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Relatos Ardientes

Espié a mi marido por la cámara y no pude parar

Me llamo Carolina, tengo treinta y dos años y llevo diez de matrimonio con Andrés. Él tiene un año más que yo, se cuida en el gimnasio tres veces por semana y conserva ese cuerpo que me hizo decir que sí la primera noche que lo conocí. Si me hubieran dicho hace seis meses que terminaría así —sentada frente a una pantalla, masturbándome mientras lo veía con otra mujer—, me habría reído con desprecio. Y sin embargo aquí estoy, contándolo.

Las sospechas empezaron por su nueva asistente. Renata, veinticuatro años, contratada en marzo para llevar la administración del taller mecánico. Yo la había visto solo en fotos: tetas grandes que se le marcaban en cualquier blusa, cintura estrecha y un trasero levantado que parecía no responder a las leyes de la gravedad. Cuando Andrés mencionaba su nombre, lo decía con un tono que no usaba para nadie más del equipo.

Esa tarde de jueves debía quedarme hasta tarde en la consultoría. Había una reunión con un cliente importante de Querétaro, pero a última hora la pospusieron sin aviso. Me liberé tres horas antes de lo previsto. No le mandé mensaje a Andrés. Pensé que sería divertido sorprenderlo con la cena lista.

Estacioné frente a la cochera, no dentro. No sé por qué. Algo en el silencio de la casa me hizo pensar que no debía anunciar mi llegada. Bajé del coche, cerré la puerta con suavidad y entré por la puerta de servicio. La casa olía a un perfume que no era el mío.

—¿Andrés? —llamé, pero el sonido me salió flojo, como si yo misma estuviera intentando que no se escuchara.

Subí dos escalones y entonces los oí. Gemidos. De ella, claros, agudos, sin disimulo. Después la voz de él, más baja, diciéndole algo que no alcancé a distinguir. Venían del cuarto. De nuestro cuarto.

Me quedé parada en mitad de la escalera, con la mano en el barandal y el corazón latiéndome contra las costillas. Lo primero que pensé fue subir y abrir la puerta de un golpe. Lo segundo fue salir corriendo. Y lo tercero, el que ganó, fue recordar la aplicación.

***

Habíamos instalado cámaras de seguridad un año atrás, después de un intento de robo en el vecindario. Tres en la planta baja, una en el pasillo del segundo piso, una en el cuarto principal. Esa última la quiso él, no yo. Dijo que era por las joyas que guardábamos en la caja fuerte. Yo había olvidado que existía.

Saqué el teléfono y abrí la aplicación con dedos torpes. Tardé varios intentos en acertar la contraseña. Cuando por fin entré, busqué la cámara del cuarto y toqué el ícono. La imagen tardó unos segundos en cargar. Cuando lo hizo, contuve la respiración.

Renata estaba sobre él, montándolo. Las manos de Andrés le sujetaban las caderas con una posesión que yo recordaba de los primeros años, cuando todavía me las apretaba a mí. Ella se movía con ritmo, echando la cabeza hacia atrás, dejando que el pelo castaño le cayera por la espalda. La sábana estaba a un lado, arrugada. Las almohadas, en el piso.

Pensé que iba a llorar. No lloré.

Lo que sentí —y todavía me cuesta admitirlo— fue otra cosa. Un calor que me subió desde el vientre, una contracción tonta entre las piernas, una curiosidad que no debí permitirme. Me senté en el escalón, despacio, sin hacer ruido. Subí el volumen del teléfono al mínimo audible.

—Así, así, papi —decía ella—. Más fuerte.

Él no contestaba. Solo respiraba pesado, con los dientes apretados, mirándola con esa misma intensidad que un día me dedicaba a mí. Renata se inclinó hacia adelante, le pasó la lengua por el cuello, y yo apreté el muslo contra el escalón. Una corriente me atravesó. La aparté. Volvió.

Bajé las escaleras de puntillas y entré en el estudio del fondo, el único cuarto con cerradura. Cerré la puerta sin que el pestillo hiciera ruido. Conecté el teléfono al monitor por el cable que Andrés dejaba siempre en el escritorio. La imagen se proyectó grande, demasiado grande. Pude verle los lunares a ella en la base de la espalda. Pude verle a él la vena del cuello.

Y entonces, mientras él la levantaba en el aire y la apoyaba contra la pared sin sacársela, yo me bajé la falda hasta los tobillos.

***

No fue una decisión consciente. Fue un movimiento. Mi mano izquierda buscó el botón del pantalón, mi mano derecha ya estaba metida bajo el encaje de la ropa interior. Estaba mojada. Muy mojada. Más de lo que había estado en meses.

En la pantalla, Andrés la sostenía con un solo brazo bajo el muslo. Ella tenía la cabeza echada contra el yeso y gemía con la boca abierta, sin filtro. Las paredes de nuestra casa son delgadas, pero a esa hora no había vecinos. Nadie iba a escuchar a Renata más que yo.

Lo más extraño es que no la odiaba. Tampoco lo odiaba a él. Sentía algo más cercano a una fascinación, como si estuviera mirando una película que alguien había rodado pensando exactamente en lo que me excitaba. La sumisión de ella, la potencia de él, el atrevimiento de hacerlo en nuestra cama. Sobre todo eso. En nuestra cama.

Me masturbé despacio al principio, midiendo el ritmo del propio Andrés. Cuando él aceleraba, yo aceleraba. Cuando él se detenía para mirarla, yo me detenía y me concentraba en su cara. Era como tener sexo con él a través de la cámara, pero sin que él lo supiera. Una intimidad que solo me pertenecía a mí.

En cierto momento Renata se separó. Lo empujó con las dos manos contra el pecho y, cuando él salió de ella, le cayó al piso un chorro corto que dejó una mancha oscura sobre la duela. Me sorprendió. No sabía que las mujeres podían hacer eso. Yo no había hecho eso nunca.

—Estás loca —le dijo Andrés con una risa que era casi orgullo.

—Tú me pones loca, papi.

Volvió a metérsela. La giró, la puso en cucharita en el centro de la cama. Esa era nuestra postura. La que usábamos las noches cansadas, cuando uno de los dos no tenía fuerza para más. Verlo ahí, abrazándola por detrás como si fuera yo, fue lo que más me dolió. Y al mismo tiempo lo que más me prendió.

No usaba condón. Lo noté de inmediato, porque conmigo siempre lo usa. «No quiero que se nos vaya antes de tiempo», me dice. Mentira, pensé entonces. Sí quiere. Solo que no conmigo.

Aceleró. Renata se mordió la almohada, la nuestra. Andrés la apretó con fuerza contra su pecho y soltó un gruñido sordo, contenido. Lo conocía. Era el gruñido que soltaba cuando se vaciaba. Lo había hecho dentro de ella.

—Uff, papi —dijo ella, con la voz pastosa—, acabaste mucho.

—Contigo no puedo evitarlo.

—¿Te gusta más que con tu esposa?

Hubo un silencio. Yo dejé de moverme.

—En esto, sí.

***

En esto, sí.

Tres palabras. Me las repetí tres veces, cuatro veces. Esperaba que me devastaran. No me devastaron. Me hicieron acabar. Tan fuerte que me mordí el dorso de la mano para no gritar, y aun así se me escapó un quejido que rebotó en las paredes del estudio.

Tardé casi un minuto en respirar normal. La pantalla seguía proyectando. Renata se había abierto de piernas otra vez, le pedía más, y él, fiel a su orgullo de hombre, ya estaba metiéndosela de nuevo. Esta vez la masturbaba con la mano mientras la penetraba. Ella tuvo un orgasmo que la arqueó entera sobre el colchón.

Yo no quería más, pero seguí mirando. La hora se me iba en eso. En cierto punto él salió, se le subió encima, le apoyó la verga entre los pechos y empezó a moverse ahí. Renata sacó la lengua, esperando. Tardó poco. Cuando él se corrió, le pintó toda la cara y parte del pelo.

Se quedaron quietos un momento. Hablaron de algo que ya no escuché bien, porque la cámara tiene un audio mediocre. Después se metieron al baño. Yo apagué el monitor, recogí mi ropa del suelo y me vestí en silencio. Salí del estudio. Salí de la casa. Salí al coche.

Estuve en la cochera quince minutos, conteniendo la respiración. Después arranqué, di la vuelta a la manzana, volví a estacionar —esta vez frente a la entrada— y abrí la puerta principal haciendo ruido con las llaves.

—¡Ya llegué!

Andrés bajó las escaleras en bata, con el pelo todavía húmedo. Sonrió como sonríe siempre, con los ojos un poco rojos por el cansancio de fingir.

—Pensé que llegabas más tarde.

—Cancelaron la reunión —contesté, y me lancé a abrazarlo. Le olí el cuello. Le olí a ella.

Le propuse sexo. Le dije que tenía ganas. Él me apartó con cariño, fingió pena, dijo que estaba agotado del día. «Mañana, amor», prometió. Yo le sonreí y le dije que estaba bien.

Me metí a bañar. Mientras el agua corría, encontré pelos castaños pegados al jabón. Castaños, no negros como los míos. Los enjuagué uno a uno y los miré bajar por el desagüe.

***

Eso fue hace seis meses.

Desde entonces, miento. Le digo que tengo reuniones cuando no las tengo. Le digo que voy a cenar con mi hermana, que tomaré clases de yoga, que iré al cine con una amiga. Y vuelvo a casa antes, callada, y me siento en el estudio, y enciendo la cámara.

Renata ya casi vive aquí. Algunas veces traen vino. Otras veces ella se queda toda la tarde y solo desaparece minutos antes de que yo finja llegar. Una vez la vi limpiar la cocina con mi delantal. Casi me hizo gracia.

He aprendido cosas. Que mi marido tiene una resistencia que conmigo nunca usó. Que le gusta morderle a ella la parte interna del muslo. Que cuando le habla al oído, ella se ríe. Que él se ríe con ella de un modo que yo no recordaba.

Y he aprendido cosas sobre mí, también. He dejado de pedirle condón. Le he insinuado fantasías que antes me daban vergüenza y que ahora suelto sin pestañear. Una noche me hizo lo mismo que le hizo a Renata —de pie contra la pared— y mientras me lo hacía yo pensaba en ella, en cómo se le doblaba la rodilla, en cómo gemía con la boca abierta. Acabé como nunca.

A veces, viéndolos por la cámara, me pregunto si Renata sabe que yo sé. Tiene una sonrisa que a veces dirige al techo, justo donde está el ojo de la lente, como si supiera dónde apunta. Otras veces creo que solo es el ángulo.

Lo que sé con certeza es que no voy a echarlo. Y él, evidentemente, no va a renunciar a ella. Vivimos los tres en esta casa, aunque ella no duerma aquí.

Hace una semana pensé por primera vez en serle infiel yo también. No por venganza, sino por curiosidad. Si él disfruta tanto, debe haber algo que yo no estoy viendo desde este lado de la pantalla. Quizá necesito sentirlo. Quizá necesito que él me vea.

Todavía no sé si voy a hacerlo. Pero la idea ya no me suelta.

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Comentarios (4)

Maru_Salto

Que relato tan bueno!! me dejo pegada a la pantalla hasta el final, no pude soltar el celu

LectorFurtivo9

Y... como termino? necesito saber si hay segunda parte jaja la tension era insoportable

MirtaLectora_ok

Me recordo a algo parecido que vivi hace unos años. Esa mezcla de querer saber y al mismo tiempo no querer confirmar lo que ya sospechás... muy bien capturado

Romina_Lee

El morbo de ver sin ser vista, muy bien logrado. Felicitaciones

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