Lo que vi en el pasillo aquella noche en casa de mi padre
Mi padre llevaba casi un año viudo cuando empezó a hablarme de Adriana. Yo vivía en otra ciudad terminando la carrera y lo llamaba los domingos por la noche, esos llamados breves donde nunca decíamos lo importante. Por eso me sorprendió que un martes cualquiera fuera él quien marcara mi número.
—Vente el viernes —dijo—. Quiero que conozcas a alguien.
No le pregunté nada más. Compré el pasaje, hice una mochila pequeña y el viernes a las siete de la tarde estaba bajando del autobús con un nudo extraño en el estómago. No era enojo. Tampoco era tristeza. Era algo más parecido a la curiosidad nerviosa de saber con quién había decidido mi padre seguir su vida.
Adriana abrió la puerta antes de que terminara de tocar el timbre. Tendría treinta y cinco, quizá treinta y seis años. Bastante menos que mi padre, en todo caso. Llevaba un vestido camisero color crema, sin maquillaje, el pelo castaño suelto hasta los hombros. Me sonrió con una mezcla rara de timidez y firmeza, como quien ya había ensayado ese momento varias veces frente al espejo.
—Tú debes ser Mateo —dijo—. Pasa, por favor. Tu papá está poniendo la mesa.
La cena fue tranquila. Demasiado tranquila, quizá. Ella sirvió un pollo al horno con papas, mi padre abrió una botella de vino tinto y los tres conversamos sobre cosas sin importancia: la universidad, el clima en mi ciudad, una serie que ella estaba viendo. Adriana hacía preguntas precisas, me escuchaba sin interrumpir y tenía un modo de inclinarse hacia adelante cuando le interesaba la respuesta que me obligaba a no perder el hilo. Tenía hoyitos profundos en las mejillas cada vez que sonreía.
Hacia las once mi padre empezó a cabecear en la silla.
—Disculpen, muchachos, ya no doy más —dijo—. Mañana hablamos con calma, hijo. Hace mil que no te veo.
Se despidió con un abrazo torpe y se retiró a su cuarto. Adriana y yo nos quedamos un minuto en silencio en el comedor, mirando la copa vacía de mi padre.
—¿Te molesta si recojo? —preguntó ella—. Quédate tranquilo en la sala si quieres revisar algo. Tu padre me dijo que traías unos papeles para firmar.
Era una excusa generosa para que no me sintiera obligado a ayudarla. La agradecí. Saqué la carpeta con los documentos del seguro de la moto y me senté en el sofá del living. Desde allí se veía perfectamente la cocina, abierta al ambiente. La luz era cálida, amarilla, y solo estaba encendida la lámpara sobre la mesada.
Veinte minutos después, Adriana volvió a aparecer. Pero no era la misma Adriana.
Se había cambiado el vestido por un short de algodón gris que apenas le cubría el comienzo de los muslos y una blusa de manga larga, fina, entallada en la cintura. Llevaba el pelo recogido en una coleta floja y unas pantuflas de tela. Estaba más cómoda, claro. También estaba, sin proponérselo, infinitamente más mía.
—Voy a dejar lista la cocina y me acuesto —dijo—. Cualquier cosa que necesites, despiértame sin pena.
—Tranquila. Estoy bien aquí.
Bajé la vista a los papeles. La levanté otra vez. La bajé. La levanté.
No la mires así. Es la pareja de tu padre.
Pero la miraba. La miraba moverse alrededor de la isla de la cocina, abrir el lavavajillas, agacharse a guardar una olla en el mueble bajo, estirarse a colgar un trapo. Cada vez que se agachaba, el short se le subía un par de centímetros y se le veía la curva blanca donde el muslo empezaba a transformarse en otra cosa. Tenía las caderas anchas, redondas, y la cintura tan delgada que el contraste resultaba casi violento. No era una mujer espectacular. Era algo peor: era exactamente el tipo de mujer en la que un hombre se queda pensando dos semanas después de haberla visto una vez.
Cuando terminó, se secó las manos y se apoyó en el marco de la puerta de la cocina.
—¿Te quedas a dormir? —preguntó—. Tu papá me pidió que insistiera. Ya es tarde para que cruces la ciudad.
Había planeado volverme a dormir al departamento de un amigo. En ese momento, sin embargo, lo único que quería era una excusa para no irme.
—Si no es molestia.
—Ninguna. Te muestro tu cuarto.
Caminamos por el pasillo del fondo. La habitación que me había preparado quedaba al lado del baño principal. Era un cuarto chico, con una cama de plaza y media, un escritorio y una ventana que daba al patio. Olía a lavanda y a ropa recién planchada.
—Ahí tienes toallas limpias. El baño es ese de enfrente. Yo voy a ducharme en un rato, así que si quieres entrar primero, hazlo.
—Voy yo primero. Después es todo tuyo.
Me bañé rápido, sin pensar demasiado, o intentando no pensar. Cuando salí al pasillo con la toalla en la cintura, ella estaba en la cocina sirviéndose un vaso de agua. Levantó la vista, me miró un segundo más de lo necesario y volvió a bajarla.
—Buenas noches, Mateo.
—Buenas noches.
Entré al cuarto, cerré la puerta y me dejé caer en la cama. El corazón me latía como si hubiera subido cuatro pisos corriendo. Me sequé el pelo, me puse un bóxer y una remera, apagué la luz de techo y dejé solo la lámpara del escritorio. Tomé el celular y traté de leer. No leí nada.
***
Pasaron unos veinte minutos hasta que escuché la puerta del cuarto principal abrirse y los pasos suaves de Adriana cruzar hacia el baño. Después, el cerrojo. Después, el ruido lejano del agua de la ducha.
Y ahí empecé a hacer algo que todavía no termino de justificar.
Me levanté de la cama, abrí mi puerta apenas un dedo y apagué la lámpara del escritorio. El pasillo quedó a oscuras. La única luz que se filtraba era la línea amarilla debajo de la puerta del baño. Desde mi posición, sentado al borde de la cama, podía ver perfectamente el tramo de pasillo entre el baño y el cuarto principal: tres metros, no más. Si ella salía y caminaba esos tres metros, yo la vería. Si yo me quedaba inmóvil en la oscuridad, ella no me vería a mí.
Me dije muchas cosas en esos minutos. Que estaba siendo un imbécil. Que iba a cerrar la puerta en cualquier momento. Que tenía veintidós años y debía comportarme como un adulto. Que era la pareja de mi padre y eso, eso solo, debía bastar.
No cerré la puerta.
El agua se cortó. Escuché el chirrido de la mampara, los pasos descalzos sobre el piso de cerámica, el ruido del secador que duró un par de minutos y, después, el silencio largo de alguien que se está vistiendo. O no.
La luz del baño se apagó.
El picaporte cedió y la puerta se abrió hacia adentro. Adriana salió.
Lo primero que pensé, y lo recuerdo con una claridad absurda, fue: no se molestó en ponerse la bata. Solo llevaba puesta la blusa fina del pijama, blanca, abierta en el primer botón, lo bastante larga para apenas tapar el comienzo de las nalgas. Nada más. Ni bombacha, ni pantalón, ni toalla. Caminaba secándose el pelo con una toalla pequeña en una mano, los pies descalzos, la espalda recta.
Cada paso era una cosa nueva. Las pantorrillas finas, los muslos blancos y firmes, ese hueco profundo en el costado de la cadera, el balanceo, leve pero cierto, de un cuerpo que no pesa nada y al mismo tiempo lo pesa todo. La luz tenue del pasillo le encendía la piel desde un costado y la dejaba mate del otro, como si fuera una foto en blanco y negro.
Y entonces ocurrió lo que no esperaba. Ella se detuvo. A mitad del pasillo, justo frente a mi puerta entreabierta. Bajó la toalla pequeña, la dobló contra el pecho y se quedó allí, dándome la espalda, mirando hacia el cuarto principal. No giró la cabeza. No dio señales de saber que yo estaba mirándola. Pero se quedó un segundo de más. Tres, cuatro segundos en los que dejé de respirar.
Después siguió caminando, abrió la puerta de su cuarto y entró, y la cerró sin hacer ruido.
***
Me quedé sentado en el borde de la cama, en la oscuridad, con la puerta todavía entreabierta y la imagen pegada en el revés de los párpados. Cerré la puerta despacio, le puse llave sin saber muy bien por qué, y me dejé caer de espaldas en el colchón.
Pensé que iba a poder dormir. Pensé que con cerrar los ojos bastaba. Pensé mal.
Cada vez que cerraba los párpados, volvía a ver esa pausa. La toalla doblada contra el pecho. Los segundos en que ella se quedó quieta justo frente a la puerta, como si supiera que del otro lado había alguien mirándola y no le incomodara. La curva blanca de la cadera. La blusa apenas levantándose con la respiración.
Me masturbé esa primera vez intentando no hacer ruido, con la mano izquierda apretándome la boca y la derecha trabajando rápido, casi con culpa. No me importó terminar pronto. Me importó terminar. Necesitaba sacarme esa imagen de adentro como quien necesita vomitar algo que cayó mal.
No me la saqué.
Veinte minutos después estaba otra vez duro, otra vez con la mano en mí, esta vez más despacio, dejándome estar en cada detalle. La cadera. El hoyuelo del costado del muslo. La idea, completamente nueva, de que tal vez ella sí supiera. De que aquella pausa de tres segundos en el pasillo no había sido casual. De que Adriana, la mujer que había llegado a mi vida una hora antes con un vestido crema y una sonrisa medida, era capaz también de esto.
Me dormí pasadas las cuatro de la mañana, con la imagen todavía en la cabeza y un cansancio que no se parecía al sueño.
Al día siguiente bajé a desayunar tarde. Mi padre ya se había ido al taller. Adriana estaba en la cocina, otra vez con un vestido cualquiera, otra vez con el pelo prolijo. Me sirvió café sin preguntar y se sentó frente a mí.
—¿Dormiste bien? —preguntó.
Levanté la vista despacio. Ella sonreía con esa misma sonrisa medida del día anterior. Pero los hoyitos eran más profundos. O yo los miraba distinto.
—Como hacía meses que no dormía —mentí.
—Me alegro —dijo—. Vas a venir más seguido, espero.
Y yo, mientras le agradecía el café y bajaba la vista a la taza, ya estaba pensando en cuándo era el próximo fin de semana largo.