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Relatos Ardientes

Lo que vi en mi cuarto durante la final

Era domingo, día de la gran final de la Libertadores, y había convencido a un grupo de amigos para verla en mi casa. Cuatro tipos a los que conocía desde la facultad y mi novia, Camila. Las cervezas llevaban dos horas circulando antes del pitido inicial.

Camila apareció una hora antes del partido. Cuando le abrí la puerta, casi me quedo sin aire. Llevaba una camiseta de tirantes finos, un sostén casi invisible que dejaba adivinar el peso de los pechos, y unos jeans ajustados que le dibujaban las piernas hasta la rodilla. Tenía la piel morena, ese tono que se le ponía aún más oscuro después del verano, y el pelo recogido en una cola alta.

Nunca me había molestado cómo se vestía. Camila tenía un cuerpo trabajado en el gimnasio y una herencia de caderas anchas que pedía atención. Yo era de los que la presumían en silencio, contento de saber que la mujer que entraba en cualquier sitio levantando cabezas dormía cada noche en mi cama. Mis amigos la saludaron con la cortesía justa, aunque vi a más de uno tragar saliva cuando se inclinó a dejar la cartera sobre el sofá.

—¿Quieren picar algo? —preguntó ella desde la cocina, ajena al efecto que provocaba.

Empezó el partido. Y con el partido, las apuestas. Bruno fue el primero en proponerlo. Era el más alto del grupo, ancho de espaldas, con esa seguridad de macho callado que a las mujeres les funciona bien aunque ellas no quieran reconocerlo. Llevaba unas cuantas cervezas encima, igual que el resto.

—Una apuesta a ciegas —dijo—. El que pierda paga lo que el ganador pida.

—¿Sin saber el precio?

—Sin saberlo. Pacto de palabra.

Acepté sin pensar. Tenía una cerveza en la mano y un equipo favorito que iba ganando la final por dos goles. ¿Qué podía pedir él? ¿Que le pagara una cena? ¿Una caja de cervezas? Le di la mano y firmamos el pacto a la vista de los demás. Bruno me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario antes de soltarme.

A la media hora del primer tiempo, Camila se levantó del sofá frotándose la frente.

—Me dio una migraña —murmuró—. Voy a recostarme un rato.

—¿Subo contigo?

—No, mi amor, quédate viendo el partido. En diez minutos bajo.

Subió por la escalera y la perdí de vista. Volví al fútbol con una cierta culpa, pero Camila era de las que prefiere dormir el malestar a tener compañía. Diez minutos se transformaron en veinte. En el minuto setenta del partido mi equipo encajó un gol absurdo, y Bruno se levantó del sofá.

—Voy al baño.

El baño de planta baja estaba ocupado por otro de los chicos, así que le señalé el de arriba con un gesto. Vi la cabeza de Bruno desaparecer por el rellano. Nada en su cara me hizo pensar en lo que pasaría. Nada.

***

Pasaron veinte minutos. Veinticinco. Bruno no bajaba. Cuando mi equipo encajó el gol del empate, alguien preguntó dónde estaba. Subí las escaleras pensando que se habría descompuesto por las cervezas, y cuando llegué al pasillo entendí que pasaba otra cosa.

La puerta de mi habitación estaba entornada. No abierta del todo. Apenas una rendija de dos dedos. Y por esa rendija escapaba un sonido que reconocí antes de identificarlo: la respiración entrecortada de Camila.

Me acerqué despacio, sin pensar en lo que estaba haciendo. Apoyé la mano en el marco y miré.

Camila estaba en mi cama. No dormida. En cuatro, con la cara contra la almohada y el culo levantado al borde del colchón. Los jeans le colgaban a la altura de las rodillas y la camiseta se le había subido hasta los hombros. La luz del atardecer entraba por la persiana entornada y le dibujaba franjas anaranjadas sobre la espalda morena.

Detrás de ella, de rodillas en el suelo, estaba Bruno. Con las dos manos abiertas sobre las nalgas de Camila, separándoselas. Tenía la cara metida ahí, lamiendo, y cada vez que ella suspiraba, él le daba una palmada seca que sonaba como un disparo en el silencio de la habitación.

Tendría que haber entrado. Tendría que haber gritado, haberlo empujado, haber sacado a Camila del cuarto agarrada por el brazo. Pero no me moví. Me quedé pegado al marco, escondido en la sombra del pasillo, con el corazón golpeándome contra la garganta y una erección que se me había levantado sin que yo le diera permiso.

—Más fuerte —pidió ella, con una voz que no le había escuchado nunca.

Bruno se rio bajito. Le dio otra palmada y se enderezó. Vi cómo se desabrochaba el cinturón con una calma de hombre que sabe que tiene tiempo. Cuando se bajó el pantalón, entendí por qué Camila hablaba con esa voz.

La tenía mucho más grande que yo. No era cuestión de centímetros. Era de grosor. Se la sujetó con una mano, escupió en la palma para lubricarse, y la apuntó hacia ella con la otra. Camila levantó las caderas para encontrarlo a medio camino, sin que él tuviera que pedírselo.

—Despacito —murmuró Bruno.

No fue despacio. La penetró de un solo empujón, hasta el fondo, y Camila ahogó un grito mordiendo la almohada. Vi cómo se le tensaba la espalda, cómo los dedos se aferraban a las sábanas. La cama crujió bajo el peso de los dos. Y desde el pasillo, yo seguí mirando.

***

Lo que vino después duró siete u ocho minutos eternos. Bruno tenía un ritmo de hombre acostumbrado a tomarse su tiempo. Empujaba hasta el fondo, se quedaba allí un segundo, y volvía a empujar. Cada embestida levantaba un sonido húmedo, y Camila respondía con un quejido contenido, como si todavía recordara que la casa estaba llena de gente abajo.

—No te aguantes —le dijo Bruno con la voz ronca—. Aquí arriba nadie escucha nada.

Le agarró el pelo y le tiró de la cola hasta obligarla a levantar la cabeza. Camila gimió fuerte por primera vez. Bruno aceleró. El golpeteo seco de su pelvis contra las nalgas de ella se volvió constante, un metrónomo que ahogaba todo lo demás. Vi las piernas de Camila temblar, los dedos crisparse en la sábana. Y entonces escuché lo que nunca había escuchado en mi propia casa: a mi novia diciendo otro nombre.

—Así, Bruno, así, no pares.

Algo se me partió por dentro y al mismo tiempo se me endureció más. No entendía mi propio cuerpo. No entendía por qué seguía mirando en lugar de entrar a romperle la cara a aquel tipo. Solo sabía que no podía moverme. Que la rendija de la puerta era la frontera entre lo que yo era y lo que estaba descubriendo de mí.

Camila se vino primero. Lo supe por el quejido largo que se le escapó, por la manera en que las piernas le fallaron y Bruno tuvo que sostenerla por las caderas para que no se cayera. Cuando se recuperó, él la dio vuelta, la puso boca arriba en el borde de la cama, le abrió las piernas y volvió a entrar.

—Mírame —le ordenó.

Camila lo miró. Y mi novia, la que se reía de mis chistes flojos y dormía cada noche en mi pecho, le sonrió como si llevara meses esperándolo.

Bruno terminó dentro de ella. No dijo nada antes, no le preguntó nada. Empujó tres veces más, gruñó como un perro, y se quedó quieto con las dos manos hundidas en las caderas de Camila. Vi cómo se vaciaba en ella, cómo el cuerpo se le tensaba, cómo después se desplomaba un instante sobre su pecho antes de levantarse.

Antes de que Bruno saliera de la cama, retrocedí por el pasillo y bajé la escalera de dos en dos, lo más silencioso que pude. Volví al sofá con la cara roja, las manos temblando, y me senté a ver el final del partido como si no hubiera pasado nada.

Bruno bajó cinco minutos después. Se sirvió otra cerveza. Me palmeó el hombro al pasar.

—Tu casa es de las cómodas —dijo, y se rio bajito sin mirarme a los ojos.

Mi equipo perdió la final por penales. Pagué la primera ronda en silencio.

***

Hubo un silencio extraño entre Camila y yo durante toda la semana siguiente. Yo no le dije que la había visto. Ella no me dijo nada. Lo hacíamos por las noches con una intensidad nueva, como si los dos supiéramos algo que no estábamos dispuestos a verbalizar. Cada vez que la tenía debajo, pensaba en él. En la manera en que ella le había levantado las caderas sin que él se lo pidiera. Y por algún motivo que no me atrevía a nombrar, esa imagen no me hacía perder la erección. Me la endurecía más.

El sábado siguiente, Bruno tocó el timbre.

—Vengo a cobrar la apuesta —dijo desde el umbral.

Lo dejé pasar. Camila estaba en el sofá, descalza, con un short corto y una camiseta de tirantes. Cuando lo vio, no se sorprendió. Se quedó muy quieta, como un animal que reconoce a un depredador y decide no correr.

Bruno se sentó frente a ella. Yo me quedé de pie, en el marco del salón, sin saber muy bien dónde poner los ojos.

—Dile lo que me debes —me ordenó él, sin mirarme.

Tragué saliva. Tenía la garganta seca y un nudo en el pecho que no terminaba de aflojar.

—Cóbrate con lo que quieras.

Bruno sonrió. Se desabrochó el pantalón ahí mismo, en el sofá del salón, sin teatralidad. Se bajó el cierre y se la sacó. Camila no se movió. Solo lo miró y después me miró a mí, esperando una señal que los dos sabíamos que yo iba a dar.

—Si lo quieres hacer, hazlo —murmuré.

Camila se arrodilló entre las piernas de Bruno como si llevara toda la vida haciéndolo. Le pasó la lengua desde la base hasta la punta, despacio, sin apuro. Le besó los testículos, uno por uno, y se los lamió con una paciencia que nunca había tenido conmigo. Bruno le agarró el pelo de la nuca con una mano, le puso la otra en la mejilla, y empezó a guiarle el ritmo.

Yo me senté en el sillón de enfrente. No me toqué. No hizo falta. La sola imagen de mi novia con la cara enterrada en aquella verga, con los ojos cerrados y las mejillas hundidas cada vez que tragaba, fue suficiente. Esta vez no había rendija ni penumbra. Esta vez estaba a tres metros, con la luz del atardecer entrando de lleno por la ventana, y nadie me obligaba a quedarme.

Pero me quedé. Y esa fue la peor parte, y también la mejor.

Bruno aguantó menos esta vez. Cuando estuvo cerca, le tiró del pelo hacia atrás, se puso de pie, y empezó a correrse en la cara de Camila desde arriba. Chorros largos, blancos, que le cayeron en los ojos, en la boca abierta, en el mentón. Ella sacó la lengua para recoger lo que pudo. Cuando Bruno terminó, le acarició la cara con la punta del pene y se la limpió en los labios.

Camila abrió los ojos. Me miró con la cara todavía manchada.

—¿Estás bien? —me preguntó.

Asentí. No sabía qué otra cosa hacer.

Bruno se subió el pantalón, agarró su chaqueta del respaldo del sillón y se fue sin despedirse. Camila se quedó arrodillada un segundo más, respirando hondo. Después se levantó, fue al baño, y se lavó la cara como si nada.

Esa noche lo hicimos como si fuéramos otras dos personas. Yo encima de ella, mirándole los ojos, intentando reconocer algo que ya no estaba del todo ahí.

La apuesta todavía la sigo pagando, pensé después en la oscuridad del cuarto. Y no estoy seguro de querer que termine.

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Comentarios (1)

Maxi_3009

Que bueno!!! me quede pegado hasta el final

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