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Relatos Ardientes

La toalla de mi vecina cayó frente a mí

Mi vecina del segundo se llama Renata, y durante casi un año fue para mí poco más que un buenos días en el ascensor. Una mujer de unos treinta y siete años, alta, de pelo rubio liso que le caía hasta media espalda, con esa clase de seguridad que no se finge. La cruzaba sola, o con su madre, o cargando bolsas del mercado, y nunca pasó de un saludo cortés. Yo bajaba la mirada y seguía mi camino, como hace cualquiera que comparte edificio con alguien atractivo y prefiere no quedar en evidencia.

Digo «era», porque hace unos meses dejó de ser una desconocida amable.

Salí de mi apartamento a media mañana, con la mochila al hombro y la cabeza en otra parte. El pasillo estaba vacío, el edificio en ese silencio raro de los días entre semana. Y entonces se abrió la puerta del segundo piso y apareció ella, envuelta en una toalla blanca que apenas le llegaba a la mitad del muslo.

De la sorpresa se me resbaló la mochila de la mano.

Me agaché a recogerla por puro reflejo, y desde abajo, desde ese ángulo absurdo, tuve una visión que no buscaba pero tampoco aparté. Le vi los muslos abiertos apenas lo justo, y entre ellos, un instante, el coño depilado, los labios rosados asomando por debajo del borde de la toalla. Me ardieron las mejillas y se me endureció la polla de golpe dentro del pantalón. Pensé que ella daría media vuelta y se encerraría de nuevo. En cambio, empezó a bajar las escaleras hacia el vestíbulo.

Con cada escalón, la toalla se le abría un poco más sobre la cadera. No hacía nada por sujetarla. La dejaba viajar, dejaba que el borde subiera y descubriera la curva de su muslo, como si la tela tuviera vida propia y ella estuviera demasiado distraída para darse cuenta.

—Hola, vecino —dijo con toda naturalidad cuando llegó abajo.

Se inclinó sobre la hilera de buzones para abrir el suyo, que estaba en la fila más baja. No dobló las rodillas. Se inclinó desde la cintura, sin prisa, tomándose su tiempo para hurgar entre los sobres, y yo me quedé clavado en el sitio, con la mochila colgando de una mano y la garganta seca. La toalla le subió hasta la mitad del culo, y desde donde yo estaba se le veía todo: las dos nalgas redondas y firmes, la raja abriéndose despacio con cada movimiento, y más abajo, entre los muslos, el coño rasurado y brillante, con los labios hinchados asomando de forma obscena.

Lo está haciendo a propósito.

El pensamiento me golpeó con una claridad incómoda. Nadie recoge el correo así. Nadie se demora tanto en separar dos facturas. Y, sin embargo, ahí seguía ella, dándome la espalda, ofreciéndome una postal que yo no había pedido y de la que ya no podía despegar los ojos. La polla se me marcaba a través de la tela y no había manera de disimularlo.

Quise hacerme el caballero. Murmuré algo, una despedida torpe, y me giré hacia la puerta del edificio. Ella empezó a subir las escaleras con un puñado de sobres entre las manos. Yo tenía la mano en el picaporte, pero dudé. Esperé. Una parte de mí quería verla una vez más antes de salir.

Abrí la puerta.

Y el viento hizo el resto.

Una ráfaga entró por el hueco, subió las escaleras y le levantó la toalla por encima de la cintura justo cuando ella estaba en mitad del tramo. Renata soltó un pequeño grito, hizo un gesto con los codos, pero tenía las dos manos ocupadas con el correo y no quiso soltar ni un sobre. La toalla se le escapó del cuerpo, resbaló por la espalda y cayó al suelo, escalón abajo, hasta quedar a mis pies.

Se quedó inmóvil dos peldaños más arriba, de espaldas, expuesta a la luz de la mañana que entraba por el ventanal. Le vi el culo entero, las piernas largas apretadas apenas, y entre ellas el coño abriéndose como una fruta partida. Y entonces, despacio, se dio la vuelta.

No corrió. No se tapó con las manos. Me miró de frente, con las tetas al aire, dos tetas grandes con los pezones erguidos y rosados apuntándome, y el coño depilado brillando bajo la luz. Bajó los escalones con una calma que me dejó sin aire, sosteniéndome la mirada todo el tiempo, hasta detenerse frente a mí.

—¿Me la alcanzas? —preguntó, señalando la toalla con la barbilla.

La recogí del suelo y se la tendí. Ella la tomó, pero no se cubrió. Se la colgó del brazo, como un camarero lleva una servilleta, y me sostuvo esa media sonrisa traviesa que después aprendería a reconocer.

—Tienes un cuerpo precioso —solté, como el idiota que era en ese momento.

Se detuvo en seco. Por un instante temí haber cruzado una línea sin retorno. Pero el rubor que le subió a las mejillas no era de enojo. Jugueteó con el borde de la toalla colgada de su antebrazo y ladeó la cabeza. Bajó los ojos a mi entrepierna, donde el bulto de la polla dura era imposible de ocultar, y sonrió más.

—Vecino —murmuró, bajando la voz—. ¿Te gusta lo que ves?

Asentí. No me salía la voz. El corazón me latía en las sienes.

—¿Y te gustaría verlo más de cerca? —añadió—. ¿Tocarlo? ¿Metérmela?

Dejó caer los sobres al suelo del vestíbulo, sin mirarlos, sin importarle dónde aterrizaban. Extendió una mano hacia mí.

—Ven.

***

Subimos en silencio, ella delante, yo detrás, midiendo cada escalón como si fuera a despertar de un sueño absurdo. Delante de mi cara tenía su culo desnudo, moviéndose escalón a escalón, y entre las nalgas se le abría y cerraba el coño con cada paso, mojado ya, brillante. Su apartamento olía a café recién hecho y a algo floral que no supe identificar. Cerró la puerta con el pie y se volvió hacia mí, todavía con la toalla colgando inútilmente del brazo.

—Estaba segura de que algún día bajarías a esta hora —dijo—. Llevo semanas haciéndome la distraída con el correo.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque me mirabas y luego apartabas la vista —respondió, dando un paso hacia mí—. Y yo quería que dejaras de apartarla. Quería que me miraras el coño y me la pusieras dura, como ahora.

Dejó caer la toalla al suelo. Esta vez no había viento ni accidente ni excusa. Solo ella, de pie en la luz suave de su sala, ofreciéndose entera, y yo, que llevaba un año fingiendo no mirar.

Me tomó el rostro entre las manos. Tenía los dedos tibios, y al rozarme me corrió un escalofrío por la nuca.

—Dime que de verdad lo crees —susurró—. Lo que dijiste abajo.

—Creo que eres lo más hermoso que he visto en mucho tiempo —dije, y por una vez no estaba exagerando.

Cerró los ojos un segundo, como si esas palabras le pesaran más de lo que mostraba.

—Gracias —respondió en voz baja—. Hoy necesitaba escuchar algo así. Ahora cállate y fóllame.

La besé. Fue un beso lento al principio, una presión suave que se fue volviendo otra cosa. Le metí la lengua hasta el fondo y ella me la chupó con hambre, mordiéndome el labio, jadeando dentro de mi boca. Le bajé la mano por la espalda hasta agarrarle el culo entero, apretándoselo, hundiéndole los dedos en la carne, y ella soltó un gemido ronco que me hizo empujar la polla contra su vientre.

Bajé los labios por la curva de su cuello, le mordí el hombro, y seguí bajando hasta las tetas. Le atrapé un pezón con la boca y se lo chupé fuerte, tirando con los dientes, y ella arqueó la espalda y me clavó las uñas en la nuca.

—Ay, joder —jadeó—. Así, cómemelas, muérdemelas.

Le pasé la lengua de un pezón al otro, chupándoselos hasta dejárselos duros y enrojecidos. Ella me arrancó la camisa a tirones, me buscó el cinturón con las dos manos, y cuando por fin me abrió el pantalón y me sacó la polla, se le escapó un suspiro largo.

—Dios mío —murmuró, cerrando los dedos alrededor—. La tienes durísima.

Empezó a masturbarme despacio, mirándome a los ojos, apretándome desde la base hasta la punta, extendiéndome con el pulgar la gota que me asomaba. Luego se dejó caer de rodillas frente a mí sobre la alfombra, sin dejar de mirarme, y se acercó la polla a la cara.

—Llevo semanas pensando en probarla —dijo, y me la metió en la boca.

Sentí el calor húmedo de su boca tragándome entero, la lengua envolviéndome, la garganta apretándome cuando me empujó hasta el fondo. Me la chupó despacio al principio, con los ojos entornados, dejando que se le escurriera la saliva por la barbilla y le cayera en las tetas. Después empezó a moverse más rápido, agarrándome el culo con las dos manos, empujándome contra su cara, haciéndose follar la boca con mi polla sin soltarla.

—Renata —gruñí, con los dedos enredados en su pelo rubio—. Así, mamámela así.

Sacaba la polla un segundo, me lamía los huevos, me chupaba cada uno como un caramelo, y volvía a metérsela entera de un tirón. La saliva le colgaba en hilos desde los labios hasta mi glande. La cara se le enrojecía cada vez que me la clavaba hasta la garganta. Y me miraba desde abajo con esos ojos verdes brillantes, disfrutando de tenerme temblando por ella.

—Espera —dije, tirando de su pelo hacia atrás—. Voy a acabar y quiero hacerlo dentro de ti.

Se levantó, me besó con la boca todavía llena de mi sabor, y me empujó hacia el sofá.

—Espera —dije, con la última pizca de sentido común que me quedaba—. ¿Y tu madre?

—De viaje —respondió sin aliento—. Vuelve en dos días. Tenemos toda la casa para follar como cerdos, vecino.

Aquello fue lo último que necesitaba oír.

La tumbé de espaldas sobre el sofá y le abrí las piernas de par en par. El coño se le abrió delante de mí, brillante, empapado, con los labios inflamados y el clítoris asomando duro entre ellos. Bajé la cabeza y le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, muy despacio, saboreándola. Renata pegó un grito y levantó las caderas contra mi boca.

—¡Ay, mierda! —gimió—. No pares, no pares.

Le comí el coño con hambre, chupándole los labios uno por uno, hundiéndole la lengua adentro, moviéndola en círculos alrededor del clítoris. Le metí dos dedos y empecé a follarla con ellos mientras le chupaba el capullo, y sentí cómo se apretaba, cómo se retorcía sobre el sofá, agarrándose a los cojines. Le pasé la lengua plana sobre el clítoris una y otra vez, sin parar, hasta que la sentí tensarse entera.

—Me corro —chilló—. Me corro en tu boca, no pares, no pares.

Se corrió apretándome la cabeza entre los muslos, mojándome la barbilla, empujando el coño contra mi cara con espasmos que le sacudían todo el cuerpo. La seguí lamiendo hasta que se dejó caer temblando sobre el sofá, jadeando, con las tetas subiendo y bajando.

—Ven aquí —susurró, tirando de mí hacia arriba, abriéndose todavía más para mí—. Métemela ya. Métemela toda.

Me coloqué sobre ella y le pasé el glande por los labios del coño, arriba y abajo, empapándomelo con su humedad. La rocé despacio, jugando en el límite, y ella se retorció debajo de mí, clavándome los dedos en la espalda.

—Por favor —jadeó—. No me hagas esperar más. Llevo demasiado tiempo imaginándola dentro.

Cedí. Empujé la polla dentro de un solo empellón, lento y hasta el fondo, y Renata soltó un grito ronco que se le escapó desde algún lugar hondo. La sentí abrirse alrededor de mí, apretándome entera, tan mojada que se me escurría por los huevos. Me rodeó la cintura con las piernas y tiró de mí hacia abajo, exigiendo más peso, más cercanía, más todo.

—Así —dijo entre dientes—. Justo así. Fóllame, vecino, fóllame fuerte.

Empecé a moverme, al principio despacio, sacándosela casi entera y volviendo a hundírsela hasta el fondo. Ella me miraba a los ojos, con la boca abierta, gimiendo cada vez que la tocaba en lo hondo. Después aceleré. El sofá crujía bajo nosotros. Nuestros cuerpos hacían un ruido húmedo, obsceno, cada vez que las caderas chocaban. Le agarré una teta con la mano y se la apreté fuerte mientras la embestía, pellizcándole el pezón, tirando de él.

—Más fuerte —pidió—. Rómpeme, joder, rómpeme.

La levanté del sofá sin sacársela y la puse a cuatro patas sobre los cojines. Le agarré las caderas con las dos manos y volví a meterle la polla desde atrás, hasta el fondo, y esta vez la embestí sin piedad. Cada empellón le sacaba un grito ahogado. El culo le rebotaba contra mi vientre. Le vi la espalda arquearse, el pelo rubio caerle a los lados, las tetas balancearse debajo con cada golpe.

—Sí, sí, sí —gemía, aferrándose al respaldo del sofá—. Métemela toda, dame duro, dame como una puta.

Le di una nalgada. El chasquido resonó en la sala y ella soltó un gemido más agudo. Le di otra. Se le quedaron dos marcas rojas en el culo. Le agarré el pelo con una mano, tiré hacia atrás, y seguí follándola cada vez más fuerte, viéndole la cara de lado, la boca abierta, los ojos entornados.

—Me voy a correr otra vez —chilló—. No pares, por favor, no pares, hazme correr con la polla dentro.

La embestí a fondo, cada golpe más brutal que el anterior, y la sentí tensarse alrededor de mí, apretarme tanto que casi no podía moverme. Se corrió gritando mi nombre, temblando entera, empapándome la polla y los huevos. El coño le pulsaba a mi alrededor, chupándome, ordeñándome, y eso me acabó a mí también.

—Me corro —gruñí—. ¿Dónde? ¿Dónde te la acabo?

—Dentro —jadeó—. Dentro, córrete dentro, lléname el coño.

Me dejé ir con un embate final, hundido hasta el fondo, y le vacié dentro toda la corrida en chorros largos. Sentí cómo me apretaba, cómo se me exprimía, y me quedé un momento así, respirándole en la nuca, con la polla todavía latiendo dentro de ella.

Cuando por fin la saqué, la corrida le empezó a escurrir por los muslos, blanca, espesa. Ella me miró por encima del hombro, con esa sonrisa traviesa, y se pasó dos dedos por la raja del coño, recogiendo lo que se le derramaba, y se los llevó a la boca.

—Delicioso —susurró.

***

Nos quedamos enredados en el sofá un largo rato, recuperando el aliento. Ella me dibujaba círculos perezosos en el pecho con un dedo y yo le acariciaba el pelo rubio que ahora estaba revuelto sobre el cojín. Le corría un hilo de semen por el muslo y no hacía nada por limpiárselo.

—Pensé que nunca te ibas a atrever a decirme nada —confesó, sonriendo.

—Y yo pensé que estabas fuera de mi alcance —respondí.

—Ya ves que no.

Me incorporé un poco, buscando mi ropa en el suelo, todavía con la cabeza dándome vueltas por lo que acababa de pasar. Ella me sujetó del brazo y tiró de mí hacia atrás. Me bajó la mano hasta su coño todavía empapado y me hizo tocárselo.

—¿A dónde vas con tanta prisa? —preguntó, con esa media sonrisa traviesa que me había desarmado en el vestíbulo—. Te dije que tenemos dos días. Y esta polla todavía tiene mucho trabajo por delante.

Me dejé caer de nuevo a su lado. Afuera, el edificio seguía en su silencio de media mañana, ajeno a todo. Adentro, Renata se acurrucó contra mi pecho, me agarró la polla con la mano, y me habló al oído en voz baja mientras empezaba a masturbármela despacio, sintiendo cómo volvía a endurecerse.

—Esto es apenas el principio, vecino. Vivir tan cerca tiene sus ventajas.

Y supe que, a partir de ese día, bajar a recoger el correo nunca volvería a ser una tarea aburrida.

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Comentarios(6)

CarlitosRB

Muy bueno!! de esos que se leen de un tiron y te quedas queriendo mas

VecinoAnon

Por favor una segunda parte, no puede quedar asi!!

GuilleNocturno

Me recordo a algo que me paso de verdad con una vecina, aunque en mi caso no termino igual jaja. Muy bien narrado, se siente real

Maca_Ros

increible como lo contaste, se nota talento

NocheSolitaria

Me gusto mucho como manejaste la tension del momento, esa mirada al final lo dice todo sin necesidad de mas palabras. De lo mejor que lei ultimamente en esta categoria, seguí así!

lector87

genial!! espero que haya continuacion

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