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Relatos Ardientes

Aquella noche mi vecina olvidó bajar las persianas

Aquella historia ocurrió hace muchos años, durante mi tercer año de universidad. Vivía solo en un complejo residencial de las afueras, una de esas urbanizaciones que se levantaron de la nada en los noventa: dos filas paralelas de edificios bajos separadas por un patio interior con eucaliptos y una piscina que casi nadie usaba. Mi departamento daba al patio, tercer piso, y desde la ventana de mi habitación podía ver perfectamente las ventanas del bloque de enfrente.

Nunca llegué a saber su nombre. La llamaré Camila. La había visto varias veces en la facultad, normalmente en la cafetería con un libro abierto sobre la mesa y un café que se le enfriaba. Era de cursos avanzados, eso lo sabía. Llevaba el pelo oscuro recogido en una cola alta, gafas grandes que se subía constantemente con un gesto distraído, y una manera de caminar firme, sin prisa, como si la facultad entera le perteneciera. Yo apenas había cruzado dos palabras con ella, en una fila para fotocopias, y todavía recordaba el tono ronco con el que me había dicho gracias.

Esa noche de viernes hacía un calor insoportable. El verano había llegado de golpe y el ventilador de techo no daba abasto. Era pasada la una de la madrugada y llevaba más de una hora dando vueltas en la cama. Al final me rendí, me levanté en calzoncillos y abrí la ventana de par en par. El aire que entró seguía siendo tibio, pero al menos se movía.

Y entonces la vi.

En el edificio de enfrente, planta baja, una luz amarillenta dibujaba el interior de un salón. Las persianas estaban completamente subidas. Ni siquiera había una cortina de tul que disimulara nada. Camila estaba allí, tumbada en un sofá granate, completamente desnuda.

Al principio pensé que dormía. La cabeza ligeramente echada hacia atrás, un brazo colgando del borde del sofá, la otra mano apoyada con descuido sobre el vientre. Una pierna en el suelo, la otra estirada a lo largo del cojín. Tuve que apartarme medio paso de la ventana, porque por un instante creí que ella iba a abrir los ojos y descubrirme. No abrió nada.

Me quedé mirándola, intentando decidir si estaba bien. Borracha, probablemente. Había una botella sobre la mesa baja y, al lado, dos copas. La pista de que no estaba sola me golpeó solo entonces, y antes de que terminara de procesarla, vi al hombre.

Salió del fondo del salón, también desnudo, con una toalla pequeña en la mano. Era flaco, alto, llevaba el pelo corto. Estaba de espaldas a mí, así que nunca le vi la cara; pero por su manera de moverse, por la falta de torpeza, supe que no era la primera vez que entraba en ese departamento.

Tendría que haber cerrado la ventana. Tendría que haber retrocedido, apagado la luz de mi cuarto, hecho cualquier otra cosa. Lo pensé, lo juro. Pero no me moví.

Hasta esa noche, mi educación sexual se reducía a unas pocas revistas dobladas bajo el colchón y algún VHS prestado entre amigos. Nunca había visto un cuerpo de verdad, vivo, real, sin la distancia higiénica de una pantalla. Y de pronto tenía delante esto: una mujer que hasta entonces yo había considerado curvilínea, casi voluminosa por la manera en que se vestía, y que ahora, desnuda bajo la luz directa del salón, era completamente otra cosa. La cintura era estrecha, el vientre plano, las piernas largas y firmes. Ancha de caderas y de pecho, sí, pero todo en proporción, todo dispuesto con una geometría que en la facultad pasaba desapercibida bajo los jerseys anchos.

El hombre se sentó en el borde del sofá. Le pasó la mano por el costado, despacio, desde el hombro hasta la cadera, y Camila reaccionó por fin. No abrió los ojos, pero giró apenas la cabeza y soltó un suspiro que adiviné más que oí. La mano del hombre subió hasta su pecho, lo cubrió entero, lo soltó. Bajó hacia el vientre. Y entonces le rodeó la rodilla de la pierna estirada y la empujó con suavidad hacia el respaldo del sofá.

Entendí lo que iba a ocurrir un segundo antes de que ocurriera. Me apoyé en el marco de la ventana con la mano izquierda y dejé caer la derecha. No fue una decisión consciente. Mi cuerpo se adelantó al pudor.

El hombre acarició la cara interna del muslo, despacio, como dibujando un camino. Bajó la cabeza. La hundió entre las piernas de ella. Yo no podía ver lo que hacía exactamente, pero sí veía la espalda de él subiendo y bajando con un ritmo lento, y veía la mano de Camila buscando a tientas el pelo del hombre, agarrándolo, soltándolo, agarrándolo otra vez.

***

Yo nunca le había hecho eso a ninguna chica. Ni siquiera me había atrevido a pensarlo en serio. Las pocas veces que había estado con alguien, en el asiento trasero de un coche o en una cama prestada, todo había sido rápido y torpe, casi un trámite. Lo que estaba viendo ahora era otro idioma. Era una gramática completamente nueva, y yo estaba aprendiendo a leerla desde el otro lado de un patio.

Camila empezó a moverse. Primero solo las caderas, un balanceo apenas perceptible. Luego la otra pierna, la que tenía en el suelo, también subió al sofá, y entonces se abrió por completo. El hombre seguía abajo. Vi el momento exacto en que ella echó la cabeza hacia atrás y arqueó el cuello. No oí nada todavía, pero supe que había hecho algún sonido, porque el hombre levantó la cara, le dijo algo, y volvió a bajar.

Mi mano se movía sola. Tenía la frente apoyada en el cristal de la ventana, también abierto a medias para que el aire entrara, y notaba el sudor bajándome por la sien. No me atrevía a apartar la mirada ni un segundo, como si pudiera perderme una palabra del idioma nuevo.

Después de un rato larguísimo, el hombre se incorporó. Le dijo algo a Camila. Ella le respondió levantando los brazos hacia él, una invitación inequívoca. Él se acomodó encima, apoyando una rodilla entre las piernas de ella y luego la otra. Vi cómo se ajustaba con una mano. No vi ningún preservativo, y eso me pareció, incluso entonces, una imprudencia. Pero a aquella hora, en aquel salón, las imprudencias parecían formar parte del repertorio.

Entró despacio. Lo supe por la manera en que Camila contuvo el aire y soltó un quejido sordo, distinto a los anteriores. Por la manera en que él se quedó quieto unos segundos, sosteniéndose sobre los brazos, antes de empezar a moverse. Al principio fue todo de él, embestidas cortas y controladas. Después, poco a poco, ella se sumó. Las caderas de Camila empezaron a responder, primero con timidez, luego con una franqueza que me hizo soltar un jadeo contra el cristal.

Aumentaron la velocidad. Él se apoyó mejor; ella subió las dos manos al trasero de él y lo apretó. La luz del salón le dibujaba a Camila una sombra preciosa en la curva del costado. Yo seguía con la mirada cada empujón, cada movimiento de ella respondiendo al de él, y mi propio cuerpo iba en paralelo, aprendiendo el compás.

***

En algún momento Camila levantó las dos piernas al aire. Las cruzó alrededor de la cintura del hombre, como si quisiera retenerlo, sincronizarse con él. Después las soltó. Las volvió a estirar hacia arriba, separadas, los pies apuntando al techo. Empezó a abrir y cerrar los dedos de los pies en un ritmo que no parecía controlar, y fue entonces cuando, gracias a la ventana abierta, llegó hasta mí el primer sonido nítido de la noche: un gemido largo, abierto, que cruzó el patio como si nada lo separara de mi habitación.

Me mordí el labio para no responder con otro. Sentí que me faltaba el aire, que el patio entero se había encogido al tamaño de aquella ventana. No me importó que el sonido pudiera oírse también en otros pisos. No me importó nada.

El hombre embistió más fuerte. Más rápido. Camila empezó a soltar gritos uno detrás de otro, cortos, casi enfadados, como si el placer le ofendiera por exigirle tanto. Y entonces ella encogió los dedos de los pies hasta hacer un puño con ellos, le clavó los talones en la espalda, y soltó un alarido más largo que cualquiera de los anteriores.

El hombre arqueó la espalda. Se quedó quieto un instante, en una postura imposible, y después se desplomó sobre ella. Mi propio cuerpo respondió en el mismo segundo. Tuve que apoyarme con las dos manos en el marco de la ventana para no caerme. La frente contra el cristal. El corazón saliéndose. La respiración hecha pedazos.

Tardé en volver a respirar normal. Camila acariciaba la nuca del hombre con una mano floja. Él tardó también en levantarse. Cuando lo hizo, le dio un beso en algún sitio que yo no alcancé a ver y, sin vestirse, caminó descalzo hacia la pared del fondo. Pasó delante de la lámpara y la apagó.

El salón se quedó a oscuras.

***

Me retiré despacio de la ventana. No la cerré. Me senté en el borde de mi cama un rato largo, con la espalda mojada y las manos temblando, intentando entender lo que acababa de pasar. La pregunta no era lo que había visto. La pregunta era qué había hecho yo con eso. Y la respuesta, esa noche, me incomodaba menos de lo que esperaba.

Volví a coincidir con Camila un par de veces en la facultad durante los meses siguientes. Una mañana en la cafetería, otra tarde en la biblioteca. Las dos veces me miró con la misma neutralidad cortés de siempre. Las dos veces le sostuve la mirada como si nada y le devolví un saludo educado. Nunca llegamos a hablar más allá de aquel gracias en la fila de las fotocopias.

Aquel verano me mudé al final del curso siguiente y nunca volví a vivir frente a una ventana así, abierta sobre la intimidad de otros sin que nadie supiera. Pero la lección, si es que aquello fue una lección, se quedó conmigo: descubrí esa noche que mirar puede ser un acto entero, completo, capaz de sostenerse por sí mismo. No necesité repetirlo para saber que el voyerismo, cuando se cruza con el azar y la oscuridad correcta, es una forma de placer tan precisa como cualquier otra.

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Comentarios (5)

motero1978

Que relato mas bueno, me tuvo en vilo de principio a fin. Bravo!

Vigilante82

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber que pasa despues. Muy bien escrito.

ElChuscoLector

Me recordo a una situacion parecida que tuve de joven, aunque nada tan interesante jajaja. Muy bien narrado.

FanaticoDeLaNoche

El morbo esta muy bien manejado, nada burdo. Justo la dosis que hace que no puedas parar de leer.

NocturnoArgento

increible!!! sigue subiendo relatos asi

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