Esa noche espié por la rendija de su cuarto
Pido disculpas por mi ausencia de estas últimas semanas. Han sido días raros, por decirlo de algún modo, pero por fin he conseguido un rato para seguir contándoles lo que me ha estado pasando en este pueblo escondido entre cerros, donde todavía me toca dar clases.
Después de aquel encuentro con Joaquín junto al arroyo, los días siguientes pasaron en una mezcla de tensión deliciosa y angustia. Entre las reuniones del sindicato, las clases con los niños y la incertidumbre de si me iban a renovar el cargo o no, llegué al final de la segunda semana de mayo. Y en estos cerros, mayo es un mes raro: caluroso de día y caluroso de noche, como si el sol no terminara nunca de irse del todo.
Aquella noche en concreto pasaba de la una de la mañana cuando me desperté con la boca seca y la espalda empapada. El calor, el estrés y la cabeza llena de imágenes que no me dejaban dormir. Me debatí un rato entre quedarme tirada en la cama esperando al sueño o levantarme por un vaso de agua. Al final ganaron mis labios partidos.
Me levanté descalza. Llevaba puesto solamente un blusón azul muy fino, de esos que se pegan al cuerpo cuando una suda. Me llegaba a la mitad del muslo y, si una se fijaba con atención, marcaba todo: la cintura, los pezones, la curva del vientre. No me molesté en ponerme nada encima. A esa hora la casa entera dormía y bajar a la cocina iba a llevarme dos minutos.
Salí al pasillo. La casa de Eulogio y Aurelia, donde me hospedaban desde hacía meses como parte del trato con la escuela, tenía un corredor largo y siempre tenue, iluminado por una bombilla amarillenta que dejaban prendida toda la noche. Caminé en silencio sobre el piso fresco, pegada a la pared, intentando no hacer crujir las maderas viejas.
Y entonces, al pasar frente a la puerta del cuarto de ellos, la vi.
La puerta estaba entornada. Una rendija mínima, del ancho de un dedo, dejaba escapar un hilo de luz tibia. Yo no debía mirar. Lo sé. Lo supe en ese mismo instante. Pero me detuve igual.
Me detuve, miré, y dejé de respirar.
Eulogio estaba ahí, ese hombre del campo que yo veía cada mañana en la mesa de la cocina, callado, con la camisa de manta sudada y las manos rotas de tanto trabajar la tierra. Un hombre robusto, pesado, casi un toro viejo lleno de cicatrices. Alto, con el cuerpo curtido por décadas de pico y pala, con los brazos como troncos de encina y un vientre que ya empezaba a aflojarse pero que aún guardaba fuerza bajo la piel oscura. Sus manos parecían piedras, callosas, agrietadas; las mismas que arrancaban cosechas y, según decían en el pueblo, alguna vez también habían levantado arreos contra alguna mujer.
Esa boca suya, siempre apretada en una línea dura, como si el mundo le debiera dinero, ahora rugía bajito. Rugía como un muchacho.
Aurelia, su mujer, estaba arrodillada sobre un petate que tenían tendido en el suelo, junto a la cama de madera. Yo sabía por qué: la cama vieja crujía como condenada y a esas horas ningún secreto sobrevivía a un crujido así. La conocía bien, a Aurelia. Era la madre de Joaquín, el muchacho al que yo había tenido entre mis muslos hacía menos de dos semanas, contra el tronco rugoso de un álamo junto al arroyo.
Aurelia pasaba los cincuenta y, sin embargo, era una de esas mujeres a las que el tiempo no derrota; las cura, las endurece, les pone un brillo nuevo en los ojos. Tenía las caderas anchas de haber parido dos hijos, los pechos grandes y caídos como fruta madura, y unas nalgas enormes, redondas, pesadas. Esas nalgas que hacían crujir las sillas de madera cuando ella se sentaba a tomar el mate en el patio por la tarde.
Y yo, la maestra rural, la que había venido a enseñarles las vocales a los niños del pueblo, ahora estaba pegada a la pared de adobe espiando a la madre del muchacho con el que me había acostado, sintiendo cómo mis muslos se humedecían sin permiso.
Eulogio la tenía doblada, agarrada por la cintura. Sus manos morenas le clavaban los dedos en la carne con tanta fuerza que pensé que al día siguiente Aurelia iba a amanecer con la huella perfecta de cinco dedos en cada lado.
—Apretá, vieja —gruñó él con la voz ronca.
Aurelia respondió con un gemido ahogado y se metió dos dedos en la boca, mordiéndoselos para no despertar a nadie. Su cuerpo entero —ese cuerpo que había parido a Joaquín— se sacudía con cada empuje. Vi cómo sus pechos colgaban hacia adelante, balanceándose pesados, y cómo el sudor le bajaba por la curva de la espalda hasta perderse entre sus nalgas abiertas.
Yo no pude evitar tocarme.
Pegada a la pared, apenas respirando, bajé una mano y la metí debajo del blusón. Mis dedos encontraron lo que ya sabía que iban a encontrar: una humedad caliente, espesa, que se me había venido encima sin avisar. Empecé a dibujar círculos lentos, conteniendo la respiración, escuchando el latido golpearme las sienes como si tuviera dos relojes ahí dentro.
Eulogio le agarró las nalgas con las dos manos y se las abrió como si partiera un pan caliente. La luz tibia de la habitación me dejó verlo todo: el sexo de Aurelia empapado, brillando, el rojo del deseo agotado, los muslos pegoteados.
—Más fuerte, viejo —jadeó ella, clavándole las uñas en los muslos por detrás—. Más fuerte.
Y él respondió con un gruñido animal, hundiéndose en ella hasta el fondo, las caderas chocando contra esas nalgas inmensas con un sonido húmedo, sordo, que se me metía hasta dentro de la cabeza.
No pude resistirme. Me bajé el blusón hasta la cintura. Mis pechos, pequeños y firmes comparados con los de ella, quedaron al aire del pasillo. Me pellizqué un pezón con una mano mientras con la otra me hundía dos dedos hasta donde llegaban, imaginando que era Eulogio quien me agarraba a mí por detrás, que eran sus manos rotas las que me abrían las nalgas, que era su voz ronca la que me llamaba vieja.
Maldita sea, pensé, sin atreverme a soltar el aire.
Dentro del cuarto, Aurelia gritó contra la palma de su mano.
—Sí, ahí, ahí. Te la voy a sacar toda, viejo, toda.
Y Eulogio, después de una última embestida que hizo temblar el petate entero, se quedó quieto, tenso como un arco, y dejó escapar un gemido largo, profundo, como si se le escapara el alma por la boca. Vi cómo le temblaban los músculos de la espalda, cómo se aflojaba poco a poco, cómo se desplomaba sobre las nalgas de Aurelia respirando como un buey cansado al final de la jornada.
Yo me corrí al mismo tiempo que él, mordiéndome el antebrazo para no gemir. El orgasmo me dobló a la mitad. Tuve que apoyar la frente contra la pared de adobe para no caerme al piso.
***
El último temblor se me fue escapando despacio mientras retiraba los dedos. Todavía me latía todo: las sienes, el cuello, el sexo. El corazón me golpeaba las costillas con una fuerza que me asustó. ¿Me habrían escuchado? ¿A mí, no a ellos?
Me quedé pegada a la pared, sin moverme, intentando recomponer la respiración. Adentro del cuarto, Aurelia jadeaba bajito; su respiración entrecortada se mezclaba con el roce de los cuerpos al separarse. Eulogio masculló algo que no entendí y el petate crujió cuando él se desplomó de espaldas.
Nadie había gritado. Nadie había salido al pasillo. Nadie me había visto.
O eso quise creer.
Me subí el blusón con manos que no me obedecían. Sentí el aire fresco contra los pezones todavía duros, dolidos de tan sensibles. Empecé a caminar de regreso a mi cuarto, y cada paso sonaba como un trueno en mi cabeza, aunque sabía que apenas eran murmullos contra la madera.
El viento de la sierra sopló afuera y las tablas viejas de la casa gimieron. Cada crujido me hacía saltar.
Llegué a mi habitación, cerré la puerta con todo el cuidado del que fui capaz y me apoyé contra ella. El sudor frío me bajaba por la columna. Mi cuarto, hasta hacía unos minutos un refugio, olía ahora a otra cosa. A mí. A sexo. A culpa.
Me pasé las dos manos por la cara. ¿Qué demonios había hecho?
Si Eulogio me había escuchado, si Aurelia sospechaba aunque fuera un instante, mi situación en ese pueblo se terminaba en un parpadeo. Yo no era de allí. Yo era la que venía de la ciudad a enseñarles a sus hijos. Yo era la que se sentaba a comer a su mesa todos los mediodías. Yo era la mujer que llevaba semanas durmiendo en la pieza de al lado, agradeciendo el favor con sonrisas tibias y conversaciones de cosecha y lluvia.
Joaquín ya era un problema en sí mismo. ¿Y ahora esto encima?
Me dejé caer en la cama. Las piernas no me sostenían. El eco del placer seguía latiéndome entre los muslos, pero el miedo le estaba ganando metros.
Y entonces lo escuché.
Un crujido en el pasillo. Lento. Cuidadoso. Como de alguien que sabe exactamente dónde pisar para no hacer ruido.
Me quedé inmóvil, contando los latidos de mi corazón. Uno. Dos. Tres.
¿Era Joaquín, que me había seguido la pista desde su pieza al final del pasillo? ¿Era Eulogio, que se había levantado a buscar a la curiosa que había sentido del otro lado de la rendija? ¿O —y esto era peor que cualquier otra cosa— era Aurelia, la madre, la dueña de la casa, que venía a poner las cosas en su lugar?
La puerta de mi cuarto no tenía pestillo. Nunca lo había necesitado.
Pasaron unos segundos eternos. Otro crujido. Más cerca.
Y entonces, un golpe suave en la madera. Apenas dos toquecitos con los nudillos.
—Profe… —susurró una voz desde el otro lado.
Reconocí el tono al instante.
Y supe, antes incluso de abrir la puerta, que esa noche todavía no iba a terminar.
Gracias por llegar hasta acá, gracias por seguir leyendo a esta mujer común y corriente. Reciban un beso fuerte de su maestra rural.