Seguí a mi madre y vi lo que hacía en el callejón
Mi madre tenía cuarenta y dos años y un cuerpo que la calle no la dejaba olvidar. Salía a correr todas las noches con la misma ropa: una calza gris claro tan fina que se le metía entre las nalgas a los tres pasos, y un top deportivo del mismo color que no disimulaba absolutamente nada. Los pezones marcaban la tela como si quisieran rasgarla.
Yo crecí escuchando los comentarios. En la tienda de la esquina, en la parada del autobús, en los cumpleaños de la familia. Tíos, primos, vecinos, padres de mis amigos del colegio. Todos tenían algo que decir sobre las caderas de mi madre, sobre sus pechos, sobre la cara que ponía cuando alguien la halagaba. Aprendí a apretar la mandíbula desde muy chico. Aprendí también, mucho más tarde, que ella nunca corregía a nadie.
Hacía dos meses que sospechaba que las carreras nocturnas eran otra cosa. Salía a las nueve y volvía a las once, o a las doce, o a la una de la mañana. Volvía sudada, con la calza llena de tierra de la calle, el pelo deshecho y un olor encima que no era de ejercicio. Era un olor más espeso, más turbio. Era olor a hombre.
Esa noche decidí seguirla.
Le dije que iba a quedarme jugando en la computadora hasta tarde. Apenas cerró la puerta de calle, me puse una chaqueta oscura, esperé un minuto y salí detrás. La encontré enseguida. No corría. Caminaba, con un trote suave, mirando el celular y escribiendo. La seguí por la acera de enfrente, escondido entre los árboles de la avenida.
No iba al parque. Cruzó la avenida en dirección contraria, dobló a la izquierda en la calle Belmonte y se metió en el barrio de atrás, donde las luces están todas rotas hace años y los perros ladran sin razón. Caminaba con confianza, como si conociera cada baldosa rota.
Tres tipos sentados en el borde de la acera le dijeron una grosería cuando pasó. Ella no aceleró, no bajó la cabeza, no hizo nada de lo que hacen las mujeres cuando algo las incomoda en la calle. Sonrió de costado y siguió caminando. Uno de los tipos se levantó, le caminó al lado unos pasos, le dijo algo al oído y le tocó el culo con la mano abierta. Ella se rio. Después siguió.
Yo tenía la mandíbula tan apretada que me dolía la nuca.
***
A las cinco cuadras se metió en un callejón. Era uno de esos callejones ciegos del barrio, con dos paredones de ladrillo a los costados y un cartel oxidado al fondo que decía algo que ya no se leía. Yo me agaché detrás de un contenedor de basura volcado, a unos veinte metros de la entrada, y la vi caminar despacio hasta el medio del callejón y detenerse ahí.
Esperó. Se acomodó el pelo. Se humedeció los labios.
De las sombras del fondo salió un hombre. Alto, flaco, con una camisa abierta hasta la mitad y unos pantalones manchados. No le vi bien la cara, solo la silueta y el brillo de los dientes cuando sonrió. Caminó hacia ella con la calma de quien sabe que no se le va a escapar.
Mi madre dio un paso atrás. Después otro. La espalda le quedó pegada contra el paredón de ladrillo. Yo pensé por un segundo que tenía miedo, que iba a gritar, que iba a salir corriendo. Pensé en saltar del escondite y partirle la cara al tipo con lo que tuviera a mano.
Después la vi alzar la cara y besarlo.
Lo besó con la boca abierta, con la lengua, con las dos manos hundidas en el pelo grasiento del tipo. Lo besó como si llevara dos horas pensando en ese beso. Y a lo mejor era exactamente eso lo que había hecho durante toda la cena: pensar en ese beso.
—Llegas tarde, putita —dijo el tipo cuando se separaron.
—Tuve que hacerle la cena a mi hijo —contestó ella, con una voz que yo nunca le había escuchado. Una voz dócil, ronca, casi infantil.
—¿Y qué le hiciste?
—Unos sándwiches.
—¿A tu hijo también le gusta lo gordo y caliente, como a ti?
Ella se rio. Una risa baja, sucia, que no era la risa de mi madre.
—No sé. Nunca le pregunté.
—Pues deberías preguntarle. Capaz se parece a la madre.
Yo apreté los dientes hasta que algo crujió. Tenía la espalda contra el contenedor y el frío del metal me subía por la columna. No me movía. No respiraba más fuerte de lo necesario. Tenía miedo de que ella girara la cabeza y me viera, y al mismo tiempo no podía irme.
***
El tipo le bajó los tirantes del top de un tirón. Los pechos de mi madre cayeron afuera, blancos en la penumbra del callejón, con los pezones todavía marcados por la tela. Él los agarró con las dos manos, los apretó, los levantó, se los llevó a la boca. Le mordió un pezón con la fuerza justa para arrancarle un gemido que rebotó en los paredones.
Ella le pasó la mano por el pelo. Después por la nuca. Después le bajó la mano por el pecho hasta meterla dentro del pantalón. Vi el movimiento del antebrazo, vi la cara de él cuando ella empezó a tocarlo, vi la sonrisa torcida que se le armó.
—De rodillas —dijo él.
Mi madre se arrodilló en la tierra del callejón sin un segundo de duda. Le bajó el pantalón a la altura de las rodillas. Lo que sacó de adentro era oscuro, grueso, brutal. Yo nunca había visto una verga así de cerca, ni siquiera la mía me parecía algo del mismo idioma. Ella la agarró con las dos manos, la miró un segundo como si fuera un regalo, y se la metió entera en la boca.
El tipo sacó el celular. Lo prendió. Empezó a filmarla.
—Sonríe para tu hijo, puta —le dijo.
Ella lo miró desde abajo, con la boca llena, y le sonrió con los ojos. Sacó la lengua. Hizo un sonido húmedo. Dejó que un hilo de saliva le cayera por el mentón hasta los pechos. Todo eso lo hizo sin sacarse la verga de la boca, sin perder el ritmo, sin perder la sonrisa.
Yo me había desabrochado el pantalón sin darme cuenta. Tenía la verga en la mano. No quería pero la tenía. Me empecé a tocar con el ritmo que ella le marcaba al tipo, despacio al principio, después más rápido cuando él le agarró la cabeza con las dos manos y le empezó a follar la boca como si fuera otra cosa.
Las arcadas de mi madre se oían por todo el callejón. Él no la soltaba. Le metía la verga hasta el fondo de la garganta y la dejaba ahí tres, cuatro segundos, hasta que ella le golpeaba las caderas con las manos. Solo entonces la soltaba. Ella tomaba aire, escupía, tosía, y antes de poder limpiarse la boca él ya se la metía de nuevo.
—¿Qué pasa, putita? ¿No estabas acostumbrada?
—Sí, papi —dijo ella, ronca, casi sin voz—. Dame más.
Yo me vine la primera vez ahí, sin darme cuenta, manchándome la mano y la chaqueta. No paré. Me limpié contra el contenedor y seguí.
***
El tipo la levantó del pelo. La giró contra la pared. Le bajó la calza de un tirón hasta los tobillos. Mi madre quedó con las palmas apoyadas en el ladrillo, las piernas separadas, el culo afuera. Desde donde yo estaba se le veía todo: la curva de la cintura, la espalda mojada de sudor, los hoyuelos arriba del culo, el muslo temblando.
Él se acomodó atrás. La agarró de la cintura con una mano y con la otra se acomodó la verga. Después la metió de un solo empujón, sin aviso, hasta el fondo. Mi madre gritó. Fue un grito largo, abierto, que mezcló dolor con algo más complicado que el placer.
—Más fuerte —pidió, cuando recuperó el aire—. Más fuerte, por favor.
El tipo la folló como si la odiara. Le golpeaba las caderas contra la pared, le tiraba del pelo hacia atrás, le pegaba en el culo con la mano abierta hasta dejarle la piel roja. Ella le pedía más con la voz quebrada. Cada vez que él le pegaba, ella decía «gracias». Cada vez que la insultaba, ella se reía y le pedía perdón.
—¿Quién es tu dueño? —le gruñó él, mientras le apretaba el cuello con la mano izquierda.
—Tú —dijo ella.
—¿Y qué eres tú?
—Tu puta.
—¿De quién?
—Tuya. Tuya, papi, tuya.
Yo estaba con la espalda contra el contenedor, la verga en la mano otra vez, los ojos fijos en la cara de mi madre. Tenía los ojos en blanco. Tenía la boca abierta. Tenía la cara que le había escuchado a través de la pared de mi habitación muchas noches, cuando ella creía que yo dormía, y por fin entendí qué era lo que la ponía así.
***
El tipo terminó adentro. Lo anunció con un gruñido largo y un último empujón que la dejó pegada contra la pared. Ella se quedó así un segundo, las piernas temblando, las manos abiertas contra el ladrillo, y después se dejó caer despacio hasta quedar sentada en la tierra.
Él se acomodó el pantalón. Le pasó la mano por el pelo, como se le pasa la mano a un perro, y se inclinó para hablarle al oído.
—Mañana a la misma hora. Y la próxima me traes al hijo.
—No —dijo ella, con un hilo de voz.
—Después lo hablamos.
El tipo se fue por donde había aparecido, sin mirar atrás. Se metió en las sombras del fondo del callejón y dejó de existir. Mi madre se quedó sentada en la tierra, con la calza en los tobillos, el top en la cintura, el pelo pegado a la cara, respirando como si recién hubiera salido del agua.
Yo me arreglé el pantalón, me limpié las manos en la chaqueta y empecé a caminar hacia atrás, despacio, sin dejar de mirarla. Salí del callejón pegado a la pared. Crucé la avenida sin esperar al semáforo. Llegué a casa antes que ella, me lavé las manos tres veces, me tiré en la cama vestido y me quedé mirando el techo.
Ella tardó casi una hora en volver.
La escuché entrar, cerrar la puerta con cuidado, subir las escaleras descalza. Pasó frente a mi habitación, se detuvo un segundo, siguió. Entró al baño. La ducha estuvo abierta un rato largo.
Cuando salió del baño volvió a pasar frente a mi puerta y volvió a detenerse. Esta vez no siguió de largo. Esperó. Yo cerré los ojos y traté de respirar como alguien que duerme. La oí entrar despacio, dar dos pasos, quedarse de pie al lado de la cama. La oí mirarme.
—¿Estás despierto? —preguntó, bajito.
No le contesté.
Se quedó ahí un minuto más. Después se inclinó y me dio un beso en la frente. Me di cuenta enseguida de a qué le olía la boca.
Cuando se fue, cerré la puerta con llave, me senté en el borde de la cama y me quedé pensando en lo que había dicho el tipo al final. Que mañana le llevara al hijo. Que después lo hablaban.
Y me di cuenta de que mañana, cuando ella terminara de hacerme la cena y me dijera que se iba a correr, yo iba a buscar la chaqueta oscura otra vez.