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Relatos Ardientes

Espié a mi cuñada por la ventana del baño

Cuando las obras de remodelación de nuestro departamento se alargaron del segundo al cuarto mes, mi mujer me convenció de aceptar la invitación de sus padres y mudarnos a casa de ellos mientras tanto. Le dije que sí sin entusiasmo. Me imaginaba semanas enteras de sobremesas largas, comentarios pasivos de mi suegra y la sensación permanente de estar invadiendo terreno ajeno.

Lo que no me imaginé fue a Camila.

Camila es la hermana menor de mi esposa Daniela. La conocía, claro, llevaba seis años casado y la había visto en cada cumpleaños y cada Navidad. Pero hasta ese mes no había vivido bajo el mismo techo. Una cosa es saludarla en la mesa familiar; otra muy distinta es cruzársela en el pasillo en pijama, descalza, con el pelo todavía húmedo.

Tiene veintitantos, mide poco más de un metro y medio y nunca llamó la atención por hermosa en el sentido obvio. Es de las que crecen con uno. Piel canela, ojos demasiado vivos para su cara redonda, pechos pequeños bajo blusas que ella misma se cose. Y un trasero que cualquier hombre honesto admite que mira dos veces antes de saludar.

Las primeras semanas fueron tranquilas. Cada uno con su horario, su rutina, su cuarto. Yo trabajaba desde el escritorio del comedor por las tardes, Camila salía a correr al alba, Daniela viajaba a la oficina en el centro y mis suegros administraban su jubilación entre el jardín y el supermercado. Aprendimos a no molestarnos, que es la única forma decente de compartir cocina con seis adultos.

Hasta esa mañana.

Mis suegros y Daniela se fueron temprano a desayunar fuera y a hacer unas compras en el mercado de los sábados. Mi mujer me dijo que descansara, que iban a tardar dos o tres horas. Yo, agradecido, me quedé en la cama leyendo el celular un rato más, disfrutando de un silencio que esa casa casi nunca tiene.

Pensé que estaba solo. Veinte minutos después tocaron a la puerta de mi recámara.

—¿Despierto?

Era Camila. Me asomé con la camiseta puesta y los pantalones del pijama.

—Pensé que te habías ido con ellos —le dije.

—Acabo de llegar de correr. ¿Quieres café? Te espero en la cocina.

Bajé después de cambiarme. Y la encontré subida en puntitas, estirando los brazos para alcanzar el café de la repisa de arriba.

Esa imagen me detuvo en el marco de la puerta.

Llevaba una camiseta negra que se abría por los costados con tijeretazos de modista, sin sostén abajo, y al estirarse los huecos dejaban ver el costado de un pecho entero. Una calza color vino, de tela tan fina que dibujaba la línea de la ropa interior como si fuera una raya hecha con marcador. Las sandalias planas se le levantaban del talón por el esfuerzo del estiramiento.

Y entonces vi sus pies.

Nunca le había mirado los pies con atención. Estaban arqueados, en puntitas, cargando el peso del cuerpo sobre la mitad delantera. Los dedos blancos por la presión, el resto de la planta de un rosa intenso, la curva del empeine tensa. Tenía las uñas pintadas de un rojo oscuro que no había advertido nunca. Por un instante pensé en ofrecerle ayuda para no tener que dejar de mirar.

Se dio la vuelta con el frasco en la mano y soltó un grito corto.

—¡Casi me matas del susto! No te oí bajar.

Los dos reímos del modo en que se ríen los que se acaban de incomodar sin saber por qué. Nos sentamos a la barra y serví el café. Hablamos de cosas vacías: del clima, de que el departamento iba a tardar más de lo previsto, de un libro que ella estaba leyendo y yo no. Me obligué a mirarla a los ojos y, casi sin proponérmelo, fui un buen cuñado durante veinte minutos.

Después se levantó.

—Me voy a duchar. Te toca lavar las tazas.

—Hecho.

Lavé las dos tazas, sequé la barra y subí. El baño que ella usa cuando los padres no están es el del fondo del pasillo, el que comparte con la habitación de huéspedes. Tiene una ventana pequeña, alta, que da al pasillo de la planta alta para ventilar el vapor. Una rareza arquitectónica de las casas viejas: la ventana de un baño que abre hacia adentro del propio pasillo, en lugar de hacia el patio.

Pasé por delante de esa ventana sin pensar. Y me frené.

Estaba entreabierta. El vapor salía en bocanadas tibias, con olor a jabón. Se oía el agua chocar contra los azulejos y, debajo del agua, otro sonido. Una respiración. Una respiración con un ritmo que no era el de bañarse.

Me quedé parado en el pasillo con la mano apoyada en la pared. Tuve dos pensamientos al mismo tiempo. El primero: sigue de largo, sé adulto, anda a tu cuarto y olvida que pasaste por aquí. El segundo: nadie está mirando.

Gana siempre el segundo.

Me acerqué a la ventana. La altura era justa para que, parado en puntitas como ella había hecho en la cocina, mis ojos llegaran al borde inferior del marco. Vi su espalda. La piel mojada brillaba bajo la luz blanca del foco. El pelo, oscuro y pegado a los hombros, le caía hasta media espalda. El agua le bajaba en una línea sola por la columna y se ramificaba al llegar a la curva de la cadera. Estaba de cara al azulejo, con una mano apoyada en la pared y la otra metida entre las piernas.

Lo entendí al segundo.

Se estaba tocando.

Estaba ahí mismo, a tres metros de mí, masturbándose despacio, con la cadera moviéndose en pequeñas circunferencias contra su propia mano. Tenía los hombros tensos. La respiración subía y bajaba y se mezclaba con el ruido del agua. Yo no podía verle la cara, pero sí la línea entera de su cuerpo de espaldas: la curva del trasero, las piernas firmes, los pies plantados en el azulejo con las plantas blancas por la humedad.

Sentí la cara caliente. La camisa empezó a pesarme. Pensé que tenía que irme y no me fui.

Y entonces ella giró la cabeza.

Fue un giro corto, calculado, no de quien busca algo sino de quien sabe lo que va a encontrar. Me vio. Tuvo medio segundo para sostenerme la mirada por encima del hombro mojado. Yo aparté la cara como si la pared me quemara y crucé el pasillo en cuatro zancadas hasta mi habitación. Cerré la puerta despacio para no hacer ruido y me tiré sobre la cama.

***

El corazón me golpeaba en las orejas.

Repasé la escena tres veces en treinta segundos. Me había visto. Estaba seguro de que me había visto. Y ahora qué. Le iba a contar a Daniela. Le iba a contar a mi suegra. Iba a haber una escena, un divorcio, un velorio cívico. Pensé en Daniela y en cómo se le iban a llenar los ojos de lágrimas, y por un segundo me odié de verdad. Pensé también, y esto me costó más admitirlo, en la espalda de Camila bajo el agua.

Estaba todavía con la mano en la frente cuando oí los pasos descalzos en el pasillo. Reconocí su forma de caminar, ligera, casi sin apoyo del talón.

La puerta se abrió sin que tocara.

Apareció ella envuelta en una toalla blanca enrollada bajo las axilas, el pelo todavía goteando, las plantas dejando huellas húmedas en el parqué. Cerró detrás suyo con el codo.

—¿Qué estabas haciendo? —dijo bajito.

Me senté en la cama.

—Nada. Estaba aquí en mi cuarto.

—No soy tonta.

—Camila, en serio…

—¿Sabes lo que puede pasar si mi hermana se entera?

Sentí el nudo en la garganta, ese que se hace cuando uno ya está mintiendo y todavía no se cree del todo capaz. Iba a abrir la boca, iba a pedirle por favor, iba a ofrecerle cualquier explicación que sonara remotamente humana. Y ella me ganó.

—Pero eso no nos conviene a ninguno de los dos. ¿Verdad?

Dejó caer la toalla.

Cayó al piso de golpe, sin teatralidad, como quien se quita una bufanda. La vi entera por primera vez. El pelo seguía mojado y le caía en mechones sobre los pechos, pequeños y firmes. La piel canela todavía estaba enrojecida por el agua caliente del baño. Los pezones se le veían apretados. Y los pies, otra vez los pies, sobre el parqué con una huella mojada alrededor de cada uno.

Caminó hacia la cama. No dijo nada. Tomó mi mano con la suya, lentamente, casi como si me estuviera enseñando un movimiento, y la guio entre sus piernas. El calor que sentí ahí no se parecía a ningún calor que hubiera tocado antes. Estaba mojada, y no del agua de la ducha. Me apretó la mano con los muslos un segundo y se inclinó sobre mí.

Su boca buscó la mía. No fue un beso de adolescente. Fue un beso que ya venía pensado. Sentí su lengua, sentí el peso de su pecho contra mi camiseta, sentí la mano libre de ella deshaciendo el primer botón del pantalón del pijama. Yo no me moví. No por decencia. Por incapacidad.

Y entonces oímos la puerta de la entrada.

El chasquido de la cerradura. La voz de mi suegro en el recibidor. Los pasos de Daniela en el pórtico, las bolsas del mercado golpeando el suelo.

Camila se separó de mí en una sola pieza, como un resorte. Levantó la toalla del piso, se la envolvió de cualquier manera y abrió la puerta. Antes de salir se volvió.

—Esto no se queda aquí —dijo.

Y desapareció en el pasillo.

Me quedé sentado, descalzo, con la camiseta arrugada y la mano todavía caliente. Abajo, Daniela me llamaba para que la ayudara con las bolsas. Le respondí que ya bajaba. Me pasé las dos manos por la cara, me ajusté el pantalón y traté de bajar a la cocina sin que se me notara nada.

Pero en el primer escalón ya sabía que esto no terminaba ahí.

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Comentarios (4)

Miguelito_Cba

Tremendo!!! no esperaba ese final, me dejo sin palabras.

NocturnoCba

Por favor necesito saber que paso despues, quede con ganas de mas!!

Lautaro_Mdq

Me recordó un poco a una situacion que vivi hace años, distinta pero esa tension de saber que no deberias estar mirando... muy bien transmitida.

Vero_Gdl

Y ella nunca se dio cuenta??? Eso es lo que mas me intriga jaja

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