Mi madre me obligó a desnudarme delante de todos
Me llamo Nora. Tengo veintidós años y arrastro la anorexia desde los catorce. Ocho años contando calorías hasta dormirme y vomitando en silencio, sintiendo el filo de mis propios huesos bajo la sábana. Mi padre se murió cuando yo tenía nueve y mi madre nunca volvió a rehacer su vida: se quedó pegada a la mía, primero por amor, después por culpa, después por puro agotamiento. Nos queremos y nos odiamos en partes iguales. Mido un metro cincuenta y peso treinta y nueve kilos. El espejo me devuelve algo que no consigo reconocer como un cuerpo adulto.
Estudio filología y, contra todo pronóstico, había tenido novio durante casi dos años. Él fue confidente, sostén, paciencia infinita. Hasta que se cansó. La última recaída la tuve a finales de junio, cuando él me dijo que no podía más y cerró la puerta detrás de sí.
Volvieron las noches en vela. Volvieron los días enteros sin probar bocado.
Mi madre me observaba desde el marco de la puerta. Los primeros días me trajo caldo y palabras suaves. Después dejó de traer el caldo. Después dejó de hablar.
—No puedes seguir así.
—No tengo fuerzas para ser de otra forma.
Pasó una semana. Yo seguía hecha un ovillo entre las sábanas. Una tarde se sentó en el borde de mi cama y me acarició el pelo con una mano que ya no temblaba.
—Llevamos ocho años. Mejoras y recaes, mejoras y recaes. ¿Te acuerdas de Pilar y Andrés?
—Sí —murmuré.
Eran sus amigos de toda la vida. Un matrimonio de cincuenta y tantos, con dos hijos ya adultos. La mayor, Carla, casada, con dos críos. El menor, Tomás, era de mi edad y había ido conmigo al colegio.
—Tienen alquilado un bungalow para todo el mes en un camping, junto al embalse. Nos han invitado a pasar las vacaciones con ellos. Vas a venir.
La miré con los ojos todavía húmedos.
—No sé si puedo…
—No te lo he preguntado. Estoy harta.
Nos sostuvimos la mirada. Por primera vez en años, no aparté la vista.
—Yo también.
—Pues vamos a cambiar. He sido demasiado blanda. Y tirada en esa cama no vas a mejorar. Allí no nos conoce nadie. Vas a hacer lo que yo te diga. Mis amigos están de acuerdo. Vas a comer lo que se coma en la mesa, te vestirás como yo te diga, te comportarás como yo te diga. Si te portas mal, te castigaré. O eres adulta o eres una niña, y de momento no eres adulta.
Algo en su voz me partió por la mitad. No reconocía a la mujer que tenía delante.
—Está bien.
—Ven al baño. Te voy a depilar.
La seguí. Me desnudó como si tuviera cinco años, sin pedir permiso, sin desviar la mirada. Yo intenté taparme con las manos.
—Tu cuerpo es el resultado de tus actos. Si te da vergüenza, cámbialo.
Me sentó en el borde de la bañera con las piernas abiertas y untó la cera tibia sobre mis muslos, sobre el pubis, hasta dejarme el coño completamente pelado, liso, obscenamente expuesto. Me pasaba los dedos por los labios para tensar la piel antes de arrancar y yo apretaba los dientes. Cuando terminó, me abrió con dos dedos para revisar que no quedara un solo pelo. Sentí cómo el aire frío del baño me tocaba por dentro por primera vez en años.
—Así. Limpia como cuando naciste.
Podría haberlo hecho yo, pero me trataba ya como a alguien incapaz. Me enjabonó, me duchó, me secó. Me dejé manejar como a una muñeca rota.
—Voy a preparar las maletas. Empezarás obedeciendo en eso.
Me fui desnuda a mi cuarto y me miré en el espejo. Pechos diminutos con los pezones muy rosados y ya erectos por el frío, costillas marcadas, un culo que parecía un acento al final de mis piernas y, entre ellas, la raja del coño lampiño, brillante todavía por la crema. Me acaricié los brazos para darme calor y me metí en la cama así, sin nada encima.
***
A la mañana siguiente, sobre la silla, encontré la ropa elegida por ella: un pantalón corto de algodón, una camiseta sin mangas con una estrella sonriente estampada y unas bragas blancas con un lacito. Sin sujetador. Me la puse sin discutir y bajé a la cocina.
El desayuno era leche con cacao y galletas con caritas. Yo solía tomar un café solo, nada más.
—Mamá…
—No digas nada. No te levantas hasta que te lo acabes.
Me lo comí todo. Después me obligó a lavarme los dientes con la puerta abierta y a hacer pis con la puerta abierta también, para asegurarse de que no vomitaba. Era absurdo y humillante. Protestar no me sirvió de nada.
Al subir al coche me indicó que me sentara atrás. «Es donde van los niños». No discutí.
***
Llegamos al camping al mediodía. Pilar, Andrés, Carla y sus dos hijos, ya mayores de edad, nos esperaban con una barbacoa encendida. Comprendí enseguida que estaban todos compinchados. Andrés sonrió de oreja a oreja cuando me vio con la camiseta de la estrella y bajó la mirada sin disimulo hasta mis pezones marcados contra la tela.
Mi madre, sin levantar la voz, me iba poniendo trozos de chorizo y panceta en el plato. Comí todo lo que pude. Mi estómago, acostumbrado al vacío, se rebeló. Tuve que ir al baño y vomité con la mano apretada contra la boca. Cuando salí, mi madre estaba esperándome en el pasillo.
—¿Otra vez?
—No quería…
—Pero lo has hecho. Cada acto tiene su consecuencia.
No añadió nada más. La forma en que no añadió nada más me asustó más que cualquier grito.
***
Después de comer, propusieron bajar al embalse. Mi madre entró conmigo a nuestro bungalow y me tendió una toalla con abertura para la cabeza, tipo poncho, y la parte inferior de un bañador con dibujos infantiles.
—¿Sólo esto? Yo no hago topless, mamá.
—Para lo que tienes… si no comes, si vomitas, tu cuerpo es el que es, y así vas a ir. Como protestes, te llevas una zurra.
—¿Qué?
—A las que se portan mal se les pega en el culo.
Nunca me había puesto una mano encima en veintidós años. Ahora me amenazaba con pegarme y con exhibirme. Me quedé sin aire.
Me puse la braga del bañador. La tela me apretaba justo en la hendidura del coño depilado y se me marcaba cada pliegue. Mi madre empezó a aplicarme crema solar por toda la espalda y, sin pausa, me pasó las manos por delante, por los pechos, apretándomelos con la palma abierta, pellizcando los pezones para extender la crema, como si fuera incapaz de cubrirme sola. Yo miraba al suelo, ardiendo, sintiendo un cosquilleo entre las piernas que me humillaba todavía más. En ese momento entraron Pilar, Andrés y Carla sin llamar.
—¿Cómo vais? —preguntó Pilar, como si no estuviera ocurriendo nada.
—Enseguida.
Yo me había cubierto los pechos con un brazo. La mirada de mi madre me obligó a bajarlo y a aplicarle crema a ella en la espalda, así, con todo el cuerpo a la vista, con las tetas al aire y el bañadorcito marcándome el coño. Andrés no me quitó la vista de encima ni un segundo, fingiendo mirar el techo, y vi cómo se le hinchaba el bulto del bañador. Acabé lo más rápido que pude y me eché encima la toalla-poncho.
Salimos del bungalow. La toalla me dejaba los costados al aire y apenas me cubría hasta medio muslo. Sabía que ya no había vuelta atrás.
***
El embalse tenía una pequeña zona de playa. La parte donde nos instalamos estaba apartada, con cañas y juncos, pero no lo suficiente. Me quité la toalla y me senté en la arena. Cuando empezamos a jugar a la pelota, mis pechos saltaban con cada movimiento, los pezones duros del agua fría rebotando a la vista de todos. Una pareja pasó por la orilla. Vi cómo el hombre cortaba la conversación a media frase y se quedaba mirándome sin disimulo, con la boca entreabierta.
Al girarme para reprochárselo a mi madre, descubrí a Andrés con el móvil en la mano grabándome.
—Sólo es un vídeo familiar, no te preocupes —dijo.
Pilar y él se rieron como si fuera lo más normal del mundo. Mi madre me clavó la mirada. Sin opciones, seguí jugando.
Al rato pedí meterme en el agua, sólo por desaparecer un instante bajo la superficie. Buceé hasta el fondo y aguanté la respiración hasta que me dolieron los pulmones. Cuando salí, ya me llamaban para merendar.
—Antes de comer hay que estar secos —dijo Pilar.
Mi madre me secó a mí, otra vez como a una cría, restregándome la toalla por las tetas y metiéndomela entre las piernas, frotando el coño con la excusa de secarlo, hasta que noté cómo la tela se humedecía por algo que no era agua del embalse.
—Quítate el bañador —me ordenó.
—Mamá, aquí no…
Antes de poder reaccionar, tiró de la cinturilla y me lo bajó hasta los tobillos. Quedé de pie, en cuclillas mal disimuladas, con el coño depilado a la vista de Andrés, Pilar y Carla.
—¡Mamá!
—Hasta que no aprendas a quererte, vas a acostumbrarte.
—Y por nosotros no te preocupes —sonrió Andrés, y esta vez ni siquiera fingió no mirarme el sexo.
Pusieron las toallas en círculo alrededor de la comida y me senté con las piernas cruzadas y las manos sobre el regazo, intentando que los dedos me taparan al menos la raja. Sentí las miradas de los tres adultos clavadas en mi cuerpo desnudo. Andrés se relamió los labios sin ningún disimulo mientras masticaba un trozo de tortilla.
Detrás de mí oí pasos. Una pareja joven. No miré. Sentí su sombra cruzarme la espalda y supe que él me había visto la curva del culo y los pechos por encima de las rodillas. Me quedé congelada en la pose más recogida que pude inventar, como si así fuera invisible.
***
De vuelta al camping, mi madre me dio sólo la toalla-poncho. Le supliqué algo más. No cedió.
—Te tapa lo necesario. A mí me cuesta más que a ti verte así.
Atravesamos la zona común. Familias cenando, jóvenes en bicicleta, gente saludando a Carla y a Pilar. Sonreí mientras por dentro lloraba.
En el parque del camping apareció la chica de la pareja del embalse, con dos amigas y un chico.
—Hola. No te has tapado demasiado.
—Me llamo Irene. Éste es Diego.
—Yo soy Nora.
Me miró con una sonrisa que no era amable. Antes de que pudiera reaccionar, me abrió la toalla por delante, dejándome expuesta de cuello a rodillas, con los pechos al aire y el coño lampiño a la vista de los cuatro. Diego se rió y se pasó la lengua por los labios. Sus amigas también se rieron.
—Joder, si está más depilada que nosotras —soltó una.
—Eres una chica valiente, lo valoro —dijo Diego, sin quitarme los ojos de la entrepierna.
Cerré la toalla con un tirón seco. No respondí. No pude.
***
Cuando regresamos al bungalow, Pilar, Andrés y mi madre tomaban una copa en el porche.
—Nora no se ha acabado la merienda. Primero su castigo.
Me llamó.
—Túmbate sobre mis piernas. Te tocan diez.
—Mamá, tengo veintidós años.
—Aquí no los tienes.
Llorando, me tumbé boca abajo sobre su regazo. Me subió la toalla hasta la espalda, dejando el culo pelado al aire frente a Andrés y Pilar. Andrés se acomodó en la silla, vaso en mano, con la mirada fija en mis nalgas. Cada palmada me sacudía el cuerpo entero, y con cada golpe se me abrían las piernas y se me veía todo. Diez. Conté las diez, notando cómo la cara de Andrés se ponía roja y cómo se ajustaba la entrepierna del pantalón. Cuando mi madre me levantó, me arrancó la toalla del todo.
—Ve a ducharte.
Crucé desnuda el porche con el culo ardiendo y las tetas al aire. Una familia en la mesa de enfrente paró la cena para mirarme. Me metí en el baño temblando.
Me duché sola, y cuando salí, chorreando, Andrés me estaba esperando con la toalla abierta entre las manos.
—Ya te seco yo.
—No hace falta…
—Tu madre ha dicho que sí.
Me envolvió y empezó a frotarme con la toalla, pero enseguida la toalla se le cayó al suelo y sus manos siguieron sobre mi piel mojada. Me pasó las palmas por los hombros, por la espalda, bajó hasta las nalgas y las apretó con los dedos abiertos, hundiéndomelos en la carne. Yo me quedé quieta, con los brazos pegados al cuerpo, mirando al azulejo.
—Estás temblando —susurró.
Me giró de frente. Me miró los pechos, tan pequeños que le cabían enteros en una mano, y me los cubrió con las dos palmas, apretándolos, girando los pulgares sobre los pezones hasta que se me pusieron duros como piedras. Bajó una mano por el vientre plano, muy despacio, y con la yema del dedo corazón me abrió la raja del coño depilado.
—Mira lo mojada que estás. No es agua.
Metió el dedo hasta la mitad. Yo apreté los dientes y solté un gemido que sonó a un animal pequeño. Sacó el dedo brillante y me lo puso delante de la cara.
—Chúpalo.
Abrí la boca. Me metió el dedo hasta la garganta y noté mi propio sabor, salado y espeso. Me temblaban las piernas. Sin sacarlo, me empujó de espaldas contra el lavabo. Con la otra mano se bajó el pantalón corto y sacó la polla, gruesa, roja, con el glande brillante de líquido preseminal.
—Arrodíllate.
Caí de rodillas sobre el suelo mojado sin pensarlo. Me cogió la nuca y me acercó la cara a la verga. Olía a sudor, a colonia barata, a hombre mayor. Me pasó el glande por los labios cerrados.
—Abre.
Abrí la boca y me metió la polla entera de una embestida. Sentí cómo la punta me chocaba contra el paladar y luego contra la garganta. Me faltó el aire. Empezó a follarme la boca con las dos manos en mi pelo, entrando y saliendo, marcando el ritmo. Yo intentaba respirar por la nariz y trababa saliva y babas que me chorreaban por la barbilla hasta las tetas desnudas.
—Así, así, chupa esa polla, niña. Mama como una puta buena.
Sacaba la verga entera y me abofeteaba los labios con ella, me la restregaba por las mejillas, me la volvía a meter hasta el fondo. Yo tenía los ojos llorosos y el rímel corrido, aunque no llevaba rímel, era sólo la humedad de las arcadas. Cada vez que me tocaba la campanilla, tosía y él aprovechaba para hundirse más.
—Mírame mientras me la mamas.
Levanté los ojos. Él me miraba desde arriba, con la mandíbula apretada y una sonrisa torcida. Se sacó la polla de la boca, me obligó a sacar la lengua y me la restregó por toda la cara antes de bajarla hasta los pezones. Me los rodeó con la punta, me pintó los pechos de saliva y preseminal, y luego me la volvió a meter en la boca.
—Escúpela. Ahora chupa los huevos.
Obedecí. Le lamí los cojones uno por uno, notando cómo se le tensaban en la mano, y él me sostenía la polla contra la frente, tirándome del pelo para colocarme.
Me levantó del pelo y me giró contra el lavabo. Me vi en el espejo empañado: la cara enrojecida, la boca hinchada, los pechos con las marcas rojas de sus dedos, y detrás Andrés con la polla dura goteando saliva. Me abrió las piernas de una patada y se colocó a mi espalda. Me pasó el glande por la raja mojada del coño, arriba y abajo, chocando contra el clítoris hasta hacerme gemir sin quererlo.
—Pide que te folle.
—No…
—Pídelo.
Me clavó los dedos en las caderas huesudas y presionó con la punta contra la entrada del coño depilado.
—Fóllame —susurré, con la voz rota.
—Más alto.
—Fóllame de una puta vez.
Me la metió de golpe, hasta el fondo. Grité contra el espejo. Mi coño estrecho, mojado, se abrió alrededor de su verga, y sentí cómo el glande me chocaba contra algo dentro de mí que me hizo doblar la espalda. Empezó a follarme con embestidas duras, secas, agarrándome por la cintura tan fina que le rodeaba con las dos manos casi tocándose los pulgares con los dedos. Mis tetas pequeñas rebotaban contra el borde del lavabo con cada empujón.
—Joder, qué coño más apretado tienes. Estás hecha para esto.
Cada envite me sacudía el cuerpo entero. Los pies apenas me tocaban el suelo. Él me embestía cada vez más rápido, sacando la polla entera hasta el glande y hundiéndola de nuevo hasta las bolas. El chapoteo de mis flujos era obsceno en el silencio del baño. Me metió un dedo en la boca y yo lo chupé como una descosida.
—Buena chica. Así, mama mi dedo mientras te follo.
Me sacó la polla de golpe. Yo me quedé vacía, temblando, con el coño abierto y latiendo. Me giró otra vez, me subió al lavabo, me abrió las piernas y me clavó la boca en el coño. Empezó a lamerme el clítoris con la lengua plana, subiendo y bajando, y luego me hundió la lengua entera dentro. Yo apretaba su cabeza contra mí y me retorcía sobre el mármol frío.
—Sí, sí, ahí, ahí…
Me chupó el clítoris entre los labios, tirando, y me metió dos dedos a la vez, buscando ese punto rugoso dentro. Cuando lo encontró, empezó a golpearlo con la yema, mientras me lamía. Sentí cómo se me subía todo por el vientre, cómo se me tensaban los muslos, y me corrí sobre su cara con un aullido ahogado, apretándole la cabeza con los muslos huesudos. Él siguió lamiendo, chupando cada gota, hasta que me dio un espasmo tras otro.
Me bajó del lavabo, aún temblando, y me tumbó boca arriba en el suelo. Se colocó encima, me abrió las piernas de par en par sujetándome los tobillos junto a las orejas, doblándome como una muñeca, y me la volvió a meter. Desde ese ángulo entraba entera, hasta el fondo. Me follaba mirándome a la cara, viendo cómo cada embestida me sacaba un gemido.
—Mírame. No cierres los ojos. Mira quién te está follando.
Lo miré. Vi la cara del amigo de mis padres, de un hombre de cincuenta y tantos años, sudando encima de mí, con la boca abierta, dándome verga sin piedad. Me escupió en las tetas y extendió el escupitajo con la palma antes de agacharse a chuparme un pezón mientras seguía moviendo las caderas.
—¿De quién es este coño?
—Tuyo —susurré.
—Más alto. ¿De quién?
—Tuyo. Es tuyo.
Aceleró. La polla entrando y saliendo hacía un ruido húmedo, chocante, y sus huevos me golpeaban el culo con cada embestida. Sentí cómo se le hinchaba dentro, cómo se le tensaba todo.
—Me corro. Me corro dentro.
—No, dentro no…
—Cállate.
Se hundió hasta el fondo y noté los chorros calientes disparándose contra mi coño, uno tras otro, llenándome. Se quedó dentro, temblando, apretando los dientes. Cuando por fin sacó la polla, un hilo espeso de semen se derramó de mí y me resbaló por la raja del culo hasta el suelo.
Se levantó, se limpió la verga con la toalla y me la tiró encima.
—Buena niña. Vístete y ven a cenar.
Me quedé unos segundos tirada, con las piernas abiertas, viendo cómo su corrida seguía saliendo de mí. Me la limpié con los dedos, casi sin pensar, y me los metí en la boca. Sabía a él.
El pijama que me habían dejado era una camiseta vieja que apenas me llegaba al inicio de los muslos. No había bragas. Sabía que si me agachaba, se me vería todo. Me la puse igual, con el coño todavía chorreando semen por dentro, y salí al porche.
Cenamos todos. Los mayores reían. Mi madre me miró y supo, sin que yo dijera nada, lo que había pasado en el baño. Andrés se sirvió otra copa y me guiñó el ojo. Pilar sonrió como si nada. Yo notaba cómo el semen se me iba escurriendo poco a poco entre los muslos, empapando el borde de la camiseta contra el asiento de plástico.
Me acabé el plato entero, sin dejar una miga, sin levantarme al baño después.
Mañana sería otro día. No quería pensar qué me esperaba.