Pagué a una desconocida solo para que me mirara
Vivo en Zaragoza desde hace cinco años. Me llamo Adrián, tengo treinta y dos y llevo una vida bastante ordinaria: oficina, gimnasio dos veces por semana, una cerveza con los amigos cada quince días. Nada que llame la atención. Salvo, quizá, una fantasía que arrastro desde hace tiempo y a la que nunca me había atrevido a poner fecha.
No es nada extremo. Al contrario. Es una fantasía tímida, casi infantil: quedar con una chica y masturbarme delante de ella mientras me mira. Sin contacto, sin sexo, sin promesas. Solo su mirada fija y mi mano. Pensarlo me ponía. Ejecutarlo, sin embargo, parecía complicado: con quien tienes confianza acaba derivando en algo más, y con quien no la tienes, lo normal es que ni siquiera te plantees proponerlo.
Le había dado vueltas durante meses, añadiéndole variantes mentales —que estuviera vestida, que estuviera en ropa interior, que se dejara tocar el pecho—, pero siempre volvía a la versión más pura: ella mirando, yo en silencio, nada más. El morbo concreto estaba en eso, en saber que otra persona presenciaba algo tan íntimo y que la única regla era no cruzar la línea.
Una noche, después de tres copas de vino, abrí una de esas redes sociales que hacen frontera entre las decentes y las que no, me creé un perfil y subí una foto difusa. Escribí, sin pensarlo demasiado: «Busco chica para quedar y que mire cómo me machaco la polla. Pago por ello. SOLO MIRAR». Cerré la aplicación y me fui a dormir. Pensé que en una semana lo borraría sin haberlo usado.
A la mañana siguiente tenía treinta mensajes.
***
La criba fue lenta. Perfiles falsos evidentes, hombres haciéndose pasar por mujeres, ofertas de servicios que no me interesaban, alguna chica claramente desesperada por dinero rápido que me daba más pena que morbo. No quería eso. Lo que buscaba era una conversación que sostuviera el ritmo durante varios días, alguien a quien la propuesta le pareciera, en algún rincón pequeño y secreto, también divertida.
Tardé casi dos semanas en encontrarla.
Se llamaba Lucía. Tenía veintidós años, era de Sevilla y estudiaba un máster en Zaragoza. Morena, ojos verdes, una sonrisa que en las fotos parecía corregir cualquier intención turbia que pudiera haber detrás. Estudiaba algo relacionado con el marketing y, según me contó, llegaba justa a fin de mes. El máster lo pagaba ella, vivía en un piso compartido con otras dos chicas, y la idea de ganar un dinero extra «sin tocar a nadie», como me lo planteó, le parecía hasta cómica.
—Es que en el fondo —me escribió la tercera noche— me da más curiosidad la situación que vergüenza. Nunca había pensado que alguien quisiera solo eso. Que un tío pague por pajearse delante de una y ya está, sin follar, sin mamada, sin nada.
Estuvimos hablando una semana antes de quedar. Yo no quería sentirme cliente, ni que ella se sintiera mercancía. Le pregunté por su carrera, por su familia, por la primera vez que se había emborrachado, por la última vez que había llorado. Me contó que tenía un perro en casa de sus padres y que lo echaba de menos. Me mandó una foto del perro. Yo le mandé una del mío. Para alguien que pagaba a una desconocida para que lo mirara masturbarse, era una rutina rara de cariño.
Cuando le pregunté si quería seguir adelante, me respondió a los dos minutos. «Sí. Pero en un sitio donde me sienta tranquila».
***
El piso de Lucía quedaba descartado por las compañeras. El mío era una opción, pero a ella le incomodaba la idea de entrar a casa de alguien que apenas conocía y, sinceramente, la entendí. Hablamos de hoteles. Demasiado caro para algo tan breve, y demasiado expuesto: pasillos, recepciones, cámaras. Al final propuse una idea que a ambos nos pareció razonable: el aparcamiento subterráneo del centro comercial más grande de la ciudad, en la planta más baja, a media tarde de un martes. Coches alrededor pero sin gente. Una puerta que ella podía abrir y salir cuando quisiera.
Aceptó.
La recogí en una rotonda cercana a su facultad. La reconocí antes de que ella me viera: iba con vaqueros, un top corto color crema que le marcaba la cintura y una chaqueta vaquera por encima. Sencilla, pero con esa precisión de las chicas que saben perfectamente cómo se van a ver desde el asiento del copiloto. Subió al coche, me dio dos besos y se sentó con la espalda muy recta, como si la postura le ayudara a no pensar demasiado en lo que veníamos a hacer.
—¿Qué tal el día? —pregunté.
—Largo —dijo, y rió bajito—. Cuatro horas seguidas de clase y luego esto.
—Si en algún momento te incomoda, lo paramos. ¿De acuerdo?
Asintió. Conduje despacio. Le pregunté por las clases, por una compañera que le caía mal, por el último libro que había abandonado por aburrimiento. Ella se relajó. Cuando llegamos al centro comercial, ya hablábamos con la confianza de quien lleva cinco citas, no veinte minutos.
***
Bajé tres plantas hasta encontrar un rincón donde no había ni un coche a quince metros. Apagué el motor. El silencio del aparcamiento era espeso, ese tipo de silencio que parece sumar a la situación en vez de restarle. Lucía se quedó mirando el techo del coche un par de segundos.
—¿Tranquila? —pregunté.
—Tranquila —respondió, aunque la mano le temblaba un poco.
Le pasé el sobre con los billetes que habíamos pactado. Lo cogió sin contarlo, lo guardó en el bolso y dejó el bolso a sus pies, como quien archiva un trámite incómodo y prefiere olvidarse de él.
—¿Atrás? —dije.
—Atrás.
Salimos los dos del coche y volvimos a entrar por las puertas traseras. El asiento era amplio, de un sedán antiguo que había heredado de mi padre. Nos sentamos cada uno en su lado, con un palmo de distancia entre los muslos. Tenerla tan cerca, en ese ángulo, sin tocarla, fue lo primero que se me clavó: el calor de su cuerpo llegándome sin que la rozara, el perfume suave a algo cítrico, el sonido de su respiración un poco más rápida que la mía.
—¿Por dónde se empieza? —preguntó ella, intentando una sonrisa.
—Por mirarme —dije.
Y la miré yo a ella primero. Recorrí con calma su escote, la línea de la clavícula, la curva del cuello. Bajé por el top corto, me detuve donde el tejido se le pegaba al pecho y adiviné, sin necesidad de tocar, que no llevaba sujetador. La curva de las tetas se marcaba redonda bajo la tela y los pezones asomaban ya endurecidos, dos puntos duros que empujaban el algodón. Seguí bajando hasta la costura de los vaqueros, el triángulo apretado entre los muslos. No la toqué. Solo miré. Lucía aguantó la mirada y, a mitad de mi recorrido, soltó el aire por la nariz, como quien acepta entrar en el juego.
Me desabroché el cinturón. Bajé la cremallera. Me bajé los pantalones hasta las rodillas y, después, los calzoncillos. Mi polla ya estaba medio dura solo de la espera, gorda y con la vena gruesa marcada de arriba abajo, el glande asomando del prepucio y una gota transparente brillando en la punta. Cuando salió a la vista, los ojos de Lucía cayeron sobre ella casi sin querer y se quedaron ahí, clavados en la carne dura que se me levantaba sola contra el vientre.
—Vaya —dijo, en voz muy baja—. La tienes bien gorda.
No fue un cumplido teatral. Fue una observación. Y a mí esa naturalidad me puso más que cualquier elogio. Sentí cómo la polla me daba un tirón hacia arriba solo con escucharla decirlo, un latido que le hizo asomar más semen espeso por el agujero.
***
Me escupí en la palma de la mano derecha, envolví la polla y empecé a masturbarme despacio. La piel del prepucio subía y bajaba sobre el glande hinchado y morado, y la saliva mezclada con el líquido preseminal empezó a hacer un ruido húmedo, pegajoso, que en el silencio del aparcamiento se oía como si estuviéramos dentro de una cueva. Al principio sin mirarla, concentrado en la sensación, dejándola a ella en el papel exacto que había pedido: testigo. Le apretaba la base con el pulgar y el índice y arrastraba el puño hasta la punta, notando cómo el glande se me ponía cada vez más brillante, más tirante.
Después subí los ojos y la encontré. No había apartado la vista en ningún momento. Tenía los labios entreabiertos y se mordía levemente el inferior, no de manera coqueta, sino como hace alguien que está concentrado. La lengua le asomó una fracción de segundo por la comisura, como si sin darse cuenta se estuviera imaginando el sabor.
—¿Te puedo preguntar cosas? —le dije.
—Sí.
—¿Cuándo fue la última vez que viste una polla así?
—Hace tres meses. Mi ex.
—¿Te gustaba mirársela?
Tardó en responder. Mi mano siguió moviéndose, sin prisa, el chaf chaf del puño sobre la carne mojada llenándole los oídos.
—Nunca le presté atención —dijo al fin—. Era todo más… funcional. Me la metía, se corría, se dormía.
—¿Y ahora?
—Ahora estoy mirando.
—¿Qué miras?
—Cómo se te hincha —dijo, y le tembló la voz—. Cómo se te sale ese líquido de la punta. Cómo se te tensa entera cuando aprietas la mano.
Cambió algo en su voz. Bajó un tono, se hizo más densa, ronca. Yo aceleré un poco el ritmo, la muñeca girando ya con más rabia, arriba y abajo, escupiéndome otra vez en la palma para que resbalara mejor. Ella se reacomodó en el asiento, cruzó las piernas hacia el otro lado y las volvió a descruzar, lo que hizo que el top se le subiera un dedo sobre el ombligo. No fue un movimiento calculado. Fue puro reflejo, ese ajuste mínimo que hace el cuerpo cuando el coño empieza a mojarse y las bragas incomodan de repente.
—¿Puedo pedirte una cosa? —dije.
—Depende.
—Tocarte una teta. Por encima de la ropa. Solo eso.
Lo pensó dos segundos.
—Por encima.
Levanté la mano izquierda, sin parar la derecha, y le puse la palma abierta sobre la teta derecha, encima del top. Sentí de golpe el pezón endurecido pinchándome la palma a través de la tela fina, un botón durísimo que confirmaba que ella también estaba metida en esto hasta el fondo. Le apreté un poco, con cuidado, y noté la teta llenarme la mano entera, blanda por debajo y firme en la punta. Lucía cerró los ojos un instante, dejó escapar un suspiro finito por la nariz y los volvió a abrir de golpe, como si se hubiera acordado del pacto.
—Sigue mirando —dije.
—Estoy mirando —respondió ella, y bajó los ojos otra vez a mi puño moviéndose sobre la polla brillante.
***
Mantuve la mano izquierda apretada, con el pulgar rozándole el pezón por encima del top en pequeños círculos, mientras la derecha aceleraba. Me la machacaba ya sin piedad, la piel del glande a punto de reventar, los huevos apretados contra la mano, sintiendo cómo se me subían pegados al cuerpo. Me concentré en su cara más que en cualquier otro detalle. En cómo se le marcaba la respiración en la garganta, cortada, entrecortada. En el rubor que le había subido a las mejillas hasta las orejas. En la forma en que sus ojos viajaban desde mi polla hasta los míos y volvían a bajar a mi mano, como verificando que la realidad seguía sucediendo.
—Está muy dura —murmuró ella, sin que yo le hubiera preguntado nada—. Se te va a salir la punta.
—Dímelo otra vez.
—La tienes durísima. Mira cómo brilla. Mira cómo te la aprietas.
La escuché apretar los muslos, uno contra el otro, un ruido mínimo de vaquero contra vaquero, y supe sin necesidad de bajar la mano izquierda que se le había mojado el coño. Le apreté la teta un poco más fuerte, casi sin darme cuenta, y ella no me apartó la mano. Al contrario: se inclinó una pizca hacia delante, para que el pecho me quedara más lleno en la palma.
—No quites la mirada —pedí, con la voz ya cortada.
—No la quito.
—No la quites cuando me corra.
—No la quito.
—Quiero que veas cómo se me sale toda la lefa.
—Quiero verlo —dijo, y esa frase, en su boca de niña buena de Sevilla, me hizo dar un vuelco.
Lo dijo bajito, casi como un pacto. Y entonces, con esa frase repetida flotando en el aire del coche, empecé a sentir el final acercándose de golpe, un tirón caliente en la base de la polla que subía hacia arriba sin freno. Apreté los huevos con la mano izquierda —la solté un segundo de su pecho para agarrármelos yo mismo— y volví a subir a la teta. Le miré los ojos verdes fijos en mi puño, la boca entreabierta, y solté un gemido ronco entre los dientes.
—Me corro —avisé—. Me corro mirándote.
—Córrete —susurró ella—. Que se te salga todo.
El primer chorro salió disparado con fuerza y me cayó en el vientre, blanco y espeso, dejando una raya larga hasta el ombligo. El segundo se me escapó por encima del puño y me mojó los dedos, caliente. El tercero, el cuarto y el quinto fueron cayéndome en la mano y en los muslos, más lentos, más gruesos, mientras yo seguía apretando el puño y sacudiéndola con el ritmo agónico del final, arrastrando hasta la última gota del prepucio. Lucía no parpadeó. Vi cómo sus ojos verdes seguían cada chorro, cómo se le abría más la boca a cada latido de mi polla, cómo tragaba saliva sin quererlo.
Ella no apartó la vista hasta que la polla dejó de moverse sola. Tampoco después.
—Joder —dijo, muy bajito—. Cuánta.
***
Limpié el desastre con unas toallitas que había llevado preparadas. Me pasé una por el vientre, otra por la mano, otra por la polla ya blanda y sensible, todavía goteando los últimos restos. Me subí los calzoncillos y los pantalones. Lucía bajó la mano que, en algún momento que no recuerdo, había apoyado sobre su propio muslo, muy cerca de la entrepierna, con los dedos apretados contra la costura del vaquero. Estuvimos un minuto en silencio, los dos respirando todavía un poco rápido.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Estoy bien —dijo, y sonrió—. Ha sido más raro de lo que imaginaba. Y menos raro a la vez.
—¿Eso es bueno?
—Eso es interesante. Me he mojado, ¿sabes? —añadió, sin mirarme—. Bastante.
Nos reímos, aunque a mí esa confesión me hizo un latido tardío en la polla ya guardada. Volví al asiento del conductor y arranqué. En el camino de vuelta hacia la rotonda hablamos de cualquier cosa, como si acabáramos de salir de un café. Antes de bajarse, me miró desde la puerta del coche.
—Si alguna vez te apetece repetir —dijo—, escríbeme.
—¿Solo mirar?
—Solo mirar. O lo que tú quieras pactar. La próxima igual me dejas que te la chupe un rato. Solo un rato.
Cerró la puerta antes de que me diera tiempo a contestar. La vi cruzar la rotonda con la chaqueta vaquera abrochada hasta arriba y el bolso colgado al hombro. Cuando desapareció entre la gente, me quedé un rato con las manos en el volante, sin arrancar, repasando el detalle de su mirada fija clavada en mi polla mientras me corría, la boca entreabierta, el «córrete» susurrado. Esa imagen, más que cualquier otra cosa que hubiera sucedido aquella tarde, era la que sabía que iba a volver a buscar.