Sabía que la cámara del probador me estaba grabando
Hay un secreto que nunca le he contado a nadie y que probablemente nunca contaré, salvo aquí. Empecé a escribirlo casi como terapia, porque cargar con esto sola, en silencio, terminó pesándome más que los cuarenta kilos que dejé atrás cuando decidí cambiarme la vida.
De niña fui esa chica que nadie miraba. La gorda del salón, la del recreo en una esquina, la que sobraba siempre. Pasé toda la secundaria sin que un solo chico me dijera bonita y entré a la universidad convencida de que el cuerpo con el que había nacido era una sentencia. Hasta que un verano, sin esperar gran cosa, me apunté al gimnasio del barrio. Pensé que iba a aguantar un mes. Aguanté tres años.
Tres años después tenía un cuerpo distinto. No solo más delgada: era otra persona. Cintura marcada, muslos firmes, abdomen plano, pechos altos que ya no necesitaban ningún sostén con relleno. La primera vez que un desconocido se dio vuelta en la calle para mirarme, casi me eché a llorar de la pura sorpresa.
La segunda vez sonreí.
La tercera me di cuenta de que aquello era lo más adictivo que había probado en mi vida.
***
El gimnasio fue mi primer escenario. No me gustaba ir, me obsesionaba ir. Me planchaba el pelo, me ponía rímel a prueba de sudor y elegía con cuidado el calzado que me hiciera el culo todavía más parado. Tenía un par favorito de leggings color negro, de licra fina, que se me pegaban a cada pliegue del cuerpo. Encima un top que dejaba ver todo el abdomen y poco más. Debajo de eso, nada.
Una mañana, en un impulso de los míos, elegí una licra clara, casi traslúcida con la luz del techo. Sin ropa interior. La sensación del tejido contra mi sexo depilado, mientras me agachaba con las pesas o estiraba sobre el suelo, era como una corriente eléctrica que me subía por la columna. Sabía que media sala me miraba. Lo notaba en el silencio repentino de los hombres, en la forma de pasar a mi lado fingiendo buscar algo, en las pausas larguísimas frente a las máquinas que estaban justo detrás de mí.
Me sacaba fotos en los espejos. Me grababa estirando. Me iba sin hablar con nadie. Llegaba a casa empapada, no precisamente de sudor.
***
El parque vino después. Empecé a correr al amanecer, cuando el sol todavía no calentaba y los caminos estaban casi vacíos. Pero pronto descubrí que los pocos hombres que cruzaba —el que sacaba al perro, el viejo del banco, el ciclista que daba vueltas— me devoraban con los ojos cada vez que pasaba a su lado.
Aquel domingo me puse unos leggings blancos que tenía sin estrenar. En casa, frente al espejo, me di cuenta de que el blanco con la luz directa se volvía completamente traslúcido. Se me veía todo. Cada pliegue, cada milímetro que se le había escapado a la cuchilla, hasta el contorno del clítoris cuando me ponía de perfil. Cualquier persona con dos ojos sanos sabría que no llevaba absolutamente nada debajo.
Salí igual.
Me detuve en una banca a la mitad del parque, supuestamente a estirar. Abrí las piernas todo lo que el cuerpo me permitía, doblada hacia adelante, ofreciendo. Un hombre canoso, sentado a unos metros, no se molestaba ni en disimular. Otro pasó con la bicicleta y casi se cae al voltear. Yo seguía estirando, respirando hondo, como si nada. Por dentro estaba temblando.
***
El trabajo era el escenario más peligroso, y por eso mismo el más excitante. Trabajaba en el piso catorce de un edificio de oficinas en el centro de Monterrey, en una empresa de seguros, para no decir demasiado. Era todo trajes, tacones y reuniones aburridas. Yo, sin embargo, había convertido mi armario en un manual de provocación: faldas tableadas un dedo por encima de lo decente, blusas blancas tan finas que el sostén se transparentaba si yo lo decidía, tacones que me obligaban a caminar como si cada paso fuera una invitación.
Un martes cualquiera, aburrida frente al ordenador, me metí al baño y me quité el sostén. Lo doblé hasta convertirlo en una bolita y me lo escondí en el bolsillo del saco. Volví a mi cubículo, me quité el saco con toda la naturalidad del mundo y seguí trabajando. La blusa era de una gasa blanca que se rendía a la luz del techo. Cualquier compañero que pasara por ahí, y pasaron varios, podía ver perfectamente la sombra oscura de mis pezones erizados contra la tela.
Pasé toda la tarde así, los muslos apretados bajo el escritorio, la respiración corta. A las cinco tuve que encerrarme en el baño y tocarme con una mano sobre la boca para no hacer ruido. Me corrí en menos de un minuto.
***
Pero hubo un sábado en particular que cambió mi escala personal de la decencia. Cerca de mi casa, los fines de semana, montan un tianguis enorme que cruza tres cuadras. Hay puestos de fruta, de tenis pirata, de películas, de ropa interior, de todo. A mí me encanta ir a curiosear y, claro, a lucirme.
Hacía un calor brutal aquel día, treinta y cinco grados de pleno verano. Me puse un vestido amarillo con estampado de flores, suelto, de una tela tan fina que se transparentaba a contraluz. Bajo el vestido no llevaba absolutamente nada. Lo decidí ahí, en mi habitación, mirándome al espejo, mordiéndome el labio.
Por entonces acababa de terminar con Sebastián, mi novio de casi dos años, y arrastraba un mes sin sexo y mucho rencor acumulado. Necesitaba sentirme deseada como quien necesita respirar. Compré una cerveza preparada en un puesto al entrar al tianguis. No suelo beber, así que en quince minutos ya tenía la cabeza algo flotante y todo el cuerpo encendido.
Caminaba entre la gente sintiéndome modelo. Sentía el aire colarse entre mis piernas, sentía el roce de la tela contra los pezones duros, sentía las miradas pegándose a mi espalda. En algún momento, en un cuello de botella entre dos puestos, alguien me pasó la mano por el trasero. Otro, dos minutos después, lo intentó por delante. No me aparté. Casi sonreí.
Hasta que encontré aquel puesto.
Era una tienda de ropa deportiva improvisada con cuerdas y palos, pero el vendedor había colgado tanta mercadería que las paredes laterales eran murallas de tela. Una vez adentro, uno desaparecía del mundo. Eso me prendió la chispa.
Me metí hasta el fondo. El dueño se acercó enseguida. Era un hombre de unos cuarenta y largos, brazos gruesos, manos curtidas. Llevaba alianza en el anular. Su mujer estaba sentada a la entrada en una silla de plástico, con el celular pegado a la cara y el gesto cansado de quien hace tiempo no se mira al espejo.
El tipo me devoraba con los ojos sin disimular. Olía a mi propio perfume y al fondo a cerveza, y se notaba que no tenía a una mujer así de cerca desde hacía mucho tiempo. Yo elegí un top deportivo color naranja, de licra, igual a los que uso en el gimnasio.
—¿Me lo puedo probar? —pregunté, con la voz baja.
El vendedor tragó saliva. Miró a su mujer, que seguía absorta en la pantalla. Miró el rincón más oculto del puesto. Asintió.
Me giré, le di la espalda y dejé caer los tirantes del vestido. La tela se deslizó por mi cuerpo hasta el suelo en un segundo. Quedé desnuda frente a él, dándole la espalda completa, agachándome despacio para recoger el vestido y subirlo hasta la cintura.
Me puse el top. Me giré.
El hombre estaba pálido. Pálido y temblando.
—¿Qué tal me queda? —le pregunté, sacando pecho.
—Hermo… hermoso —dijo, mirando a su mujer cada dos segundos.
Le sonreí, sostuve el vestido a la altura de la cintura y entonces lo solté del todo. Esta vez de frente. Quedé desnuda de la cintura para abajo, las piernas levemente separadas, ofreciéndome sin pudor mientras él fingía buscar una bolsa en el cajón. No movió un músculo. Solo le temblaba la mandíbula.
Me quité el top. Le tendí la prenda con una sonrisa. Me vestí con calma. Le pagué. Me fui caminando entre los puestos con las piernas todavía flojas.
De vuelta en casa me masturbé dos veces seguidas pensando en su cara.
***
Pero la noche en la que de verdad crucé una línea fue hace solo unas semanas.
Una tarde de jueves entré a una tienda departamental grande, de esas con probadores enormes en el fondo y cámaras de seguridad en cada esquina. Llevaba un vestido azul marino corto y, debajo, un conjunto de lencería rosa pálido. Tacones color piel. Me había vestido para mí, pero también, como siempre, para el resto del mundo.
Me detuve frente al aparador de una boutique pequeña dentro del centro comercial. Un maniquí llevaba un conjunto rojo: corpiño con encaje y una tanga a juego que ya se imaginaba mojada. Entré sin pensarlo demasiado.
El dependiente que vino a atenderme no podía tener más de diecinueve años. Acné todavía marcado, pelo demasiado peinado, manos que no sabían dónde meterse. Un cachorro, me dije. Me trajo el conjunto rojo. Me trajo otros dos. Me trajo tres vestidos más que ni siquiera le había pedido. Mientras tanto, no me quitaba los ojos de encima.
Cargué siete u ocho prendas hacia los probadores. Camino al fondo vi las cámaras: una al inicio del pasillo y otra, más discreta, justo encima de los espejos de cada cabina. Pensé en quién estaría detrás de esas pantallas. Pensé también en quién no estaría.
Me detuvo un encargado a tres pasos del vestidor. Era el mismo chico. Me dijo, sin convicción, que no se permitía probarse ropa íntima. Me reí bajito, lo miré desde abajo y le dije que si me dejaba probármela igual, lo dejaba mirar. Lo dije casi en susurro. Se le aflojó la cara entera. No pude oírlo balbucear porque me metí al probador antes de que terminara la frase, riéndome como si todo fuera un juego.
Dentro, cerré la cortina hasta la mitad. Solo la mitad. La cámara, en lo alto, me apuntaba directa al espejo. Sabía perfectamente que en alguna sala de seguridad alguien estaría mirando. Sabía que el chico, al otro lado, estaría rezando para que la cortina no se cerrara más.
Me probé las blusas primero, con calma. Después los vestidos. Después, cuando ya estaba en ropa interior y la respiración se me había vuelto pesada, dejé caer el sostén. Mis pechos quedaron al aire, los pezones tan duros que dolían. Me bajé las bragas hasta los tobillos, las dejé sobre la banca y me senté frente al espejo, mirándome.
Abrí las piernas todo lo que pude.
Me llevé una mano al pecho y la otra entre los muslos. No necesitaba estimulación previa: estaba empapada desde antes de entrar a la tienda. Dos dedos se deslizaron dentro sin esfuerzo. Empecé despacio, sentí cómo mi propio reflejo me devolvía la imagen de una desconocida desvergonzada. El pulgar buscó el clítoris hinchado. La otra mano me apretaba un pezón hasta hacerme jadear.
El sonido húmedo de mis dedos llenó el cubículo. Un gemido se me escapó, bajo pero claro. Y en lugar de aterrarme, me prendió todavía más. Que me oyeran. Que me grabaran. Que me miraran. Quería que el chico del otro lado de la cortina estuviera duro como una piedra y no pudiera hacer nada al respecto.
Aumenté el ritmo. Me empujé al borde de la banca para meterme los dedos más adentro. El espejo me devolvía la imagen de una mujer descontrolada, los pechos saltando, la boca abierta, los muslos temblando. Cuando el orgasmo me sacudió, mordí mi propio antebrazo para no gritar. Sentí el líquido tibio escurrirme por la mano hasta la madera de la banca y caer al suelo.
Me quedé un minuto entero respirando como si hubiera corrido diez kilómetros.
Después me levanté, todavía desnuda, y abrí un poco más la cortina. Lo justo para mirar afuera. Ahí estaba él, el cachorro, con la cara pegada a una columna a tres metros, fingiendo doblar camisetas con las manos que le temblaban como hojas. Sabía que me había visto. Lo sabía perfectamente.
Le hice una seña con un dedo. Que se acercara.
Vino caminando como sonámbulo. Antes de que terminara de cruzar el pasillo lo agarré de la corbata y lo metí dentro del probador. Cerré la cortina del todo esta vez. Olía a colonia barata y a sudor de nervios.
—¿Te gustó? —le pregunté, mirándolo a los ojos.
—Sí —dijo, casi sin voz.
Le bajé el cierre del pantalón. Le saqué la verga, que ya estaba a punto de reventar la tela del bóxer. Era más grande de lo que esperaba para un chico de su edad. Me arrodillé y me la metí en la boca de un solo movimiento, tan al fondo que se me llenaron los ojos de lágrimas. Lo oí soltar el aire de golpe, como si lo hubieran pateado en el estómago. Le agarré los muslos y empecé a chupársela sin descanso, escuchándolo gemir bajito sobre mi cabeza.
Me puse de pie, me giré y me incliné sobre la banca. Le tomé la mano y le indiqué con el cuerpo lo que tenía que hacer. Entró de una sola embestida. La sensación me arrancó otro gemido que apenas pude contener. Era torpe, ansioso, pero estaba duro como un animal y eso era lo único que necesitaba.
Lo dejé moverse a su ritmo unos segundos, sintiéndolo entrar hasta el fondo cada vez. Después me llevé la mano al clítoris y empecé a frotarme yo misma mientras él se sostenía de mis caderas. No iba a durar mucho, lo sabía. Tampoco yo. Estaba demasiado al borde después de todo lo anterior.
Me corrí pegada a la banca, mordiéndome el labio hasta sentir el gusto a hierro. Él me siguió un segundo después, retirándose justo a tiempo para vaciarse sobre mis nalgas en un silencio descompuesto.
Nos vestimos sin mirarnos demasiado. Le pasé una mano por la mejilla, le di un beso casi maternal en la sien y salí del probador con el conjunto rojo doblado sobre el brazo y la cara más serena del mundo.
Pagué el conjunto en otra caja, en otra planta, con otro empleado distinto. Salí del centro comercial al sol del atardecer. Caminé hasta el coche todavía mojada, todavía temblando, sabiendo que en algún disco duro de alguna oficina alguien tenía grabado todo lo que había hecho hasta el momento exacto en que cerré la cortina.
Y sabiendo también, con una certeza nueva, que iba a volver.