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Relatos Ardientes

Lo que mi marido y yo hicimos en el balcón del bar

Cumplíamos cinco años juntos. No queríamos un restaurante con manteles blancos ni un viaje caro. Lo que queríamos Mateo y yo era exactamente lo que siempre nos había funcionado: música a media luz, un par de cervezas heladas y la complicidad de saber que la noche terminaría con nosotros desnudos en alguna parte.

Antes de salir, nos fumamos uno a medias en el balcón de nuestro departamento. Mateo me miraba mientras yo me terminaba de vestir frente al espejo. Le gustaba esa parte: verme elegir entre encajes y medias como si tuviera que convencer a alguien, cuando los dos sabíamos que iba a convencerlo a él.

Me puse una falda corta de cuero suave, medias caladas hasta medio muslo y un liguero negro. Por debajo, unas braguitas de seda blanca, demasiado pequeñas, que me marcaban los labios sin cubrirlos del todo. Era un detalle que solo yo conocía y que pensaba enseñarle más tarde, cuando el momento fuera el indicado. Bajo la falda, escondido en la parte interna del muslo, un tatuaje que él había aprendido a buscar con la boca antes que con los ojos.

Arriba me dejé puesta una blusa blanca, casi transparente, sin nada debajo. Tengo pezones grandes y, con el frío, se marcaban como dos botones oscuros que cualquiera podía adivinar a través de la tela. Entre los pechos, dos lunares simétricos que Mateo se sabía de memoria. El pelo suelto, sin maquillaje. Esa noche no necesitaba más.

Él se vistió rápido. Jean ajustado, camiseta azul oscuro, un aro pequeño en la oreja izquierda y los tatuajes asomando por debajo de las mangas. Era el tipo de hombre al que las chicas miran en el subte sin disimulo. Cuando se inclinó para atarse los cordones, vi cómo el bóxer se le marcaba bajo el pantalón, generoso, imposible de ignorar. Me sonrió como si me hubiera leído la mente.

—No me mires así —le dije.

—¿Así cómo?

—Así. Como si ya supieras cómo termina la noche.

Caminamos abrazados varias cuadras, riéndonos de cualquier cosa, con esa risa fácil que solamente da el porro y la sensación de que el mundo es nuestro. El viento se metía debajo de mi falda y me erizaba la piel. Cada vez que cruzábamos una esquina, Mateo bajaba la mano y me apretaba la cintura, o me daba un beso corto y se quedaba mirándome la boca.

Llegamos a un lugar que se llamaba Cisne Negro. Era un bar pequeño, mal iluminado, con paredes de ladrillo y una escalera angosta que subía a un balcón interior. Arriba había solo dos mesas y unas pocas sillas viejas, un par de velas en el centro y una vista lateral a la avenida. Olía a humo, a cerveza y a algo más sutil, algo así como el sudor de la gente que se había besado ahí antes que nosotros.

Subimos. La mesa del rincón estaba vacía, como si nos hubiera estado esperando. Desde ahí podíamos ver casi todo el balcón y, al mismo tiempo, quedar fuera del alcance de la luz. Sonaba un reggaetón viejo, lento, de esos pensados para mover las caderas en un solo lugar.

Pedimos dos cervezas y brindamos golpeando suave las jarras contra la mesa, sin separarlas del todo.

—Para que nunca nos falten ganas —dije.

—Para que nunca nos sobren modales —respondió, y se rió.

Yo ya tenía cosquillas en la entrepierna desde antes de subir las escaleras. El porro siempre me ponía así: la piel hipersensible, la lengua espesa, las ganas anticipándose a todo. Acerqué la silla a la suya, deslicé la mano por debajo de la mesa y le rocé el muslo. Mateo siguió hablando como si nada, pero le sentí el cambio en el pulso del brazo cuando le apreté un poco más arriba.

—¿Querés portarte mal? —me preguntó al oído.

No le contesté. Le metí la mano por debajo de la camiseta, le subí la tela hasta la mitad de la espalda, lo arañé despacio desde los riñones hasta los hombros. Él bajó la cabeza y me besó. Empezó suave, lento, pero a los pocos segundos su lengua cambió de ritmo, se hizo más insistente, me lamió el labio inferior y se deslizó hacia el cuello. Sentí los latidos de su garganta contra mi sien.

Su mano libre encontró el borde de mi falda y la levantó apenas. Después, los dedos, fríos por la cerveza, recorrieron el liguero, la banda elástica de la media, la piel desnuda del muslo y, por fin, el encaje de la braguita. Suspiré. Intenté no hacer ruido. Miré por encima de su hombro al resto del balcón.

Había solo otra mesa ocupada, del otro lado, con dos chicos discutiendo algo de fútbol. Más allá, un mozo que entraba y salía con bandejas, sin levantar la vista. Y, mucho más atrás, un señor solo en la barra mirando su teléfono. Nadie nos miraba directamente. Todavía.

—Sentate en la mesa —me dijo Mateo en voz baja.

Lo miré como si no hubiera escuchado bien.

—Acá no podemos —susurré, aunque ya estaba moviéndome.

—Acá nadie se va a animar a mirar de frente —contestó—. Pero alguno va a mirar de reojo.

Me sentí mal y bien al mismo tiempo. Es un cosquilleo raro, pensar que alguien podría darse vuelta justo en el momento equivocado. Que un mozo podría aparecer por la escalera y vernos así. Que esa otra pareja del fondo, si dejaban de discutir, podía darse cuenta de todo si se concentraba un poco.

Me senté en el borde de la mesa. Mateo se quedó parado entre mis piernas. Me bajó las medias hasta arriba de las rodillas, sin apuro, mirándome la cara. Después corrió la tela de la braguita hacia un lado y metió dos dedos. Me dio un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del balcón.

—Mirá para allá —me dijo.

Giré apenas la cabeza. La pareja del fondo seguía discutiendo. El señor de la barra había guardado el teléfono y miraba hacia la avenida. Pero el mozo, ese sí, había subido con dos jarras y se había detenido en mitad del balcón. Estaba lejos, en penumbra, pero estaba quieto. Mirándonos. O mirando en nuestra dirección, que para mí era lo mismo.

Sentí un golpe en el pecho. Pensé que iba a pedirme que parara, que iba a tener vergüenza, que iba a empujarlo. Pero lo que hice fue abrir un poco más las piernas. Mateo me lo notó enseguida. Movió los dedos más adentro y me besó con fuerza, y yo me dejé caer hacia atrás apoyándome en una mano, con la blusa pegada a los pezones y la cabeza ladeada hacia donde estaba el mozo.

Él seguía ahí. No avanzaba ni retrocedía. Después de unos segundos eternos bajó las jarras en la otra mesa, dijo algo que no escuché y se volvió hacia la escalera. Pero antes, te juro, antes de bajar el primer escalón, miró otra vez. Y esa segunda mirada fue distinta. Esa segunda mirada me hizo cerrar los ojos y arquearme contra los dedos de mi marido.

—Acá no —dijo Mateo de pronto.

Por un segundo no entendí. Después miré hacia donde miraba él. A nuestra derecha, casi escondido entre la pared y un perchero, había un pasillo corto que terminaba en los baños. Estaba más oscuro que el resto del balcón. Más íntimo. Lo justo y necesario.

Me bajé de la mesa, me acomodé la falda con una mano y caminé delante de él. Sentía la mirada de la otra pareja en la espalda. Sentía la idea del mozo en alguna parte de la planta baja. Sentía que si me daba vuelta, todo iba a derrumbarse, y al mismo tiempo no me importaba en absoluto.

En el pasillo me apoyó contra la pared. Me agarró del pelo con una mano, no fuerte, lo justo para inclinarme la cabeza hacia atrás, y con la otra me apretó el cuello. No me ahogaba. Solo me hacía sentir que podía hacerlo. Esa diferencia, la que hay entre poder y no querer, siempre me había vuelto loca.

—¿Quién te dijo que te pusieras esas bragas? —me preguntó.

—Vos —contesté en un hilo.

—Bien.

Le bajé el cierre del jean despacio. Lo tenía durísimo, caliente, listo. Le pasé la mano de la base a la punta, apreté un poco, le hice gemir entre dientes. Me dio vuelta sin decir nada. Quedé de cara a la pared, con la falda subida hasta la cintura y las nalgas frías contra él. Se apoyó contra mí y me hizo sentir todo el peso de su erección entre los glúteos.

—Por atrás —le dije.

Lo miré por sobre el hombro. Mateo no preguntó nada. Sabía que esa noche estaba en otra parte. Hizo un poco de saliva en los dedos y me preparó con paciencia, primero uno, después dos. Yo apretaba la frente contra la pared y respiraba hondo, escuchando la música del bar que llegaba apagada, sabiendo que cualquiera podía aparecer por el pasillo.

Cuando entró fue como aguantar la respiración bajo el agua. Me dolió al principio, lo justo, lo necesario. Después fue todo curva. Mateo se movía despacio, agarrándome de la cintura, y de a poco empezó a soltar la voz: me decía cosas que en otra situación me habrían incomodado, pero que esa noche me pusieron peor. Me llamó perra, me llamó suya, me preguntó si me gustaba que me mirara la gente. Le dije que sí. Le dije más. Le dije más fuerte. Le dije que no parara.

No paró hasta que terminó. Sentí cómo se vaciaba contra mí, cómo me chorreaba la espalda baja, las bragas que seguían corridas hacia un lado, la parte de adentro del muslo. Me temblaron las piernas. Tuve que apoyar las dos manos contra la pared para no caerme.

Nos quedamos así, pegados, respirando fuerte, sin decirnos nada durante un minuto largo. Después me dio vuelta, me besó en la boca con una ternura que parecía de otra escena distinta, y me ayudó a acomodarme la ropa.

Cuando volvimos a la mesa, las velas seguían encendidas como si nadie hubiera notado nada. La pareja del fondo se había ido. El mozo subió con dos cervezas más sin que las hubiéramos pedido, las dejó en silencio y, al darse vuelta, me miró un segundo. Solo un segundo. Pero esa mirada también me la guardé.

Brindamos otra vez, esta vez sin golpear la mesa. Mateo levantó la jarra y dijo:

—Feliz aniversario, amor.

Yo le sonreí con las piernas todavía temblando.

—Feliz aniversario —contesté—. Repetimos el año que viene.

Y los dos sabíamos que íbamos a repetirlo mucho antes.

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Comentarios (1)

Marcos_72

jajaja eso del balcon me mató, tremendo!! muy bueno

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