Descubrí cómo me espiaba el cristalero de enfrente
Soy nueva en esto de contar mis historias, así que les pido un poco de paciencia. Lo que les voy a narrar me pasó hace unos meses, cuando me mudé al apartamento donde todavía vivo, en un edificio gemelo a otro idéntico, separados apenas por un patio interior de ocho metros.
El piso era un sueño. Luminoso, alto, con balcones a la calle y un baño enorme. Lo que me hizo dudar fue precisamente eso: el baño tenía una ventana del tamaño de la pared, frente por frente al edificio de al lado. Me imaginé enjabonándome bajo la mirada de cincuenta vecinos y casi salgo corriendo. La dueña, una mujer de unos sesenta años con los ojos de quien ya ha visto todo, se rió y me explicó que los cristales del apartamento eran de un tipo especial: desde dentro se veía perfectamente, pero desde fuera era una superficie espejada, ciega.
Me hizo bajar a la calle y mirar hacia arriba para convencerme. No se veía absolutamente nada. La pared del baño parecía un panel mate. Firmé el contrato esa misma tarde.
Las primeras semanas fueron tranquilas. Me bañaba con la cortina abierta, me secaba frente al espejo, me cremaba el cuerpo entero antes de meterme en la cama. Era una libertad nueva, casi adolescente. Vivir desnuda dentro de mi propia casa, sabiendo que nadie me veía, me devolvió un cuerpo que llevaba años escondiendo bajo ropa demasiado prudente.
Hasta el día que algo cayó desde uno de los pisos altos. Un golpe seco, un crujido, y dos de los cristales de mi baño se hicieron añicos. Llamé a la dueña, que estaba de viaje, y me sugirió por teléfono que buscara a un cristalero del barrio. Yo no conocía a nadie. Bajé a hablar con la vecina del balcón de enfrente, una señora muy amable, doña Inés, que en cuanto le conté el problema sonrió.
—Mi sobrino Adrián es cristalero —me dijo—. Lo llamo ahora mismo, no te preocupes, viene en un rato.
Adrián apareció a las dos horas. Era más joven de lo que yo esperaba, veinte años recién cumplidos, alto, delgado, con esa torpeza dulce de los chicos que todavía no saben del todo cómo ocupar su cuerpo. Yo estaba en casa con una camiseta vieja y un short que dejaba poco a la imaginación, porque no esperaba a nadie y porque hacía un calor que mataba. Cuando le abrí, lo vi pasarme la mirada por las piernas y por el escote, rapidísimo, esa mirada de chico bien educado que intenta no mirar y mira igual.
—Disculpe, vengo por los cristales —dijo, sin levantar del todo la vista.
—Pasa, pasa. El baño es por aquí.
Lo guié por el pasillo. Le mostré la ventana, los cristales rotos, los repuestos que la dueña me había dejado en un armario. Adrián los miró con cuidado, asintió, sacó sus herramientas. Yo le ofrecí un vaso de agua y me quedé a un paso de la puerta del baño, apoyada en el marco, viéndolo trabajar. Él se concentraba, pero cada tanto levantaba la vista hacia el espejo del lavabo, donde yo aparecía reflejada de pies a cabeza. Vi cómo el pantalón se le tensaba por delante. Vi cómo intentaba acomodarse con disimulo. Pensé que era ternura. Pensé que era inocencia. Pensé mal.
Cuando terminó, no quiso cobrarme.
—Es un favor para mi tía —dijo—. Y menos mal que tenía estos cristales especiales. Si no, todo el edificio la vería.
Sonrió. Yo sonreí. Le di las gracias. Cerré la puerta. Y volví al baño a admirar el trabajo, sin sospechar nada.
***
Pasaron casi tres semanas. Yo seguí con mi vida desnuda dentro de casa, sin sospechar. Hasta que una tarde doña Inés me invitó a tomar un café en su piso. Llevaba días prometiéndome enseñarme las orquídeas del balcón trasero. Subí en chanclas, con la confianza del vecino que ya es casi familia.
Era un apartamento idéntico al mío, en planta espejada. Misma distribución, mismas medidas. Doña Inés me llevó por el pasillo, me enseñó la cocina, el salón, el balcón con las plantas. Me ofreció más café. Yo le dije que iba al baño y, al pasar por delante de la puerta del cuarto de su sobrino, me detuve un segundo. La puerta estaba entornada. No fue curiosidad sucia, fue ese reflejo tonto de querer ver dónde vive un chico que te resultó simpático.
Empujé la puerta con la punta del pie. Y me quedé helada.
Su cuarto daba al patio interior. Su ventana estaba justo frente a la mía. Las cortinas, descorridas hacia un lado y sujetas con una pinza, dejaban una franja libre del ancho de un hombre. Una franja perfectamente alineada con la ventana de mi baño. Desde aquel rectángulo se veía mi ducha, mi lavabo y mi espejo entero. No era una vista accidental: era un palco.
Y, sobre la mesita de noche, había una prenda de tela negra hecha un ovillo. La reconocí antes incluso de tocarla. Era mi tanga. La que daba por perdida desde hacía dos semanas, la que pensé que se había caído de la cesta del tendedero al patio. No se había caído al patio. Estaba ahí, sobre su mesita, con un pequeño bote de crema al lado.
Me senté en el borde de su cama porque me empezaron a temblar las rodillas.
Mil pensamientos en treinta segundos. Avisarle a doña Inés, montar el escándalo, llamar a la policía. Pero el chico era un crío. Pero era un voyeur. Pero llevaba semanas viéndome bañarme, abrirme las piernas frente al espejo, cremarme los pechos despacio bajo la luz cálida del lavabo. Y entonces algo me pasó por dentro que no esperaba: una corriente caliente que me empapó la ropa interior. Yo, que había firmado aquel contrato aterrorizada de ser vista, me estaba mojando con la idea de haber sido vista todo este tiempo. Sin saberlo. Sin actuar para nadie. Tal cual era.
Volví a mirar por su ventana. Calculé el ángulo. Calculé los metros. Calculé el espectáculo que se había ahorrado por no saber lo que tenía enfrente. Y mientras lo hacía, ya había decidido lo que iba a pasar esa noche.
—¿Estás bien, hija? —me preguntó doña Inés cuando volví al salón—. Te veo como sofocada.
—Es el calor —mentí—. Por cierto, ¿me das el teléfono de tu sobrino? Tengo otro trabajito para él.
***
A las cinco y media de la tarde lo llamé.
—Hola, Adrián. Soy Mariela, la del veintidós.
—Hola, ¿qué tal? ¿Algún problema con los cristales?
—No, no. Tengo otro trabajo que quiero comentarte. ¿Puedes pasar?
—Estoy terminando una obra, en una hora me libero. ¿Te llamo cuando salga?
—Perfecto. Cuando llegues a tu casa, me avisas. Voy a estar duchándome en ese momento, así que tómate tu tiempo. No hay prisa.
Hubo medio segundo de silencio del otro lado. Lo justo para imaginarlo tragando saliva.
—Vale —dijo, con la voz un poco más baja.
Colgué. Las manos me temblaban. Me preparé el baño como quien prepara un escenario. Encendí solo dos de las luces, las del lavabo, para tener la escena bien iluminada hacia su ventana y dejarme a mí en la zona de la ducha en una penumbra cálida. Cerré la puerta del baño con pestillo, aunque vivía sola, porque el gesto formaba parte del juego que estaba representando. Saqué del cajón el consolador morado que llevaba meses durmiendo bajo unas toallas. Lo lavé. Lo dejé sobre el lavabo, a la vista. Volví a salir, me desnudé despacio en el dormitorio y me puse una bata abierta sobre los hombros.
A las siete menos cuarto, sonó el teléfono.
—Ya estoy en casa —dijo Adrián.
—Ponte cómodo. Yo me voy al baño ahora.
Colgué. Caminé descalza por el pasillo, con el corazón pegado a la garganta. Entré al baño, dejé caer la bata al suelo, y antes de abrir la ducha miré directamente hacia su ventana. Las cortinas estaban descorridas exactamente igual que aquella tarde. La luz de su lámpara de mesa estaba encendida. No lo veía a él, pero sentí su presencia con la misma claridad con la que se siente una mano apoyada en la espalda.
Abrí el grifo. Dejé que el agua corriera caliente. Y empecé a tocarme.
Primero, los pechos. Despacio, sopesándolos, pellizcándome los pezones hasta que se pusieron tan duros que me dolieron. Después, una mano bajó. Me acaricié el vientre, el interior de los muslos, todo menos donde realmente quería. Estaba ya empapada antes de tocarme. Cuando por fin me llevé los dedos al sexo, me arrancó un quejido en voz baja que no esperaba.
Levanté la vista hacia su ventana. Y entonces sí, lo vi. Una silueta sentada, la cabeza apenas asomando por el borde inferior del cristal. Quieto. Hipnotizado.
Que mire bien. Que no se pierda nada.
Cogí el consolador. Me lo llevé a la boca, lo chupé despacio, sin dejar de mirar en su dirección. Recorrí el cuerpo entero con él: los pechos, el cuello, el estómago, antes de bajarlo entre los muslos. Me lo metí muy lentamente, primero unos centímetros, después un poco más, mientras me apoyaba con la espalda en los azulejos para que él tuviera la vista perfecta. Lo sacaba, me lo volvía a llevar a la boca, lo metía otra vez. Cada movimiento iba dirigido a la ventana de enfrente. Cada gesto era para él.
Cuando me corrí, lo hice mirándolo directamente, sin disimulo, con los ojos abiertos y la boca también. Me deslicé por la pared hasta sentarme en el suelo de la ducha, con las piernas temblando, y el agua cayéndome por encima. Me quedé así un rato, oyendo solo mi respiración y el grifo.
Después salí del baño, me sequé el pelo, me puse una camisa larga sin nada debajo, y volví a llamarlo.
—Ven —le dije, y colgué antes de que pudiera contestar.
***
Cuando tocó la puerta, le grité desde el dormitorio que entrara y la cerrara con llave. Oí la cerradura. Oí sus pasos en el pasillo. Salí descalza, con la camisa entreabierta, y me planté delante de él en medio del salón.
Adrián se quedó sin aire. Tenía el pelo todavía húmedo, una camiseta blanca pegada al pecho y una marca en el pantalón que no podía disimular ni queriendo.
—¿Disfrutaste del espectáculo? —le pregunté.
Bajó la cabeza. Empezó a balbucear excusas: perdóname, no quería, me gustaste desde que te vi llegar al edificio, cuando me llamaste por los cristales pensé que era mi oportunidad y los cambié, los que me diste estaban guardados en el armario del fondo, lo siento, lo siento, no se lo digas a mi tía, no lo subí a ningún sitio, te lo juro, solo miraba, solo era para mí.
Lo dejé hablar hasta que se quedó sin aire. Después le levanté la cara con un dedo bajo la barbilla.
—¿Me grabaste? —pregunté.
—No, te lo juro. Solo miraba. Mírame el teléfono, mírame el ordenador, lo que quieras.
Le creí. No me preguntes por qué, le creí. Tenía cara de chico al que acaban de pillar y al que el corazón se le sale por la garganta. Le creí, pero no por eso lo dejé tranquilo.
—De acuerdo —le dije—. No se lo voy a contar a nadie. Ni a tu tía, ni a la dueña, ni a la policía. Pero a partir de hoy, hay condiciones.
Adrián asintió antes incluso de que yo terminara la frase.
—Lo que yo te diga —seguí—. Cuando yo te llame, vienes. A la hora que sea. Y si yo decido bañarme con la cortina abierta y tú estás en tu cuarto, te quedas mirando hasta que yo cierre. No antes. Y mientras tanto, esta noche, vas a hacer exactamente lo que yo te ordene.
—Lo que quieras —susurró.
—Quítate la ropa.
Se quitó la camiseta con manos que le temblaban. Se desabrochó el pantalón, dejó caer los calzoncillos. Estaba durísimo. Le miré despacio, de arriba abajo, igual que él me había mirado a mí semanas y semanas a través de la ventana. Después me senté en el sofá, abrí la camisa, abrí las piernas, y le señalé el suelo entre mis pies.
—Arrodíllate —le dije—. Ahora me toca a mí mirarte trabajar.
Adrián obedeció. Y mientras se acercaba, con las rodillas hundidas en la alfombra y la boca a centímetros de mí, supe dos cosas. Que aquel chico iba a ser mi mejor secreto durante mucho tiempo. Y que la mujer que firmó aquel contrato muerta de miedo por las ventanas grandes ya no existía. En su lugar había otra, con el cristalero de enfrente arrodillado a sus pies y un edificio entero por estrenar.