Mi vecina me descubrió desde la ventana de enfrente
Todo lo que voy a contar ocurrió un verano que ya no está tan cerca, en un pueblo pequeño de la costa, de esos que en agosto se llenan de gente y se vacían en septiembre como si nunca hubiera pasado nada.
Éramos cinco amigos y habíamos alquilado un apartamento para una semana. No estaba pegado a la playa, pero el precio era razonable y, repartido entre todos, casi no se notaba. Tenía tres habitaciones, una cocina diminuta y un patio interior alrededor del cual se asomaban las ventanas de medio edificio.
Esa tarde habíamos bajado a la arena temprano. Pasamos las horas como se pasan a esa edad: jugando a las cartas sobre una toalla, metiéndonos en el agua cada vez que el calor apretaba, mirando de reojo a las chicas que paseaban por la orilla con sus bikinis. El sol caía oblicuo y dorado, y el aire olía a sal y a crema solar.
A eso de las siete decidí subir antes que el resto. Quería ducharme con calma y ser el primero en estar listo para salir esa noche; si esperaba a que todos volvieran, la ducha se convertía en una cola interminable y siempre me tocaba el agua tibia.
—Yo me voy yendo —dije, sacudiéndome la arena de las piernas.
—Cobarde —se rió Marcos sin levantar la vista de las cartas—. Nos guardas sitio en el baño.
Subí solo. El apartamento estaba en silencio, con esa quietud espesa de las casas cerradas todo el día bajo el sol. Las persianas habían contenido el calor y el aire dentro pesaba. Me fui directo a mi habitación, una de las que daban al patio interior, y dejé la bolsa sobre la cama.
Me quité la camiseta. Tenía la espalda tirante por las horas de sol y la piel todavía caliente. Me senté un momento en el borde del colchón para quitarme las sandalias y, sin proponérmelo, empecé a pensar en una de las chicas de la playa, una que llevaba un tanga azul y que se había quedado un buen rato cerca de nosotros, ajustándose el bikini cada dos por tres. Recordaba cómo se le marcaba el coño bajo la tela mojada, esa hendidura clarísima que se le dibujaba cuando salía del agua y el bañador se le pegaba, y ya solo con eso empecé a sentir cómo la polla se me iba poniendo dura contra el pantalón corto.
Solo un minuto, me dije. Tengo tiempo de sobra.
Me quité también el bañador, que estaba húmedo y áspero por la sal, y me tumbé. La habitación estaba en penumbra, con la única luz de la ventana abierta dejando entrar el final de la tarde. Empecé a tocarme despacio, cerrando el puño alrededor de la verga y bajando la piel hasta descubrir el glande del todo. Estaba ya empapado en la punta y usé esa gota para lubricar el primer movimiento, arriba y abajo, sin prisa, recreando la imagen del tanga azul, la curva de su cadera, la forma en que se mordía el labio mientras hablaba con sus amigas.
Me acariciaba de arriba abajo, deteniéndome a propósito, alargando cada movimiento, apretando fuerte en la base y aflojando cuando llegaba al capullo. Estaba tan metido en mi cabeza que tardé en darme cuenta de algo extraño.
Una luz había cambiado en la pared.
Mi sombra se proyectaba sobre el papel pintado, recortada y nítida, como si alguien hubiera encendido un foco justo enfrente. Giré la cabeza hacia la ventana. La había dejado abierta de par en par, sin la persiana bajada, y al otro lado del patio, en el apartamento de enfrente, había una ventana iluminada.
Y en esa ventana había una mujer.
Calculé que rondaría los cuarenta. Morena, con el pelo largo recogido a medias, todavía con la piel tostada de un verano entero. Se estaba quitando un pareo de playa con un gesto lento, casi distraído, y debajo llevaba un bikini oscuro que le dibujaba una figura de las que detienen una conversación a media frase.
Me quedé inmóvil, con la polla en la mano y el corazón desbocado.
Estaba completamente desnudo, tumbado, con la verga tiesa apuntando al techo y todo a la vista, y una desconocida me observaba desde el otro lado del patio. Lo lógico habría sido taparme, levantarme de un salto, cerrar la ventana de golpe. Pero no me moví. Y entonces entendí que ella tampoco apartaba los ojos.
Me miraba. Y sonreía.
No era una sonrisa de sorpresa ni de incomodidad. Era una sonrisa que sabía exactamente lo que estaba pasando y que no tenía ninguna intención de detenerlo. Se le fue directo a la entrepierna, se detuvo un instante ahí y después subió otra vez a mis ojos, como confirmándome que había visto perfectamente lo que tenía entre las piernas.
Esto no está pasando, pensé. Esto no le pasa a nadie.
Durante unos segundos ninguno de los dos hizo nada. El patio interior, con su eco de televisores lejanos y el rumor de alguien fregando platos un piso más arriba, parecía haber desaparecido. Solo quedábamos ella, yo, y el aire caliente que cruzaba de una ventana a la otra.
Y luego, sin dejar de mirarme, llevó las manos a su espalda.
Soltó el cierre de la parte de arriba del bikini con una calma deliberada, como quien tiene todo el tiempo del mundo. La tela cedió y la dejó caer sobre el alféizar. Tenía las tetas llenas, firmes, con los pezones oscuros y ya erizados, y la respiración se le notaba apenas en el modo en que subían y bajaban. Se llevó una mano al pelo y lo soltó del todo, dejándolo caer sobre los hombros. Después bajó los dedos y se pellizcó despacio un pezón, tirando de él hacia fuera hasta que se le puso duro como una piedra, sin dejar de mirarme un solo segundo.
Cualquier resto de vergüenza que me quedara se evaporó en ese instante. Volví a apretar el puño alrededor de la polla, esta vez mirándola a ella, solo a ella, olvidada por completo la chica del tanga azul. Empecé a masturbarme despacio, dejándole ver cada movimiento, subiendo la mano hasta descapullarme del todo y bajándola después hasta pegar los nudillos contra los huevos, porque era evidente que eso era lo que quería: mirar y que la miraran.
Ella ladeó la cabeza, como evaluando, y su sonrisa se ensanchó un poco. Apoyó una cadera contra el marco de la ventana y, con la otra mano, fue bajando despacio por su propio vientre, pasándose las yemas por debajo del ombligo, hasta meterse por dentro de la parte de abajo del bikini. Vi cómo se le tensaba el brazo, cómo empezaba a moverse en pequeños círculos ahí abajo, y cómo la boca se le abría un instante antes de volver a cerrarse en esa sonrisa suya.
El calor de la habitación se me había vuelto insoportable, pero no por la temperatura. Tenía la frente perlada de sudor, el pecho enrojecido y el corazón disparado. Cada vez que creía que ella iba a cansarse, a cerrar la ventana, a romper el hechizo, hacía justo lo contrario: daba un paso más, mostraba un poco más, me sostenía la mirada un poco más. Sacó la mano de dentro del bikini y se llevó los dedos brillantes a la boca, se los chupó despacio, y me enseñó la lengua por un segundo antes de volver a bajarlos.
Se enganchó los pulgares en los lados de la parte de abajo del bikini y, con la misma lentitud premeditada, la deslizó hacia abajo. Lo hizo sin teatro, sin gestos exagerados, con una naturalidad que la volvía mil veces más perturbadora. El triángulo de tela se le enredó un momento en los muslos y ella lo pateó a un lado con la punta del pie. Tenía el coño depilado casi por completo, con solo una franja fina de vello oscuro encima, y desde donde yo estaba se le veían perfectamente los labios, hinchados y brillantes por lo que se había estado tocando. Ahora estábamos los dos igual de expuestos, separados apenas por unos metros de aire de verano, sin habernos dicho una sola palabra.
Abrió un poco las piernas, apoyando una rodilla contra el marco, y bajó otra vez la mano. Esta vez la vi todo el tiempo. Vi cómo se separaba los labios del coño con dos dedos y cómo con el corazón empezaba a frotarse el clítoris en círculos lentos, apretando cada tantos segundos, echando la cabeza hacia atrás sin dejar de mirarme por debajo de las pestañas. De vez en cuando bajaba los dedos, se los hundía dentro, dos a la vez, y volvía a subirlos empapados hasta el clítoris para seguir dándose placer con su propio flujo.
No sé cuánto duró. Pudieron ser dos minutos o pudieron ser diez. El tiempo se había vuelto líquido. Yo me pajeaba al ritmo que ella marcaba con la mirada, acelerando cuando ella entrecerraba los ojos y aceleraba los dedos ahí abajo, frenando cuando se mordía el labio y echaba la cabeza hacia atrás con la boca abierta. Tenía la polla tan hinchada que me dolía, y la punta me chorreaba un hilo espeso que me caía por los dedos y me pringaba la mano entera.
En un momento dado se llevó dos dedos a la boca, despacio, se los chupó hasta el nudillo y luego los bajó de nuevo directamente al coño, hundiéndoselos de un solo empujón. Vi cómo se le arqueaba la espalda, cómo se le tensaba el vientre, y cómo se lamía los labios sin dejar de bombear la mano. Fue entonces cuando comprendí que ella tampoco estaba solo mirando. Que se estaba corriendo, o le faltaba muy poco, ahí, delante de mí, mientras yo me la meneaba a unos pocos metros.
Sentí que se me escapaba, que estaba a punto, que no iba a poder aguantar mucho más. Apreté más fuerte, aceleré el puño, y le enseñé la polla entera echándome un poco hacia adelante en la cama para que no perdiera detalle. Y justo cuando creía que el mundo entero se reducía a esa ventana iluminada, una voz cortó el aire.
Una voz de hombre, gruesa, desde algún lugar dentro del apartamento de enfrente, llamándola por un nombre que no llegué a entender.
Ella reaccionó al instante. Recogió el bikini del alféizar de un manotazo, se cubrió con el pareo y se apartó de la ventana en dos pasos rápidos. El hechizo se rompió como un cristal.
Me quedé a medias, con la polla en la mano y la respiración entrecortada, a punto de correrme y sin poder acabar, convencido de que se había terminado, de que aquello quedaría como uno de esos momentos imposibles que uno cuenta años después y nadie cree.
Pero entonces volvió.
Solo un segundo. Se asomó de nuevo, ya envuelta en el pareo, comprobó por encima del hombro que no había nadie detrás, y me buscó con los ojos. Cuando me encontró, bajó la mirada un instante a mi mano cerrada alrededor de la verga, se mordió el labio, y volvió a subirla. Se llevó dos dedos a los labios, los mismos que un momento antes había tenido dentro del coño, y me lanzó un beso. Un gesto pequeño, casi tímido después de todo lo demás, pero que terminó de empujarme al borde.
Me corrí mirándola. Como nunca lo había hecho, con una intensidad que me dejó temblando contra el colchón. Fueron cuatro o cinco chorros gruesos de semen que me saltaron hasta el pecho, calientes, uno de ellos me llegó a la clavícula, y los últimos me quedaron chorreando por los nudillos mientras seguía apretando la polla en espasmos. Y ella lo vio. Vio cada chorro. Vio exactamente lo que había provocado, cómo me vaciaba entero por su culpa, y su sonrisa, antes de desaparecer, fue de pura satisfacción.
Después bajó la persiana de su ventana, despacio, sellando el patio como si nunca hubiera ocurrido nada.
Me quedé tumbado un largo rato, embadurnado en mi propia corrida, mirando el techo, escuchando mi propio corazón ir frenando poco a poco. Por el patio volvieron a colarse los sonidos de siempre: el televisor, los platos, una moto a lo lejos. Como si el mundo entero hubiera seguido girando mientras a mí me pasaba lo más extraordinario del verano.
***
Cuando mis amigos subieron media hora más tarde, yo ya estaba duchado y vestido, sentado en el sofá con una cerveza, fingiendo una calma que no sentía.
—Mira el listo, ya está listo —protestó Marcos, dejándose caer a mi lado—. ¿Y esa cara de bobo?
—Nada —dije—. El verano, que sienta bien.
No conté nada. No habría sabido por dónde empezar, y además había algo que quería guardar solo para mí. Esa noche salimos, bebimos, nos reímos hasta tarde, pero yo no dejaba de pensar en la ventana de enfrente y en si volvería a iluminarse.
Aquel día fue inolvidable. Y no fue el último. Pero esa, ya es otra historia.





