La apuesta que me obligó a enseñar más de la cuenta
Las últimas semanas fueron un infierno y mi mejor manera de salir adelante fue dejarme ayudar. Después de meses sin trabajo y de una ruptura que me dejó sin ganas de levantarme de la cama, un amigo de toda la vida decidió que ya bastaba de hundirme. Sin pedirme permiso, pagó tres meses de gimnasio y empezó a pasar por mí todos los días al mismo horario.
—No te estoy haciendo un favor —me dijo el primer lunes, mientras me arrastraba al coche—. Te estoy poniendo en deuda. Después me la cobro.
Me reí por primera vez en semanas y subí al coche sin discutir.
El domingo, después de un mes así, me anunció que cambiaríamos de rutina. Quería que metiéramos más peso en pierna y glúteo, esa zona de mi cuerpo que siempre había sido la asignatura pendiente. Además llegó con bolsas del supermercado y me puso a dieta: pollo a la plancha, batidos verdes, nada de pan. Le dije que no podía con las dos cosas al mismo tiempo, que llevaba muy poco tiempo entrenando y nunca había hecho dieta, que me iba a descompensar.
—Si quieres ponerte buena, aguántate —me dijo—. Gorda y sin nalgas no vas a conseguir trabajo. Por algo no te llaman de las entrevistas.
Me dolió. Y eso que él me conoce desde hace años y sabe que a veces insultarme es la única forma de despertarme. Le aguanté la mirada un segundo, respiré hondo y le contesté que lo intentaría pero que no me hablara así. Algo en mi cara debió impresionarlo, porque cambió de táctica y me ofreció una apuesta.
—Si aguantas la rutina completa y la dieta de un mes sin quejarte ni una vez, te pago seis meses más de gimnasio y la comida del primer mes. Si te quejas aunque sea una vez, vas el viernes a esa entrevista que tienes sin sujetador y con una tanga que se te marque en el pantalón.
—Estás loco —le dije.
—Aceptas o se acabó el entrenamiento.
Me pegó en el orgullo. No tanto por el gimnasio, sino por la idea de que pensara que iba a aflojar. Le di la mano y quedamos para el lunes.
No iba a ser tan difícil. ¿O sí?
***
El lunes llegó por mí a la hora de siempre. Había comido dos horas antes y me sentía con energía, mientras en el camino me iba enumerando los ejercicios: ocho movimientos enfocados en femoral y glúteo, más cardio al final. Solo de escucharlo ya me dolía el cuerpo.
Aguanté cuatro ejercicios sin abrir la boca. Sentadillas con barra, peso muerto rumano, hip thrust, patadas en polea. Al quinto, la sentadilla búlgara, todo se vino abajo. Estaba empapada de sudor, las piernas me temblaban y empezaba a ver borroso en los bordes. Hice la última serie a duras penas y me dejé caer en la alfombra.
—Déjame respirar —le dije con los ojos cerrados.
—¿Te acuerdas de la apuesta?
—Veo borroso. En serio.
Me miró un instante y aflojó el tono. Que era normal, que me levantara despacio. Pero ya no podía. Le dije que no podía más, y lo dije con voz de niña chica. Él me preguntó si daba la apuesta por perdida y yo, sin pensarlo, contesté que sí. Solo quería tirarme y morirme un rato.
Me dejó descansar diez minutos. Después quitó dos ejercicios y completé los seis que quedaban más el cardio. Salimos del gimnasio sin mirarnos.
En el coche, de camino a casa, rompió el silencio.
—De verdad pensé que lo ibas a intentar de otra manera. Pero la apuesta es la apuesta.
—Está bien. Voy.
—Te llevo yo el viernes. Así te ahorras el transporte y yo me aseguro de que cumples.
No me hizo gracia, pero tenía razón. Llegamos a mi casa, me bajé sin decir gran cosa y subí a meterme en la ducha sintiéndome como un personaje de dibujo animado al que le habían pasado por encima.
***
El martes me quería morir. Caminaba como un Bambi recién nacido: las piernas no me respondían y las nalgas me ardían con cada paso. Aun así, a la hora de siempre, mi amigo apareció en la puerta. Traía una bolsa de papel madera en la mano y me la entregó sin saludar.
—Te traje esto para el viernes. Déjala adentro y vámonos.
Entré a mi habitación y le di un vistazo rápido al contenido. Tres tangas negras, una encima de la otra, perfectamente dobladas. No revisé más porque él estaba en la puerta marcando el reloj con el pie.
Camino al gimnasio, le pregunté por qué me había llevado eso.
—Porque por lo que vi, no usas tangas. Solo calzones normales.
—¿Y tú qué andas mirando?
—Tengo que mirar que hagas bien los ejercicios. No te creas tan importante. Pero ahí lo noto, siempre se te marcan las costuras del calzón. Y la apuesta es esa: que se te marque la tanga. Cuando volvamos elegimos cuál usas.
Me quedé pensando cómo reclamarle. La idea de modelarle ropa interior no me terminaba de cerrar. Pero también pensé que el viernes me iba a ver con esa misma tanga marcada, así que a esas alturas daba lo mismo. Le dije que estaba bien y entré al gimnasio sin discutir.
Ese día tocó pecho y brazo. Cada quien con su peso. Salimos dos horas más tarde y, ya en el coche, empezó a preguntarme qué ropa formal tenía. Le hablé de un blazer negro, de una blusa blanca que solo me había puesto una vez y de un pantalón de vestir negro que se me pegaba demasiado. Iba haciendo un mapa mental.
—Ese pantalón. Buenísimo —dijo, y golpeó el volante—. La tela fina hace que se te marque hasta el aire que tengas debajo.
***
Cuando llegamos a casa solo estaba mi mamá. Le avisé que iba a estar en mi cuarto con él y subimos. Mis hijos no iban a llegar hasta tres horas más tarde, así que teníamos margen.
Saqué los tres atuendos del armario y, antes de que dijera nada, elegimos el pantalón negro y la blusa blanca acanalada de manga corta. Lo que más me incomodaba no era el pantalón, era la blusa. Sin sujetador iba a ser obvio que se me marcaban los pezones. Por suerte llevaba el blazer encima, que cubría el frente y me dejaba un margen para respirar.
Pasamos a la parte de las tangas. Las tres eran negras, pero distintas. La primera, completamente de hilo, con una cadenita metálica en la cinta trasera. La segunda, un triángulo de encaje en la parte de atrás. La tercera, la que él miraba con algo de orgullo, era la más rara: por delante una especie de mariposa de doble listón que dejaba los labios al descubierto, y por detrás un triangulito con un moñito en la parte alta.
Me encerré en el baño con el pantalón, la blusa y las tres tangas. Probé la primera. La cadenita se notaba demasiado. La segunda dejaba un bulto incómodo justo en la mitad de las nalgas. La tercera, en cambio, se marcaba perfecto: la línea fina del moño dibujaba un trazo apenas insinuado en medio del pantalón. Me miré en el espejo del baño un rato largo. Era yo, pero no del todo.
Salí a la habitación y mi amigo soltó un silbido bajo, de esos que más que halago son comprobación.
—Date una vuelta.
Le hice caso. Me sentía absurda y al mismo tiempo, qué sé yo, distinta. Me dijo que la apuesta había sido un regalo, que el ejercicio empezaba a hacer efecto y que ese pantalón ya no me apretaba en la cintura como antes. Tomó mi teléfono y me sacó una foto, solo de la espalda, para que viera por qué insistía con esa tanga.
Cuando vi la foto entendí. La línea del moño se leía clarísima, dibujando dos triángulos en medio de las nalgas. Nunca había pensado realmente en cómo se marcaba la ropa interior debajo de la ropa. Pero, contra todo lo que esperaba, me gustó cómo se veía.
—Abre el blazer.
Lo abrí. La blusa blanca le devolvía a cualquiera la silueta exacta de mis pezones. Él no apartó la mirada. No fue una mirada lasciva, fue una mirada larga, como si estuviera midiendo algo. Le dije que me dejara cambiarme y se fue al pasillo. Salí del baño con la ropa del gimnasio puesta. Lo único que no me quité fue la tanga: era más rápido y a esa altura no tenía sentido pelearme con la idea de andar con un cordón entre las nalgas. Lo despedí en la puerta y le dije que nos veríamos al día siguiente.
***
Los días siguientes pasaron sin nada que valga la pena contar. Gimnasio, comida sin sal, dormir mal, repetir. El jueves a la noche dejé el conjunto colgado en una percha al lado de la puerta. La tanga, la blusa blanca, el pantalón negro, el blazer encima, los zapatos en el piso. Me quedé un rato mirando todo eso como si fuera el uniforme de otra persona.
El viernes llegó. El clima de la semana había estado fresco y aproveché para ponerme un abrigo largo encima del conjunto antes de salir. Cuando bajé y entré al coche, mi amigo me miró con una ceja levantada.
—Ese no era el trato.
—Fue para salir de casa sin que mi mamá me preguntara nada.
Me abrí el abrigo lo justo para mostrarle la tanga marcada en el pantalón y la blusa sin nada debajo. Cerró la boca y arrancó el coche.
—¿Sin sujetador, en serio?
—Siempre cumplo mis apuestas.
Me abrí también el blazer. Mis pezones se marcaban con claridad bajo la blusa. Él soltó una risa nerviosa, miró al frente, y un segundo después me dijo que bajara el espejo del parasol y me viera.
Lo hice. Con la luz del sol entrando de costado, la blusa se transparentaba más de lo que había calculado. No era opacidad blanca: era un velo. Le cerré el blazer de golpe.
—Ni loca me abro el blazer adentro.
—Como quieras.
***
Llegamos al edificio. Me quité el abrigo dentro del coche, lo dejé en el asiento y bajé como si estuviera saltando a una pileta helada. Apenas pisé la vereda, sentí las miradas. Dos señores fumando en la puerta giraron la cabeza al mismo tiempo. Un repartidor frenó la bicicleta sin querer. Me dije que era cosa mía, que nadie me estaba mirando, pero el ascensor me confirmó lo contrario: en el espejo, hasta con el blazer cerrado, los pezones se me marcaban por el frío. La tela no llegaba a aplanarlos del todo.
Me sequé las manos en el pantalón y respiré.
Esperé en una salita unos diez minutos. De la sala contigua salió una chica de unos veinticuatro años, despampanante, vestido cortito, escote, todo prolijo, todo armado. Por un momento pensé en darme la vuelta y volver al coche. Pero ya estaba ahí. Y la apuesta era la apuesta.
Me llamaron. Entré a una sala con dos hombres detrás de una mesa larga. Uno tendría mi edad, el otro algunos años más. Me senté. Empezaron a hacerme las preguntas de siempre: estudios, experiencia, cuánto tiempo había estado sin trabajo, qué expectativas tenía. Yo respondía mirando a los dos por igual, pero el mayor no me sacaba la vista del pecho.
No exagero. Cada vez que yo bajaba la mirada al currículum, él levantaba la suya y la fijaba justo ahí. Cada vez que yo respondía algo, la deslizaba apenas y volvía. Los nervios me jugaron en contra: sentí que se me endurecían los pezones, y ahí me di cuenta de que, blazer o no, se notaban. Dos puntas marcadas que no había manera de disimular.
No los mires. No bajes la cabeza. Habla.
Terminó la entrevista. Me dijeron que tenían que entrevistar a algunas personas más y que si quedaba en la terna, me llamarían la próxima semana. Se levantaron los dos para despedirme. El que no me sacaba la vista se acercó más de lo razonable y me dio un beso en la mejilla. Sentí la nariz contra mi pelo. Al separarse, su mirada bajó otra vez al pecho, esta vez sin disimulo.
Me di la vuelta para irme y, antes de cerrar la puerta detrás de mí, escuché un silbido apenas audible. No tengo dudas: fue al verme la tanga marcada por debajo del pantalón.
***
Bajé al coche con la cara ardiendo. Me sentía expuesta, ridícula y al mismo tiempo, no sé cómo explicarlo, despierta. Cuando subí, mi amigo me preguntó cómo había salido.
—Bien. Creo.
—¿Y por qué traes los pezones duros?
Antes de que pudiera contestarle, el muy estúpido estiró la mano y me pellizcó uno por encima de la blusa. Mi reacción fue automática: le di una cachetada que sonó en todo el coche. Él se rio. No de mí: por reflejo, como quien admite una derrota deportiva.
—Me la gané. Pero no me digas que no te lo veías venir.
—Vámonos.
Me puse el abrigo. En el camino casi no hablamos. Le conté algunos detalles sueltos, lo del señor que no apartaba la mirada, el silbido en la puerta, la chica del vestido cortito. Él iba manejando con esa sonrisa rara que tienen los que ganan apuestas que no eran del todo suyas.
Cuando llegó a mi casa, me bajé del coche, me planté en la vereda y me abrí el abrigo y el blazer una última vez. La blusa transparentaba con la luz de la tarde y los pezones se me marcaban como dos faros.
—Apuesta pagada —le dije.
Cerró la boca, asintió y arrancó.
***
Esa misma noche, ya cambiada y con los chicos cenando en la cocina, le mandé un mensaje. Que pasara por mí el lunes para el gimnasio. Me contestó rapidísimo. «Sí, paso. Pero ponte una de las tangas. Las tres son tuyas».
Me quedé mirando el mensaje un rato largo, mordiéndome el labio.
Lo voy a pensar.
Le contesté justo eso y dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa, sabiendo que el lunes iba a llegar más rápido de lo que me convenía.