Lo que mis caseros hacían cuando llegaba su amigo
Cuando me mudé a la ciudad por trabajo, no tenía dinero para un departamento entero, así que alquilé el cuarto que sobraba en la casa de una pareja. Marcos y Lucía rondaban los treinta y cinco, llevaban años casados y, desde el primer día, me trataron menos como inquilino que como un primo lejano al que le abrían la heladera sin preguntar. La casa era de dos plantas: ellos abajo, en el dormitorio principal; yo arriba, en una habitación con baño propio y una puerta que daba al pasillo que compartíamos.
Tardé poco en notar que eran una pareja distinta a las que había conocido. No había peleas, ni silencios incómodos en la cena. Se buscaban con la mirada, se tocaban al pasar, salían algunas noches y volvían tarde, riéndose por lo bajo como dos adolescentes que acababan de hacer una travesura. Yo, que venía de una relación que se había apagado por aburrimiento, los miraba con una mezcla de envidia y curiosidad.
Lo segundo que noté fue la naturalidad con la que vivían el cuerpo. Lucía andaba por la cocina en una camiseta larga y poco más; se le marcaban los pezones bajo la tela fina cada vez que hacía frío, y cuando se agachaba a buscar algo en la heladera la camiseta se le subía y me dejaba ver la curva del culo apenas cubierta por una bombacha diminuta. Marcos salía del baño con la toalla a la cintura y se quedaba conversando conmigo como si nada. Al principio aparté la vista por respeto. Después me acostumbré, aunque nunca dejé de fijarme en ella: tetas grandes, caderas anchas, una boca carnosa que le daba a cada palabra un peso extra, y una manera de moverse que llamaba la atención sin proponérselo.
—No te incomoda, ¿no? —me preguntó una mañana, atrapándome con la mirada donde no debía.
—Para nada —mentí, y ella se rió como si supiera exactamente lo que estaba pensando.
***
El primer viernes raro fue a las tres semanas de haberme mudado. Marcos no había ido a trabajar. La tarde transcurrió como siempre, pero al caer la noche el aire de la casa cambió. Lucía subió a bañarse, bajó envuelta en una bata color vino y empezó a probarse ropa frente al espejo del recibidor, indecisa, como quien se arregla para una cita importante. Marcos la observaba apoyado en el marco de la puerta, con esa media sonrisa suya.
—Ponte algo lindo —le dijo, y le dio una palmada en la cadera al pasar.
Ella eligió un vestido ajustado, oscuro, de esos que no dejan margen a la duda. Se soltó el pelo, se perfumó. Cuando bajó del todo, parecía otra mujer: encendida, expectante, con las tetas apretadas contra el escote y los pezones marcándose bajo la tela. Yo fingía mirar la televisión, pero no perdía detalle.
Marcos se sentó a mi lado en el sillón, me alcanzó una cerveza y bajó la voz como quien comparte un secreto.
—Escuchá, te voy a contar algo, porque ya sos de la casa —empezó—. En un rato va a venir un amigo nuestro. No quiero que lo juzgues, ni que le preguntes nada, ni que comentes con nadie de afuera que viene. ¿Te parece bien?
Lo miré sin entender del todo.
—Está bien —dije—. ¿Y por qué lo juzgaría?
Marcos le dio un trago largo a la cerveza antes de contestar.
—Se llama Damián. Viene a coger con Lucía. A solas, en el cuarto. —Hizo una pausa midiendo mi reacción—. Es algo que hacemos los dos, de común acuerdo. A ella le gusta que la coja otro, a mí me prende verla disfrutar de otra verga. No hay engaño acá: lo decidimos juntos. ¿Se entiende?
Tardé un segundo en asimilarlo. No era un cuerno a escondidas: era un arreglo, una puerta que esa pareja había abierto entre los dos. Sentí que se me secaba la boca y que la pija empezaba a moverse sola contra el pantalón.
—¿Y vos qué hacés mientras tanto? —pregunté, más por nervios que por otra cosa.
—Me quedo abajo. A veces escucho cómo la hace gritar. A veces subo al final y la cojo yo también, cuando el otro ya la dejó lista. —Se encogió de hombros—. Hoy te toca acompañarme acá, con la tele y la cerveza. Arriba van a estar solo ellos dos.
Solo ellos dos. La frase me quedó dando vueltas en la cabeza.
***
Damián llegó cerca de las once. Marcos se levantó de un salto a abrir, y desde el sillón los escuché saludarse en el recibidor.
—¿Cómo andás? —dijo Marcos.
—Ansioso, con la pija dura desde que salí de casa —contestó una voz grave, de hombre grande.
Cuando entraron a la sala, lo vi. Damián era bastante más alto que Marcos, de espalda ancha y brazos trabajados, vestido con un pantalón de gimnasio y una remera sin mangas que dejaba poco a la imaginación. Debajo del pantalón se le marcaba un bulto grueso, largo, que colgaba pesado contra el muslo. Tenía la presencia de alguien que sabe el efecto que provoca al cruzar una puerta. Me dio la mano con firmeza, me miró un instante con cierta sorpresa.
—¿Y este? —le preguntó a Marcos, señalándome con la cabeza.
—Vive arriba. Es de confianza —respondió él—. Se queda conmigo.
Damián se rió, negando con la cabeza.
—Ustedes dos están locos —dijo, pero no parecía molesto. Parecía cómodo, como si esa rareza fuera parte de la gracia.
Lucía apareció en lo alto de la escalera. No bajó. Lo miró desde arriba, mordiéndose el labio, y con un gesto mínimo de la mano lo invitó a subir. Damián fue detrás de ella sin decir una palabra más. Antes de meterse en el cuarto, ella se dio vuelta y le levantó apenas el vestido, mostrándole el culo desnudo, sin bombacha. Lo escuché gruñir por lo bajo. Después la puerta del dormitorio se cerró y, casi enseguida, música. Una lista de canciones a volumen alto, suficiente para cubrir cualquier otra cosa.
—¿Eso es para qué? —pregunté, aunque ya lo intuía.
Marcos sonrió y subió un poco el de la televisión.
—Para que grite tranquila —dijo, y en su voz había algo que no era celos. Era otra cosa, más difícil de nombrar.
***
Intenté concentrarme en la pantalla, pero era imposible. Debajo de la música se filtraban sonidos. Primero risas. Después la voz de Lucía, baja, entrecortada, un «ay, dios mío» ahogado, un «así, así, no pares» que se repetía cada vez más fuerte, hasta convertirse en un quejido largo y sostenido. Se escuchaban también los ruidos húmedos, obscenos, del sexo oral: una succión rítmica, sonora, la respiración pesada de Damián arriba de todo. Después vino un jadeo de él, ronco, y la voz de Lucía diciendo entre bocanadas:
—Qué grande la tenés, hijo de puta, me la vas a partir en dos.
No era actuado. Era el sonido de alguien que se está dejando coger del todo.
Marcos no apartaba los ojos de la tele, pero tenía la mandíbula tensa y la cerveza intacta en la mano. De vez en cuando inclinaba apenas la cabeza hacia el techo, escuchando, y algo parecido a una sonrisa le cruzaba la cara.
—¿No te molesta? —me animé a preguntar.
—Al contrario —dijo sin mirarme—. La conozco hace doce años. Sé cada cosa que le gusta: cómo le gusta que se la chupen, cómo se pone cuando le meten un dedo en el culo mientras la cogen, cuánto tarda en acabar cuando está bien caliente. Verla así, sin frenos, con una verga que no es la mía metiéndose hasta el fondo, es lo que más me prende. Suena raro, ya sé. Pero es así. Después subo yo y la cojo con el semen del otro todavía adentro.
Lo dijo con una tranquilidad que me heló y me calentó al mismo tiempo. Ya no me molestaba en disimular: la pija me había hecho una carpa en el pantalón y él lo veía perfectamente.
Arriba, el ritmo cambió. Empezó un golpeteo rítmico, sordo, la cabecera de la cama pegando contra la pared, acompañando los gemidos que ya ni la música alcanzaba a tapar. Lucía gritaba «más fuerte, más fuerte, rompeme», y la voz grave de Damián le contestaba, autoritaria, «puta, sos una puta, decilo». Y ella lo decía. Repetía «soy una puta, soy tu puta» entre gemidos, como si esas palabras la desataran del todo.
Sentí el calor subiéndome por el cuello. Me removí en el sillón, incómodo por lo que mi propio cuerpo estaba haciendo sin permiso, con la verga latiendo dura, mojando el calzoncillo. Marcos lo notó y se rió por lo bajo.
—Tranquilo —dijo—. Es normal. Pasa. La primera vez a mí también se me paraba escuchándola.
Los golpes se aceleraron. Lucía dio un grito largo, agudo, quebrándose en la garganta, y arriba se escuchó un rugido de macho terminando. Silencio de unos segundos, después risas ahogadas y de nuevo el rumor de voces bajas.
—Ya acabó el primer round —murmuró Marcos, y volvió a mirar la tele como si nada.
El segundo round empezó a los diez minutos. Y hubo un tercero. No supe en qué momento me venció el cansancio y la cerveza, con la pija todavía dura y la cabeza llena de imágenes que yo no había visto y sin embargo veía perfectamente. Me quedé dormido en el sillón con el murmullo de la casa de fondo.
***
Me desperté con la boca seca y la televisión todavía encendida, en mudo. La música había parado. La casa estaba en silencio, salvo por unas voces bajas que venían de la cocina. Marcos no estaba en el sillón. Me levanté para subir a mi cuarto, pero al pasar junto a la cocina los vi.
Marcos estaba sentado a la mesa con una cerveza, relajado, en pantalón corto. Damián estaba apoyado contra la mesada, también con una cerveza, vestido apenas con el pantalón del gimnasio y sin la remera. A esa distancia, bajo la luz blanca de la cocina, su cuerpo era todavía más imponente: hombros enormes, el pecho marcado, el torso bajando hacia una cintura firme y una línea de vello que se perdía dentro del pantalón. Debajo de la tela clara todavía se le marcaba, pesada y semi dura, la verga que había tenido a Lucía gritando media noche. Tenía el pelo revuelto y una calma de animal saciado.
Me quedé un segundo de más en el umbral, sin saber si entrar o seguir de largo. Damián me vio y, por reflejo, se enderezó un poco, como si fuera a cubrirse. Marcos soltó una carcajada.
—Dejá, está todo bien —le dijo—. Es de confianza, ya te dije. Además el pibe estuvo abajo escuchándote todo, con la pija dura como piedra.
Damián se relajó de nuevo y levantó la botella hacia mí, a modo de saludo. Me sonrió como quien conoce un secreto.
—¿Y Lucía? —pregunté, más por decir algo que por otra cosa.
—Durmiendo —contestó Marcos—. Quedó hecha pedazos, chorreando semen y con el culo colorado de los tortazos. —Lo dijo con un orgullo extraño, como si el cansancio de ella fuera un trofeo compartido.
—No fue una vez —agregó Damián, y los dos se rieron de un chiste que solo ellos entendían—. Fueron tres. La primera se la metí por adelante, después por atrás y al final se la vació entera en la boca. Es insaciable, tragó todo y me pidió más. Casi me deja seco.
—Vos también rendís —le respondió Marcos, chocando las botellas—. Ahora subo yo a ver si me queda algo para revolver.
Se rieron los dos. Me despedí, dije que me iba a dormir, y subí la escalera con la cabeza dándome vueltas y la verga otra vez rígida. El pasillo de arriba estaba a oscuras. La puerta del dormitorio principal había quedado entreabierta, una línea de luz tibia escapando hacia el suelo.
No debí mirar. Lo sé. Pero me detuve, contuve la respiración y me asomé apenas por la rendija.
***
Lucía estaba tendida boca abajo sobre las sábanas revueltas, medio cubierta por una colcha que había quedado a la deriva. Dormía con una placidez total, el pelo desparramado sobre la almohada, una pierna abierta hacia afuera de la tela. La colcha se le había corrido hasta la cintura y le dejaba el culo redondo, blanco, al descubierto, con dos marcas rojas nítidas de manos abiertas sobre cada nalga. Entre los muslos, todavía brillaba un hilo espeso de semen que le bajaba lento por la piel hasta empapar la sábana. La ropa que se había probado horas antes seguía tirada por el piso, mezclada con la remera que Damián tenía puesta al llegar. En la penumbra alcancé a ver también las marcas tenues de dedos en las caderas, el rastro de una boca en el hombro, todo lo que ese cuerpo generoso había recibido y que yo solo había escuchado a medias.
Había algo casi tierno en la escena, y a la vez algo profundamente prohibido en que yo estuviera ahí, espiándola dormir cogida, marcada y llena de otro. Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas y que la pija me palpitaba tan fuerte que casi dolía. Me aparté de la puerta despacio, conteniendo hasta el sonido de mis propios pies, y me encerré en mi cuarto.
Esa noche no dormí. Me bajé el pantalón, me agarré la verga chorreando líquido y me la corrí ahí mismo pensando en Lucía, en el semen de Damián todavía adentro de ella, en la voz de Marcos diciéndome «pasa». Acabé rápido, en oleadas largas, con un gruñido ahogado contra la almohada, y aun así no se me pasó. No paraba de repasarlo todo: la charla en el sillón, la música, los sonidos a través del piso, «soy tu puta», Damián en la cocina con la pija medio dura marcada bajo el pantalón, Lucía abandonada boca abajo con el culo rojo y el sexo empapado. Me había convertido, sin buscarlo, en testigo de algo que la mayoría de la gente jamás ve. Y lo más perturbador no era el rechazo. Era cuánto me había gustado mirar, y cuánto quería volver a mirar.
***
Damián volvió varias veces en los meses que viví ahí. Con el tiempo, Marcos dejó de mandarme al sillón. «Si querés quedarte cerca, quedate», me dijo una vez, sin más explicación, y yo entendí que esa puerta entreabierta no había sido un descuido la primera noche.
Aprendí a quedarme en el pasillo, en silencio, con la pija afuera y la mano trabajándola despacio, mirando lo que ellos me dejaban mirar. Vi cómo Damián le abría las piernas y le enterraba la cara en el coño hasta hacerla arquear la espalda. Vi cómo se la cogía en cuatro, agarrándole el pelo, mientras Marcos se sentaba en el sillón del cuarto y se la sacudía mirando. Vi a Lucía chupándosela a uno y masturbando al otro al mismo tiempo, con los ojos cerrados y el rímel corrido. Vi el momento exacto en que Damián se corría adentro y ella temblaba entera, gimiendo con la boca abierta, y a Marcos subirse a la cama en cuanto el otro se apartaba, para cogerla con el semen del amigo chorreándole todavía.
A veces Lucía abría los ojos en medio de todo y me sostenía la mirada desde la cama, sin pedirme que me fuera. Una noche me sostuvo la mirada mientras Damián la embestía por atrás y, sin dejar de gemir, se llevó los dedos a la boca, se los chupó y bajó la mano hasta el clítoris, mostrándome cómo se tocaba mientras otro la cogía. Acabé ahí, en el pasillo, contra el marco de la puerta, mordiéndome el puño para no gritar. Esa complicidad muda, ese permiso que nunca se dijo en voz alta, fue lo más excitante que viví en aquella casa.
Nunca crucé la puerta. Nunca hizo falta. Yo había encontrado mi lugar exacto en ese arreglo: el del que observa y se corre solo. Y ellos, que parecían saberlo todo el uno del otro, lo sabían también de mí.
Hay noches en las que todavía, años después, vuelvo a esa rendija de luz en el pasillo y al silencio de la casa dormida. Pero esas son otras historias, y quizá, si me animo, algún día las cuente.





