Esa noche en la playa descubrí cuánto me gusta mirar
Mi última confesión la dejé a medias, y desde entonces no he podido sacarme aquella noche de la cabeza. Así que voy a contarla entera, tal como la viví, sin ahorrarme ningún detalle, ni siquiera los más sucios.
Todo empezó cuando Ingrid terminó de enseñarme su loft. Nos sentamos frente a la pantalla grande del salón y repasamos las fotos que habíamos subido a nuestra red social, esas en las que se nos veía el trasero al aire en plena calle. En muchas yo llevaba el mismo vestido amarillo con el que había llegado a su casa esa tarde, y verme proyectada sobre aquella pared con el culo al descubierto me produjo un cosquilleo entre los muslos que no supe disimular. Sentí cómo se me humedecían las bragas mirándome a mí misma.
Cuando acabamos de comentarlas, me dijo que entre semana, cuando no trabajábamos, ella solía bajar a bañarse muy temprano, a la playa o a la piscina según el viento. Si me apetecía, podíamos hacerlo juntas: salir a cenar a un restaurante del paseo marítimo, dormir en su casa e ir a nadar a la mañana siguiente. La playa quedaba a doscientos metros, con un solo hotel de por medio.
—Me parece un plan estupendo —le dije—, pero no tengo vestido para salir de noche. Ni pijama, ni cepillo de dientes, ni bañador. Y volver a mi casa a buscarlo todo me llevaría una eternidad.
—Si te parece bien, lo solucionamos en un minuto —respondió ella con esa calma suya que siempre me desarmaba—. Ahí tienes el mando del garaje. Mete tu coche, y para cuando vuelvas te tengo listo todo lo que dices que necesitas.
Así lo hice. Al volver, me explicó que me prestaba un vestido que adoraba pero que tenía la sisa tan abierta que llegaba casi a la cintura, por lo que no admitía sujetador. Ella estrenaría un conjunto de encaje color coral; la ocasión lo merecía, según dijo.
—Si te atreves a ir sin sostén, te va a quedar de maravilla. Ya ves que gastamos la misma talla.
El vestido era precioso. Acepté al instante, encantada.
—En cuanto al pijama, yo duermo como Marilyn Monroe, con dos gotas de colonia y nada más —añadió riéndose—. Pero si te incomoda, también te dejo uno. Es opcional. Si prefieres dormir desnuda, por mí ningún problema.
Y por mí tampoco, pensé, aunque no lo dije. Se me apretaron los pezones bajo la blusa solo de imaginarnos las dos en pelotas en la misma cama.
—Para bañarte basta con un vestido fino o con la toalla, que dejo en las tumbonas. Yo me meto totalmente desnuda. Aquí nadie prohíbe la playa nudista. Pero si prefieres bañador, escoge el bikini que más te guste.
Se puso el conjunto de encaje, dos prendas diminutas que apenas le cubrían los pezones y el coño, y que según ella hacían un bonito contraste con mis ojos. Nos maquillamos frente al mismo espejo, terminamos de vestirnos y salimos hacia el restaurante.
***
Caminamos despacio, hablando de nosotras. Me contó que, antes de instalarse en la costa, había compartido piso con un chico que se creía un genio de las criptomonedas. El tipo perdió hasta el último euro y pretendía echar mano también de los ahorros de ella. Ingrid se negó, rompió la relación y aprovechó para mudarse aquí. Yo le confesé que salía con alguien que daba demasiadas muestras de querer controlarme, de decidir por mí. Ya contaré esos episodios en otro momento.
En el restaurante la conocían de sobra; sabían sus preferencias y, dejándome guiar, cenamos de fábula. Al camarero no le pasó inadvertida nuestra ropa. Se fijó en las piernas de Ingrid, que llevaba el vestido bastante corto, y en mí, porque por los laterales abiertos se adivinaba más de lo prudente: cada vez que me inclinaba, se me veía la teta entera. Yo notaba el aire fresco directo sobre la piel y, lejos de incomodarme, me gustaba saber que él lo había visto, que se le había puesto dura la polla debajo del delantal.
Justo antes del postre, Ingrid dejó caer un tenedor al suelo.
—¿Me lo recoges, por favor? Ha caído de tu lado.
Me agaché. Y al inclinarme, la vi deslizar las palmas por los costados de su ropa interior, bajándosela muy despacio por los muslos hasta quitársela del todo bajo la mesa. Alcancé a ver un destello de su coño depilado, los labios brillantes de humedad. No aparté la mirada. Recogí el tenedor, me incorporé, y por encima del mantel ella me tendió la prenda de encaje, todavía tibia y con una mancha oscura de flujo en la entrepierna.
—Toma. Guárdala en tu bolso —susurró—. Hace tiempo que tenía ganas de dártela. Huélela después, cuando estés sola.
La metí en el bolso con el corazón golpeándome las costillas y el coño empapado. Nadie en el restaurante pareció notar nada, y esa certeza —la de hacer algo prohibido a la vista de todos sin que nadie lo supiera— me encendió de una forma que no había sentido nunca.
***
Al salir, solo pasamos al baño a lavarnos las manos. Después me di cuenta de que ella no había ido a hacer pis, y no le di importancia. Ingrid propuso volver a casa caminando por la orilla, sobre la arena húmeda.
—Desde el paseo se ven las siluetas —dijo—, pero de lejos. De cerca solo nos vemos tú y yo.
Había luna llena. Nos descalzamos para pisar mejor la arena, y con la brisa de la noche y la humedad pronto me entraron ganas de orinar. Seguro que ella ya lo había previsto.
Cuando me agaché en cuclillas comprendí que Ingrid lo tenía más fácil: a ella le bastaba con subirse el vestido hasta la cintura, mientras que yo tenía que bajarme la ropa y estirarla hacia delante para no salpicarla ni mancharla de arena, que se mete hasta en el último rincón. Vi el chorro caliente de Ingrid brotar entre sus muslos abiertos, salpicando la arena, y sentí cómo mi propio pis salía a borbotones mientras la miraba sin ningún pudor.
—Déjame mirarte un poco —le pedí en voz baja.
Me fascina ver a una mujer en cuclillas por detrás, en esa postura que solo nosotras adoptamos para hacer pis al aire libre, con el coño y el culo completamente abiertos. Me encanta mirar, y todavía más que me miren. Ingrid no se movió. Se dejó observar, sabiéndose el centro de mis ojos, y eso pareció gustarle tanto como a mí. Cuando terminó, se limpió con la mano y se chupó los dedos mirándome fijamente.
Cuando nos pusimos frente a frente, me retó:
—No hagas trampa. Quítatelas tú también. Quiero verte el coño, igual que tú me has visto a mí.
Lo hicimos a la vez, riéndonos, perfectamente visibles bajo aquella luz plateada. Ella se puso de rodillas en la arena, me separó los muslos con las manos y acercó la cara a mi entrepierna.
—Está brillando —murmuró—. La luna te lo ilumina entero.
Y sin más preámbulos me pasó la lengua de abajo hacia arriba, en una lamida larga que me arrancó un gemido que se perdió en el ruido de las olas. Me chupó el clítoris con los labios, lo atrapó y lo succionó, y yo tuve que apoyarme en sus hombros para no caerme. Sus dedos me abrieron los labios del coño y su lengua se metió entre ellos, entrando y saliendo, empapándose de mí. Le agarré el pelo y le apreté la cara contra mi sexo, restregándome contra su boca sin ninguna vergüenza. Ella gemía comiéndome, y ese zumbido vibraba dentro de mi coño hasta hacérmelo palpitar.
—Voy a correrme —le susurré—. Ingrid, joder, no pares.
Metió dos dedos en mi coño y con la lengua me machacó el clítoris a un ritmo que me hizo temblar las rodillas. Me corrí de pie, en plena orilla, con las olas rompiéndonos cerca y la cara de ella empapada de mis flujos. Me tuvo que sostener por las caderas para que no me desplomara.
Si alguien nos hubiera observado con atención desde el paseo, habría sabido exactamente lo que hacíamos. Y pensar en ese alguien, en ese mirón anónimo espiándonos desde la oscuridad, meneándose la polla mientras me comían el coño, no me asustó: me excitó todavía más. No nos habría importado en absoluto.
Al levantarse, a Ingrid se le escurrió un pie y cayó sentada sobre la arena. Más risas. Por suerte aún tenía el vestido recogido en la cintura y no se mojó. Le sacudí la arena de la espalda, ella se apoyó un instante en mi hombro, y reanudamos el paseo hablando de las ganas que teníamos de un baño nocturno. Yo aún sentía el sabor de su boca pegado a mi coño y las piernas me temblaban a cada paso.
***
Nos quedaban unos cien metros para llegar a la salida que daba al loft cuando vimos un grupo de chicas, dieciocho o veinte, reunidas en la orilla. Entre todas destacaba una que llevaba un bañador blanco anticuado, de esos de principios del siglo pasado, con pololos y una especie de corpiño por arriba. Era la novia de una despedida de soltera. Las demás no llevaban casi nada: algunas solo las bragas, otras completamente desnudas, con las tetas al aire brillando bajo la luna.
Al llegar a su altura nos animaron a unirnos entre risotadas y salpicaduras.
—¡Venga, al agua! ¡Vamos! —gritaban, señalándonos las toallas tendidas sobre las hamacas más cercanas.
Nos miramos y no lo pensamos más. Dejamos los vestidos, los bolsos y los zapatos sobre una tumbona y nos metimos con ellas, tan desnudas como el resto. El agua estaba tibia y negra, y la luna la cubría de destellos. Nos salpicábamos todas, con especial dedicación a la novia, que en la noche brillaba más que ninguna. Yo sentía decenas de cuerpos desnudos rozándome bajo la superficie, tetas que se me pegaban a la espalda, muslos que se enredaban con los míos, manos que me apretaban el culo en broma y otras que se demoraban más de la cuenta entre mis piernas. Una desconocida me agarró un pecho por detrás y me pellizcó el pezón, y yo dejé que lo hiciera sin apartarla.
A la novia la rodearon todas y le arrancaron el bañador anticuado entre gritos y aplausos. Se quedó en pelotas en medio del corro y sus amigas se turnaron para besarla en la boca, chuparle las tetas y meterle los dedos en el coño mientras ella se reía a carcajadas. Ingrid me cogió de la mano por debajo del agua y la llevó directa a su propio coño. Metí dos dedos sin pensarlo, notándola caliente y resbaladiza incluso dentro del mar, y la masturbé despacio mientras las dos fingíamos mirar el espectáculo de la novia. Ella hizo lo mismo conmigo, y así estuvimos, dedeándonos disimuladamente rodeadas de veinte desconocidas, hasta que las dos nos mordimos los labios para no gritar.
Salimos todas a la vez y nos secamos unas a otras frotándonos con las toallas. Le besaban y le pellizcaban el trasero a la novia; nosotras también lo hicimos, y yo aproveché para pasarle la lengua por un pezón antes de soltarla. Volvimos a casa con la piel erizada y el coño ardiendo. Nos duchamos juntas, y bajo el chorro Ingrid se puso de rodillas otra vez y me lamió hasta hacerme temblar por segunda vez esa noche. Después la subí a la cama, le abrí las piernas y le devolví el favor: le comí el coño con avidez, chupándole el clítoris hinchado, metiéndole la lengua tan adentro como podía, mientras ella se retorcía y me agarraba de la cabeza. Le encajé tres dedos y le folleé el coño con la mano mientras seguía chupándole el capullo. Se corrió apretándome la cara con los muslos, gritando mi nombre.
Luego nos colocamos en tijera, coño contra coño, y nos restregamos hasta que las dos volvimos a corrernos, empapando las sábanas. Nos pusimos nuestras dos gotas de colonia como único pijama y nos acostamos abrazadas, pegajosas de sudor y de todo lo demás. Hubo todavía un rato largo de caricias y susurros, dedos que recorrían espaldas y bocas que buscaban cuellos y pezones, hasta que nos quedamos dormidas, dulcemente, con las piernas enredadas y su mano descansando entre mis muslos.
***
Por la mañana, Ingrid se levantó antes que yo y fue directa al baño. La oí permanecer un ratito sentada, y luego el ruido del agua del bidé. Yo salí desnuda a la terraza y comprobé que hacía una mañana espléndida, de cielo limpio y mar quieto. Cuando ella terminó, hice lo mismo. Al salir del baño la encontré esperándome en el pasillo; me empujó contra la pared, me metió la mano entre las piernas y comprobó que ya estaba mojada otra vez.
—Eres una guarra —me susurró al oído, mordiéndome el lóbulo—. No has tenido bastante.
Me metió dos dedos y me frotó el clítoris con el pulgar hasta hacerme correr contra la pared en menos de un minuto, mordiéndome yo misma la mano para no gritar. Después nos recogimos el pelo y nos pusimos un vestido finísimo, sin nada debajo.
Bajamos a las mismas hamacas de donde habían salido las toallas de la despedida y estuvimos nadando un buen rato. Ya empezaba a haber gente paseando por la orilla, y muchas menos personas dentro del agua. Me gustaba saberme observada por esos paseantes madrugadores, adivinar sus ojos sobre la tela mojada que se me pegaba al cuerpo, marcándome los pezones duros y el triángulo oscuro del pubis.
Al volver nos dimos una ducha al aire libre, sin recato, para quitarnos el salitre y la arena de los pies. Un hombre mayor que paseaba solo se paró en seco al vernos, y ni Ingrid ni yo hicimos nada por taparnos. Al contrario: ella se enjabonó las tetas despacio, mirándolo, y yo abrí las piernas bajo el chorro para lavarme el coño delante de él. Vi cómo se le marcaba el bulto en el pantalón y se quedó plantado hasta que terminamos. Me sentía afortunada recibiendo miradas sobre mi cuerpo desnudo, primero bajo el chorro de la ducha y después de regreso al loft, con el vestido transparentándose sobre la piel húmeda. Ingrid me confesó que había sentido exactamente lo mismo, y que había estado a punto de acercarse al viejo y ofrecerle una mamada allí mismo, solo por el morbo.
Esa noche, y esa mañana, entendí de una vez por todas algo que llevaba años intuyendo sin atreverme a nombrarlo. No me importa quién mire ni desde dónde. Me gusta ser mirada tanto como me gusta mirar, y me gusta que me coman el coño y comerlo yo.
Sin duda, me encanta exhibir mi cuerpo.
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