Lo pillé espiándome entre las cortinas de su cuarto
Llevaba casi medio año viviendo sola en un pequeño complejo residencial a las afueras de la ciudad. La ruptura con Andrés había sido más amarga de lo que esperaba, pero a esas alturas ya empezaba a saborear las ventajas de no rendirle cuentas a nadie: cenar a la hora que se me antojara, ver televisión en ropa interior, dejar los platos en el fregadero sin que nadie protestara.
La casa de enfrente había permanecido vacía un par de meses, lo cual me daba una privacidad que no había conocido cuando todavía vivía con mi novio. La calle era tranquila, casi muerta entre semana, y yo me había acostumbrado a moverme por las habitaciones sin pensar demasiado en las cortinas.
Esa tarde regresaba temprano del trabajo. Me asomé al balcón y vi a una familia descargando un camión de mudanzas frente a la casa vecina. Una pareja madura, una niña de unos tres años que daba saltitos en la acera y un muchacho larguirucho que cargaba cajas con esa apatía obediente de los hijos que aún viven con los padres. Calculé que tendría unos veintiuno, veintidós como mucho.
Me quedé un rato mirándolos, con la curiosidad inofensiva de quien observa una serie. Hay algo extrañamente placentero en ver a otros trabajar sin estar uno obligado a ayudar.
***
Lo descubrí a la semana siguiente.
Era una noche entre semana y volvía pasada la medianoche de una cena con compañeros de la oficina. Entré al cuarto, encendí la luz y me dejé caer en el borde de la cama. Me quité los zapatos de tacón, suspiré largo y empecé a desvestirme.
Solté la chaqueta, desabotoné la blusa con la torpeza del cansancio. Cuando bajé la cremallera de la falda y la dejé caer al suelo, me percaté de algo: las cortinas estaban completamente abiertas. La habitación parecía un escenario iluminado y, al otro lado de la calle, la ventana del cuarto del muchacho era el único punto oscuro de la fachada.
Me acerqué a cerrarlas. Entonces lo vi.
Una silueta detrás del cristal, paralizada, atrapada en el acto. El reflejo de la calle me devolvía sus ojos abiertos como platos. Tomás —había escuchado a su madre llamarlo así—, con la boca entreabierta, viéndome en sostén como si Dios mismo le hubiese mandado un regalo.
Cerré las cortinas con un tirón violento. Sentí cómo el calor me subía a la cara, mitad vergüenza, mitad furia.
—Idiota —murmuré, sin saber si me refería a él o a mí.
Esa noche apenas dormí. Le daba vueltas al asunto, repasando cada gesto, cada centímetro de piel que había quedado expuesta. No era nada del otro mundo, ni siquiera me había bajado el sostén, pero la idea de haber sido observada sin consentimiento me sublevaba.
***
Los días siguientes me convertí en una sombra dentro de mi propia casa. Cortinas cerradas a todas horas, luces tenues, una paranoia silenciosa que me obligaba a vestirme dentro del armario, casi a oscuras.
Y sin embargo, lo seguía mirando.
Desde la cocina lo veía ayudar a su madre con la cena. Desde el balcón lo descubría leyéndole un cuento a su hermanita pequeña en el jardín delantero. Era un chico tranquilo, serio, atento. Nada que ver con la vehemencia inmadura de Andrés, que a los treinta y tres seguía coleccionando consolas y rompiendo promesas.
Pensar que aquel muchacho de apenas veinte años parecía más adulto que mi exnovio me hizo sonreír con amargura. También me hizo mirarlo distinto.
Su padre, don Ricardo, era el polo opuesto: un hombre de espalda recta, traje impecable hasta para sacar la basura, gesto severo. Probablemente de él había heredado el chico esa actitud contenida, casi sumisa.
***
Lo volví a ver, sin pretenderlo, un domingo por la mañana.
Me desperté con el primer rayo de sol, algo insólito para una mujer que normalmente domingueaba hasta las once. Me puse la camiseta del pijama sobre el short minúsculo con el que solía dormir y abrí las cortinas para aprovechar la luz natural.
Eché un vistazo distraído a la ventana de enfrente. El chico estaba ahí, también recién levantado, con el cabello revuelto y una taza humeante entre las manos. Nos miramos un segundo. Bajé la vista y seguí con mis cosas.
Me puse a ordenar el cuarto y luego pasé la aspiradora por la sala contigua. Volví al dormitorio para cambiarme. El armario quedaba justo al lado de la ventana y, mientras revolvía buscando algo cómodo, no pude evitar mirar otra vez al otro lado.
Tomás acababa de salir de la ducha. Llevaba una toalla anudada a la cintura y un goteo lento por el pecho. No era exageradamente musculoso, pero tenía el cuerpo firme de un chico joven que se mantiene activo: abdomen marcado, hombros amplios, piel clara. El pelo castaño, todavía mojado, le caía sobre la frente.
Lo miré sin disimulo durante varios segundos. Más de los que debería haberme permitido.
Entonces, sin previo aviso, se desató la toalla.
Quedó completamente desnudo frente al espejo de su cuarto, regalándome un ángulo perfecto. Tenía un sexo bonito incluso en reposo, limpio, generoso, colgando con una pereza que no presagiaba nada. Quizá lo hizo a propósito, quizá no. Pero el corazón se me disparó con una urgencia que no recordaba desde la adolescencia.
Quería apartar la mirada. Sabía que debía hacerlo. No lo hice.
Cuando finalmente conseguí alejarme de la ventana, tenía la respiración entrecortada y las manos un poco temblorosas. Hasta ese día había pensado que el voyerismo era cosa de gente desequilibrada. Nunca habría sospechado que pudiera excitarme de esa manera.
***
Algo cambió en mí desde aquella mañana.
Descubrí que aquella complicidad muda con un desconocido, ese acuerdo no firmado de mirarnos a distancia sin tocarnos jamás, me liberaba de un modo que nada me había liberado antes. Sin compromiso, sin riesgo, sin consecuencias. Sólo dos ventanas, dos cuerpos y dos miradas.
El problema era coincidir. Yo trabajaba muchas horas, él parecía estudiar a tiempo completo, y nuestros horarios casi nunca encajaban.
Una tarde entre semana decidí salir a correr por el parque cercano al complejo. Volví sudada, agradablemente cansada, con ganas de estirar un poco. Extendí la esterilla de yoga en la sala del segundo piso, justo detrás del televisor, frente al ventanal grande.
A los pocos minutos sentí que alguien me observaba. De reojo descubrí al padre y al hijo juntos, en el estudio de la casa vecina. Don Ricardo le mostraba algo en la pantalla del ordenador, probablemente algún asunto del negocio que algún día heredaría. Pero ni uno ni otro estaban mirando del todo a la pantalla. Las miradas se les escapaban hacia mi ventana cada pocos segundos.
Pensé en cerrar las cortinas. No lo hice.
Vestía unas mallas violetas muy ajustadas y una blusa rosa holgada que dejaba ver el sujetador deportivo en cuanto me inclinaba. Cada postura, cada estiramiento, cada flexión que requería abrir las piernas o arquear la espalda les regalaba un ángulo distinto. Yo lo sabía. Ellos también.
No pasó nada más. Pero supe, con una claridad nítida, que aquellos dos hombres terminarían soñando conmigo esa noche.
***
El verdadero salto ocurrió un par de semanas después.
Llegué temprano del trabajo, alrededor de las seis. Subí al cuarto con la intención de cambiarme y, casi sin querer, lancé una mirada panorámica por la ventana antes de cerrar las cortinas.
Estaba toda la familia en escena. Don Ricardo concentrado en su ordenador del estudio. La madre en la planta baja, jugando con la pequeña que corría en círculos por el salón. Y Tomás, en su cuarto, con el portátil sobre las piernas y una libreta donde anotaba algo con rapidez.
Me quedé un rato observando la escena hogareña con una ternura inesperada. Después saqué el pijama del armario, lo tiré sobre la cama y empecé a desvestirme.
Me quité el saco. Me saqué la blusa de tirantes. Y justo entonces, casi por instinto, levanté los ojos hacia su ventana.
Lo cacé.
Tomás estaba detrás de su cortina, escondido sólo a medias. La silueta del pliegue de tela contra el cristal lo delataba sin compasión. Estaba mirándome. Y por el ritmo del hombro derecho, no estaba sólo mirándome.
Mi primera reacción fue cerrar las cortinas. Lo segundo, sentir un pequeño desprecio: «depravado». Y lo tercero, recordar que yo había hecho exactamente lo mismo con él aquel domingo, después de la ducha.
Quien estuviera libre de culpa, que cerrara las cortinas.
Me quedé inmóvil con la blusa colgando de la mano. Lo miré disimuladamente otra vez. Vi cómo asomaba ahora la mano izquierda fuera del refugio de tela, recorriendo arriba y abajo con un ritmo cada vez más urgente.
Caminé hasta el espejo y empecé a peinarme con calma fingida, ganando tiempo, dándole tiempo. En ese gesto sencillo, mientras me recogía el pelo en una coleta floja, lo comprendí todo.
No era depravación. Era el mismo placer prohibido que yo había descubierto. La fruta robada, la mirada furtiva, la sensación de estar haciendo algo que no se debe.
Me llevé las manos a la espalda y me desabroché el sostén. Dejé caer las copas y lo solté al suelo. Mis pechos quedaron al aire, libres, mirando justo hacia su ventana.
No miré. No hizo falta. Sentí su mirada como un peso tibio sobre la piel, y por el balanceo violento de la cortina supe que mi vecino acababa de regalarse el mejor momento de su semana.
***
Desde entonces, aquello fue una rutina secreta.
Era adictivo de un modo que no supe nombrar al principio. Saberme deseada a distancia, en silencio, sin que nadie tuviera que pedir nada, me hacía sentir poderosa de una manera nueva. Yo controlaba el escenario, las luces, el tempo. Yo decidía cuándo se abrían y cuándo se cerraban las cortinas.
A veces lo hacía al volver del trabajo, mientras me cambiaba. A veces por la mañana, después de ducharme, atravesando el cuarto envuelta sólo en una toalla que se me iba resbalando «sin querer». A veces durante las rutinas de yoga, incluso cuando sabía que don Ricardo me observaba desde su estudio. Ambos disfrutaban. Yo también.
Empecé a elegir mi ropa pensando en ellos. Conjuntos deportivos más entallados, blusas finas sin sujetador, leggings que marcaban hasta el último pliegue. La vagina recién depilada, los pezones erizados por el frío matinal, todo dispuesto como un menú visible desde la otra acera.
Aquel jueguito mudo se convirtió en mi pequeña obsesión.
***
Una noche de sábado, hacia las once, estaba sola en casa, sentada frente al televisor del cuarto contiguo al dormitorio, jugando con la consola que Andrés había dejado en la mudanza. Las partidas en línea se alargaban y yo iba ganando.
Entonces vi el movimiento detrás de la cortina del vecino.
Sonreí sin mirar directamente. Él creía que era invisible. Llevábamos meses con el mismo malentendido encantador.
Llevaba puesto un pantalón corto de algodón y una blusa amplia, suelta, sin sujetador. Nada planificado. Pero saberlo ahí, escondido y atento, hizo que mi cuerpo se reacomodara casi sin darme cuenta. Subí los pies al sillón. Recliné la espalda hacia su lado de la ventana. Aparté el cabello del hombro y dejé que la blusa resbalara un par de centímetros más allá de lo decente.
Entre partida y partida iba enseñando un poco más. Jugaba con el escote, fingía rascarme el pecho, dejaba caer la tela para acomodarla mal a propósito. Hasta que, en mitad de un tiroteo virtual, la blusa se deslizó por completo de un hombro y dejó al descubierto uno de mis pechos. El pezón rosado, duro por el aire acondicionado, quedó visible varios segundos.
No lo arreglé.
Eso es, cariño. Mira todo lo que quieras.
Maté al último enemigo del nivel y celebré la victoria con los brazos en alto. En ese impulso, casi sin pensarlo, me saqué la blusa de un tirón limpio y la lancé al suelo. Quedé con los pechos al aire, sudada, sonriente, todavía con el mando entre las manos.
El reflejo del televisor me devolvía mi propia silueta superpuesta sobre el cristal. Más allá, en la ventana de enfrente, intuía perfectamente la figura escondida tras la cortina. Inmóvil. Hipnotizada.
Empecé otra partida pero ya no podía concentrarme. Mi cuerpo iba por libre. Sentía cada movimiento del aire sobre la piel desnuda, cada latido en lugares donde no debería haber latidos. Morí enseguida. Y me reí en voz alta.
Dejé el mando en el sillón. Me puse de pie, estiré los brazos como un gato perezoso, suspiré hondo. Y, mirando hacia la ventana, me bajé el pantalón corto y las bragas en un solo gesto.
Volví a sentarme. Esta vez con las piernas abiertas hacia la calle.
—Hoy es todo tuyo —dije en voz baja, aunque nadie pudiera oírme.
Me llevé los dedos al sexo y lo encontré mojado, hambriento, esperando desde hacía rato. Empecé despacio, dibujando círculos lentos sobre el clítoris, jugando con la humedad. Cerré los ojos un instante, los volví a abrir. Quería verlo aunque no pudiera verlo. Quería que él me viera entera.
Lo imaginé al otro lado, con el pantalón bajado, masturbándose con la misma urgencia con la que yo me tocaba. Lo imaginé con la mano izquierda apoyada en la pared, la frente pegada al cristal, los ojos sin pestañear. Lo imaginé y me toqué más rápido.
Disfrútame. Estás conmigo. Me tienes toda.
Dos dedos dentro, el pulgar arriba, el otro brazo cruzado sobre los pechos para sentir mi propia piel. Llevaba semanas sin tocarme así, con esa mezcla de exhibición y abandono. La cabeza echada hacia atrás, los gemidos saliendo sin filtro, los pies clavados en el borde del sillón.
Cuando vino, vino de golpe. Una ola que me sacudió desde los muslos hasta los hombros, me arqueó la espalda y me sacó un grito ronco que probablemente se oyó hasta en la calle. Sentí mi sexo contrayéndose, los dedos empapados, los párpados pesados.
Me quedé un momento así, recobrando el aliento. Y entonces, despacio, giré la cabeza hacia la ventana.
Lo encontré. La cortina apenas lo tapaba ya. Tenía la boca abierta, el pecho subiendo y bajando con la misma agitación que yo, una mano aún cerrada sobre sí mismo, gestos rotos de quien acaba de terminar también.
Sonreí. Le clavé los ojos cafés sin esconderme y le mandé un beso lento desde la punta de los dedos todavía brillantes. Me llevé esos dedos a la boca y los lamí sin prisa, sin dejar de mirarlo, saboreando aquel triunfo silencioso que sólo nosotros dos podíamos celebrar.
Después me levanté, recogí la blusa del suelo y, antes de cerrar la cortina, le hice un guiño que cualquier juez del mundo habría calificado de descarado.
Mañana volveremos a abrirlas.