El verano en que mis sobrinos descubrieron a mi mujer
A mis cuarenta y dos años, Ricardo Salinas todavía sentía que la suerte se había equivocado conmigo. Tenía a Laura, una mujer por la que se me iba el cuello cada vez que la veía caminar de espaldas por el pasillo. Y aquel julio, la casa se había llenado de una bulla que llevábamos años sin escuchar: mis sobrinos gemelos, Nicolás y Sebastián, habían llegado a pasar las vacaciones largas con nosotros.
El calor era de esos que se pegan a la espalda como una sábana mojada. Para Laura, eso significaba una sola cosa: la menor cantidad de tela posible. Camisetas de tirantes sin nada debajo, shorts tan finos que parecían dibujados sobre la piel, los pies descalzos siempre. Para mí, después de tantos años, seguía siendo el mejor espectáculo de la casa. Para los chicos, recién cumplidos los dieciocho, fue otra cosa. Fue un descubrimiento que iba a marcarles el verano y, probablemente, varios veranos más.
La primera vez que lo noté fue en la cocina. Laura se había subido a una silla para alcanzar una fuente que guardábamos en el estante de arriba. Al estirarse, la camiseta se le levantó, y el escote se le abrió en un ángulo que prometía más de lo que mostraba. Desde el salón, los gemelos se habían quedado en silencio. Yo los miré de reojo desde el sillón. Estaban pegados el uno al otro, cuchicheando algo que no llegué a entender, con los ojos clavados en la escena. Nicolás le dio un codazo a Sebastián, y vi cómo Sebastián, casi sin pensarlo, se llevaba la mano al pantalón corto para acomodarse un bulto que ya no le cabía bajo la tela.
Al día siguiente fue Laura agachándose a recoger una sandalia que se le había caído debajo de la mesa. Se inclinó desde la cintura, sin doblar las rodillas, y los shorts se le tensaron sobre las nalgas marcando hasta el último pliegue. Los chicos, sentados frente al televisor, levantaron la cabeza al mismo tiempo, como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible. Esta vez le tocó a Nicolás disimular, y le tocó mal.
Yo lo veía todo con una mezcla de orgullo, diversión y algo más turbio que prefería no nombrar. Eran dos críos descubriendo el deseo en directo, sin filtros ni vergüenza suficiente para esconderlo. Laura caminaba por la casa ajena a todo, o eso quería creer, y ellos la seguían con la mirada como dos lobos que aprenden a cazar.
Pero Laura no era ajena. Lo supe la tercera noche, cuando la sorprendí frente al espejo del dormitorio probándose un top distinto al que se había puesto durante el día. Se miraba, se giraba, se acomodaba los pechos con la palma abierta. Me vio en el reflejo y no se sobresaltó. Me sonrió con una sonrisa que no era inocente.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Sabes que sí.
—¿Y a los chicos?
No respondí. No hacía falta.
***
La primera jugada la diseñé yo. Una tarde de viernes, mientras Laura se duchaba, recogí todas las toallas del baño y las llevé a nuestro armario. Después grité desde la entrada que tenía que ir a la ferretería un rato, y salí a sentarme en el coche, en el aparcamiento del bloque, con la ventanilla bajada y el motor apagado.
Tardó menos de lo que pensaba. Oí el grito desde la planta de arriba aunque las ventanas estaban cerradas.
—¡Ricardo! ¡No hay toallas! ¡Alguien, por favor!
Fue Nicolás el que subió corriendo. Esa noche, ya acostados, escuché a los gemelos hablar al otro lado de la pared. Nicolás le describía a su hermano la escena como si estuviera leyendo una novela: el vapor en el espejo, la puerta abriéndose, su tía completamente desnuda, todavía goteando, sin tiempo de cubrirse con las manos. Le describió cada centímetro con un detalle que me dejó la boca seca a mí también.
Le había dado la primera pieza. Que jugaran.
A la mañana siguiente subí temprano a despertarlos. Estaban dormidos boca arriba, con la sábana enrollada a los pies. Los dos lucían esas erecciones matutinas que a esa edad parecen una segunda columna. Tuve una idea más audaz que la de las toallas. Bajé a la cocina, donde Laura preparaba café, y le pedí que ella se encargara de despertarlos porque yo tenía que hacer una llamada urgente.
—Claro —dijo, y se ajustó el camisón corto que le marcaba todo.
Yo me quedé apostado en el descansillo, fuera de su línea de visión. La oí abrir la puerta. La oí inspirar. La oí, después, salir sin haber dicho una palabra y bajar las escaleras intentando que sus pies no la delataran.
En la cocina, mientras se servía otra taza, no aguantó.
—Ricardo. —Tenía el cuello manchado de rojo—. Los chicos son… son iguales en todo.
—¿En qué sentido?
—En… —Se rio nerviosa, mirando hacia otro lado—. Ya sabes en qué sentido.
—Ah, ¿los has visto?
—Estaban destapados.
—Es normal a esa edad. Seguro que después se ocupan de aliviarse solos.
Lo dije con la naturalidad de quien comenta el tiempo. La vi cambiar de cara. La vi imaginárselo. La vi, sin que ella supiera que yo lo veía, apretar los muslos por debajo de la mesa.
***
La tarde siguiente fue ella la que tomó la iniciativa. Apareció en el salón con unas mallas negras que conocía de sobra, las que solo se ponía para una clase que llevaba meses sin pisar. Los chicos estaban tirados frente al televisor, fingiendo seguir una serie que no entendían.
—Chicos, ¿os molesta si hago un poco de yoga aquí? Necesito estirar la espalda.
El coro de noes entusiastas tardó medio segundo. Yo estaba sentado en mi sillón, con un libro abierto que no había leído. Era mi butaca de director.
Laura empezó suave, con posturas de calentamiento. Pero pronto fue cayendo en otras menos inocentes. La del perro boca abajo, con las caderas en alto y el culo apuntando a la línea exacta donde estaban sentados los gemelos. La de la cobra, arqueando la espalda y sacando el pecho hacia adelante. La del triángulo, con las piernas abiertas más de lo necesario.
Los chicos ya no disimulaban. Las manos volvían sin descanso al regazo, apretaban, soltaban, volvían a apretar. Nicolás respiraba por la boca. Sebastián tenía las orejas tan rojas que parecía que le ardían. Y Laura sabía exactamente lo que estaba provocando. Lo sabía por la lentitud con la que sostenía cada postura, por la forma en que cerraba los ojos un segundo de más, por el modo en que el sudor le brillaba en la clavícula.
—Tía Laura. —Fue Nicolás el que se atrevió—. ¿Nos enseñas?
Ella se incorporó despacio, secándose una gota de sudor del cuello con dos dedos.
—Claro. Venid.
Se pusieron de pie, torpes, intentando ocultar lo que no se podía ocultar. Les explicó la postura del guerrero, y al intentar imitarla, Sebastián se desequilibró y se agarró a las caderas de ella para no caerse. Laura no se apartó.
—Así está bien —le dijo, y le mantuvo las manos donde estaban.
Después la postura del triángulo. Nicolás se colocó detrás de ella, tan cerca que cuando ella inclinó el torso, su cuerpo se apretó contra el de él. Vi a Laura contener la respiración. Vi cómo, en lugar de separarse, empujaba ligeramente hacia atrás.
Fue un ballet de torpezas inventadas. Una mano que rozaba un pecho «sin querer». Unos dedos que «corregían» la postura recorriendo un muslo. Un cuerpo que se apoyaba un segundo más de la cuenta. El aire del salón se cargó de un olor que no era del calor.
Cuando los chicos se retiraron a su habitación, casi corriendo, Laura me miró desde el centro del salón. Tenía el pelo pegado a las sienes. Tenía los pezones tensos contra el top. No dijo nada. Yo tampoco.
***
La línea, si es que existía, la cruzamos esa misma noche. O ella la cruzó. Yo solo me quedé fuera del cuarto, escuchando.
Esperó a que yo me hiciera el dormido. Esperó a que la casa se asentara. Después se levantó. La oí caminar descalza por el pasillo. La oí abrir, muy despacio, la puerta de los gemelos.
Lo que pasó dentro me llegó en susurros, en gemidos contenidos, en el roce de unas sábanas que ya no servían para nada. Oí el primer jadeo de ella, ese que conozco desde hace veinte años y que se le escapa cuando algo le supera. Oí dos voces juveniles que se cruzaban, ahogadas, sin saber qué hacer con tanto. Oí el crujido del somier. Oí, más tarde, una risa baja, la suya, sorprendida de sí misma.
No entré. No hizo falta. Yo había puesto las piezas en el tablero. Que jugara ella.
Volvió a la cama al cabo de un rato largo. Olía a otra cosa. A piel ajena, a sudor joven, a algo dulce y desconocido. Se metió bajo la sábana y se acurrucó contra mi espalda. Me besó el hombro.
—¿Estás despierto? —susurró.
—Sí.
—¿Estás bien?
Lo pensé. Lo pensé de verdad. Me di la vuelta y la miré en la penumbra. Tenía los labios hinchados y los ojos brillantes como no se los veía desde hacía mucho.
—Estoy mejor que bien —le dije.
Sonrió. Cerró los ojos. Se quedó dormida con una mano sobre mi pecho y la otra todavía cerrada, como si quisiera retener algo que se le pudiera escapar.
El verano todavía tenía cinco semanas por delante. Los gemelos seguirían en la casa. Laura seguiría siendo la mujer por la que aún se me iba el cuello cuando pasaba. Y yo seguiría siendo el que mueve los hilos desde el sillón, con un libro abierto que nunca lee.
Por la mañana, los chicos bajaron a desayunar con la cabeza gacha y un rubor que les llegaba hasta el cuello de la camiseta. Laura les sirvió el café con una sonrisa nueva, una que no había usado en todos estos años conmigo. Una sonrisa de mujer que sabe lo que tiene en la mano.
—Buenos días —dijo, sin más.
Yo levanté la vista del periódico.
—¿Habéis dormido bien?
Nicolás se atragantó con la tostada. Sebastián miró fijamente el fondo de la taza, como si allí dentro estuviera escrita la respuesta correcta. Laura me miró a mí, con esa sonrisa que no era inocente, y me sirvió otro café sin que se lo pidiera.
Habíamos cruzado un punto sin retorno. Y a ninguno de los cuatro, sentados ya alrededor de aquella mesa, nos importaba lo más mínimo.