbilla. Le acariciaba los huevos mientras subía y bajaba con la boca, y él me sostenía del pelo, guiándome el ritmo.
—Para —me dijo de golpe, tirándome del pelo hacia atrás—. Para o te lleno la cara y no hay cena.
Cuando terminó, yo apenas me sostenía en pie. Él lo notó, claro, y paró justo a tiempo, dejándome al borde de algo y con una sonrisa de satisfacción insoportable.
—Abajo te portás bien —dijo, guardándose la polla todavía dura en el pantalón—. O por lo menos, lo intentás.
Bajar al comedor con aquel vestido fue un suplicio delicioso. Sin sujetador, sin nada debajo, sentía cada mirada como una mano. El coño me chorreaba, y yo caminaba apretando los muslos, notando cómo la humedad me resbalaba por dentro. Por suerte no había familias con niños: el hotel estaba lleno de gente mayor, jubilados en algún viaje organizado. Eso me tranquilizó y, al mismo tiempo, me dio una clase de morbo nuevo.
En una mesa cercana se sentaron dos señores. Dos viudos, supe después, que no me quitaban los ojos de encima. Yo me hacía la distraída, pero cada vez que me levantaba a buscar comida sentía sus miradas siguiéndome por todo el comedor, clavadas en el culo, subiendo por la espalda hasta la nuca.
—Tus admiradores no pierden detalle —me dijo Hugo, encantado—. El de la derecha se está poniendo duro. Fijáte cómo cruza las piernas.
***
Por la tarde bajamos a la playa. Me puse un bikini normal y una camisola transparente; la zona nudista la dejábamos para el día siguiente. Había poca gente, así que nos metimos en el agua hasta que me cubría el pecho.
Allí, donde nadie podía ver, Hugo me bajó la parte de abajo del bikini lo justo. Después me la quitó del todo y me la guardó en el bolsillo del bañador, riéndose de mi cara de susto.
—Tranquila —dijo—. Nadie se acerca tanto. Y si se acerca, mejor.
Me apoyó la espalda contra su pecho, me abrió las piernas por debajo del agua y me hundió dos dedos de golpe. Yo tuve que aferrarme a sus antebrazos para no perder el equilibrio.
—Callada —me susurró contra la oreja mientras me follaba con la mano—. Que hay gente en la orilla.
Los dedos entraban y salían de mi coño, y con el pulgar me frotaba el clítoris en círculos, apretando cada vez que un bañista pasaba cerca. Le sentía la polla dura contra el culo, empujando por la tela del bañador, y me la restregaba sin vergüenza mientras me metía un tercer dedo.
—Se te está poniendo cara de puta —dijo bajito—. Bájate el top.
Me lo bajé. Tenía los pezones erizados por el frío del agua y por la calentura, y él me los pellizcó uno detrás del otro, tirando fuerte hasta que se me escapó un gemido que ahogué contra su hombro. Me metió los dedos hasta los nudillos, curvándolos hacia adelante, y me hizo correrme ahí, con medio cuerpo fuera del agua y una pareja bañándose a diez metros. Le mordí el brazo para no gritar.
—Buena chica —dijo, sacándome los dedos brillantes y limpiándomelos con la lengua—. Vámonos que los viejos no aguantan más.
Jugamos un rato largo dentro del agua, su cuerpo contra el mío, sus manos donde nadie llegaba a ver. Cuando salimos, los dos señores del comedor ya estaban instalados cerca de nuestra toalla. Nos saludaron y enseguida nos dieron conversación.
Eran agradables, mucho más de lo que esperaba. Viudos, jubilados, en su tercer año viniendo a la misma ciudad. Nos contaron de los restaurantes buenos, de los mercadillos de los pueblos cercanos, de las calas escondidas. Y mientras hablaban, sus ojos hacían un recorrido lento por mi escote cada vez que creían que no los miraba. Yo me acomodaba la camisola mojada sabiendo que se me transparentaba todo, que los pezones se me marcaban, que el bikini pegado a la piel les dejaba adivinar la forma exacta del coño.
—Esta noche hay música en vivo en el hotel —dijo el más hablador—. Nosotros solemos quedarnos. Se anima mucho la cosa.
Una indirecta poco sutil. Hugo, a mi lado, sonreía como un gato.
***
Cuando salí de la ducha, había un vestido sobre la cama que yo no había traído. Blanco, con florcitas, corto y con vuelo, anudado al cuello y la espalda al aire casi hasta el final. El escote era el detalle: para alguien con menos pecho, perfecto. Para mí, una provocación.
—Es un regalo —dijo Hugo desde la puerta—. Lo eligió Marcos.
Marcos era el amigo que, desde hacía meses, tenía permiso para tocarme cuando Hugo lo invitaba. Llevaba dos semanas sin verlo, sin su polla gruesa entrando en mi boca mientras Hugo me la clavaba por detrás, sin sus manos sobre mis tetas mientras Hugo me miraba correrme con otro. Me costó creer que se hubiera tomado el trabajo de comprarme algo.
—¿En serio dejaste que te comprara un vestido? —pregunté, entre la vergüenza y la risa.
—Lo vimos en una tienda. Le dije que te imaginaba con él y fue solo a pagar. Me dijo que quería verte con las tetas asomando por el escote y el coño chorreando bajo la falda.
Me lo puse. En el camino al restaurante atraje más de una mirada, y no me extrañó: el vestido mostraba más de lo que enseñaba, y lo que no se veía se imaginaba. Hugo me sacó fotos por el paseo, fotos que después le mandó a Marcos entre risas.
—Dice que tenía razón —comentó mirando el móvil—. Y que quiere una con el vestido levantado.
—Dame eso. Que vea qué le mandás.
En un rincón del paseo, Hugo me metió detrás de una palmera, me levantó el vestido hasta la cintura y me sacó una foto del culo desnudo y del coño rasurado. Se la mandó ahí mismo. El teléfono le vibró en la mano casi enseguida: Marcos había respondido con una foto de su polla dura en la mano.
—Dice que se la va a machacar pensando en vos toda la noche —me leyó Hugo—. Que le mande vídeo si te la follo delante de alguien.
El juego ya estaba en marcha y los dos lo sabíamos.
***
El hotel estaba a tope. Música en directo junto a la piscina, varios matrimonios bailando, las luces bajas. No tardamos en encontrarlos: los dos señores, plantándome dos besos cada uno como si no hubiera mañana.
Buscamos una mesa apartada, con poca luz, desde donde se veía la pista. Pedimos unas copas. El camarero tampoco le hizo ascos a mi escote, y Hugo estaba en su salsa.
—Súbete el vestido por detrás —me dijo en voz baja, cuando los señores fueron a la barra—. Quedáte con el culo contra la silla.
Lo hice. Sentía el tejido de la silla directamente sobre la piel y un calor que no venía solo de la copa. Cuando los dos señores volvieron y se sentaron con nosotros, yo seguía así, fingiendo que escuchaba mientras por dentro temblaba. Me humedecía de tal manera que estaba dejando una mancha en el tapizado.
El más lanzado no tardó en sacarme a bailar. Hugo me hizo un gesto con la cabeza, ese que significaba aprovechá, y fuimos a la pista. Sonaba un tema lento. Le propuse quedarnos un poco apartados, con la excusa de que bailaba mal.
Su mano empezó en mi espalda y fue bajando con el ritmo, despacio, midiendo hasta dónde lo dejaba. No lo aparté. Sentí sus dedos cruzar la frontera del vestido y apoyarse sobre la piel desnuda del culo, primero por encima, después colándose por debajo del vuelo hasta apretarme una nalga completa. Se le escapó un gruñido bajito al comprobar que no llevaba nada.
—Menuda mujer tenés —le dijo a Hugo cuando pasamos cerca de la mesa, sin dejar de amasarme el culo—. Menuda joya.
Hugo nos miraba desde la mesa, en primera fila, y verlo mirar me encendía más que el roce. Le tenía la polla dura contra el vientre, notaba perfectamente el bulto marcándose en el pantalón mientras me apretaba contra él. En una vuelta me pegó a su cuerpo y me la restregó bien, sin disimulo, y a mí se me escapó un suspiro que él tomó como permiso: me metió la mano por debajo del vestido, encontró el coño empapado y me pasó dos dedos por la raja, de arriba abajo, mientras seguíamos moviéndonos al ritmo de la música.
—Mojada —susurró—. Estás mojada, preciosa.
Yo no respondí. Le tomé la mano por debajo del vestido y me la aparté, no antes de que se llevara los dedos a la nariz para olerme delante de todos.
Una canción enlazaba con la siguiente. En una vuelta, un pecho se me salió del escote, y solo me di cuenta cuando sentí su mano soltarme un instante, como dándome tiempo a colocármelo. Antes me pellizcó el pezón con dos dedos y me lo tiró suavemente, como se llama la atención a un perro. Cuando volvimos a la mesa yo tenía las mejillas ardiendo y las piernas flojas.
***
Me estaba haciendo pis, y supe que no iba a ir sola al baño. Pregunté en voz alta dónde estaba, y el señor que había bailado conmigo se ofreció a acompañarme. Hugo, por supuesto, no se movió de la silla.
El baño quedaba al final de un pasillo, bajando unas escaleras empinadas. Él bajó primero, muy caballero, y me esperó abajo con la mano en el inicio de mi espalda. Yo nunca había llegado tan lejos con nadie que no fuera Hugo o Marcos, y me sorprendió lo mucho que me gustaba el filo de aquello.
Al salir del baño me estaba esperando en el pasillo, escondido en la sombra. Me tomó por la cintura, me apoyó contra la pared y me besó de golpe, metiéndome la lengua entera. Sabía a whisky y a tabaco. Su mano subió por debajo del vestido, encontró la nalga desnuda y me apretó fuerte mientras me chupaba la boca. Con la otra mano se abrió el pantalón y se sacó la polla, gruesa y venosa, la de un hombre de sesenta con ganas contenidas de meses.
—Tocámela —me pidió con la voz ronca—. Solo tocámela, preciosa. Que sepa lo que se me pone contigo.
Se la agarré. Le di un par de bombeos con la mano, sintiendo el peso, y él soltó un gemido contra mi cuello mientras me metía dos dedos en el coño sin miramientos. Estaba tan mojada que se hundieron enteros sin resistencia.
—Hija de puta —dijo bajito, embobado—. Estás así por mí.
—Por él —le corregí, apartándole la mano y soltando su polla con una sonrisa—. Que me mira desde arriba.
Me dijo que subiera yo delante, por si tropezaba. Subí cuatro o cinco escalones y me di cuenta de golpe: sin nada debajo del vestido, él tenía que estar viéndome entera desde abajo cada vez que me hablaba.
Hemos venido a jugar. Si me ven como una mujer fácil, eso seré esta noche.
Antes de llegar arriba, me agaché con la excusa de acomodarme la sandalia. Me abrí un poco más las piernas y me quedé así unos segundos, ofreciéndole el coño rasurado, brillante de flujo, y el culo abierto. Lo escuché contener el aire y después soltar una palabrota bajita. Me hubiera encantado verle la cara, porque la mía era de pura satisfacción. Subió detrás de mí con la mano cerca de mi cuerpo y no la apartó hasta la mesa, apoyándose en mi cintura, en mi cadera, en el nacimiento del culo.
—¿Y tus amigos? —preguntó Hugo, sabiendo perfectamente la respuesta.
—Esperando las copas —le dije al oído—. Y uno me vio entera en las escaleras. Y después me besó en el pasillo y me metió dos dedos hasta el fondo. Le agarré la polla un segundo. Grande, dura como una piedra.
La cara que puso casi me hace reír. Debajo de la mesa se apretaba el paquete con la mano. Estaba al borde de algo solo con escucharlo.
***
No aguantamos mucho más. En cuanto cerraron el bar nos despedimos y subimos a la habitación. Me quité el vestido y entré al baño a lavarme; Hugo entró detrás y me metió la mano entre las piernas con una delicadeza que no encajaba con sus palabras.
—Estás empapada —dijo contra mi cuello—. Se nota que disfrutaste calentando a los viejos.
—Vinimos a eso, ¿no? —le respondí—. Si me miran así, por algo será.
Me llevó al dormitorio a empujones, arrancándose la ropa por el camino. Me tumbó en la cama, boca arriba, y me abrió las piernas de par en par. Se quedó mirándome el coño hinchado, brillante, unos segundos.
—Comémelo —le pedí, agarrándolo del pelo y bajándole la cabeza—. No aguanto más.
Se la clavé en la cara. Él me lamió de abajo arriba con la lengua plana, saboreándome entera, y después empezó a chuparme el clítoris con los labios mientras me metía dos dedos y los curvaba. Me lo comió con paciencia, sin prisa, jugando con la lengua sobre el capullo, chupándomelo, mordisqueándomelo. Le tiraba del pelo y le apretaba la cara contra el coño, restregándome contra su boca. Cuando notó que me venía, me metió un tercer dedo y me lamió más rápido, hasta que me corrí en su lengua con un grito que rebotó en toda la habitación.
—Buena chica —dijo, subiendo con la barbilla y los labios brillantes—. Ahora abrí bien.
Me puso las piernas sobre sus hombros y entró de un solo empuje. Se me escapó un jadeo largo al sentirlo entrar entero, hasta el fondo. Me la clavó así, dobladita, con las rodillas casi tocándome las orejas, dándome estocadas duras que hacían chocar la cama contra la pared.
—¿Querés que suban? —me decía mientras me follaba—. Decí que sí, que querés que te miren mientras te follo. Decí que querés que el viejo del pasillo vuelva a sacar la polla y se la machaque viéndote.
—Lo que vos querés —jadeé, aferrándome a las sábanas— es imaginarlos mirando. Contámelo. Contáme qué le hacía yo al del pasillo.
—Le agarrabas la polla —me susurró, embistiéndome más fuerte—. Le agarrabas la polla mientras él te metía dos dedos. Te la ibas a chupar, ¿verdad? Ibas a arrodillarte y a chupársela ahí mismo.
—Sí —le mentí, porque en ese momento hubiera dicho cualquier cosa—. Se la iba a chupar. Se la iba a chupar con vos mirando desde arriba.
Le di la vuelta y me senté encima, recuperando yo el control. Le clavé la polla hasta el fondo y empecé a moverme, subiendo y bajando, apretándolo con el coño mientras él me agarraba las tetas y me tiraba de los pezones. Mi marido seguía hablando, soltando sus barbaridades, y yo lo dejaba, porque sabía que la mitad de su placer estaba en eso: en contarme una historia mientras la vivíamos.
—A Marcos lo dejo hacerme lo que quiera cuando volvamos —le dije al oído, cabalgándolo despacio—. Que me la meta por el culo mientras vos me la clavás por delante. Que se corra en mi boca mientras vos me llenás el coño. Pero esta noche sos solo vos. Y ellos, mirando de lejos lo que no van a tocar.
Hugo gimió fuerte al oírlo. Me agarró de las caderas y empezó a embestirme desde abajo, rápido, sin piedad, hasta que me lo sentí hincharse dentro. Me corrí encima de él, apretándolo con el coño, y noté cómo se vaciaba, chorro a chorro, llenándome entera. Los dos sin aire, riéndonos un segundo después como dos cómplices que acaban de salirse con la suya.
Me quedé sentada sobre él un rato más, sintiendo cómo su polla se me iba ablandando dentro y cómo el semen empezaba a resbalarme por los muslos. Le mandó una foto a Marcos: mi coño chorreando su corrida, sin cara. La respuesta vino en menos de un minuto. Otra foto de la de Marcos, esta vez con la mano cerrada y un charco blanco encima.
—Te llegó el recuerdo —me dijo Hugo, sonriendo con los ojos cerrados—. Ya se corrió pensando en vos.
***
A la mañana siguiente desayunamos con ellos. Dos besos, las mismas miradas, la misma simpatía. Hugo estaba seguro de que yo iba a decirles algo, alguna invitación, pero no hizo falta. Con bajar a verlos ya les confirmaba lo que pensaban.
—Nosotros nos vamos hoy —dijo el más hablador—. Una pena no coincidir más.
Y ahí, por primera vez en todo el viaje, sentí alivio.
Hugo quería que fuéramos juntos a la playa nudista. Yo le dije que con ellos, ni loca. Una cosa era el juego de las miradas, las escaleras, el roce en la pista con dos copas de más, la polla del viejo en la mano un segundo en el pasillo. Otra muy distinta era confirmar, en frío y a plena luz, que quería algo más.
—Al final la cobarde sos vos —se burló él.
—Y vos el que mira —le respondí—. Cada uno con lo suyo.
Cuando llegamos a la cala nudista, no había casi nadie. Matrimonios mayores, alguna chica, ningún rastro de nuestros amigos. Me quité la ropa despacio, todavía con el cosquilleo de la noche anterior en el cuerpo, y me tumbé al sol pensando que aquellas habían sido, de lejos, las vacaciones más raras y más nuestras de toda nuestra vida.
Hugo me pasó la mano por la espalda desnuda, satisfecho, y me la bajó hasta el culo, apretándome una nalga con la palma abierta.
—¿Valió la pena? —preguntó.
No le contesté. Me limité a sonreír con los ojos cerrados, dejando que él imaginara la respuesta. Al fin y al cabo, eso era lo que mejor sabía hacer.
Si este relato te dejó con ganas y estás en Buenos Aires, conocé acompañantes en Microcentro.





