Un viento me dejó desnuda frente a cientos de mirones
Antes de contar esto necesito que entiendan el contexto, porque sin él no se entiende cómo terminé donde terminé. Tengo un grupo de amigas desde la preparatoria, casi once años ya, y aunque la vida nos separó un poco, seguimos siendo inseparables cuando coincidimos. Somos cinco. Sin querer presumir, todas tenemos cierto atractivo: dos rubias altas y delgadas, una pelirroja teñida con un cuerpo que detiene el tráfico, una morena bajita firme como una bailarina, y yo, que me toca el papel de la chica linda de en medio. Me llamo Camila. Mido un metro sesenta, piel blanca, cabello castaño con reflejos, ojos verdes y unas pecas en los pómulos que mis amigas insisten en llamar adorables. Lo que más me halagan son las piernas y el culo, aunque tampoco me quejo de mis tetas, firmes, blancas, con los pezones rosados y respingones que se me marcan con cualquier cambio de temperatura.
Renata y Valeria son las rubias y, desde hace dos años, también son influencers. Cada una pasa los doscientos mil seguidores, y eso significa que cuando nos juntamos siempre hay un teléfono grabando algo. Hasta ese fin de semana habían sido respetuosas: nos pasaban los videos antes de subirlos, borraban lo que pidiéramos, nada salía sin nuestro consentimiento. Así fue durante años. Hasta que dejó de serlo.
La excusa para vernos fue que Sofía, la morena del grupo, por fin se casaba. Entre las otras cuatro le pagamos la despedida de soltera completa. Le reservamos una suite individual en un hotel de Tulum y nosotras compartimos otra habitación enorme: vista al mar, dos camas king, terraza propia y una regadera de cristal abierta en medio del cuarto, separada del resto por un panel transparente que dejaba bastante poco a la imaginación. Cuando entramos nos reímos.
—Esto va a ser un problema —dijo Romina, la pelirroja, dejándose caer sobre la cama.
—Después de once años de viajes, no hay rincón de ninguna que las demás no hayan visto —contestó Sofía.
Nos pareció gracioso. Nadie nos avisó que esa frase iba a volverse profética por las razones equivocadas.
El primer día fue tranquilo. Llegamos cansadas del vuelo, comimos algo y dormimos temprano. La mañana siguiente fue cuando empezaron las que yo creí travesuras inocentes.
Acababa de meterme a la regadera y, desde el otro lado del cristal, alcancé a ver a Renata caminando con el celular en la mano. Hablaba en voz alta, parecía estar grabando algo del cuarto. Yo seguí enjabonándome sin darle importancia hasta que pasó cerca del baño y entendí que estaba describiendo cada detalle de la suite a su cámara. Por molestarla, me pegué al vidrio, aplasté las tetas contra el cristal hasta que se me abrieron como dos medialunas blancas con los pezones apretados contra el vidrio, y empecé a moverlas haciendo morisquetas. Después me di vuelta, le mostré el culo, me abrí un poco las nalgas con las dos manos y le saqué la lengua por encima del hombro. Renata soltó una carcajada y, casi como si fuera una selfie, posó conmigo a través del panel, celular en alto, mientras yo terminaba de enjuagarme el jabón que me chorreaba entre los muslos. Yo no le di más vueltas, salí, me puse un bikini de tirantes de los que se desatan con un nudo a cada lado, y bajamos a la alberca.
El día se fue entre tragos al sol, una comida ligera frente al mar y siestas en los camastros. Volvimos al cuarto bronceadas y con esa energía especial de las vacaciones recién empezadas. Salimos a la terraza con una botella de tequila y limones. Después del cuarto o quinto caballito, Renata sacó el celular otra vez y empezó a narrar como si presentara un programa de televisión.
—Así se hace una despedida de soltera, ¿entendido? —dijo, mostrándonos a las cinco apiñadas contra la baranda.
Valeria sonrió de medio lado, le susurró algo a Romina al oído y, sin que yo entendiera nada, las dos se me fueron encima. Un tirón a cada cordón y se llevaron el sostén; otro a las caderas y desapareció la tanga. Antes de poder reaccionar, mi bikini estaba en el suelo y yo, completamente desnuda sobre la terraza, intentaba taparme con dos manos lo que requería cuatro. Las tetas me rebotaban con cada intento de agacharme, el coño depilado a la vista, las nalgas al aire. Hubo gritos, carcajadas, forcejeo. Yo trataba de recuperar las prendas mientras ellas las pasaban de mano en mano por encima de mi cabeza, y cada vez que estiraba los brazos hacia arriba se me abría todo de nuevo.
La terraza era alta, pero las terrazas vecinas estaban más cerca de lo que pensé. En segundos aparecieron cabezas asomándose. Silbidos. Aplausos.
—¡Esa es la novia, mami, no te tapes! —gritó alguien desde abajo—. ¡Abrí las piernas, preciosa!
—¡Mostranos el coño, güerita! —gritó otro, más lejos.
No era la novia, pero qué más daba. Yo no encontraba en qué cubrirme, las prendas eran cuatro hilos imposibles de acomodar con prisa, y entre risas histéricas terminé escapando hacia dentro del cuarto, cerrando la cortina con un pie y soltando una sarta de insultos cariñosos. Las otras entraron muertas de risa. Renata, sin soltar el celular, dijo que había sido el mejor show de la tarde. Yo pensé exageran, máximo me vieron dos vecinos, y le di otro trago al tequila.
***
La noche grande llegó rápido. Entre brindis y maquillaje, nadie soltó la copa. Yo había llevado un vestido azul de tirantes finos, de tela ligera, con cierto vuelo en la falda, hasta media pierna. Me estaba dando los últimos retoques cuando Valeria me miró por el espejo con cara de horror fingido.
—Te ves espantosa con sostén debajo —me dijo, acercándose por detrás—. Ese vestido es para usarse sin nada.
—Ni de chiste salgo sin ropa interior —contesté.
—No salís sin ropa interior. Salís con un vestido. Es distinto.
Antes de discutir más, ella misma metió las manos por debajo de la tela, me enganchó los pulgares en la tanga y me la bajó por los muslos lentamente, rozándome la piel con las uñas, hasta que me quedó a la altura de los tobillos. Yo levanté un pie y después el otro. Después me pidió que me sacara el sostén, que se lo pasara, y me prometió que iba a estar perfecta. Culpo al alcohol y a la complicidad. Ni siquiera pregunté si las otras también iban sin ropa interior. Me confié. Sentí el aire fresco subiéndome por debajo del vestido, acariciándome el coño desnudo, y cuando caminé hacia la puerta noté cómo la tela me rozaba las nalgas y los pezones con cada paso, endureciéndolos.
El club al que fuimos se llamaba Mantra, una especie de catedral de luces estroboscópicas en el centro turístico. Los de la puerta nos reconocieron por las redes de Renata y nos colocaron en una mesa privilegiada, casi pegada a la barra principal. El show del lugar incluía acróbatas colgados del techo, fuegos artificiales adentro y una jaula iluminada en el segundo nivel donde subían parejas a bailar para concursos improvisados. Bebimos sin parar. En algún momento, las cinco terminamos arriba de la barra, descalzas, bailando como si nadie nos mirara, aunque medio club nos miraba. Yo había olvidado por completo que no llevaba nada debajo del vestido, y cada giro me levantaba la falda unos centímetros de más, dejando que los tipos de las mesas de abajo alcanzaran a ver el arranque de los muslos, el borde blanco donde el bronceado terminaba.
Renata volvió a sacar el celular y empezó a hablar con él en alto, como si entrevistara a un público invisible. Después se acercó a mí, me abrazó por la cintura y me dijo al oído que necesitaba un favor.
—Sortean un fin de semana en un spa de lujo entre la pareja que baile más sexy en la jaula —explicó Valeria—. Vas a subir con Sofía. Pero la dinámica es distinta: vos te quedás firme, brazos arriba, como si fueras un tubo, y ella baila a tu alrededor.
Sonaba inocuo. Lo haría por la novia. Subimos.
Lo que pasó después todavía me hace temblar.
Yo me reía sola del personaje que me había tocado: estatua de piernas juntas, brazos estirados al cielo, mientras Sofía giraba a mi alrededor moviendo las caderas y guiñándole al público. No habían pasado treinta segundos cuando sentí una corriente de aire desde abajo, una ráfaga densa, mecánica, como si alguien hubiera abierto una compuerta en el piso. El vestido, ligero y con vuelo, se levantó completo. Con los brazos arriba no había nada que pesara en los hombros para anclarlo. En un parpadeo, la prenda se desprendió, voló por encima de la jaula, planeó sobre la pista y desapareció entre la multitud que la miró pasar como si fuera confeti.
Quedé congelada. Desnuda, completamente expuesta, sobre una jaula iluminada en medio de cientos de personas que en ese segundo dejaron de bailar para volverse hacia mí. Las tetas al aire bajo los reflectores, los pezones parados por el aire acondicionado, el coño depilado brillando bajo las luces estroboscópicas, y arriba de todo mis brazos que seguían un segundo de más levantados porque el cerebro no me alcanzaba a procesar. Los segundos se hicieron eternos. Escuché un grito unánime que salió de la pista, mitad silbido, mitad rugido, como si acabaran de meter un gol. Los celulares se levantaron por decenas. Reaccioné tarde, cubrí las tetas con un brazo y el coño con el otro, y con los muslos apretados intenté bajar con torpeza por la escalerita, sabiendo que desde atrás me estaban viendo el culo abierto en cada escalón.
Lo peor fue lo que vino después. En vez de quedarme arriba y pedir ayuda, decidí ir tras el vestido. Bajé a la pista. Me abrí paso entre cuerpos que olían a sudor y a colonia barata, y ahí fue donde se me terminó de caer el mundo. Manos que me tocaban como si tuvieran derecho, manos que me apretaban las tetas al pasar, manos que me pellizcaban los pezones, dedos que me buscaban entre las nalgas y me rozaban el ano, otros que me metían la palma completa entre los muslos y me tocaban el coño de arriba abajo aprovechando el empujón de la multitud. Sentí una lengua húmeda subiéndome por la nuca, un aliento a alcohol junto a la oreja, unos labios que me chupaban el hombro. Un tipo me agarró del culo con las dos manos y me apretó contra su bragueta; sentí la verga dura marcada contra la cadera antes de poder empujarlo. Otro me tomó de la muñeca, me abrió el brazo con el que me cubría las tetas y me las miró de cerca como si estuviera eligiendo fruta. Celulares que se levantaban a la altura de mi cara, mi cintura, mi coño, mi culo, mi todo. Nunca encontré el vestido. Era como tratar de recuperar una hoja del río.
No sé cómo logré volver con mis amigas. Sofía se quitó su tanga y me la pasó debajo de la barra; me la subí temblando, sintiendo la tela ajena todavía tibia pegárseme entre los labios del coño, empapada por el sudor del baile. Romina se desabrochó el sostén y me lo prestó sin importarle quedar ella casi en topless cubierta apenas por su blusa traslúcida, con los pezones rojos marcándose contra la tela. Salimos del club en caravana, riéndonos las otras por nervios y yo a punto del llanto. Pensé que era el momento más vergonzoso de mi vida. O eso creí.
***
Volvimos al hotel en taxi. El vestíbulo estaba casi vacío, así que el trayecto hasta la habitación fue menos humillante que la huida del club. Llegué al cuarto y me derrumbé en la cama. No recuerdo haberme dormido; recuerdo el techo girando, el sabor a tequila subiéndome por la garganta, y en la penumbra del cuarto me acuerdo de haberme sacado la tanga prestada de un tirón y de haberme abierto de piernas sobre el colchón sin sábana, porque el calor y el alcohol no me dejaban respirar. Me pasé la mano por el coño, más por comprobar que seguía ahí que por otra cosa, y sentí que lo tenía mojado, empapado, hinchado. Todo el manoseo de la pista se me había quedado adentro. Me acaricié un par de veces, los dedos me resbalaron entre los labios, me metí el dedo del medio hasta los nudillos y sentí que el coño lo apretaba solo. No alcancé a acabarme. Me quedé dormida con la mano entre los muslos y las piernas abiertas.
Desperté tarde, con el sol cayéndome de lleno en el cuerpo. Estaba boca arriba, sin sábana, sin nada encima, las piernas todavía abiertas como me había quedado dormida. Empecé a oír la voz de Renata otra vez, hablando como cuando narra para sus seguidores. Después escuché ruido de carritos, cubiertos, pasos firmes que entraban y salían del cuarto. Tardé en abrir los ojos y, cuando lo hice, descubrí que había tres meseros del servicio a la habitación entrando con bandejas, organizando platos, sirviendo café. Me quedé inmóvil. Renata les sonreía, les hacía bromas, les preguntaba sus nombres. Los meseros me veían de reojo y desviaban la mirada, pero alcanzaba a notar que volvían a mirar: uno joven, moreno, que sostenía la cafetera con la mano temblando, se me quedó clavado en el coño abierto un segundo de más antes de bajar la vista al piso. Otro, más veterano, se paseó dos veces por el borde de la cama con una excusa distinta cada vez, y me di cuenta de que se le marcaba la verga contra el pantalón negro del uniforme. El tercero directamente sacó su propio celular a la altura de la cintura y fingió mirar la hora.
Me incorporé de un golpe, con las tetas rebotándome. Frente al espejo grande de la pared opuesta vi mi reflejo: desnuda, despeinada, con marcas del colchón en la cadera, los pezones parados, el coño depilado brillando por la humedad seca de la noche anterior, y un rastro medio pegajoso en el interior del muslo. Los tres meseros me habían visto entera. Uno de ellos, el joven, seguía todavía mirando por el espejo aunque fingía servir el café.
—Renata, ¿qué pasa? —dije con un hilo de voz—. Estoy desnuda.
—Pues sí —contestó sin levantar la vista del celular—. Ayer al llegar al hotel te empeñaste en devolverles a Sofía y a Romina lo que te habían prestado. Te quedaste dormida así, con las piernas abiertas y la mano donde la mano no debería estar. Fue muy tierno.
—¿Y no pudiste taparme antes de que entraran los meseros?
—Mi amor, después de todo lo que ha pasado este fin de semana, ya hay un montón de gente que te conoce tal y como sos. Tres meseros más no cambian nada.
Algo en el tono me erizó la nuca. Le pedí que me explicara. Le dije que sí, que en el club me habían visto unas cuantas personas, pero que eso no significaba que no me importara nada. Y entonces dejó el teléfono, me miró a los ojos y me lo dijo, con la suavidad con la que se le da una mala noticia a un niño.
—Camila, o te hacés la tonta o lo que te voy a contar te va a tirar al piso. Mis lives son lo que más me ha hecho crecer el canal en meses. Y todo este fin de semana he estado transmitiendo en vivo.
Sentí que el cuarto se inclinaba.
—El primero fue ayer por la mañana —siguió—, cuando te hiciste la chistosa contra el cristal de la regadera. Se te vio todo: las tetas aplastadas, el culo abierto, hasta la lengua saliéndote. Yo lo tomé como tu forma de decir adelante. Hasta posaste para la cámara. El segundo fue en la terraza, cuando te quedaste desnuda y, en lugar de pedirme que apagara, seguiste riendo y poniendo cara para mí. Cuarenta mil personas te vieron el coño depilado en primer plano, Cami. Cuarenta mil. El tercero fue el del club, la jaula, el vestido, la huida entre la multitud. Ese ya rompió el récord del canal: se ve todo, se ve cómo te tocan, cómo te agarran las tetas, cómo te meten la mano entre las piernas. Y este, el de esta mañana con el servicio a la habitación, todavía está al aire. Los tres meseros no saben, pero acaban de ser vistos por ochenta mil personas al mismo tiempo que vos.
Quedé helada. Pálida. Sudé hielo, como dicen. Me di la vuelta sin contestar, sin acordarme siquiera de taparme, caminé hasta la maleta con las nalgas al aire y con el mesero joven mirándome el culo a través del espejo, saqué el celular que llevaba dos días sin tocar y lo conecté a la corriente. Cuando se prendió, el número de notificaciones no entró en una sola pantalla.
Tres días entre mis mejores amigas. Una boda que celebrar. Y, sin que yo lo supiera, cientos de miles de mirones del otro lado del cristal, mirándome desde un ángulo que ni siquiera yo conocía, con la polla en la mano, corriéndose con cada segundo de mi humillación.