El desconocido que nos observaba en la playa
De todo lo que Carla y yo hemos compartido en estos años, hay una tarde que volvemos a contarnos cada verano, en voz baja, cuando ya nadie nos escucha. Pasó hace tiempo, en un pueblo de la costa donde no conocíamos a nadie y donde nadie nos conocía a nosotros. Tal vez por eso nos atrevimos. El anonimato hace cosas raras con el deseo.
Llegamos a la playa pasado el mediodía, cuando el sol ya pegaba fuerte y la arena quemaba bajo los pies. Era jueves, día de trabajo, y la cala estaba casi vacía. Una familia con dos críos en la orilla, una señora leyendo bajo una sombrilla amarilla y, un poco más allá, un hombre solo tumbado junto a una autocaravana. Tendimos las toallas cerca del agua, nos echamos y dejamos que el calor nos fuera ablandando.
Carla siempre ha tenido la costumbre de buscarme con los pies cuando está relajada. Empezó a rozarme la pierna con los dedos, despacio, dibujando círculos sobre mi rodilla. Yo cerré los ojos y la dejé hacer. Es un juego nuestro, una manera de decirnos cosas sin hablar.
—Mira —me susurró de pronto.
Abrí los ojos. Se había incorporado un poco, miró a un lado y a otro con esa cautela que pone cuando va a hacer algo que no debería, y apartó apenas la tela del bikini con un dedo.
—Qué barbaridad —dije por lo bajo—. Vas a conseguir que nos echen.
Y lo que conseguía era ponerme como una piedra.
Me agaché un segundo, fingiendo acomodarle la toalla, y le di un beso rápido en la cara interna del muslo. Ella soltó una risa nerviosa, demasiado alta, y la señora de la sombrilla giró la cabeza hacia nosotros. Nos hicimos los inocentes, contuvimos la risa como dos adolescentes y nos metimos al agua a refrescarnos.
Cuando volvimos a las toallas serían las cuatro. El sol caía oblicuo y la mayoría de la gente ya se había ido. Fue entonces cuando me di cuenta de que el hombre de la autocaravana llevaba un buen rato sin quitarnos los ojos de encima. No de forma grosera. Más bien con una atención paciente, como quien observa algo que le interesa de verdad y no tiene prisa.
—Nos está mirando —le dije a Carla al oído.
—Ya lo sé —respondió ella sin volverse—. Hace rato.
Y en lugar de incomodarnos, aquello nos encendió. Seguimos tocándonos por encima de las toallas, sabiéndonos observados, alimentando el morbo de tener un testigo. Hasta que el hombre se levantó, se acercó con paso tranquilo y se detuvo a un par de metros, con una toalla al hombro y una sonrisa cordial.
—Buenas tardes —dijo—. Perdonad que os moleste.
—Buenas —contestamos los dos a la vez.
Se presentó como Octavio. Tendría unos sesenta y muchos, era ancho de espaldas, de pelo canoso y modales de otra época. Nos contó que viajaba solo en la autocaravana desde que había enviudado, que recorría la costa sin rumbo fijo y que llevaba dos noches aparcado en aquel pueblo. Le invitamos a sentarse. Mientras hablaba, sus ojos volvían una y otra vez a las piernas de Carla, a sus pies, a la curva de su cintura. Ella se dio cuenta, claro. Y cruzó las piernas muy despacio, regalándole la mirada.
—Os voy a confesar una cosa —dijo al cabo de un rato, bajando la voz—. Espero que no os lo toméis a mal.
—Dispara —dije yo, aunque el corazón ya me iba a otro ritmo.
—Os observo desde que llegasteis esta mañana. Y tu mujer me parece una de las mujeres más hermosas que he visto en mucho tiempo. Cuando antes habéis jugado en la arena... bueno. Me ha removido por dentro como hacía años que nada lo hacía.
Carla y yo nos miramos. Sabíamos que venía algo, y aun así me sorprendió la franqueza.
—No sé muy bien qué decir —murmuró ella, mordiéndose el labio.
—No pido nada que no queráis —continuó Octavio—. Me conformaría con poder mirarla. Verla un rato, sin la ropa de baño, y quizá besarle los pies. Nada más que eso, y siempre con tu marido delante para que veáis que soy un hombre de palabra. Os recompensaría por las molestias, por supuesto. A un viejo como yo ya solo le quedan los placeres pequeños.
***
Lo extraño no fue la propuesta. Lo extraño fue la facilidad con que la idea se nos metió dentro. Que un desconocido pusiera en voz alta justo lo que a mí más me gustaba —mirar a Carla, mostrarla, compartir el deseo que despertaba— me golpeó de lleno. Ella me buscó la mano por detrás de la toalla y me la apretó. Esa era su forma de decir que también lo deseaba.
—Solo mirar y los pies —dijo Carla, midiendo cada palabra—. Y Damián se queda conmigo todo el tiempo.
—Todo el tiempo —repitió Octavio, llevándose una mano al pecho—. Tenéis mi palabra. Si en algún momento queréis parar, paramos. La caravana está ahí mismo, estaremos más tranquilos que aquí.
Nos levantamos. El aparcamiento de tierra estaba ahora lleno de coches y había gente fuera, charlando, sacudiendo toallas. Cruzamos entre todos ellos con la respiración contenida, como si llevásemos escrito en la frente lo que íbamos a hacer. Nadie nos miró. Y sin embargo yo sentía cada paso como un pequeño abismo.
La autocaravana era amplia por dentro: un dormitorio al fondo, una cocina diminuta y un baño minúsculo. Octavio corrió las cortinillas y el interior quedó en una penumbra dorada, atravesada por las rendijas de luz. Sacó una cartera y dejó unos billetes sobre la mesa sin contarlos, como quien zanja un trámite incómodo para pasar a lo importante.
—Tenéis el baño ahí, por si queréis quitaros la arena —dijo—. Sin prisa.
Carla entró a darse un enjuague rápido. Salió con el pelo mojado pegado a los hombros y el bikini goteando, y mientras Octavio se aseaba a su vez, ella y yo nos quedamos solos en aquel espacio cerrado, besándonos como si el resto del mundo se hubiera apagado. La situación nos tenía a los dos al borde. Yo le mordía el cuello, ella me clavaba las uñas en la espalda, y ninguno hacía nada por bajar el fuego.
Cuando nos separamos, Octavio nos miraba desde el pasillo.
—Se nota que os queréis —dijo, sin asomo de burla—. Esa complicidad no se finge.
—Hacemos lo que podemos —contestó Carla, y se rió, y aquella risa rompió la última tensión que quedaba.
—¿Dónde me pongo? —preguntó.
—Sobre la cama, si te parece. No te quites las sandalias todavía. Y por favor, hazlo despacio. No tengo ninguna prisa.
***
Carla se subió a la cama y empezó a desatarse el bikini con una lentitud que yo no le conocía. Movía las caderas apenas, marcando un ritmo que solo ella oía, como si bailara para una música interior. Octavio se sentó en una banqueta a un par de pasos, sin acercarse aún, con las manos quietas sobre las rodillas y la mirada absorta. Yo me apoyé contra la pared, justo donde ella podía verme, y dejé que viera lo que me provocaba.
La parte de arriba cayó primero. Carla se tomó su tiempo, jugando con la tela antes de soltarla del todo. Después fue bajando hasta quedar de espaldas a él, arqueando la cintura, ofreciéndole la curva de la espalda y de las nalgas mientras se desprendía de la última prenda. Solo entonces Octavio se acercó. Le rozó el tobillo con la punta de los dedos, le quitó una sandalia y luego la otra, y le dejó un beso lento en el empeine.
—Llevo todo el día imaginando esto —murmuró contra su piel.
Ella me buscó con la mirada y me hizo un gesto. Me acerqué. Sin decir nada, me bajó el bañador y empezó a chupármela ahí mismo, despacio, mientras Octavio recorría sus pies con los labios, pasando de un tobillo al otro, deteniéndose en cada dedo con una devoción que daba casi ternura. Verla entregada a los dos —a mi placer y al deseo de aquel extraño— me tenía completamente fuera de mí.
—Os he visto antes en la arena —dijo Octavio con la voz ronca—. Me gustaría... ¿podría besarla un poco más? El resto de ella, quiero decir. Si tú estás de acuerdo.
Carla apartó la boca un segundo, me miró y asintió.
—Eso ya es otra cosa —dije yo, y la frase nos hizo reír a los tres, porque los dos sabíamos que el límite se estaba moviendo solo.
Ella se tumbó de costado y se giró hacia mí para seguir con lo suyo, mientras Octavio le subía los labios por la pierna sin prisa, centímetro a centímetro, perdiéndose entre sus muslos. La oí gemir contra mí, un sonido grave que le salía de muy adentro. Le pasé los dedos por el pelo mojado y la sentí temblar.
—Nunca me habían tratado con esta calma —jadeó ella en algún momento—. Como si tuvierais todo el tiempo del mundo.
—Lo tenemos —respondió Octavio.
Yo no aguantaba más. Verla disfrutar, oírla, saberme observado por aquel hombre que a su vez me observaba a mí mirar a mi mujer, era un círculo de morbo del que no quería salir. Carla volvió a buscarme con la boca y, poco después, se estremeció entera, agarrada a las sábanas, mordiéndose el labio para no gritar en aquel pueblo donde nadie la conocía. Octavio se apartó entonces y terminó por su cuenta, en silencio, con la cara hundida en el empeine de ella, como quien recibe el premio que llevaba toda la tarde esperando.
***
Después se hizo un silencio raro, ese momento en que la excitación se enfría de golpe y uno se da cuenta de dónde está y con quién. Pero Octavio lo manejó con una elegancia que desarmaba. Nos ofreció la ducha, agua fría, algo de beber. Recogimos nuestras cosas sin aspavientos. En la puerta nos estrechó la mano a los dos.
—Gracias —dijo, y lo dijo de verdad—. No por lo que pensáis. Por dejar entrar a un viejo en algo tan vuestro.
Volvimos a casa sin hablar apenas, las manos entrelazadas sobre el cambio de marchas. Esa noche lo recordamos de mil maneras, repitiéndonos al oído cada detalle hasta quedarnos sin aliento. Al día siguiente regresamos a la cala con la excusa de bañarnos, buscando con disimulo la autocaravana. Pero el espacio donde había estado aparcada estaba vacío, con dos surcos de neumático marcados en la tierra. Octavio se había ido, igual que había llegado, sin dejar más rastro que el de aquella tarde.
Han pasado los años y nunca volvimos a hacer nada parecido. No nos hizo falta. Con habernos visto una sola vez a través de los ojos de un desconocido, ya tuvimos suficiente para alimentar el deseo durante mucho tiempo. A veces, cuando estamos en la cama y queremos encendernos, basta con que uno de los dos diga «¿te acuerdas de aquel verano?». Y todo vuelve, intacto, como si la cortinilla de aquella caravana acabara de cerrarse otra vez.