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Relatos Ardientes

Mi asistente descubrió por qué cerraba la oficina

Me llamo Mateo y voy a contar algo que pasó hace unos meses en mi oficina sin cambiar casi nada, salvo los nombres. Tengo treinta y nueve años, divorciado por segunda vez, gerente de área en una consultora del centro. Despacho de veinte metros cuadrados, dos mamparas que me separan de la entrada y dos asistentes al otro lado de esas mamparas.

Desde muy joven me ha gustado que me miren. Que sepan que estoy desnudo cuando se supone que no debería estarlo. Nunca le encontré una explicación lógica. Es una corriente baja, constante, que de vez en cuando se vuelve incontrolable. Aprendí a manejarla, a esconderla, a no dejar que arruinara mis matrimonios, aunque, pensándolo bien, quizá fue parte del motivo por el que ninguno duró.

La que está conmigo todo el día se llama Romina. Veintiséis años, casada, dos años trabajando para mí. Hasta ese mes nunca la había mirado distinto. Era eficiente, simpática, con ese tipo de carcajada honesta que se escucha desde la otra punta del pasillo. Me traía el café, me organizaba la agenda, me reemplazaba en cuestiones personales cuando no me daba la vida. Nada más.

El primer auxiliar se fue a las oficinas centrales por una capacitación. A partir de las once de la mañana yo quedaba solo con Romina, porque el resto del piso no pisaba mi sector después de esa hora. Ese miércoles tenía un Teams larguísimo con gente de Bogotá. Le pedí que cerrara la puerta y apagara las luces; me daba dolor de cabeza la combinación del tubo fluorescente y la pantalla. Quedó solo la luz natural que entra por el ventanal y por el tragaluz del techo.

—¿Está disponible? —me preguntó por el chat interno a la media hora.

Yo estaba en mute. Volví la cabeza hacia la mampara, como si pudiera verla a través del melamínico.

—Sí, claro. ¿Por qué iba a no estarlo?

—No sé. Tal vez está sin ropa.

Sentí el latigazo en el pecho. La oficina estaba caliente, sí. El aire acondicionado funcionaba o demasiado o nada. Pero la pregunta no era por el calor.

—Estoy sin ropa —le contesté, riéndome para que pareciera un chiste—. Hace un calor de morirse.

—No le creo.

—Pues no me creas.

Cerré el chat con la mano temblando un poco. Volví la atención a la pantalla, donde alguien hablaba de proyecciones para el próximo trimestre, y empecé a pensar en serio en hacerlo. Que la mentira fuera mentira solo en parte.

Si lo hago, no se entera nadie.

Me paré, despacio, fuera del rango del micrófono. Me saqué el saco, la camisa, la camiseta interior. Después los zapatos, los pantalones, los calcetines, el bóxer. Me quedé desnudo en medio de mi propio despacho, con la corriente del aire acondicionado paseándome por el cuerpo, los pezones se me endurecieron al toque del aire, la polla ya empezando a hincharse contra el muslo. Después me puse otra vez el chaleco que llevaba debajo del saco, el pantalón y los zapatos. Nada más. Sin ropa interior, sin camisa. Si alguien entraba era un descalabro, pero estaba el cierre del cuello del chaleco y eso me daba una coartada apenas suficiente. La cabeza me zumbaba.

—Voy a pasar a dejarle algo —me escribió.

—Pasa.

Entró sin mirarme directamente, dejó una carpeta sobre el escritorio. Me cubrió hasta los hombros con la vista, sonrió y dijo:

—Mentiroso. Está vestido.

—Pues ya me vestí —improvisé, sin saber muy bien qué responder—. No iba a recibirte así.

—Por mí, ande cómodo. Yo no volteo, o cierro los ojos.

—Bueno saberlo —murmuré, y ella se rió y se fue.

Cerré los ojos. Escuché su silla rodar al otro lado del tabique. Era una invitación, sin lugar a dudas. Una invitación con la coartada de la negación: no le voy a mirar, pero usted ande cómodo. Le firma todo a mi instinto sin firmar nada.

Me quité el chaleco, los pantalones, los zapatos. Volví a sentarme desnudo en la silla, con la polla ya dura clavada hacia el ombligo, la punta brillante de un hilo de líquido pre-seminal que me chorreaba por el glande. Me pasé el pulgar por la cabeza y la unté, resbaladiza, hasta hacerla brillar entera. Adelanté la silla, escondí el cuerpo bajo el escritorio. Si la cámara del Teams se hubiera prendido sola, habrían visto la cara de un hombre cualquiera en una reunión cualquiera. Lo demás era mi secreto: la verga golpeándome contra la panza cada vez que me movía, los huevos apretados contra el cuero frío del asiento.

***

Pasaron diez minutos. Después veinte. La reunión seguía. Me empezó a parecer que el secreto no servía si no era percibido por alguien. Que necesitaba que ella supiera, en serio, que estaba ahí desnudo. La idea me apretaba el pecho como una mano.

—¿Está visible? —preguntó por el chat.

—Te dije que andaba cómodo. Estoy sin ropa.

—No es cierto. No le creo.

Esta vez no esperé. Me había sacado todo, así que empujé la silla hacia atrás, hasta el carro del café que queda justo del otro lado del tabique. Si ella se asomaba, me vería entero, la polla parada apuntándole al techo, los huevos colgando entre los muslos abiertos. Romina apareció en el marco como si la hubiera invocado. Se tapó la cara con la mano abierta, pero los dedos quedaron lo suficientemente separados como para mirar entre ellos. Yo vi cómo la mirada le bajaba directo a mi verga y se quedaba ahí, colgada. Cómo se le abrieron los labios, apenas.

—No le creo de todas maneras —dijo, con una sonrisa que ya no era el chiste de antes—. Pero necesito que me firme algo.

—Ven. Cierra los ojos.

Caminó hacia mí con una mano extendida y la otra sobre los ojos. Sostenía un papel y un bolígrafo. Los dedos seguían igual de abiertos. Estaba mirando, claramente. Llegó al lado del escritorio. La idea de que estuviera tan cerca, tan calladita, tan a propósito, me cortó la respiración.

—No creo que esté desnudo —dijo con la voz un grado más baja.

—Abrázame, así no tienes que mirar.

No pensé que fuera a hacerlo. Lo dije por decir, por ver qué pasaba. Pero soltó el papel sobre el escritorio y se inclinó hacia mí. El abrazo fue largo. Llevaba puesta una calza pegada de algodón. Mi polla le quedó justo a la altura del pubis, presionándola por encima de la tela, y sentí el calor de su coño a través del algodón, la humedad que ya empezaba a marcarle una mancha oscura entre las piernas. La verga se me sacudió sola contra ella y le dejó un hilo pegajoso encima de la calza. Ella soltó un jadeo mínimo, contenido, cuando lo sintió. Yo le pasé una mano por la espalda baja y la apreté un segundo, un solo segundo, contra mí, para que sintiera cada centímetro de la polla marcada entre nuestros cuerpos.

—Sí está desnudo —susurró—. Bueno, gracias.

Se separó despacio. Se llevó el papel. No me miró la cara antes de salir. Yo me quedé con la polla goteando y la marca de humedad de ella todavía en la punta.

***

Fue al baño. Yo me imaginé lo que hacía ahí: la calza bajada hasta las rodillas, los dedos hundidos en el coño mojado, la boca abierta apoyada contra el azulejo para no gritar. Me vestí a las apuradas, con esa mezcla de excitación y vergüenza que viene siempre después. La reunión seguía. Qué reunión, ya ni sabía. Cuando volvió, asomó la cabeza por la puerta y dijo:

—No se vista. En serio, no me molesta que ande así.

—No es por ti.

—Por lo que sea. Quédese cómodo.

Yo tengo un sillón reclinable contra la pared del fondo. Me lo regaló mi madre cuando me mudé y, aunque no combinaba con la decoración, lo dejé ahí. Cuando estaba muy cansado me tiraba veinte minutos. Esa tarde, sin pensarlo demasiado, me saqué el pantalón y me acosté. Le grité por encima del tabique:

—Si quieres, ven a hacerme un masaje en las piernas.

Romina me hacía masajes en los gemelos y en los hombros, siempre con la ropa puesta. Cosa de oficina entre conocidos, nada más. Esta vez tardó un segundo en responder.

—Con los ojos cerrados —dijo.

—Como tú quieras.

Apareció en el marco. Tenía los ojos cerrados pero los párpados le temblaban. Caminó hasta el sillón con los brazos extendidos como una sonámbula, encontró mi pierna a tientas. Empezó a masajear el gemelo, despacio, con las dos manos. Subió hasta la rodilla, después un poco más arriba. Cada vez que yo le decía «más arriba», ella se reía, abría un ojo y volvía a cerrarlo. Pero no subía. La frontera era el muslo medio. Mi polla estaba a veinte centímetros de su muñeca, dura, latiendo, pidiendo, con una gota gorda de pre-semen colgándole de la punta como una perla. Vi cómo abría el ojo otra vez y se le quedaba la mirada trabada ahí, en esa gota, cómo se pasó la lengua por el labio de abajo sin darse cuenta.

Le agarré la muñeca despacio y la subí yo, hasta que las yemas le rozaron la base de los huevos. Ella dejó escapar un «ay» ahogado. Los dedos se le quedaron tiesos, ni bajaban ni subían, apenas tocándome ese pliegue donde el muslo se junta con la ingle. Yo sentí cómo se le aceleraba la respiración a mi lado.

—Hasta ahí —dijo, y retiró la mano como si se hubiera quemado. Se levantó.

—Romi, por favor. Tócala. Un segundo. Envuélvela con la mano y ya.

—Otro día. Si me vuelve a llamar, voy. Pero no me avise antes. Que sea sorpresa.

Se rió. Yo me cubrí la cara con el antebrazo y me pasé la otra mano por la verga, un solo tirón desde la base hasta la punta, para calmarme y para que ella lo viera antes de irse. La oí soltar el aire de golpe. Sentí cómo la silla del otro lado del tabique recibía su peso, cómo retomaba el ritmo del teclado, más rápido de lo normal, con errores que borraba a cada tanto. La reunión se había terminado hacía rato y yo ni me había enterado.

***

Pasó una semana de pacto tácito. Nada de chat raro, nada de chistes, nada. Me preguntaba si lo había soñado. Hasta que el martes siguiente el primer auxiliar avisó a media mañana que se iba a otra capacitación.

Esperé veinte minutos a estar seguro de que no volvía. Después cerré la puerta yo mismo, sin apagar las luces esta vez. Me saqué todo, hasta el bóxer, hasta los calcetines. Me tiré en el sillón reclinable, con la polla firme contra el abdomen, las manos detrás de la cabeza, las piernas abiertas mostrándolo todo, huevos, verga, el hueco entre las nalgas contra el cuero. Cuando ya no pude esperar más, levanté el teléfono interno.

—Romi, ¿puedes venir un momento?

—Voy.

El segundo entre ese «voy» y sus pasos contra el piso vinílico se me hizo eterno. Crujía el cuero del sillón cada vez que respiraba. La oí levantarse, dar tres pasos, asomarse al marco. Yo estaba contra la pared lateral, en su línea de vista directa. Sin sábana, sin pantalón, sin nada que disimulara. La verga tan dura que dolía, apuntándome al ombligo, palpitando visible con cada latido.

Romina se paró en el umbral y no dijo nada. La vi tragar saliva, vi cómo se le agarrotaron los hombros, cómo se le marcaron los pezones a través de la blusa fina que llevaba. Después una sonrisa, una sonrisa pícara, larguísima, sin pudor. No era disgusto. No era sorpresa. Era la confirmación de que ya habíamos cruzado una línea hacía rato y de que ella lo sabía igual que yo.

—Vuélvame a llamar —dijo, y se fue.

Tardé en entender. Después me vestí, despacio. A las seis de la tarde, cuando ya nos íbamos los dos hacia el ascensor, me esperó en el pasillo. Yo siempre la abrazaba de despedida; cosa de oficina, abrazo corto, palmada en el hombro. Esta vez, cuando la apreté, me dijo al oído:

—Así no tiene chiste. Yo prefiero el abrazo sin nada.

—No me lo digas dos veces. En mi oficina, ahora.

***

Volvimos. Cerré la puerta con llave esta vez. Me saqué todo otra vez, con ella mirando de pie en el centro del despacho, con el bolso todavía colgado del hombro. Tenía un vestido recto, color crudo, sin mangas. Me acerqué desnudo. Dejé que me abrazara así, ella vestida, yo no. Mi polla le quedó pegada al estómago, apenas más abajo, mojándole la tela con la punta y dejándole una mancha oscura que se expandía en el crudo.

—¿Y tú? —le dije al oído, con la voz ronca, y le pasé la lengua por el lóbulo de la oreja.

No me contestó con palabras. Se sacó el vestido de un tirón, lo dejó caer junto al sillón. Llevaba un calzón blanco, sencillo, de algodón, con una mancha húmeda enorme entre las piernas que le marcaba los labios del coño a través de la tela. Lo bajó con las dos manos, hasta los tobillos, lo pateó a un costado. Vi el coño depilado, los labios hinchados, brillantes, un hilito de flujo colgándole del interior de un muslo. Después volvió a abrazarme. Piel con piel por primera vez. Sus pechos justo del tamaño de mi mano abierta, pezones duros como piedritas, el resto de su cuerpo más tibio que el mío. Le agarré una nalga con cada mano y la levanté un poco, hasta que la polla me quedó calzada entre sus muslos, el tronco entero corriendo sobre los labios de su coño, empapándose de ella con cada movimiento.

—Ay, mierda —soltó ella, apretando los dientes contra mi hombro—. Mierda, mierda.

Le besé la base del cuello, después bajé la boca a un pezón y se lo chupé entero, tirándoselo con los dientes hasta que ella gimió. Me arrodillé sin soltarle la cintura, le pasé la lengua por el ombligo, más abajo, hasta el pubis lampiño. Le abrí los muslos con las manos y le enterré la cara en el coño. Estaba empapada. Un olor denso, dulce, de mujer excitada hacía rato. Le chupé los labios uno por uno, le lamí la raja de abajo hacia arriba con la lengua plana, le busqué el clítoris y se lo trabajé en círculos hasta que se le doblaron las rodillas y tuvo que agarrarse del respaldo del sillón para no caerse. La oí gemir bajito, contenida, tapándose la boca con la otra mano.

—No pare, no pare, no pare —susurraba, con la voz rota—. Ahí, ahí, ahí.

Le metí dos dedos y se los curvé hacia arriba, buscándole ese punto por dentro mientras le seguía chupando el clítoris. Sentí cómo se le apretaba el coño alrededor de los dedos, cómo empezaba a temblar entera, muslos, panza, todo. Se corrió contra mi boca con un gemido ahogado, mordiéndose el dorso de la mano, empapándome la barba de flujo. Yo no le solté el clítoris hasta que el temblor cedió y ella me tiró suave del pelo para que parara.

—Ven acá —jadeó.

Me puse de pie. Ella se dejó caer de rodillas y me agarró la polla con las dos manos. Se quedó un segundo mirándola, con la boca a un centímetro del glande, respirando encima. Después sacó la lengua y me lamió desde los huevos hasta la punta, larga, despacio, con los ojos clavados en los míos. Me la chupó entera de un movimiento, hasta el fondo, hasta que la sentí darle contra la garganta. Le agarré la cabeza con las dos manos, sin empujar, solo para tenerla ahí. Ella empezó a moverse sola, subiendo y bajando, mamándome la verga con hambre, chasqueando la lengua contra la parte de abajo del tronco. Con una mano me sostenía los huevos, apretándomelos suave, y con la otra se acariciaba el coño otra vez. Yo veía cómo se le hinchaban las mejillas, cómo se le llenaban los ojos de lágrimas cuando se la clavaba profundo, cómo escupía saliva sobre el glande y volvía a tragárselo.

—Me vas a hacer correr —le dije, con la voz que apenas me salía—. Romi, para, para, que me vengo.

Sacó la polla de la boca con un ruido húmedo. Un hilo de saliva le colgaba del labio de abajo hasta la punta del glande. Sonrió.

—Todavía no.

Se paró, me empujó contra el escritorio, se dio vuelta y se inclinó apoyando las manos en la madera. El culo respingado, las piernas apenas separadas, el coño rojo y brillante entre los muslos, ofrecido. Me la puse contra la entrada. La punta se me hundió sola, resbaladiza, en la boca del coño. Empujé de a poco, sintiendo cómo se me iba abriendo alrededor, cómo me apretaba centímetro a centímetro, hasta que la tuve entera adentro, hasta los huevos golpeando contra ella.

—Ay, Dios —jadeó, arqueando la espalda—. Fóllame. Fóllame de una vez.

La agarré de las caderas con las dos manos y empecé a metérsela. Duro, seco, con toda la semana de espera encima. Cada embestida le sacudía el cuerpo contra el escritorio, le hacía rebotar los pechos colgando, le arrancaba un gemido corto que ella se comía apretando los dientes. El despacho se llenó del ruido de la carne golpeando carne, del chapoteo del coño mojado, de su respiración entrecortada. Le di una nalgada, después otra, hasta que le quedó una marca roja de mi mano. Ella gemía más fuerte, ya sin cuidarse.

—Así, más fuerte, dame más fuerte —jadeó—. Rómpeme.

La saqué, la di vuelta, la levanté a upa hasta sentarla sobre el escritorio, tirándole al piso las carpetas y el portalápices. Le abrí las piernas, me acomodé entre ellas y la volví a penetrar de un envión. Ahora podía verle la cara. Los ojos entrecerrados, la boca abierta, un hilo de saliva en la comisura. Me abrazó con las piernas por la cintura y me clavó los talones en el culo, tirándome hacia adentro con cada embestida. Yo le agarré un pecho con una mano y con la otra le apreté el cuello, apenas, mirándola a los ojos. Ella asintió, mordiéndose el labio.

—Más —susurró—. Apriéteme más.

Le seguí clavando la polla mientras le apretaba el cuello con la medida justa. La sentí correrse otra vez, temblando entera, con el coño ordeñándome, con un gemido largo y roto que no pudo contener. Yo aguanté todo lo que pude. Después la solté, la agarré del pelo, la eché sobre el escritorio boca arriba y me la seguí garchando, mirando cómo se le sacudían las tetas con cada golpe, cómo se le entraba y salía la verga brillante de sus jugos, cómo se le quedaba pegado un hilo blanco de flujo en la base cada vez que la sacaba entera.

—Me vengo, Romi. ¿Adónde?

—Adentro no —jadeó—. En las tetas. Vení a las tetas.

La saqué, salté sobre ella, me arrodillé montado a horcajadas sobre su vientre y me la trabajé con la mano, tres o cuatro tirones violentos, con el glande apuntándole al esternón. Me corrí encima de ella con un gruñido, chorros gruesos y calientes que le cayeron entre los pechos, uno le llegó hasta el cuello, otro le manchó la barbilla. Ella se pasó dos dedos por el semen del pecho, se los llevó a la boca y los chupó mirándome.

Me dejé caer sobre ella, la polla todavía dura goteando contra su muslo, la frente pegada a la suya. Nos quedamos así respirando, en medio del escritorio hecho un desastre, oyendo el zumbido del aire acondicionado y el zumbido de nuestras propias sangres.

Después de un rato ella me acarició la nuca, me besó despacio y me susurró:

—Ahora sí. Bájese que me tengo que ir.

Me hice a un lado. Ella se levantó, se limpió el pecho y el cuello con un pañuelo del bolso, sin apuro. Recogió el calzón del piso, el vestido del sillón. Se vistió mirándome a los ojos, sin culpa, sin enojo, sin nada.

—Mañana sigo trabajando con usted —dijo—. No se piense que porque me lo cogió una vez me va a tener así todos los días. Cuando yo quiera. Cuando yo diga.

—Romi.

Me besó la mejilla. Salió. Cerró la puerta con un cuidado que me pareció absurdo, dado el escándalo que había pasado adentro.

Me quedé desnudo en el medio del despacho, con la polla todavía latiendo, escuchando sus tacones contra el pasillo. La oí saludar al guardia abajo. Después el silencio. Yo seguía ahí, parado, sin entender bien qué había pasado.

Por primera vez en mi vida, lo que más me había excitado no había sido el clímax. Había sido la espera. La pelota suspendida en el aire, antes de tocar el piso. Romina ya lo sabía. Yo todavía no.

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Comentarios(8)

Vale_cba

jajaja me rei y me calente al mismo tiempo. la combinacion perfecta!!!

LucasRG

Por favor una segunda parte!!! Quede con demasiadas ganas de saber como reacciono el asistente al final

LoboSolitario22

la tension que se va armando de a poco es lo mejor del relato. Sin apuro, muy bien narrado

NocturnaLect

Increible el clima que logras con tan poco. Me enganche desde el primer parrafo y no quise que terminara. Muy bueno.

TomásCorrea

Y al final el asistente se dio cuenta o no?? Quede con la intriga jaja, tremendo

MarisolF

Me recuerda a situaciones de trabajo que uno nunca imaginaria que pasan. Muy entretenido y bien escrito

KikoSalteno

buenisimo!!! esperando mas relatos de este tipo

Lector_Nico

Ese final abierto es perfecto. La incomodidad entre los dos personajes se siente muy real, casi me pone nervioso jaja

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