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Relatos Ardientes

Salí al centro comercial sin nada bajo el vestido

Esa tarde estaba inquieta. No era aburrimiento exactamente, era algo más físico, una especie de picazón debajo de la piel que llevaba días sin poder calmar. Necesitaba hacer algo que me asustara un poco, algo que me hiciera sentir el corazón en la garganta. Y se me ocurrió la idea más tonta y más excitante que había tenido en mucho tiempo.

Me planté frente al espejo del cuarto y elegí un vestido negro, corto, de esos que se ajustan a las caderas y suben demasiado cuando una se inclina. Casi nunca uso sostén; me gusta que se marquen los pezones bajo la tela y que el roce me recuerde que están ahí. Esa parte ya la tenía decidida. Lo que dudé fue lo otro.

Abrí el cajón de la ropa interior y lo cerré sin sacar nada. Quería salir así, sin bragas, con el cuerpo libre debajo de aquel pedazo de tela negra. Pensarlo me secó la boca.

—Es solo un rato —me dije en voz alta, como si necesitara permiso de alguien.

El vestido me quedaba a mitad del muslo, pero bastaba un paso largo o una brisa para que el borde subiera hasta el inicio de las nalgas. Me calcé unos tenis blancos para caminar cómoda y poder moverme rápido si me arrepentía. No me llevé abrigo. Esa fue la decisión clave: sin abrigo no había manera de taparme, no había vuelta atrás.

Salí a eso de las tres de la tarde con la excusa absurda de que iba a comprar dulces al centro comercial que queda a unas cuadras de casa.

***

Apenas crucé el portón sentí el aire fresco subir por mis piernas y rozarme entre los muslos. Fue un escalofrío que me recorrió entera. Se me erizó la piel de los brazos y los pezones se endurecieron de golpe contra la tela. Solté una risa nerviosa, sola en la vereda, y empecé a caminar.

No había dado ni veinte pasos cuando empecé a notar las miradas. Un hombre que regaba el jardín dejó la manguera quieta. Dos chicos en una moto giraron la cabeza al pasar. Sentía cómo seguían el rebote de mis pechos, el balanceo de mis caderas, la línea de mis piernas. Caminaba despacio, con una sonrisa que no podía borrar, dejándome mirar.

Cada paso era un pequeño riesgo calculado. Si el viento soplaba fuerte, cualquiera vería más de lo que debía. Esa posibilidad, en lugar de asustarme, me encendía más. Llegué a la entrada del centro comercial con la respiración entrecortada y una humedad tibia que ya no podía ignorar.

***

Adentro, el aire acondicionado me golpeó como una caricia fría y los pezones se me marcaron todavía más bajo el vestido. Al principio caminé sin rumbo, solo para que la gente me viera, paseando entre las vidrieras como si buscara algo. Una pareja mayor me siguió con la vista. Un grupo de muchachos junto a la fuente bajó la voz cuando pasé cerca. Yo fingía no darme cuenta de nada, y esa actuación era la mitad del placer.

Después de un rato entré en una tienda de ropa. El sector de tops estaba casi vacío; solo había un chico en la esquina opuesta, revisando perchas con cara de aburrimiento. Me acerqué a un perchero, le di la espalda y dejé que una de las prendas se soltara del gancho. Cayó al piso con un ruido seco.

Me agaché a recogerla muy despacio, demorándome más de lo necesario. Sentí cómo el vestido subía por la parte de atrás y dejaba la mitad de mis nalgas al aire. Recogí el top, lo volví a colgar, me acomodé la tela con calma y giré apenas la cabeza para mirar de reojo.

El chico estaba paralizado, con los ojos clavados en mí y la boca entreabierta. No se movía. Le sonreí sin que se diera cuenta y me alejé caminando con un movimiento de caderas que sabía exactamente lo que provocaba.

***

Seguí avanzando hasta el sector de vestidos y elegí uno al azar, color vino, de tirantes finos. Lo descolgué y fui hacia los probadores. Eran de cortina, no de puerta, y eso me dio una idea que me aceleró el pulso.

Entré, corrí la cortina pero la dejé un dedo abierta. La pared del fondo tenía espejos en ángulo, así que desde adentro podía vigilar la rendija sin asomarme. Empecé a desvestirme despacio, dejando caer el vestido negro y inclinándome para sacármelo por los pies, sabiendo que esa postura dejaba todo expuesto a quien pasara por delante de la rendija.

Quedé completamente desnuda en ese probador. La luz blanca del techo me iluminaba entera: los pezones tan duros que dolían, la piel de gallina, la humedad que no había manera de disimular. Me había depilado esa misma mañana, así que no había nada que esconder ahí abajo, ningún refugio.

Giré la cabeza hacia el espejo y lo vi. A unos metros, junto a una columna, había un señor de mediana edad mirando hacia el probador. En realidad miraba la rendija, miraba lo poco y lo mucho que la cortina mal cerrada le dejaba ver. Se notaba sorprendido, como si no terminara de creer su suerte, y se notaba algo más: la tela del pantalón le tiraba al frente.

Decidí jugar. Fingí no haberlo visto y empecé a pasarme las manos por el cuerpo, lento, subiendo por la cintura, ahuecando los pechos, bajando por las caderas. Me imaginaba a aquel hombre conteniendo la respiración del otro lado, y esa imagen me prendía como nada lo había hecho en semanas.

***

Tomé el vestido vino y empecé a ponérmelo con una lentitud deliberada. Lo subí por las piernas y, al pasarlo por las nalgas, di un pequeño salto para que rebotaran. Cuando llegué a la altura de los pechos, me giré apenas, dejándolos al descubierto unos segundos hacia la rendija, y recién entonces me ajusté los tirantes como si nada, como si no supiera que había un público de una sola persona muriéndose del otro lado.

Me quedé un momento mirándome en el espejo, fingiendo que decidía si me quedaba bien el vestido o no. Después negué con la cabeza, como diciéndome «no, este tampoco», y empecé a cambiarme otra vez. Pero esta vez de frente.

Bajé los tirantes despacio y dejé los pechos al aire. Seguí bajando la tela hasta que el vestido cayó al suelo y quedé otra vez desnuda, ahora de cara a la rendija. Había tirado el vestido negro un poco lejos, junto al banquito, así que me arrodillé y gateé un par de pasos para alcanzarlo. Sé perfectamente lo que ese hombre vio en esa postura. Sé que vio cuánto me había excitado todo el juego, porque yo misma lo sentía resbalar.

Agarré el vestido negro, me volví a parar y me lo puse con la misma calma de antes. Me acomodé el pelo frente al espejo, respiré hondo para borrar el temblor de las manos y salí del probador como si acabara de probarme algo y nada más.

***

Al salir pasé justo al lado del señor. Me miró de arriba abajo, sin disimular ya nada, y bajó la voz para decirme una grosería al oído, algo sobre lo bien que me quedaba todo y lo que le había gustado mirar. No le contesté. Solo le sostuve la mirada un segundo, le sonreí y seguí caminando, dejando el vestido vino colgado en cualquier perchero del camino.

Salí del centro comercial con las piernas temblando y una sonrisa que no me cabía en la cara. El sol de la tarde caía oblicuo sobre la avenida. Un par de autos tocaron bocina al verme cruzar; alguien gritó desde una ventanilla que estaba para comerme. Yo seguía caminando, despacio, dejando que admiraran lo que quisieran. Los pechos me rebotaban con cada paso y los pezones seguían tan duros que se notaban a la distancia.

Cada mirada era un toque. Cada bocinazo, una mano invisible sobre el cuerpo. No estaba acostumbrada a sentirme tan deseada y tan poderosa al mismo tiempo, las dos cosas a la vez, como si llevara un secreto encendido entre las piernas y todos lo intuyeran sin poder confirmarlo.

***

Antes de llegar a casa tenía que doblar una esquina donde casi siempre hay gente. Esa tarde había dos hombres conversando apoyados en una pared, justo en el punto más angosto de la vereda. No había forma de pasar sin rozarlos. Bajé el ritmo un instante, dudé, y después decidí seguir, pasando entre los dos.

Cuando estuve en medio de ellos, uno me dio una palmada en las nalgas, fuerte, sonora, sin previo aviso. El golpe me arrancó un gemido corto que no pude contener; mi cuerpo estaba tan al borde que cualquier contacto era demasiado. El hombre soltó una risa y dijo en voz alta lo rica que estaba. Yo no me detuve. Apreté el paso, con la piel ardiendo y la cara caliente, hasta la puerta de mi edificio.

Subí las escaleras de dos en dos. Apenas cerré la puerta de casa me apoyé contra ella, con la respiración rota, y me levanté el vestido. No necesité mucho. Toda la tarde había sido un preámbulo larguísimo, y mis dedos solo tuvieron que terminar lo que las miradas de tantos desconocidos habían empezado.

Me dejé caer al suelo, todavía con el vestido negro puesto, con el cuerpo sacudido y la mente llena de aquel señor del probador, del chico paralizado, del golpe en la esquina. Cuando por fin se me calmó la respiración, me quedé un rato ahí, sonriendo al techo.

Lo más peligroso de descubrir algo así es que una nunca lo descubre del todo. Ya estaba pensando en la próxima salida, en qué me pondría, en hasta dónde me animaría la siguiente vez. El aire fresco entre las piernas, las miradas clavadas en mí, el riesgo de que cualquiera viera demasiado. Sabía que iba a volver a hacerlo. Y sabía, también, que la próxima vez me atrevería un poco más.

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Comentarios (6)

NocheDeVerano22

excelente!!! de lo mejor que lei en esta categoria

PeluqueraAnonima

Me encanto como lo contaste, da la sensacion de estar ahi. Muy bien escrito

Diegogozon

Por favor continua!! quede con ganas de saber que paso al final con ese chico que te miraba jajaja

MarinaSol86

Me senti identificada con esa sensacion, hay algo muy liberador en animarse a esas cosas. Buenisimo el relato

RobertoLect

Una pregunta, es historia real o de ficcion? Porque se siente muy autentica, eso es lo que mas me gusto

Santi_87

jajaja la cara que se me vino leyendo esto... muy bueno, sigue así!

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