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Relatos Ardientes

Los condones que encontré bajo la cama de mi madre

La historia que voy a contar pasó por el dos mil dieciocho, cuando yo estaba por cumplir diecinueve y mi madre tenía treinta y ocho. En ese tiempo nos mudamos a otro barrio dentro de la misma ciudad porque el alquiler de nuestra casa anterior había subido y mi madre, que era madre soltera, ya no podía pagarlo. Mi hermana mayor llevaba dos años viviendo con su novio, así que mamá buscó un departamento más pequeño y barato para los dos que pudiera cubrir sin problema con su sueldo de empleada doméstica, trabajando para un par de hermanas mayores en el barrio viejo.

El departamento al que nos mudamos era chico pero acogedor, aunque la zona tenía fama de pesada. Desde el primer día los vecinos no le quitaban la mirada de encima a mi madre. Para los años que tenía, ella seguía con un cuerpo que llamaba la atención: no era alta ni baja, ancha de caderas y con un trasero notorio. De pecho no era exuberante, pero usaba sostenes con relleno y en la calle parecía más voluminosa de lo que era. Tenía la cintura marcada, un poco de panza después de dos embarazos, el cabello largo y muy negro hasta media espalda, y unos ojos oscuros que cuando se enojaban daban miedo.

Desde que mi padre se había largado con una amante años atrás, mi madre no había tenido novios. Pretendientes sí, eso siempre. El casero del lugar anterior le perdonaba meses de atraso sin renegar. El verdulero le bajaba el precio. Pero ella nunca había traído a nadie a la casa, y yo había pasado toda mi infancia y mi adolescencia viéndola sola, sin un solo gesto sospechoso. Hasta los meses siguientes a la mudanza.

Como ella salía temprano a trabajar, a mí me tocaba ordenar el departamento cuando volvía de la facultad. Una tarde, sacando las bolsas de basura del baño, sentí algo raro al apretar la bolsa. La abrí en la cocina, sobre una hoja de diario, y entre los papeles de cocina arrugados había dos condones usados, atados con un nudo, todavía con restos pegajosos. Yo había recibido educación sexual en el colegio pero nunca había usado uno. Verlos ahí, en mi casa, donde no vivía ningún hombre más que yo, me dejó la cabeza dando vueltas.

A partir de esa tarde empecé a buscar. Primero por curiosidad, después por algo que no podía nombrar. Cada vez que mamá salía, yo revisaba el cajón de su mesa de luz. Encontré una caja de preservativos abierta, escondida debajo de unas pañoletas. Más al fondo, una envoltura rasgada con el círculo del condón vacío. Levanté las sábanas de su cama y entre los pliegues encontré otro condón usado, esta vez transparente, con basura y un par de cabellos pegados. Estaba ahí desde hacía días, evidentemente.

Lo que no entendía era cómo, ni cuándo. Yo dormía a tres metros de su puerta. Nunca había oído nada. Ni timbre, ni puerta, ni voces. Pasé varias noches despierto en mi cuarto, con la luz apagada, atento a cualquier crujido en el pasillo. Nada. Revisé también su celular cuando lo dejaba cargando en la cocina y tampoco encontré conversaciones raras, ni fotos, ni números desconocidos. Era como si el hombre apareciera y desapareciera sin dejar rastro fuera de la bolsa de basura.

Una madrugada me venció el sueño. No sé qué hora era cuando me despertaron unos golpes secos al otro lado de la pared. Pum, pum, pum. Rítmicos. No eran golpes de pared, no eran objetos cayendo. Eran golpes de cuerpo contra cuerpo. No oía gemidos, no oía llanto, no oía nada de mi madre. Solo eso, el sonido de una cadera estrellándose contra una piel.

***

Me levanté descalzo. El piso del pasillo estaba helado. La puerta de su cuarto estaba entornada, no cerrada del todo, y por la rendija entraba la luz amarilla de la lámpara de la mesa. Me acerqué tan despacio que mis propios latidos me parecían escandalosos.

Lo que vi por la rendija no se me ha borrado nunca.

Un hombre enorme, de pie al borde de la cama, agarraba a mi madre por la cintura. Ella estaba en cuatro patas, con la cara hundida contra el colchón y las manos aferradas a la sábana. Él tenía la espalda ancha, los hombros gruesos, los brazos cargados de músculo. Le calculé más de uno ochenta y cinco, fácil. Llevaba la barba corta y oscura, el pelo rapado a los costados, y ni siquiera le veía la cara entera porque la luz le daba de espaldas.

Mi madre apretaba la cara contra el colchón para no gemir, y aun así se le escapaba algo, un sonido grueso, gutural, que yo nunca le había escuchado. Su enorme trasero rebotaba con cada embestida. Él la agarraba de las caderas, la tiraba hacia él, le hundía los dedos en la carne. Y de pronto le levantó la mano y le dio una palmada seca en la nalga. El sonido fue tan fuerte que pegué un respingo. La carne le tembló. La piel se le puso roja al instante. Y mi madre, en vez de quejarse, arqueó la espalda y le ofreció más.

Me quedé mirando, paralizado. No sé cuánto tiempo. Lo vi tirarla boca arriba sin salirse de ella, doblarla por la cintura, ponerla en misionero con las piernas abiertas a los costados de sus caderas. La cama crujía. La lámpara temblaba. Él jadeaba como un animal y ella le clavaba las uñas en los antebrazos como si quisiera dejarle marca. Cuando él aceleró el ritmo y soltó un gruñido seco contra el cuello de mi madre, supe que había terminado.

Lo vi salir de ella. Lo vi de costado, de pie junto a la cama, sin pudor, con el preservativo lleno colgando del miembro. No me toqué. Ni siquiera me había puesto duro del todo. Estaba más asustado que excitado, pero algo se había encendido. Lo vi quitarse el condón con dos dedos y dejarlo en la repisa de la mesa, como si fuera el dueño de la casa. Se acostó al lado de mi madre sin decir una sola palabra. Ella tampoco habló. Apagó la luz.

Volví a mi cuarto descalzo, temblando. No dormí. Lloré sin entender por qué. De rabia, de celos, de algo más. Mi madre era una mujer, claro que era una mujer, pero hasta esa noche para mí era solo mi madre. Y de pronto era otra cosa.

***

Las semanas siguientes la rutina se repitió. Yo encontraba condones en el cesto de su cuarto, a veces uno, a veces tres. Encontré una caja completa, vacía, debajo de la cama. Encontré envoltorios rasgados pegados en la alfombra. Y una madrugada, sin que él hiciera ruido, me desperté solo y salí al pasillo sin saber bien por qué.

La puerta estaba entornada otra vez. Pero esta vez no se cogían. Él estaba sentado al borde de la cama, completamente desnudo, fumando un cigarrillo. Mi madre estaba boca abajo a sus espaldas, también desnuda, con el trasero al aire y la marca de una mano roja en una nalga. Él tenía el miembro todavía a medio bajar, brillante por dentro del condón, y mientras yo miraba se lo quitó, lo dejó caer al piso junto a sus pies y siguió fumando como si nada.

Era enorme. No tengo otra palabra. Yo tenía diecinueve años y la comparaba con la mía y me sentía un gusano al lado de ese tipo. Le calculaba todo, en realidad, porque no podía dejar de mirarlo. Estaba sentado de costado, con un codo apoyado en la rodilla, sin decir nada, fumando. Mi madre tampoco hablaba. Estaba boca abajo, con los ojos cerrados, como si después de cada vez quedara vaciada de palabras.

Me fui a mi cuarto antes de que él se diera vuelta. Esa noche tampoco dormí. Esa noche, por primera vez, me masturbé pensando en lo que había visto.

***

Cambió algo en mí a partir de ahí. Empecé a esperar las madrugadas. Empecé a calcular cuándo bajaría él, cuándo se irían a dormir, cuándo crujirían los resortes. No me animaba a entrar al cuarto, no me animaba a quedarme demasiado en la puerta, pero la oreja contra la pared se me hizo costumbre. Y ya no era miedo lo que sentía, era otra cosa.

Una noche los vi otra vez. Mi madre estaba arrodillada en la cama, le había agarrado el miembro con las dos manos y se lo metía en la boca mientras él, de pie al borde del colchón, le hundía los dedos en el pelo. Le agarraba la nuca y se la empujaba contra él. El cuerpo de mi madre, ese trasero enorme, se balanceaba con cada movimiento, y los sonidos —de saliva, de cuerpo, de respiración— me quedaron en la cabeza durante días. Volví a mi cuarto y me hice una paja contra la almohada, con la cara apretada contra ella, mordiendo la tela para no gritar.

Empecé a buscar videos en internet de hijos espiando a sus madres, de cámaras escondidas, de cuartos entreabiertos. Lo googleaba en modo incógnito y borraba el historial dos veces. Lo que me ponía duro ya no era el porno común. Era saber. Era haber visto. Era reconocer el cuerpo de mi madre en cualquier escena parecida. Y los días siguientes a los que encontraba un condón nuevo en su cesto, me corría con más fuerza que nunca.

***

Una mañana mamá se levantó tarde. Yo entré a su cuarto a despedirme antes de salir a clase y la encontré sentada en la cama, desnuda, con algo en la mano. Me vio entrar y lo escondió debajo de la almohada con un gesto tan rápido que pareció ensayado. Tenía el pubis sin depilar, los pechos pequeños descubiertos, una marca rojiza en el cuello. Me miró a los ojos un segundo.

—¿Qué necesitás? —preguntó, sin taparse.

—Nada —balbuceé—. Me voy.

Salí cerrando la puerta detrás de mí. Toda la mañana en clase pensé en qué había escondido. Cuando volví, mientras ella estaba en la ducha, abrí el cesto. Tres condones atados. Dos sin atar. Un envoltorio rasgado. Y debajo de la almohada, otro envoltorio vacío. Esa noche me corrí dos veces seguidas pensando en su trasero rojo y en la mano de ese hombre dejándole marca.

***

La rutina siguió durante meses. Mamá nunca me presentó a nadie. Yo nunca le pregunté. Pero ella empezó a llegar con cosas: platos nuevos para la cocina, sábanas, ropa para mí. Una campera de invierno que ella nunca habría podido pagar con su sueldo. Yo lo aceptaba todo en silencio. Era una especie de pacto que ninguno de los dos había firmado.

Hasta que un día estalló. Una vecina del segundo piso, una tal doña Beatriz, empezó a hacer correr el rumor por el edificio. Que mi madre era la prostituta del barrio. Que metía hombres por la noche. Que se la oía gritar. Una mañana la mujer la encaró en el palier y le gritó eso mismo en la cara, delante de los otros vecinos. Mi madre llegó a casa llorando, no de pena, de bronca. Yo escuché todo desde mi cuarto sin animarme a salir.

Días después me enteré, casi por accidente, escuchando a mi madre hablar por teléfono con mi hermana, que el hombre con el que la había visto cogiendo durante todos esos meses era un vecino de la cuadra siguiente. Un tipo llamado Eladio. Y, peor todavía, compadre del dueño del edificio. La vecina lo había reconocido entrando una noche y había decidido que mi madre era lo que más le convenía pensar que era.

La cosa se resolvió rápido, porque el dueño del edificio defendió a su compadre. Y entonces Eladio, que era diez años mayor que mi madre, dejó de entrar a escondidas y empezó a entrar por la puerta del frente como cualquiera. Lo presentó como su novio. Comimos juntos los tres una noche, en mi propia mesa. Yo le di la mano al hombre que llevaba meses cogiéndose a mi madre del otro lado de mi pared, y los tres comimos arroz con pollo en silencio. Él era educado, hablaba poco, me preguntó por la facultad. Yo le dije que bien.

Ni aun así dejé de encontrarle condones por todo el cuarto. Ni aun así dejé de pegarme la oreja a la pared algunas noches, ya sin pudor, con la mano metida bajo el calzoncillo. Eso siguió hasta el día que me fui de esa casa a estudiar a otra ciudad, dos años más tarde. Mi madre y Eladio terminaron casándose. Yo no volví al departamento más que de visita.

De aquellos meses me quedó algo que no le he contado a nadie. Sé que tendría que estar avergonzado y a veces lo estoy. Pero también sé que cuando pienso en cómo aprendí lo que era el deseo —lo que era de verdad, no lo que decían los libros del colegio—, lo que se me viene a la cabeza es una puerta entornada, una lámpara amarilla, el sonido seco de una mano contra una nalga, y mi propia respiración aguantada en el pasillo.

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Comentarios (4)

lector_nocturno

Muy bien escrito, te atrapa desde la primera linea. Bravo

Marcos_BsAs

Esperando la segunda parte!!! No podes dejarnos asi jaja

CuriosoBA_32

¿Es real o es ficcion? Porque tiene esa sensacion de que le podria haber pasado a cualquiera

Mili_BA

jajaja increible!!! No me lo esperaba para nada

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